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Alejandra Guzmán: La Herencia Millonaria, Las Cirugías y La Hija Que La Acusó de Todo

 9 de febrero de 1968 nace Alejandra Gabriela Guzmán Pinal. No en cualquier familia. En la familia, sus padres son dos de las figuras más grandes del espectáculo mexicano, no de su generación, de la historia del espectáculo mexicano. Su madre, Silvia Pinal, es la actriz más importante de su época. Es diva, es productora, es conductora de televisión.

 Su programa Mujer, Casos de la vida real se transmitiría durante 21 años y se convertiría en un referente de la televisión mexicana. Su padre, Enrique Guzmán, es el rey del rock and roll mexicano, el líder de los Team Tops, el grupo que llevó el rock a México a principios de los años 60. Porque Enrique Guzmán no era solo un roquero encantador, era un hombre con un temperamento que iba mucho más allá de lo artístico.

 Años después, cuando los videos del pasado empezaron a circular por internet, el público descubrió imágenes que elaban la sangre, videos donde Enrique empuja a periodistas con agresividad. videos donde hace comentarios inapropiados en televisión abierta. Videos donde su comportamiento con las mujeres de su entorno genera una incomodidad que no se puede ignorar.

 Y la propia Alejandra confirmó algo que daba un contexto siniestro a toda su infancia. En una entrevista en 2021, mientras defendía a su padre de las acusaciones de Frida Sofía, soltó una frase que reveló más de lo que probablemente pretendía. dijo que su padre le había pedido perdón por los golpes que le dio a su madre.

 Los golpes que le dio a su madre. Esa frase dicha casi al pasar, como si fuera un detalle menor dentro de una conversación más grande, reveló lo que muchos sospechaban, pero nadie había confirmado públicamente que el matrimonio de Silvia Pinal y Enrique Guzmán no fue solo tempestuoso, fue violento, que la niña Alejandra creció en una casa donde el padre madre, que las peleas que escuchaba desde su habitación no eran solo gritos, eran Y aquí hay que detenerse porque ese dato cambia la lectura. Lectura de toda la vida de

Alejandra Guzmán. Cambia la lectura de Va y mamá. Cambia la lectura de sus adicciones. Cambia la lectura de sus relaciones con hombres destructivos. Cambia la lectura de su relación con Frida Sofía. Porque una niña que crece viendo a su padre golpe madre no sale de esa experiencia intacta. Esa niña aprende que el amor y la violencia pueden coexistir, que se puede amar a alguien que te destruye, que el caos es la normalidad.

 Y esas lecciones aprendidas en la infancia se repiten en la adultez como un patrón que la persona no puede ver porque es lo único que conoce. Silvia y Enrique se divorciaron en 1976 cuando Alejandra tenía 8 años. Pero el divorcio no terminó con el caos, solo lo redistribuyó, porque Alejandra quedó en medio de dos planetas que se alejaban.

un padre que se fue, una madre que estaba demasiado ocupada siendo Silvia Pinal como para ser mamá de tiempo completo. Porque hay que entender algo sobre Silvia Pinal que la historia oficial suele omitir. Silvia Pinal fue una artista extraordinaria, pero fue una madre compleja, no porque fuera mala persona, sino porque su carrera era tan absorbente, tan demandante, tan totalitaria que no dejaba espacio para nada más.

 Las horas que debía dedicar a sus hijas se las comían los rodajes, las grabaciones, las giras, los compromisos, las juntas, las entrevistas. Alejandra creció rodeada de sirvientes, de niñeras, de personas que cobraban por cuidarla. Pero la persona que no cobraba, la que debía cuidarla por amor, por instinto, por obligación maternal, estaba en un foro de televisión.

 Y entonces, cuando Alejandra tenía 14 años, ocurrió algo que le arrancó la poca inocencia que le quedaba. 25 de octubre de 1982, Viridiana a la triste Pinal, hija de Silvia Pinal y del director Gustavo Ariste, media hermana de Alejandra, muere en un accidente automovilístico en la Ciudad de México. Tenía 19 años.

 Su carro se estrelló contra un poste. Murió al instante. Viridiana era actriz, era joven, era hermosa, era la hija que ya había empezado a brillar con luz propia. Silvia Pinal le había puesto ese nombre en homenaje a la película de Buñuel, que la había consagrado internacionalmente. Era, en cierto modo, la herederá simbólica del legado artístico de su madre y de pronto ya no estaba.

 La muerte de Viridiana fue un terremoto emocional que sacudió a toda la familia Pinal, pero el epicentro fue Silvia. La actriz se hundió en un duelo tan profundo, tan devastador, tan consumidor, que las hijas que le quedaban sintieron que las habían abandonado emocionalmente. Silvia estaba ahí físicamente, seguía viviendo en la misma casa, seguía trabajando, seguía apareciendo en la televisión, pero su alma estaba en otro lugar, en un lugar donde solo cabía Viridiana, en un lugar donde las hijas vivas no podían entrar.

Alejandra tenía 14 años, la edad más frágil, la edad en que una adolescente necesita más que nunca la presencia emocional de su madre, la edad en que se forman los vínculos que definirán todas las relaciones futuras. Y en esa edad su madre desapareció emocionalmente, no porque quisiera, porque el dolor la secuestró.

 Alejandra procesó ese abandono de la única manera que sabía, con rabia, con rebeldía, con una necesidad desesperada de ser vista, de ser escuchada, de existir para alguien. Si su madre no la veía, el mundo la vería. Si su madre no la escuchaba, el mundo la escucharía. Si su madre no la elegía, ella se elegiría a sí misma. Y ahí nació la semilla de la Guzmán.

 En 1988, a los 20 años, Alejandra grabó su primer disco y el título fue una declaración de guerra, no contra la industria, no contra el mundo, contra su propia madre. Se llamaba B Mamá. La canción que le daba título era un grito que México no estaba preparado para escuchar. Era una hija diciéndole a Silvia Pinal en público frente a millones de personas lo que llevaba años gritándole en privado.

No estuviste. Me dejaste sola. Elegiste tu carrera antes que a mí. Elegiste tu dolor por Viridiana antes que mi necesidad de ti. Y ahora me voy. By mamá. La polémica fue nuclear. Cómo una hija le canta eso a Silvia Pinal. ¿Cómo se atreve? ¿Qué clase de ingratitud es esa? La prensa la destrozó. Los columnistas la acusaron de malagradecida.

 Los defensores de Silvia Pinal la señalaron como una niña mimada que no sabía valorar el privilegio de haber nacido en esa familia. Y los que la apoyaron, que eran más de los que la prensa quería admitir, reconocieron en ese grito algo que miles de hijos sentían, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta. El productor que creyó en ella cuando nadie más lo hacía fue Miguel Blasco.

 Él vio en Alejandra algo que la industria no quería ver. Que esa muchacha rebelde, con voz rasposa, con actitud de roquera, con más rabia que técnica vocal, tenía algo que no se podía fabricar, ni comprar ni imitar. Autenticidad. El público le creía cuando cantaba, porque cantaba desde un lugar real, desde el dolor real de una hija abandonada, desde la rabia real de una adolescente que perdió a su hermana, desde la soledad real de una mujer que creció entre reflectores ajenos sin que ninguno la iluminara a ella.

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