La decisión que cambió su vida. Chivas de Guadalajara llegó a la historia de Alejandro Cendejas en el año 2016 y con Chivas llegó también la primera gran decisión de su vida adulta como futbolista. Una decisión que en ese momento parecía clara, que tenía una lógica emotiva y deportiva que era difícil discutir y que con el tiempo se fue complicando de maneras que nadie había anticipado del todo.
Matías Almeida era el técnico del rebaño sagrado, el argentino que había llegado a Guadalajara y había construido algo que en el fútbol mexicano se veía con una mezcla de admiración y de incredulidad, un equipo con identidad, con carácter, con una manera de jugar que hacía que los jugadores corrieran más y pensaran menos sin que eso se tradujera en caos, sino en intensidad organizada.
Almeida le transmitía confianza a sus jugadores, les hacía sentir que creía en ellos y esa confianza, para un chico de 19 años que venía del fútbol de Estados Unidos con todo por demostrar en el fútbol mexicano, valía mucho. [música] Cendejas llegó a Chivas con esa promesa implícita, la de que iba a tener un lugar, oportunidades, [música] el contexto correcto para desarrollarse y al mismo tiempo que llegaba al club más popular de México, estaba dejando atrás, aunque sin firmarlo todavía en ningún papel, la posibilidad de seguir siendo opción para la selección de
Estados Unidos. Porque en el mundo del fútbol internacional, la doble nacionalidad tiene un límite. Llega el momento en que hay que elegir y acercarse a México, aunque sea para jugar en la Liga, enviaba una señal que el sistema americano interpretaba a su manera. Lo que encontró en Chivas no fue exactamente lo que esperaba.
El rebaño sagrado era un club donde competir por un lugar en el 11 titular no es una figura retórica, sino una realidad cotidiana que aplasta a los que no están preparados para sostenerla. La plantilla tenía calidad. Tenía jugadores establecidos en cada posición. Tenía la presión específica que genera jugar con el escudo más exigente de México y Sendejas, que venía con talento, pero sin minutos en primera división, tuvo que enfrentarse a algo que ningún talento resuelve solo, [música] la espera. Los minutos no llegaron con la
frecuencia que él necesitaba. Los partidos pasaban, las jornadas se acumulaban y el extremo que en la Academia de Dallas había sido figura, seguía esperando en la banca de un club que le había prometido un lugar, pero que en la práctica no siempre podía dárselo porque el 11 de Almeida tenía nombres que no era fácil mover.
Llegó el préstamo Zacatepec, un club de la segunda división mexicana al que muchos jugadores van a buscar los minutos que en primera no encuentran y donde algunos encuentran el ritmo que necesitan para volver con argumentos. Pero ir de Chivas a Zacatepec tiene un costo que el fútbol mexicano cobra de manera implacable.
El mercado te empieza a leer diferente. Tu valor, [música] que en el papel debería construirse con minutos y con nivel, empieza a bajar simplemente porque el contexto en que apareces es uno que no genera titulares. La frustración era real y era legítima porque Sendejas no era un jugador sin nivel, era un jugador sin contexto.
Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque desde afuera se vean igual. Y la diferencia no la estaba resolviendo nadie en ese momento. Necaxa lo rescató. Necaxa apareció en el momento en que la historia de Alejandro Sendejas necesitaba que algo cambiara y lo que ese club le dio no fue solo un contrato ni un número en la camiseta, le dio algo que en el fútbol tiene más valor que cualquier cifra en un papel.
Le dio continuidad. Continuidad es la palabra que los que saben de fútbol usan cuando quieren explicar por qué un jugador que en un club no mostraba nada de repente explota en otro. No es que el jugador haya cambiado, es que finalmente tuvo partidos seguidos donde demostrar lo que siempre estuvo ahí.
Y cuando los partidos llegan seguidos, cuando el técnico confía en ti semana a semana, en lugar de darte 10 minutos aquí y 20 allá, sin que nadie sepa bien cuál es tu rol dentro del equipo, algo se destapa que la banca había mantenido cerrado. En Necaxa, Sendejas empezó a mostrar lo que en las academias de Dallas habían detectado y lo que en Chivas no había podido expresarse del todo.
La velocidad en el uno contra uno, la capacidad de romper líneas con el balón en los pies, el remate con ambas piernas que hace que los defensas no puedan apostarse a un solo lado, la inteligencia para moverse entre los espacios en lugar de esperar que el espacio llegue solo. El fútbol le respondió.
Los números empezaron a construirse y con los números llegó algo que en el mundo del fútbol tiene un peso específico que no siempre aparece en los marcadores, pero que todos los que trabajan dentro de los clubes [carraspeo] sienten. La conversación. La gente empezó a hablar de cendejas, a mencionarlo cuando se hablaba de los mejores extremos de la liga, a incluirlo en las discusiones que antes tenían otros nombres y que ahora empezaban a tener el suyo.
Jaime Lozano estaba mirando. El técnico que en ese momento conducía la selección olímpica de México, el mismo que años después iba a sentarse en el banco del trimayor. Tenía los ojos puestos en los jugadores de la liga que mostraban el nivel que él necesitaba para construir un equipo competitivo en la categoría sub-23. Y Sendejas entraba en esa conversación.
Estaba cerca, era opción real para el triolímpico. Ese detalle no es menor porque significa que en el sistema de la Federación Mexicana de Fútbol, en algún momento, el nombre de Alejandro Cendejas estaba siendo considerado como parte del futuro de la selección. Alguien lo veía, alguien creía que ahí había algo para México.
El problema es lo que ocurrió después. Y lo que ocurrió después fue exactamente el tipo de historia que en el fútbol mexicano se repite cada cierta generación. La historia de un jugador que tiene el nivel, que tiene el deseo, que da las señales correctas y que termina yendo a otro lado, no porque haya decidido traicionar a nadie, sino porque las instituciones que debían haberlo retenido no hicieron lo que tenían que hacer en el momento en que tenían que hacerlo.
América lo fichó y con el América llegó el escenario donde la historia se iba a complicar de verdad, cuando México fue por él. Este es el capítulo que más duele, el que en la historia de Alejandro Sendejas nadie puede contar de manera limpia porque tiene demasiadas capas, demasiados actores, demasiadas versiones que no terminan de coincidir, pero que hay que contar de todas formas porque es el capítulo que define todo lo que vino después.
El Tata Martino dirigía a la selección mexicana y el Tata, que en ese momento estaba construyendo el equipo que iba a llegar al Mundial de Qatar, tenía la mirada puesta en todos los jugadores de la liga que pudieran elevar el nivel del tri. Sendejas había llegado al América y estaba mostrando exactamente el tipo de fútbol que una selección necesita de un extremo.
Velocidad, desequilibrio, goles en los partidos importantes. El radar de la federación no podía ignorarlo. Llegó la convocatoria. Alejandro Cendejas fue llamado a la selección mayor de México, no al sub23, no a una categoría de preparación, a la mayor y fue convocado en un momento en que la selección disputaba partidos que clasificaban para el mundial, partidos de verdad, con peso real.
Debutó con el tri, vistió la camiseta verde, jugó los minutos que le dieron y en ese momento, en ese cruce de circunstancias que el fútbol produce a veces sin que nadie lo diseñe exactamente así, algo debería haber quedado definido. Algo tan simple como que México tenía Cendejas y Cendejas tenía a México. Pero la Federación Mexicana de Fútbol cometió un error, un error burocrático, administrativo, del tipo que no se entiende bien desde afuera, pero que dentro de las instituciones del fútbol internacional tiene consecuencias concretas e irreversibles. Partidos que deberían
haber contado como compromisos oficiales para fijar la elegibilidad del jugador no fueron registrados de la manera correcta ante la FIFA o los tiempos no se manejaron como se debían manejar. Los detalles exactos de ese error tienen versiones distintas según quien los cuenta, pero el resultado es claro y sobre ese resultado no hay versiones distintas porque el resultado quedó registrado en los documentos de la Federación Internacional.
Alejandro Cendejas seguía siendo elegible para jugar con Estados Unidos. Ese dato, que en circunstancias normales hubiera sido irrelevante porque el jugador ya había decidido jugar con México, se convirtió en el centro de una crisis que involucró a la Federación Mexicana, a la selección americana.
al propio Cendejas y a un proceso de negociación que en ningún momento tuvo la claridad que merecía. Gerardo Torrado, director deportivo de la Federación, entró en la conversación. El Tata Martino y Jaime Ordiales también llamaron. Había un documento de FIFA que necesitaba ser firmado para hacer definitiva la elegibilidad del jugador con México.
Un papel, una firma, algo que en la lógica del sentido común debería haber sido el paso más sencillo de todo el proceso. No lo fue. Los enviados de la federación llegaron, las conversaciones se extendieron y en el ambiente de esas conversaciones fue acumulándose algo que Cendejas después describió sin rodeos. una sensación de que el proceso no estaba siendo manejado con el respeto que merecía, de que los tiempos de la federación no eran los tiempos de un jugador que necesitaba saber con certeza qué lugar tenía dentro del proyecto, de que había
condicionamientos implícitos que nadie ponía en palabras, pero que se sentían en la manera en que se negociaba lo que debería haberse resuelto con una llamada directa y una reunión honesta. Y mientras eso pasaba, mientras México tardaba en cerrar lo que debería haber cerrado meses antes, el teléfono de Alejandro Cendejas recibió otra llamada.
Greg Beralter, el técnico de la selección de Estados Unidos, se comunicó con él y lo que le dijo fue lo que México nunca había terminado de decirle con la claridad suficiente, que lo quería, que lo necesitaba, que había un lugar para él. En el fútbol, como en cualquier relación humana, no siempre gana el que ofrece más dinero, ni el que tiene más historia.
A veces gana el que llega en el momento exacto con la frase exacta y Beralter llegó en el momento exacto. La acusación y comienzo de conflictos. Lo que vino después no fue solo una decisión deportiva. Fue el tipo de episodio que en el fútbol mexicano deja cicatrices porque involucra dignidad, porque involucra acusaciones que pesan y que no se borran con una rectificación, porque involucra a un jugador joven en el centro de una tormenta mediática que nunca pidió protagonizar.
El Tata Martino habló con la prensa y lo que dijo generó un terremoto. Dijo que hubo extorsión, que el entorno de Cendejas había condicionado la firma del documento FIFA a garantía sobre el mundial, que no se trataba solo de un jugador eligiendo entre dos elecciones, sino de una negociación en la que se habían puesto condiciones que la federación no podía aceptar.
La palabra extorsión quedó flotando en el ambiente del fútbol mexicano con el peso de una acusación grave, de las que no se dicen a la ligera y que cuando se dicen en público tienen consecuencias que van mucho más allá del terreno de juego. Cendejas respondió. Lo hizo públicamente con una claridad que hablaba de alguien que estaba molesto de verdad, no de [música] alguien construyendo un guion mediático.
Negó la extorsión. dijo que en ningún momento hubo condicionamiento sobre el mundial ni sobre nada, que lo que había habido era un proceso mal manejado por la federación, tiempos que no se respetaron, compromisos que no se cumplieron, que si alguien había fallado en esa negociación no era el sino la institución que se supone tenía que retenerlo.
Las redes sociales en México no esperaron a que nadie presentara pruebas. La conversación se dividió de inmediato entre los que creían al Tata y los que creían a Cendejas, entre los que veían a un jugador calculador que había usado a México como palanca para negociar con Estados Unidos y los que veían a un muchacho que había querido jugar con el TRI y que la federación había manejado tan mal el proceso que al final lo había terminado empujando hacia el otro lado.
La presión mediática fue brutal. El tipo de presión que en México tiene un filo particular cuando involucra a alguien que se percibe como alguien que eligió no ser mexicano. Esa es la lectura que más duele y que más circuló en los días posteriores a las declaraciones del Tata, el jugador que traicionó, el que tuvo la camiseta verde en las manos y la dejó caer y Alejandro Cendejas firmó con Estados Unidos.
Ese día México dejó ir a uno de los jugadores que más necesitaba. no como un abandono elegido, sino como el final de un proceso que ninguna de las partes supo manejar bien y que la institución que tenía más responsabilidad en resolverlo convirtió en un escándalo en lugar de en un acuerdo. Estados Unidos, la promesa fallida.
Lo que siguió después de la firma no fue la historia de redención que cualquier jugador que toma una decisión así necesita que pase para sentir que eligió bien. Fue algo más parecido a lo que el fútbol le hace a los que entran a sistemas donde el lugar que se les prometió no termina siendo el lugar que encuentran.
Peralter lo llamó. Llegaron convocatorias. Sendejas viajó a las concentraciones de la selección de los Estados Unidos con la expectativa de alguien que siente que en esa caseta hay algo esperándolo. Y lo que encontró en cada una de esas concentraciones fue una realidad que el fútbol tiene la costumbre de presentar con una frialdad que no distingue entre los que eligieron bien y los que eligieron mal.
La generación de Estados Unidos estaba cerrada. No en el sentido burocrático, no en el sentido de que no hubiera lugar para más jugadores, sino en el sentido de que había un núcleo de titulares indiscutibles que llevaba años construyendo complicidad dentro del campo y que el cuerpo técnico no iba a mover por un recién llegado sin importar cuanto hubiera brillado en la Liga MX.
Pulisi que era intocable. Bea tenía su lugar. Reina cuando estaba sano también. Los costados americanos eran terreno ocupado por nombres que el sistema había formado con paciencia y que no iban a ceder espacio sin que alguien les ganara el puesto en la cancha. Cendejas no terminó de ganárselo, no porque le faltara calidad.
La misma calidad que hacía que los aficionados del América se levantaran de sus asientos cuando le llegaba la pelota en el borde del área era la misma que llevaba a los concentraciones de la selección americana. Pero el contexto era distinto. El vestuario, no el idioma que se habla, sino el idioma del fútbol, el de los automatismos y los movimientos que se construyen con meses de trabajo conjunto, era el de los jugadores que llevaban años ahí.
Y Sendejas llegaba de afuera al ritmo de convocatorias que nunca fueron tan seguidas como para construir ese lenguaje compartido. Los minutos no llegaron con la regularidad que él esperaba. Los partidos donde entraba de cambio eran los que ya estaban decididos o los que no tenían el peso de los partidos clasificatorios. No era titular en los momentos importantes.
No era la figura que Beralter ponía en la cancha cuando el partido pedía una diferencia individual. Era una pieza del engranaje, respetada, llamada, pero secundaria dentro de un proyecto que tenía otros protagonistas definidos. Y mientras eso ocurría en la selección americana, mientras en Dexjas acumulaba convocatorias sin acumular minutos de la manera que un jugador de su nivel necesita para sentir que está donde debe estar, en la Liga MX pasaba exactamente lo contrario.

En el América era el jugador que Jardine buscaba cuando el partido necesitaba que alguien resolviera. Era el extremo al que le llegaba la pelota en el minuto 80 con el marcador igualado y del que el estadio esperaba que hiciera algo que el partido todavía no había dado. brillaba en el Azteca, desaparecía con Estados Unidos.
Final del cuento, el arrepentimiento. Hay momentos en la carrera de un futbolista que funcionan como espejo, momentos en que la vida te pone frente a frente con la decisión que tomaste años atrás y te obliga a mirarla sin el filtro de la adrenalina ni la cobertura emocional que uno construye cuando necesita convencerse de que eligió bien.
Alejandro Cendejas tuvo uno de esos momentos cuando Greg Beralter dejó de ser el entrenador de la selección de los Estados Unidos. Porque Beralter era el hombre que lo había llamado, el hombre que había aparecido en el momento exacto con las palabras exactas, el hombre que le había dicho que había un lugar para él cuando México todavía estaba decidiendo si lo quería de verdad.
Toda la lógica de la decisión de Cendejas pasaba en parte por la confianza que ese hombre le había transmitido, por la sensación de que en el proyecto americano había alguien que lo veía, que lo valoraba, que iba a darle los minutos que necesitaba para demostrar que la elección había valido la pena. Cuando despidieron a Veralter, ese andamiaje se cayó.
No de manera dramática, no de un día para el otro. Se cayó de la manera en que se caen las cosas que fueron construidas sobre una confianza personal y no sobre una estructura institucional, porque las estructuras institucionales sobreviven a los cambios de entrenador. Las confianzas personales no siempre. Y lo que Sendejas tenía con la selección americana era más de lo primero que de lo segundo.
Mauricio Pochettino llegó al Banco de Estados Unidos con su propia visión, sus propios nombres, su propia manera de entender qué jugadores necesitaba para el proyecto que él quería construir. Y en esa visión, en esa lista mental que cualquier entrenador arma cuando llega a un nuevo cargo y empieza a decidir sobre quién va a depositar la confianza, el nombre de Alejandro Cendejas no apareció con la frecuencia que hubiera necesitado o no apareció directamente.
Pochettino no lo llama. O lo llama tampoco que la diferencia entre ser llamado y no ser llamado se vuelve casi semántica cuando los minutos que llegan son los que llegan. El argentino que tomó las riendas del proyecto americano tiene otras prioridades, otros perfiles, otros jugadores que encajan mejor en lo que imagina para esa selección.
Y Sendejas, que había cambiado de identidad futbolística en parte porque alguien le dijo que había un lugar esperándolo, descubrió que ese lugar estaba atado a la persona que se lo había prometido y no a la institución que lo respaldaba. El contraste con lo que pasa en el América no puede ser más brutal, porque mientras en la selección americana Cendejas es un nombre que no aparece en los planes del nuevo cuerpo técnico, en el club Azul Crema es exactamente lo contrario.
Es la figura, [música] es el jugador al que Jardine busca cuando el partido está cerrado y necesita que alguien lo abra. Es el extremo que acumula goles y asistencias con una regularidad que en cualquier otra liga del mundo lo tendría en la conversación permanente de los mejores jugadores de su posición. Los números están, los goles están, las asistencias están, las actuaciones en los partidos que importan, en las finales, en los clásicos, en las noches en que el Estadio Azteca se llena de una expectativa que solo los jugadores que de verdad pueden con la presión saben
sostener también están. Sendejas en el América es un jugador diferencial de los que cambian partidos, de los que la afición sigue con esa atención especial que se reserva para los que hacen que algo pueda pasar en cualquier momento. Y en la selección americana no existe. Esa imagen duele.
Y en el entorno cercano de Alejandro Cendejas ya no se esconden detrás de la diplomacia para decirlo. Las personas que lo conocen de verdad, las que están en su día a día, las que lo ven llegar de una convocatoria con la selección americana con menos minutos de los que fue a buscar, cuentan una historia que no necesita adornos para entenderse. Sendejas está arrepentido.
Lo dice, no en ruedas de prensa, no frente a las cámaras que después van a reproducir el clip en todos los programas deportivos. Lo dice en los espacios donde la gente dice las cosas que de verdad siente y lo que dice es que le gustaría estar con el TRI, que si pudiera volver a ese momento, con todo lo que sabe hoy, la decisión sería diferente.
Eso no es una especulación ni una lectura entre [música] líneas. es lo que sale de su entorno más cercano con una consistencia que ya no deja margen para la duda. El arrepentimiento existe, tiene nombre y tiene fecha y tiene un detonante muy claro que se llama Greg Beralter y que se llama Mauricio Pochettino y que se llama La cruda diferencia entre lo que Estados Unidos le prometió y lo que Estados Unidos le dio.
Mientras tanto, en México, Javier Aguirre está armando una selección para un mundial en casa. El contexto más exigente que puede tener una selección en la historia de su propia afición. Jugar el Mundial en tu país, con tu gente en las tribunas, con el peso de décadas de expectativa depositadas en los hombros de 11 hombres que tienen que responder no solo por el resultado, sino por la identidad de un fútbol que busca demostrar que puede con los mejores del mundo. Y Aguirre necesita extremos.
Necesita jugadores que desequilibren, que enfrenten al lateral rival con confianza, que lleguen al área con intención real de meter el balón adentro. Necesita exactamente el perfil que Alejandro Cendejas tiene y que está demostrando semana a semana en la Liga MX con la camiseta del club más grande del país.
Las personas que rodean al fútbol mexicano lo dicen cuando nadie los graba. Dicen que Cendejas hoy sería una fija en la selección de Aguirre, no una opción, una fija, el tipo de jugador que entra en el 11 de salida porque hace lo que el sistema necesita y porque el nivel que muestra en el día a día justifica la confianza sin necesidad de argumentos adicionales.
Un jugador que en este momento, con este nivel, en este contexto, sería exactamente lo que el TRI necesita en el [música] costado. Pero Alejandro Cendejas no puede estar ahí. firmó los documentos que lo hacen inelegible para México. Tomó la decisión cuando la tomó, por las razones que la tomó, en un proceso donde la federación también tuvo su responsabilidad.
Y el fútbol, que es despiadado con el tiempo y con la irreversibilidad no tiene botón de regreso. Y eso es lo que más pesa en el entorno de Cendejas cuando el tema sale a la mesa. No los títulos que ganó con el América, porque esos están y nadie se los quita. No el reconocimiento de la afición azul crema, porque ese también es real y también es genuino.

Lo que pesa es la imagen de una selección mexicana que en este momento lo necesitaría y a la que él ya no puede pertenecer. Lo que pesa es saber que el tride Aguirre tiene huecos exactamente donde él podría taparlos y que esa coincidencia entre lo que México necesita y lo que él puede dar llegó [música] cuando ya no hay manera de conectar los dos extremos del hilo.
El lugar que [carraspeo] buscó en Estados Unidos lo tuvo mientras estuvo Veralter. Cuando Beralter se fue, el lugar se fue con él y lo que quedó fue la cuenta pendiente de una decisión que en su momento parecía la correcta y que hoy con el tricampeonato en el historial y la selección americana sin llamarlo y el tride Aguirre necesitando exactamente lo que él tiene, se convirtió en la historia de alguien que eligió el camino que en ese instante era el más claro y que el tiempo convirtió en el más complicado. Eso es lo que el fútbol hace
con las decisiones que se toman en los momentos de presión, las guarda, las espera y cuando el tiempo pasa y las circunstancias cambian y ya no hay manera de corregir el rumbo, la saca a la luz sin preguntar si el momento es el adecuado. Alejandro Cendejas lo sabe y en su entorno ya lo dicen en voz alta. Eso a esta altura de la historia es lo más honesto que alguien puede hacer con un arrepentimiento que el fútbol no tiene manera de resolver.
Debate en redes. Las redes sociales en México no perdonan. Y el caso de Alejandro Cendejas es exactamente el tipo de historia que el internet del fútbol mexicano guarda con una paciencia que tarde o temprano cobra. Cuando se confirmó que Pochettino no lo convocaba con regularidad y que el nuevo técnico de Estados Unidos había armado su proyecto sin contar con él, la conversación explotó.
El primer gran comentario que se viralizó fue directo y sin anestesia. Beralter se fue yas se quedó sin selección. Mientras tanto, Aguirre buscando [música] extremos por todos lados. El fútbol es cruel. Ese tweet se compartió miles de veces porque resumía en tres oraciones lo que cualquier análisis largo terminaría diciendo.
La ironía del timín, la crueldad de que el momento en que México más lo necesitaría fuera exactamente el momento en que ya no podía tenerlo. Desde la perspectiva americanista, el debate también ardió. Como americanista, lo quiero con todo. Como mexicano, me duele que no pueda estar en el tri. Estejas que vemos cada jornada le haría falta a Guirre y eso ya no tiene solución.
Esa lectura que separaba el cariño de club del análisis de selección fue de las más retuiteadas entre los aficionados que siguen el fútbol con algo más que pasión de tribuna. Hubo quienes apuntaron directamente a la federación antes de crucificar a Cendejas. Pregunten por qué la FMF tardó tanto en cerrar su elegibilidad. El error fue de ellos.
Él [resoplido] solo respondió cuando el que realmente lo quería lo llamó primero. Ese argumento circuló con fuerza entre los que conocían los detalles del proceso y no estaban dispuestos a que la narrativa de la traición borrara la narrativa de la negligencia institucional. Un periodista deportivo de los más seguidos del país fue todavía más contundente.
Sendejas lleva tres torneos siendo de los mejores extremos de la Liga MX. Pochettino no lo llama. Aguirre no puede convocarlo. El jugador existe. El problema es que existe en el lugar equivocado para las dos elecciones al mismo tiempo. Y entre todo el ruido, el comentario que más circuló fue el que tocó el fondo de verdad. Sendejas no traicionó a México.
México no supo retenerlo. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas y en este país todavía no aprendemos a verla. Las redes no resolvieron nada, nunca lo hacen, pero dejaron en el aire una pregunta que el fútbol mexicano va a seguir haciéndose cada vez que Sendejas meta un gol con el América y la Cámara lo enfoque celebrando.
La pregunta de si lo que ocurrió fue una traición o simplemente la consecuencia de que una institución no estuvo a la altura cuando tenía que estarlo. Y ahora te pregunto a ti, ¿crees que hoy al tri le vendría bien un Alejandro Cendejas? Y mientras el fútbol mexicano sigue haciéndose esa pregunta, hay otra historia que también está sacudiendo por completo al fútbol mexicano.
La historia de un joven de Chivas que pasó de ser un desconocido a convertirse en héroe en una sola noche. Un muchacho que cargaba con un apellido pesado, con una historia familiar complicada y con la presión de demostrar que podía escribir [música] un destino completamente distinto. La historia de Santiago Sandoval, el chico que hizo estallar el Acren y que hoy ilusiona a toda la afición rojiblanca.
Y lo que hay detrás de esos dos goles, de su familia y de todo lo que tuvo que vivir para llegar hasta ahí, te lo dejamos a continuación porque es una de esas historias que simplemente no parecen reales. Yes.