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ALEJANDRO ‘LA COBRITA’ GONZÁLEZ: de Campeón a Padre que Perdió sus 3 Hijos

Él ya estaba arriba de un ring frente a un hombre adulto con el público gritándole, con las luces pegándole en la cara y le ganó. Le ganó por decisión a Rogelio Fajardo en cuatro asaltos una noche de abril de 1988. Esa noche, según contó él mismo años después, regresó a su casa con un fajo pequeño de billetes en el bolsillo, se los entregó a su mamá y se fue a dormir.

No cenó, no festejó, solo se acostó. esa madrugada se quedó mirando el techo de su cuarto y entendió con una claridad que pocos chamacos de su edad alcanzan, que ese ring iba a ser su única manera de sacar a su familia del hoyo. A los 21 años ya era campeón mundial. El 7 de enero de 1995, en el coliseo Freeman de San Antonio, Texas, Alejandro González, ese chamaco al que le decían la cobrita por la rapidez con la que entraba a tirar, subió al ring contra el invicto estadounidense Kevin Kelly.

Kelly llegaba como favorito. 28 peleas, 28 victorias, 21 knockouts. Ningún cronista en Las Vegas le daba opción al mexicano. Le decían el muchachito, le decían el pelele, le daban la pelea como un trámite y la cobrita con esa sonrisa torcida que siempre cargaba antes de subir al cuadrilátero, no dijo nada. Subió, aguantó cuatro asaltos de pelea cerrada.

empezó a leer al gringo. Le encontró el ritmo, le encontró las ganas y desde el quinto asalto lo agarró del cuello como una víbora agarra a un ratón. Lo trabajó al cuerpo, le partió la nariz, le marcó el rostro y en el décimo asalto los segundos de Kelly aventaron la toalla. Knockout técnico, la cobrita campeón mundial.

Esa noche levantó el cinturón verde y oro frente a las cámaras. Saludó a don José Suleimán, saludó a su entrenador y antes de bajar del ring hizo algo que pocos boxeadores hacen. Caminó hasta la esquina de Kelly, le dio la mano al gringo, le dijo dos palabras al oído y se alejó. Después, cuando le preguntaron qué le había dicho, contestó con la misma sonrisa torcida de siempre: “Le dije que la próxima la volvíamos a hacer en Guadalajara para que conociera la birria.

” Esa frase, ese día, retrata mejor que cualquier crónica al hombre que era la cobrita en 1995. bromista, generoso, tapatío hasta los tuétanos, con un futuro abierto de par en par, con un cinturón mundial alrededor de la cintura, con la promesa de comprarle a su mamá la casa que siempre había soñado, con tres niños que todavía no nacían, pero que él ya cargaba dentro del pecho.

Tres niños a los que iba a llamar Alejandro, Yair y Luis. Tres niños a los que el destino y la pólvora de un país roto ya les tenía marcado el final. A los pocos meses de ganar el cinturón contra Kelly, la cobrita regresó a Guadalajara como un príncipe. El aeropuerto estaba lleno de gente esperándolo.

Cámaras, fotógrafos, aficionados con banderas, mariachis que le tocaron una serenata en plena terminal cuando salió por la puerta. abrazado por su entrenador, Chepo Reinoso, tuvo que detenerse a firmar autógrafos durante casi una hora. Llegó a su casa pasada la medianoche y antes de meterse a dormir hizo algo que solo su mamá supo durante muchos años.

Sacó del bolsillo un sobre con dinero, el primero importante de verdad de su carrera, y se lo entregó a su madre con las dos manos. le dijo que con eso pagara los 15 meses de renta atrasados, que pagara la luz, que pagara el gas, que se comprara unos zapatos nuevos. La señora se quedó mirando el sobre, lo apretó contra el pecho y se puso a llorar como una niña ahí mismo parada en la puerta de la cocina.

La cobrita la abrazó, le dijo con la voz quebrada, “Ya estuvo, jefa, ya nunca más. Ahora yo me hago cargo. Y esa noche, cuando se fue a su cuarto y se acostó en la cama, sintió algo que no había sentido nunca. La sensación de haber cumplido. La sensación de que el chamaco broncudo de la colonia humilde, el muchachito al que la maestra de la primaria le decía que no iba a llegar a nada, había llegado a algo y que ese algo, además, alcanzaba para los suyos.

La primera defensa del título la hizo dos meses después en una velada en Las Vegas contra el panameño Tony Marshall. Lo mandó al piso en el cuarto asalto. Ganó por knockout técnico. La segunda defensa la hizo en mayo de ese 1995 contra el filipino Johnny Tapia en el Madison Square Garden. La pelea fue cerrada, dura, con cortes en las dos cejas.

La cobrita salió por decisión unánime, con la cara hinchada, pero con el cinturón intacto. Esa noche, en el vestidor, mientras le ponían hielo en los pómulos, recibió una llamada. Era su novia, embarazada de 4 meses. Le dijo que era un niño, que el doctor lo había confirmado esa tarde por ultrasonido. La cobrita con la cara helada y la boca cortada se rió.

se rió bonito y le contestó algo que ella le recordaría durante años. Lo vamos a llamar Alejandro como yo, para que el apellido siga arriba del ring, para que la casa siempre tenga un Alejandro González dándole de comer. Esa noche regresaron al hotel los dos cinturones, el verde y oro del CMB en una funda y en una bolsa transparente un pequeño sonograma del muchacho que iba a llegar al mundo en noviembre.

La cobrita los puso a los dos sobre la mesita de noche apagó la luz y se quedó dormido con esa sensación que solamente sienten los hombres que ya tienen todo lo que querían tener. Pero pronto vas a entender por qué ese muchacho de 21 años, con todo a favor, terminó cargando una de las historias más tristes que ha dado el boxeo mexicano contemporáneo.

Y por qué hoy, casi tres décadas después, vive de la manera en la que vive. Después de ganar el título contra Kelly, la cobrita defendió dos veces su cinturón, las dos veces con autoridad. Pero en septiembre de ese mismo 1995 le tocó pelear contra otro mexicano, Manuel Mantecas Medina. Y ahí, en una pelea que muchos cronistas todavía discuten si la decisión fue justa o robada, la cobrita perdió por decisión dividida, perdió el cinturón, perdió el invicto importante y según contó él mismo en una entrevista demoledora, 26 años después perdió algo más, algo que

ningún juez puede regresar. Esa noche, después de la pelea, regresó al hotel, se metió a la regadera, se quedó sentado en el piso debajo del agua caliente durante casi una hora. Cuando salió, se puso ropa limpia y bajó al bar del hotel con dos amigos del barrio que lo habían acompañado.

Pidió una cerveza, después otra, después otra. Y en algún momento de esa madrugada, uno de esos amigos sacó del bolsillo una bolsita pequeña transparente con polvo blanco. Le pasó algo a la cobrita. Le dijo que le iba a quitar el bajón, que se le iba a olvidar la pelea, que era algo de una vez nada más. Esa fue la primera. Y a partir de ahí, según contó él mismo años después, con una honestidad que conmovió a los cronistas, la cobrita González cayó. Cayó duro.

Cayó en un agujero del que tardó más de una década en salir. Le decía a sus cuates cada vez que se sentaba a tomar. No traes nada, ¿verdad? Y ellos sabían perfectamente a qué se refería. Y lo que empezó como un alivio para olvidar una derrota terminó siendo una rutina diaria que duró 5 años. 5co años seguidos, todos los días.

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