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Alejandra Guzmán: lo que le sacaron del cuerpo después de 17 años casi la mata.

Hizo pequeños papeles en telenovelas, como cuando los hijos se van. Llegó incluso a actuar al lado de su madre en la obra  musical Mame, sobre el mismo escenario compartiendo los mismos aplausos. El camino estaba trazado con toda claridad. Sería actriz como mamá. heredaría el oficio, seguiría la tradición.

Y aquí está el primer gran giro de esta historia,  porque Alejandra Guzmán no quería el camino de su madre. Por mucho que se lo pusieran fácil,  por mucho que fuera lo cómodo y lo conocido, ella sentía que ese camino ya tenía dueña,  que esa puerta ya estaba ocupada. Lo que quería era el camino del otro lado de la casa, el de su padre.

Quería  el rock, quería la guitarra eléctrica, los amplificadores al máximo, el escenario con humo y luces de  colores. Quería un sitio donde Alejandra Guzmán no fuera la hija de la gran Silvia Pinal, sino simplemente ella misma. Los primeros discos de Alejandra Guzmán, los que vinieron antes de Eternamente Bella, fueron los años de formación, de aprender qué funcionaba y qué no.

De entender cómo era ella en un escenario, cómo se relacionaba con el público, qué tipo de canciones la representaban de verdad.  No fueron discos perfectos, fueron discos necesarios. En el segundo, que se llamó  flor de piel, en 1989 ya había señales de lo que estaba por venir. Una voz que no pedía permiso, una presencia escénica que no se enseñaba en ninguna escuela y una actitud que decía, sin palabras, que estaba ahí para quedarse.

En la música de rock había un territorio que Silvia Pinal no había pisado nunca, un sitio donde Alejandra podía ser la primera. Por fin, una puerta que abrir sin encontrar a su madre. ya del otro lado. Pero conquistar ese territorio tuvo un precio inmediato  y fue un precio muy alto pagado en la moneda más dolorosa que existe,  la familia.

En 1988 con 20 años, Alejandra Guzmán sacó su primer disco. Se llamaba Bye Mamá. Adiós, mamá. Y la canción que le daba título no era  un tema cualquiera, no era una letra inventada para llenar el álbum, era en gran parte  autobiográfica. Hablaba de la relación difícil con Silvia Pinal.

Hablaba de la sensación de abandono que Alejandra decía haber arrastrado desde niña, de aquellas noches de gira en las que su madre estaba lejos, brillando para miles de personas desconocidas mientras ella se quedaba esperándola en casa sin saber cuándo volvería. Piénselo bien. La primera vez que Alejandra Guzmán se subió a un escenario de televisión a cantar algo suyo, lo que México entero escuchó fue a una hija poniéndole letra y música a la herida que tenía con su madre.

Se presentó con ese tema en Siempre en Domingo,  que era el programa musical más visto del país, la vitrina más grande que existía para cualquier artista emergente.  Y ahí, esa misma noche, nacieron dos cosas a la vez. Nació la artista Alejandra  Guzmán y se abrió la primera grieta familiar.

Silvia Pinal y Alejandra Guzmán dejaron de hablarse. Madre e hija pasaron cerca de 6 meses sin dirigirse la palabra por culpa de aquella canción. 6 meses de silencio entre dos mujeres que se querían rotas por un disco que paradójicamente fue un éxito enorme desde el primer día.  Y quédese con esta idea porque va a explicar muchas cosas de todo lo que viene después.

La carrera de Alejandra Guzmán y el dolor de Alejandra Guzmán nacieron juntos el mismo día de la misma canción. Su primer gran triunfo profesional fue al mismo tiempo su primera gran fractura personal,  como si desde el inicio alguien hubiera trazado el patrón de su vida. Para Alejandra, el éxito y la herida iban a venir siempre tomados de la mano, inseparables, como dos caras de la misma moneda.

Esa mujer joven, rebelde, de voz rasgada y ganas de comerse el mundo, estaba a punto de convertirse en algo que México no había visto nunca en una mujer. La reina absoluta del rock en español. Los años que venían iban a ser los más altos, los más brillantes,  los más imparables de toda su vida. Discos que venderían millones de copias  en medio continente, estadios coreando sus canciones de principio a fin,  una libertad sobre el escenario que ninguna artista mexicana se había permitido jamás. Y justo por eso, porque

iba a subir tan arriba, porque iba a tocar un techo tan alto, la caída que le esperaba años después  se iba a sentir hasta los huesos. Eternamente bella. Hay una palabra que define los años  que vienen ahora. Cima. Porque entre 1990 y mediados de aquella década, Alejandra Guzmán  no fue solo una cantante de éxito, fue un fenómeno que cambió las reglas de lo que era posible.

Cambió lo que una mujer mexicana podía hacer, decir encima de un escenario. Y para entender por qué su caída posterior dolió tanto, primero hay que ver con calma  hasta dónde llegó arriba. En 1990, Alejandra Guzmán sacó su tercer disco.  Se llamaba Eternamente Bella. Y lo curioso es que ese disco, tan latino,  tan suyo, se grabó muy lejos de México.

Se grabó en Italia, en las ciudades de Milán y Bolonia,  con compositores europeos que no conocían el rock mexicano, pero que supieron exactamente qué hacer con la voz de Alejandra. El resultado fue enorme. Eternamente bella le dio tres discos de platino. En apenas un año superó el millón de copias vendidas, una cifra que en aquella época era extraordinaria para una artista latinoamericana.

La canción que daba título al álbum se convirtió en un himno que cruzó fronteras como si no existieran.  Se escuchaba en México, claro, pero también en Perú, en Colombia, en toda Centroamérica, en la comunidad latina de Estados Unidos. Alejandra hizo una gira larguísima por buena parte del continente americano.

Ya no era la hija de Silvia Pinal que hacía rock. Ya era por derecho propio y por  mérito indiscutible Alejandra Guzmán. Al año siguiente, en 1991, llegó el disco que la puso todavía más alto, Flor de Papel. De ese álbum salieron canciones que cualquier persona de su generación todavía hoy tararea de memoria sin esfuerzo.

Hacer el amor con otro. Hey, Gerüera, reina de corazones. En solo 5 meses, Flor de Papel logró doble disco de platino.  Le trajo el premio al mejor disco del año de la revista Eres, que entonces era la publicación musical más influyente del país, y le dio algo que ninguna mujer del rock mexicano tenía hasta entonces su primera nominación al Grammy, una artista mexicana de rock nominada al premio más importante de la música en el mundo.

en 1991 y en 1993 llegó Libre, su quinto disco, el primero que distribuyó una compañía internacional con alcance global. Libre se publicó en 11 países a la vez, de Argentina a España, de Colombia a Estados Unidos. De ahí salió Mala hierba, una canción de letra autobiográfica que Alejandra convirtió casi en un lema personal.

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