Él ya estaba arriba de un ring frente a un hombre adulto con el público gritándole, con las luces pegándole en la cara y le ganó. Le ganó por decisión a Rogelio Fajardo en cuatro asaltos una noche de abril de 1988. Esa noche, según contó él mismo años después, regresó a su casa con un fajo pequeño de billetes en el bolsillo, se los entregó a su mamá y se fue a dormir.
No cenó, no festejó, solo se acostó. esa madrugada se quedó mirando el techo de su cuarto y entendió con una claridad que pocos chamacos de su edad alcanzan, que ese ring iba a ser su única manera de sacar a su familia del hoyo. A los 21 años ya era campeón mundial. El 7 de enero de 1995, en el coliseo Freeman de San Antonio, Texas, Alejandro González, ese chamaco al que le decían la cobrita por la rapidez con la que entraba a tirar, subió al ring contra el invicto estadounidense Kevin Kelly.
Kelly llegaba como favorito. 28 peleas, 28 victorias, 21 knockouts. Ningún cronista en Las Vegas le daba opción al mexicano. Le decían el muchachito, le decían el pelele, le daban la pelea como un trámite y la cobrita con esa sonrisa torcida que siempre cargaba antes de subir al cuadrilátero, no dijo nada. Subió, aguantó cuatro asaltos de pelea cerrada.
empezó a leer al gringo. Le encontró el ritmo, le encontró las ganas y desde el quinto asalto lo agarró del cuello como una víbora agarra a un ratón. Lo trabajó al cuerpo, le partió la nariz, le marcó el rostro y en el décimo asalto los segundos de Kelly aventaron la toalla. Knockout técnico, la cobrita campeón mundial.
Esa noche levantó el cinturón verde y oro frente a las cámaras. Saludó a don José Suleimán, saludó a su entrenador y antes de bajar del ring hizo algo que pocos boxeadores hacen. Caminó hasta la esquina de Kelly, le dio la mano al gringo, le dijo dos palabras al oído y se alejó. Después, cuando le preguntaron qué le había dicho, contestó con la misma sonrisa torcida de siempre: “Le dije que la próxima la volvíamos a hacer en Guadalajara para que conociera la birria.
” Esa frase, ese día, retrata mejor que cualquier crónica al hombre que era la cobrita en 1995. bromista, generoso, tapatío hasta los tuétanos, con un futuro abierto de par en par, con un cinturón mundial alrededor de la cintura, con la promesa de comprarle a su mamá la casa que siempre había soñado, con tres niños que todavía no nacían, pero que él ya cargaba dentro del pecho.
Tres niños a los que iba a llamar Alejandro, Yair y Luis. Tres niños a los que el destino y la pólvora de un país roto ya les tenía marcado el final. A los pocos meses de ganar el cinturón contra Kelly, la cobrita regresó a Guadalajara como un príncipe. El aeropuerto estaba lleno de gente esperándolo.
Cámaras, fotógrafos, aficionados con banderas, mariachis que le tocaron una serenata en plena terminal cuando salió por la puerta. abrazado por su entrenador, Chepo Reinoso, tuvo que detenerse a firmar autógrafos durante casi una hora. Llegó a su casa pasada la medianoche y antes de meterse a dormir hizo algo que solo su mamá supo durante muchos años.
Sacó del bolsillo un sobre con dinero, el primero importante de verdad de su carrera, y se lo entregó a su madre con las dos manos. le dijo que con eso pagara los 15 meses de renta atrasados, que pagara la luz, que pagara el gas, que se comprara unos zapatos nuevos. La señora se quedó mirando el sobre, lo apretó contra el pecho y se puso a llorar como una niña ahí mismo parada en la puerta de la cocina.
La cobrita la abrazó, le dijo con la voz quebrada, “Ya estuvo, jefa, ya nunca más. Ahora yo me hago cargo. Y esa noche, cuando se fue a su cuarto y se acostó en la cama, sintió algo que no había sentido nunca. La sensación de haber cumplido. La sensación de que el chamaco broncudo de la colonia humilde, el muchachito al que la maestra de la primaria le decía que no iba a llegar a nada, había llegado a algo y que ese algo, además, alcanzaba para los suyos.
La primera defensa del título la hizo dos meses después en una velada en Las Vegas contra el panameño Tony Marshall. Lo mandó al piso en el cuarto asalto. Ganó por knockout técnico. La segunda defensa la hizo en mayo de ese 1995 contra el filipino Johnny Tapia en el Madison Square Garden. La pelea fue cerrada, dura, con cortes en las dos cejas.
La cobrita salió por decisión unánime, con la cara hinchada, pero con el cinturón intacto. Esa noche, en el vestidor, mientras le ponían hielo en los pómulos, recibió una llamada. Era su novia, embarazada de 4 meses. Le dijo que era un niño, que el doctor lo había confirmado esa tarde por ultrasonido. La cobrita con la cara helada y la boca cortada se rió.
se rió bonito y le contestó algo que ella le recordaría durante años. Lo vamos a llamar Alejandro como yo, para que el apellido siga arriba del ring, para que la casa siempre tenga un Alejandro González dándole de comer. Esa noche regresaron al hotel los dos cinturones, el verde y oro del CMB en una funda y en una bolsa transparente un pequeño sonograma del muchacho que iba a llegar al mundo en noviembre.
La cobrita los puso a los dos sobre la mesita de noche apagó la luz y se quedó dormido con esa sensación que solamente sienten los hombres que ya tienen todo lo que querían tener. Pero pronto vas a entender por qué ese muchacho de 21 años, con todo a favor, terminó cargando una de las historias más tristes que ha dado el boxeo mexicano contemporáneo.
Y por qué hoy, casi tres décadas después, vive de la manera en la que vive. Después de ganar el título contra Kelly, la cobrita defendió dos veces su cinturón, las dos veces con autoridad. Pero en septiembre de ese mismo 1995 le tocó pelear contra otro mexicano, Manuel Mantecas Medina. Y ahí, en una pelea que muchos cronistas todavía discuten si la decisión fue justa o robada, la cobrita perdió por decisión dividida, perdió el cinturón, perdió el invicto importante y según contó él mismo en una entrevista demoledora, 26 años después perdió algo más, algo que
ningún juez puede regresar. Esa noche, después de la pelea, regresó al hotel, se metió a la regadera, se quedó sentado en el piso debajo del agua caliente durante casi una hora. Cuando salió, se puso ropa limpia y bajó al bar del hotel con dos amigos del barrio que lo habían acompañado.
Pidió una cerveza, después otra, después otra. Y en algún momento de esa madrugada, uno de esos amigos sacó del bolsillo una bolsita pequeña transparente con polvo blanco. Le pasó algo a la cobrita. Le dijo que le iba a quitar el bajón, que se le iba a olvidar la pelea, que era algo de una vez nada más. Esa fue la primera. Y a partir de ahí, según contó él mismo años después, con una honestidad que conmovió a los cronistas, la cobrita González cayó. Cayó duro.
Cayó en un agujero del que tardó más de una década en salir. Le decía a sus cuates cada vez que se sentaba a tomar. No traes nada, ¿verdad? Y ellos sabían perfectamente a qué se refería. Y lo que empezó como un alivio para olvidar una derrota terminó siendo una rutina diaria que duró 5 años. 5co años seguidos, todos los días.
Su esposa en esa época lo notaba, lo notaba todo. Lo veía llegar a las 3, a las 4, a las 5 de la mañana, con los ojos rojos, con la nariz irritada, con esa rabia callada del que sabe que se está fallando a sí mismo y no puede parar. Le pedía que se sentara a la mesa, le servía un café aguado, le ponía la mano sobre la mano y le decía con la voz suavecita, “Alejandro, los muchachos, acuérdate de los muchachos.
” Pero la cobrita en esos años todavía no podía. Asentía con la cabeza, le besaba la frente, le prometía que mañana iba a estar mejor y al día siguiente otra vez la misma rutina, otra vez la madrugada, otra vez la esposa esperando con el café aguado. Hubo una madrugada en particular, contó él después, en la que llegó a su casa todavía con resaca, abrió la puerta del cuarto de los niños y se quedó parado en el umbral mirándolos dormir.
Alejandro tenía 4 años, Yair dos. Estaban abrazados en la misma cama porque le tenían miedo a la oscuridad. La cobrita los miró durante mucho rato y se puso a llorar ahí parado, sin poder entrar al cuarto, sin atreverse a tocarlos con esas manos que él sentía sucias. cerró la puerta despacio, se sentó en el pasillo y le prometió a Dios esa madrugada que iba a parar, que iba a parar pronto.
Pero esa promesa, lamentablemente, se la rompió a sí mismo varias veces más, durante varios años más, antes de poder cumplirla de verdad. Pero la cobrita era la cobrita y aún en pleno descenso todavía tuvo coraje para pelear. En el año 2000, contra todo pronóstico, contra todos los que ya lo habían dado por muerto deportivamente, subió al ring contra el estadounidense Harold Warren y le ganó el cinturón mundial peso ligero de la Asociación Internacional de Boxeo.
Otra vez campeón, otra vez con la mano levantada, otra vez con la sonrisa torcida frente a las cámaras. Pero esa noche, según cuentan quienes lo conocieron, la cobrita ya no era el mismo chamaco de 21 años que había noqueado a Kelly en San Antonio. Ese era otro. Ese era un hombre dividido por dentro que ganaba peleas con un cuerpo que llevaba 5 años castigándose por las noches, que sonreía para los fotógrafos, pero que ya en el cuarto del hotel se quedaba dormido con la luz encendida y la televisión hablando sola. Se retiró en marzo de
55 peleas profesionales, 49 victorias, cinco derrotas, un empate, un récord respetable, un nombre escrito en los libros del boxeo mexicano, pero por dentro la cobrita estaba en otra pelea y esa pelea, lamentablemente todavía iba a durar muchos años más. Mientras tanto, en su casa había crecido una familia, tres muchachos, tres niños que llevaron cada uno del rostro y de la sonrisa de su papá.
El mayor, Alejandro Junior, era el más parecido a él. La misma sonrisa torcida, los mismos ojos vivos, la misma facilidad para meterse en problemas y al mismo tiempo para arreglarlos con una broma. Desde chamaco se metió al gimnasio. Quería ser boxeador como el papá y resultó. Muy bueno, tan bueno que en julio del 2015 en El Paso, Texas subió al ring frente al irlandés Carl Frampton, entonces campeón mundial supergallo de la Federación Internacional de Boxeo.
Lo mandó a la lona dos veces en el primer asalto. Dos veces. Frampton, años después, todavía recordaría esa pelea en sus redes sociales diciendo que ese muchacho mexicano le había dado el susto de su vida. Al final, el irlandés ganó por decisión, pero todos los que estaban en el coliseo de El Paso esa noche se fueron sabiendo que habían visto al heredero al próximo cobrita.
El segundo hijo se llamaba Yair. Era distinto, más callado, más reservado. No le gustaba el ring, le gustaban los números. Tenía una cabeza para los negocios que ya hacía sonreír a su papá desde que era chamaco. La cobrita, después de retirarse, había invertido un poco de su dinero en un edificio de departamentos en Guadalajara y había puesto a Yair a encargarse del cobro de las rentas. El muchacho era cumplido.
Iba puerta por puerta con su libreta de cuentas debajo del brazo, con un sobre amarillo donde guardaba los billetes, con una sonrisa que le sacaba el saludo a las inquilinas más arrogantes del edificio. Era el orgullo silencioso de su papá, el que no salía en los noticieros, pero el que estaba ahí todos los días sosteniendo la economía de la familia.
Y el tercero, Luis, el más chico, el más mimado, el que llegó cuando ya nadie en la familia se esperaba otro embarazo y que por eso mismo se ganó desde recién nacido un lugar especial en el corazón de su papá. La cobrita, que había sido un padre ausente con los dos primeros, según él mismo confesó después, se prometió que con Luis iba a ser distinto.
Iba a estar en cada cumpleaños, en cada partido de fútbol, en cada graduación y lo cumplió. Por eso, cuando Luis le dijo a los 16 años que también quería ser boxeador, la cobrita lo abrazó, le dio su bendición y lo subió a redes sociales con una foto en la que se le veían los ojos brillando de orgullo.

“Mi muchacho”, escribió debajo de la foto. Que Dios lo cuide en cada paso. Lo que la cobrita no sabía esa tarde cuando subió esa foto era que el cuidado de Dios no siempre alcanza para todo lo que un padre necesita pedir. Antes de seguir, hay algo que también marca a la cobrita y que conviene contar, porque sin esto no se entiende por qué este hombre ahora vive como vive.
En 2013, después de años perdido entre los excesos, la cobrita encontró algo que muchos no habían podido darle. Lo encontró en una iglesia cristiana en Estados Unidos, una iglesia humilde de las que se reúnen en un local rentado con sillas plegables con un pastor que hablaba con la camiseta sudada. La cobrita entró una mañana sin saber muy bien por qué.
Se sentó en la última fila. escuchó el sermón y al final, cuando el pastor pidió que se acercaran los que querían dejar atrás algo, la cobrita se levantó, caminó por el pasillo, le agarró la mano al pastor y se puso a llorar. Lloró durante mucho rato. Lloró por su mamá, que había muerto sin ver lo bajo que él había caído.
Lloró por su esposa, que lo había aguantado más de lo que ningún ser humano debería aguantar. lloró por sus tres muchachos y sobre todo lloró por él mismo por lo que había sido, por lo que era, por lo que sentía que ya no iba a volver a ser. Esa mañana, según contó él mismo, dejó la cocaína, dejó el alcohol, dejó las amistades viejas y se quedó vacío, totalmente vacío, esperando que algo le ocupara el hueco que había abierto al sacar todo eso de su vida.
Lo que llenó ese hueco durante los siguientes años fueron sus hijos, solo sus hijos. Por eso lo que vino después le pegó como le pegó. La primera llamada fue la madrugada del 9 de diciembre de 2016. La cobrita estaba durmiendo, su esposa a su lado, las luces apagadas, la casa en silencio, el reloj de la sala dando las 3 de la mañana sonó el teléfono.
Un sonido que después de esa noche la cobrita iba a aprender a temer durante el resto de su vida. Su esposa contestó, escuchó, se sentó en la cama, despertó a su marido tocándole el hombro, le pasó el celular sin decir nada, solo le pasó el celular. La cobrita, con la voz pastosa todavía del sueño, contestó.
Y del otro lado, un policía municipal de Guadalajara con voz seca le dijo que necesitaba que se presentara lo más rápido posible en la avenida González Gallo, cerca del cruce con Francisco Silva Romero en la colonia San Carlos. le dijo sin más rodeos que habían encontrado una camioneta Nissan X-Trail color arena abandonada que adentro había tres personas que una de ellas, según las identificaciones, era su hijo Alejandro.
La cobrita no contestó, colgó el teléfono, se sentó en el borde de la cama, su esposa lo abrazó por la espalda y los dos se quedaron así, en silencio durante varios minutos sin poder reaccionar. La cobrita se levantó, se puso unos pantalones, una camiseta, las llaves del coche, manejó solo hasta el lugar y cuando llegó lo recibieron dos peritos forenses y un comandante.
Le pidieron que esperara, le explicaron que había procedimientos. Le hablaron en un español formal y distante, como si estuvieran leyéndole un manual. La cobrita, sin contestarles, se acercó a la camioneta. Lo dejaron acercarse y vio a través del cristal trasero a su muchacho. Lo vio recostado, con los ojos cerrados, con una pequeña marca en la cara, con la camiseta blanca que le había regalado en su cumpleaños 22 hacía apenas unos meses.
La cobrita puso las dos manos sobre el cristal de la ventanilla. No lloró, no gritó, solo apoyó la frente sobre el cristal y se quedó así, sin moverse durante mucho rato. Esa madrugada se rompió por dentro algo que ya nunca iba a poder componerse del todo. La Cobrita Junior tenía 23 años. Había peleado profesionalmente desde 2010.
tenía un récord de 25 victorias, 15 por knockout, tres derrotas y tres empates. Estaba a punto de pelear por una bolsa importante y esa madrugada alguien decidió que su carrera, su vida, sus sueños valían menos que cualquier disputa de calle. La policía manejó la versión oficial de un ajuste con personas vinculadas con el crimen organizado.
La cobrita siempre lo negó, siempre dijo que su hijo no estaba metido en nada. raro. Aceptó, eso sí, en una entrevista posterior, que su muchacho tenía algunos amigos que no eran bienvenidos en la casa y dejó la frase ahí sin ampliarla. Porque hay cosas, dijo, que un padre no necesita ampliar para que se entiendan. Carl Frampton, el irlandés que había peleado con su hijo en el paso un año antes, escribió esa misma tarde en sus redes sociales un mensaje que quizá le dolió a la cobrita más de lo que cualquier persona pueda imaginar. Acabo de
enterarme de la triste noticia sobre Alejandro González Jor, uno de los muchachos más amables con los que he compartido un cuadrilátero. Ese chico me dio el susto de mi vida, pero seguíamos en contacto de vez en cuando por WhatsApp y siempre me deseaba lo mejor, muy triste. Descansa en paz, campeón. Cuando la cobrita leyó ese mensaje, en su celular se lebró otra vez la voz, porque entendió que su hijo, aún después de irse, había dejado huella en alguien al que apenas había visto un par de horas, una sola noche, hacía un año y
medio en un ring de Texas y que esa huella iba a quedarse ahí escrita en redes para siempre. Después de esa noche, la cobrita se encerró un mes, un mes entero. No habló con la prensa, no fue a entrenar, no salió de la casa, apenas comía, apenas hablaba. Su esposa le ponía un plato delante a la hora de la comida y él lo movía con la cuchara sin probarlo.
La Iglesia cristiana mandó a unos hermanos a visitarlo. Le rezaron, le leyeron salmos, le dijeron que había que seguir y la cobrita despacio, con esa voluntad de boxeador que nunca se le acabó del todo, empezó a salir despacio. Primero al patio, después a la banqueta, después a comprar el pan de la mañana y un día, varios meses después, regresó al gimnasio, pero no como entrenador, no como leyenda. regresó como espectador.
Se sentaba en la última grada, miraba a los chamacos pegarle al costal y se acordaba sin remedio de su muchacho. Lo que muchos no saben, lo que tampoco salió en los noticieros, es lo que la cobrita hizo durante los siguientes 6 años con la memoria de su hijo mayor. Cada 9 de diciembre, exactamente al cumplirse otro aniversario de aquella madrugada, la cobrita se levantaba antes que el sol, se vestía con un traje oscuro y manejaba solo hasta el cementerio.
Llevaba un par de guantes de boxeo viejos, los que él mismo había usado cuando le ganó a Kelly en el 95. los dejaba sobre la lápida del muchacho, se quedaba un rato y al final de la tarde regresaba por ellos. Porque esos guantes no eran para dejarlos, eran para enseñarle al muchacho año con año que su papá, aunque le dolieran los huesos, todavía no soltaba las manos, que las tenía cerradas, que aguantaba, que no se iba a permitir caer otra vez en lo que estuvo en los 90, porque desde donde estuviera el muchacho lo iba a estar viendo.
Una vez en el cuarto aniversario en 2020, en plena pandemia, su segundo hijo Yair lo vio salir con los guantes y el traje oscuro. Le preguntó con la voz suave si podía acompañarlo. La cobrita se quedó callado un rato. Después le contestó que sí, que se subiera al coche. Manejaron en silencio hasta el cementerio.
ir lo siguió hasta la lápida del hermano. Y ahí, parados los dos, padre e hijo, frente a una tumba que llevaba 4 años recibiendo flores blancas, la cobrita le dijo a Yair algo que el muchacho nunca olvidó. Le dijo mirando los guantes, “Tu hermano me enseñó algo, Yair. Me enseñó que un padre no se acaba cuando lo golpean.
Un padre se acaba cuando suelta y yo no voy a soltar, aunque me cueste, aunque me duela, aunque algún día tenga que enterrarte a ti también, yo no voy a soltar. Yair lo miró, no dijo nada, le agarró la mano y los dos se quedaron así en silencio durante mucho rato. ¿Quién iba a pensar esa tarde que dos años después sería la cobrita el que estaría comprando flores blancas para una segunda lápida? y que esas palabras dichas frente a la tumba del primero, regresarían a su mente como un eco, como una promesa hecha al hijo mayor, que ahora se cumplía con un peso
que ningún padre debería tener que cargar. Pasaron 6 años. La vida traicionera le hizo creer que ya había pagado su cuota hasta marzo del 2022. Una tarde, la cobrita estaba en su casa viendo las noticias. Su segundo hijo Yair había salido temprano a hacer la ronda del cobro de las rentas como cada mes, con su libreta debajo del brazo, con su sobreamarillo, con su sonrisa de muchacho cumplido.
Pero esa tarde Yair no contestaba el teléfono. La cobrita le marcó tres veces, su esposa le marcó cinco, la novia del muchacho, otras tres. Nada. A las 4:30 sonó otra vez el teléfono de la casa y otra vez esa voz seca, esa voz de policía municipal, esa voz que la cobrita ya conocía de memoria, le dijo que había habido un incidente cerca del edificio de los departamentos que necesitaba que se presentara.
La cobrita no se movió. Se quedó sentado en el sillón con el teléfono pegado a la oreja, mirando un punto fijo en la pared. Su esposa al lado le agarró la mano y los dos, sin necesidad de decirse una palabra, supieron lo que ya estaba pasando. Esta vez la cobrita no manejó solo.
Esta vez dejó que un vecino lo llevara. Esta vez llegó al lugar arrastrando los pies con los ojos hundidos, con la mandíbula apretada y esta vez también se acercó a la escena. Vio a su hijo Yair tirado en la banqueta junto al edificio donde iba a cobrar la renta y no pudo ni acercarse. Las piernas se le doblaron en el camino. Cayó de rodillas a media calle.
Su vecino lo levantó del brazo, lo llevó hacia atrás, le habló al oído cosas que la cobrita no escuchó y los peritos, mientras tanto, levantaban la escena con una rutina fría que ya no cabía en el corazón de ese hombre. Yair tenía 22 años, iba a cobrar la renta del departamento 12. Le habían quitado el sobre amarillo, la libreta de cuentas y la vida.
Esa noche la cobrita no durmió, se la pasó parado frente a la ventana del cuarto, mirando hacia la calle, hacia el barrio, hacia el cielo de Guadalajara. Su esposa lo miró desde la cama. Le pidió que se acostara, que descansara, que mañana hablaban. Él no contestó. Se quedó ahí con las dos manos apoyadas en el marco de la ventana, con los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba la madera.
Cuando salió el sol, su esposa se levantó, se acercó por detrás, le puso las manos sobre los hombros y entonces la cobrita por primera vez en muchos años se dio la vuelta y la abrazó. La abrazó como cuando eran chamacos. La abrazó como si quisiera meterse adentro de ella. Y se quedaron así los dos abrazados frente a la ventana durante mucho rato, sin llorar, sin hablar, solo abrazados, porque a esas alturas ya no había palabras que pudieran arreglar nada.
A los pocos días del entierro de Yair, la cobrita hizo algo que nadie en su entorno se esperaba. vendió el edificio de los departamentos. Lo vendió a la primera oferta que le hicieron por un precio bastante por debajo de su valor real. Se deshizo de él. No quería volver a ver esa banqueta. Nunca.
No quería que nadie de su familia tuviera que cruzar nunca más esa calle. Con el dinero de la venta compró una casa nueva más chica en otra colonia lejos del centro y se mudó con su esposa y con Luis, su muchacho menor, en menos de dos semanas. Durante esas dos semanas, mientras empacaban cajas, mientras desmontaban cuadros, mientras desarmaban la cama de Yair, la cobrita hizo algo que su esposa le contó después a una de sus hermanas.
Cada vez que su esposa salía del cuarto del muchacho fallecido, la cobrita entraba, cerraba la puerta detrás de él y se quedaba ahí solo durante una hora, dos, tres. Su esposa al principio lo dejó. Pensó que era parte del proceso, pero al cuarto día, ya inquieta, abrió la puerta despacito y se asomó. Lo encontró sentado en el piso con la espalda contra la cama, con la libreta de cuentas de Yair sobre las piernas.
estaba revisando una por una las anotaciones del muchacho, las cuentas perfectamente alineadas, los números pulcros, las fechas en orden y las cantidades, todas, todas anotadas con la letra cuidada del hijo. La cobrita pasaba las páginas con un cuidado de reloj y se detenía a veces en alguna en particular para acariciar con el dedo un número que su muchacho había puesto, como si esos números fueran lo único físico que le quedaba de él.
Su esposa cerró la puerta sin que él se diera cuenta y se fue a la cocina a llorar en silencio, sin saber qué decirle, sin saber cómo acompañar a su marido en un duelo que no se parecía al duelo de nadie más. empezó otra vida por tercera vez, porque ya antes había empezado otra cuando dejó el alcohol y la cocaína en aquella iglesia gringa.
Y ya antes había empezado otra cuando enterró al hijo mayor en 2016. Y ahora, por tercera vez iba a tratar de empezar otra con Luis, con su esposa, con sus oraciones de cada noche y con un solo deseo repetido cada vez que se acostaba. que la cuenta ya estuviera saldada, que Dios o la vida o lo que fuera se diera por satisfecho con lo que ya le había quitado.
Pero la cuenta, lamentablemente, todavía no estaba saldada. 13 meses después, en abril de 2023, vino la tercera llamada. Esa madrugada la cobrita estaba dormido, su esposa también. Luis se había despedido temprano para ir a una reunión con unos amigos en la zona alta de la ciudad. Le había dicho a su mamá que regresaba antes de medianoche, que no se preocupara, que la quería, que no se durmiera tarde por estarlo esperando.
La señora le había hecho la señal de la cruz en la frente, como cada vez que el muchacho salía y se había acostado a las 11. Pero a la 1 de la mañana despertó sobresaltada sin saber por qué, como cuando uno siente que algo le pasa a alguien antes de que la noticia llegue. Despertó a la cobrita, le dijo que Luis no había llegado, le marcó al celular, se iba directo al buzón, le marcó otra vez buón.
Otra vez buón. Pasaron 2 horas, 3 4. A las 5 de la mañana sonó el teléfono. La esposa de la cobrita ni siquiera contestó. Se quedó sentada en la cama abrazándose a sí misma, sabiendo. Lo dejó sonar dos, tres, cuatro veces. La cobrita, ya despierto, se levantó, fue hasta la sala, agarró el teléfono, escuchó la voz del otro lado y se dejó caer al piso de rodillas.
con el celular pegado a la oreja como un hombre al que le hubieran sacado las piernas de un solo golpe. El cuerpo de Luis fue localizado en el kilómetro 22.5 de la carretera Saltillo Guadalajara, en terrenos de Zapopan, rumbo a Zacatecas. Una ruta que él no tenía por qué haber tomado. Una ruta que solo se entiende si alguien lo llevó hasta allá.
La Fiscalía de Jalisco anunció que las primeras indagatorias apuntaban a un modus operandi de delincuencia organizada, pero los detalles, como siempre, los dejaron en el aire. Como siempre, las preguntas quedaron sin respuesta. Como siempre, el Padre se quedó sin nadie a quien pedirle cuentas. Luis tenía 19 años.
Había debutado como Amateur en 2020. Su papá lo había presentado en redes sociales con tanto orgullo que muchos cronistas mexicanos llegaron a escribir en aquellos días que en pocos años podríamos estar viendo al heredero verdadero de la cobrita. No del Junior, no de Yair, del nombre, de la sangre, de la sonrisa torcida de Luis.
Y ahora los tres se habían ido, los tres muchachos en menos de 7 años. Tres llamadas. tres madrugadas, tres entierros y un padre que después de cada una había tratado de levantarse otra vez, pero esta tercera lo dejó en el piso de su sala, susurrando un número que ningún padre debería tener que contar. Hoy, casi tres años después de aquella madrugada de abril, la cobrita González vive en esa casa pequeña en una colonia tranquila de Guadalajara con su esposa, sin nadie más, sin nietos que corran por el patio, sin gritos infantiles que se
escapen de los cuartos, sin cumpleaños grandes con pastel y velitas, solo ellos dos, y un perro callejero al que recogieron hace un par de años, al que llamaron Luis, sin pensarlo mucho, sin que nadie en la casa quisiera comentar el por qué. Lo que casi nadie sabe, lo que no se ha publicado en ningún noticiero, es cómo es un día normal en la vida de este hombre.
La cobrita se levanta a las 5:30 de la mañana sin despertador. Su cuerpo, después de tantos años de boxeador, se acostumbró a esa hora y ya no la suelta. Se sienta en el borde de la cama, no prende la luz, mira hacia la ventana. donde todavía está oscuro y antes de poner los pies en el piso hace algo que solo han visto sus vecinos más cercanos, algo que un día sin querer contó la señora del puesto de pan al que él va cada mañana en una conversación con una vecina, sin saber que la otra señora era pariente lejana de un periodista. Y así fue como esta
historia, esta parte chiquita, se filtró. La cobrita antes de levantarse dice tres nombres en voz alta, en orden. Alejandro, Yair, Luis. Tres nombres dichos despacito, casi como un Padre Nuestro. Y después se persigna, se persigna tres veces, una por cada uno y entonces sí pone los pies en el piso, se levanta, va al baño, se lava la cara con agua fría, se mira al espejo y arranca el día.
A las 6 sale a caminar, camina solo sin el perro, porque el perro a esa hora todavía duerme. Camina 2 km exactamente hasta una iglesia católica que está cerca de su casa. Entra, se sienta en la última banca, se queda ahí en silencio durante media hora, no reza con palabras, reza con la cabeza baja, con las manos cruzadas, con los ojos cerrados.

Cuando termina, deja una vela encendida frente a un altar pequeño, sale y regresa caminando cada mañana sin falta. Llueva, truene, granice. Esa caminata de 4 km redondos es su rutina más sagrada. A las 7:30 desayuna con su esposa, café aguado, pan blanco, a veces unos huevos. Hablan poco, saben lo que se duelen, saben lo que se aguantan, no necesitan estarlo diciendo todo el tiempo.
Después la cobrita se sienta en un sillón viejo de la sala, prende la televisión en un canal de deportes, baja el volumen y se queda viendo sin escuchar una repetición de alguna pelea de boxeo. A veces cuando la pelea es vieja, vieja de los años 90, se queda quieto, se le pone la mirada lejos.
y mira la pantalla sin mirarla porque sabe que en alguna esquina del fondo, entre el público de aquellos años, podía haber estado uno de sus muchachos, todavía muy chiquito, sentado en las rodillas de su madre, mirándolo a él levantar el cinturón. A las 11 de la mañana, la cobrita sale al gimnasio, no al gimnasio de Chepo Reynoso.
Ese se quedó en otro tiempo. va a un gimnasio chiquito, sencillo, en una colonia humilde, donde le pidieron que entrenara a unos muchachos amateurs por una paga simbólica, una paga que él en realidad no necesita, pero que aceptó porque como le confesó a su esposa una noche, necesito tener un lugar donde alguien me llame entrenador porque lo de papá ya no me lo dice nadie.
En ese gimnasio, los chamacos lo adoran. Lo llaman don Cobrita. Le piden consejos, le piden que les enseñe el directo de izquierda con el que tiraba a sus rivales. Le piden que les cuente historias de Kelly, de Frampton, de Mantecas Medina y la cobrita les cuenta, les cuenta todo. Pero hay tres temas de los que jamás habla en ese gimnasio.
Tres nombres que jamás salen de su boca delante de los chamacos. Tres historias que se queda él guardando en silencio mientras les corrige la posición del codo o les ajusta la guardia. Los muchachos, claro, saben, todos saben quién es la cobrita, todos saben lo que le pasó, pero por respeto ninguno le pregunta.
Y entre el entrenador y los aprendices se ha levantado un pacto silencioso, el pacto de que ahí dentro, entre cuerda y cuerda, ese hombre todavía es solo el campeón. Nada más, nada menos. A las 2 de la tarde regresa a comer con su esposa. A las 4 sale otra vez a veces a la iglesia cristiana, donde sigue siendo miembro activo, donde lo abraza el pastor cada domingo, donde le dan una taza de café aguado y una palmadita en el hombro, a veces al cementerio.
Esa parte casi nadie la ha visto. La cobrita va al cementerio dos veces por semana, pero no como van los demás, con flores, con oraciones largas, con familiares. Va solo. Lleva tres ramos pequeños idénticos, tres claveles blancos cada uno. Los pone uno por uno en cada lápida, se queda parado entre las tres durante mucho rato y les habla, les habla en voz alta, como si estuvieran ahí.
Les pregunta, ¿cómo están? Les cuenta que su mamá está bien. Les dice que el perro Luis ya creció bonito. Les pide perdón por las cosas en las que falló como padre y les pide bendición antes de irse como si fueran ellos los grandes y él el chamaco. Esa escena, los pocos visitantes del cementerio que la han presenciado, dicen que es la imagen más triste y más digna que han visto en su vida.
Por las noches, la cobrita se sienta con su esposa en el sillón. ven una serie, a veces se duermen los dos antes de que termine el primer capítulo. Otras veces su esposa lo descubre llorando en silencio, con los ojos clavados en el televisor, sin que se dé cuenta de que las lágrimas le caen.
Ella no le dice nada, le pone la mano sobre la mano, le aprieta los dedos y se quedan así los dos hasta que él se calma. Después se van a dormir y al día siguiente otra vez la misma rutina, otra vez los tres nombres, otra vez la caminata, otra vez la misa, otra vez el gimnasio, otra vez el cementerio, otra vez el sillón.
Hace unos meses, un periodista joven, novato, que trabajaba en un diario deportivo de Guadalajara, le pidió una entrevista. La cobrita aceptó, le abrió la puerta de su casa, le ofreció un café y se sentaron en la sala. El muchacho al principio le preguntó por las peleas viejas, por Kelly, por Frampton, al que su hijo se enfrentó, por Chepo Reinoso.
La cobrita contestó tranquilo, sonriendo a ratos con esa sonrisa torcida de siempre. Pero el chamaco, queriendo hacer una buena entrevista, sin maldad, sin querer lastimarlo, en algún momento le hizo una pregunta. Le preguntó si después de todo sentía que la vida había sido injusta con él.
La cobrita se quedó callado un rato largo, se sirvió más café, se acomodó en el sillón y al final le contestó algo que el muchacho, según contó después, llevó un mes pensando antes de poder escribirlo en su nota. La vida no es injusta, muchacho. La vida solamente es. Lo que pasó pasó. Mis hijos se fueron. Yo me quedé.
Si tuviera que hacerle reclamos a alguien, no tendría a quién reclamarle. Y aunque tuviera ya tampoco sirve. Lo único que me queda es levantarme cada mañana, decir tres nombres y caminar. Caminar todos los días. Caminar para que ellos donde estén sepan que su papá no se rindió, que aunque le quitaron lo que más amaba, no soltó las manos.
Las manos las tengo cerradas todavía como un boxeador, pero ya no para pegar. Las tengo cerradas para no soltar lo poquito que me queda. El muchacho cerró su libreta, le dio las gracias, le dio un abrazo torpe en la puerta y se fue caminando por la calle con los ojos llenos de lágrimas, sin saber bien cómo iba a contar todo lo que había escuchado en esas dos horas.
Hoy la cobrita González sigue en esa casa chiquita, sigue caminando todas las mañanas, sigue yendo a la iglesia, sigue entrenando muchachos amateurs en un gimnasio humilde de Guadalajara, sigue saludando a las vecinas con esa sonrisa torcida que se le quedó pegada desde los 14 años y sigue cada noche antes de dormir mirando una foto que tiene en su buró.
Una foto de los tres muchachos tomada en algún cumpleaños viejo, cuando los tres estaban chiquitos, abrazados, con globos en las manos, riéndose hacia la cámara. Esa foto, los días en que él se siente más fuerte, la mira y sonríe un poquito. Los días en que se siente más débil, la mira y se la lleva al pecho y se queda dormido con ella ahí sobre el corazón, como si abrazándola pudiera abrazarlos a ellos.
como si la foto, esa foto chiquita, pudiera devolverle por una noche la sensación de tener todavía una casa llena. Lo extraño, lo verdaderamente extraño de la historia de la cobrita es que después de todo lo que le pasó, este hombre todavía sale a la calle, todavía saluda, todavía entrena, todavía le habla a Dios. Cualquier otro en su lugar habría tirado la toalla, habría caído otra vez en lo que estuvo en los 90, habría agarrado de nuevo la botella, el polvo blanco, la rabia, pero la cobrita no.
dice que no se permite caer porque sus muchachos lo están viendo desde algún lado y porque quiere darles hasta el último día de su vida el orgullo de haber tenido un padre que aguantó, que peleó, que se quedó de pie aunque le hayan quitado los tres pilares que sostenían su casa. Hay algo en la historia de este hombre que duele de una manera particular, porque no es solo la historia de un boxeador caído. Hemos visto muchos.
Es la historia de un padre. De un padre que se levantó cada mañana después de cada llamada, de un padre que aprendió a hablarle a tres lápidas como si fueran un teléfono. De un padre que enterró todos los planes que un padre puede hacer, todos los sueños que un padre puede acumular, todos los abuelos que un padre piensa que va a hacer y que aún así, contra toda lógica, contra todo derrumbe interior, decidió no soltar las manos.
que sigue saliendo a caminar a las 6 de la mañana, que sigue dándole a la vida lo poquito que le queda dentro del pecho. Y quizá ahí, en ese gesto chiquito, en esa caminata sin sentido aparente, en esa misa sin palabras, en esa rutina que para los demás parece insignificante, está la grandeza más callada del boxeo mexicano. Una grandeza que no se mide en cinturones ni en bolsas millonarias.
Una grandeza que se mide en levantarse al día siguiente, sin importar cuántos golpes te haya tirado la vida la noche anterior. Cuando uno termina de escuchar esta historia, queda con una pregunta atorada en el pecho. ¿Cuánto puede aguantar un hombre? ¿Cuánto puede recibir un corazón humano antes de cerrarse del todo? ¿Cuál es el límite del dolor que un padre puede cargar sin desbaratarse? La cobrita no tiene la respuesta, nadie la tiene, pero sin querer, con su rutina silenciosa, con sus tres claveles, con su perro al que llamó Luis, con sus tres nombres
susurrados antes de poner los pies en el piso, este hombre nos está enseñando algo. Nos está enseñando que la dignidad a veces no es ganar, a veces es seguir parado cuando ya no hay razón aparente para estarlo. A veces es eso. solo eso y a veces eso es muchísimo. Si esta historia te dejó pensando en pantalla ya te está apareciendo otro video del canal, la historia de otro grande del boxeo mexicano que cargó toda su vida con un secreto todavía más impactante que este.
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