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A los 76 años, José María Napoleón nombró a los seis cantantes que más odia.

Vive reeditado en 2016. El silencio también es respuesta. Y muchos entendieron. No era odio, era desilusión. era el duelo entre la verdad y el espectáculo. En el fondo, Napoleón nunca pudo soportar la idea de que el arte se transformara en circo. Y para él, Joan representó esa frontera. No se trataba de talento, se trataba de intención.

Mientras uno galopaba con mariachi y sombrero por los estadios, el otro prefería sentarse con guitarra y mirar al vacío. Dos gigantes, dos caminos, pero solo uno para Napoleón conservaba la dignidad de lo íntimo. Vicente Fernández, el charro de Genitán, el coloso de la ranchera. Para millones una voz que no morirá jamás.

Pero para Napoleón esa voz también cargaba algo más la sombra de una época que lo excluyó, que lo juzgó, que lo empujó a ser otra cosa o a desaparecer. Se conocieron en los años 70 cuando la industria discográfica mexicana era un coto cerrado, dominado por el mariachi y los sombreros grandes y la masculinidad impostergable.

Napoleón llegaba con su sensibilidad a flor de piel, con baladas que hablaban del miedo de la ternura de un hombre que llora sinvergüenza. Vicente, en cambio, era el símbolo del machismo cantado de él. Si te vas, me voy al bar del Yo soy así y no voy a cambiar. Esa diferencia estética se convirtió pronto en fricción silenciosa.

En 1979, cuando Napoleón comenzó a ganar terreno con temas como hombre y pajarillo, varios ejecutivos de Televisa Música habrían presionado para que se vistiera más a la mexicana, más al estilo Vicente. La respuesta de Napoleón fue categórica. No soy Charro, soy yo. Lo cierto es que Vicente nunca ocultó su desdén.

En una entrevista con Jacobo Zabludowski en 1984, al ser consultado por la nueva generación de cantautores, soltó una carcajada y dijo, “Yo no canto poesía, yo canto para hombres.” Napoleón jamás respondió en público, pero sus allegados cuentan que esa frase lo marcó profundamente. ¿Y qué soy yo entonces? habría dicho en privado. Un error.

La atención se intensificó en los años 90 cuando ambos fueron nominados a los premios Loón estaba programado para cantar en vivo, pero a último minuto fue desplazado por una actuación sorpresa de Vicente acompañado de 40 mariachis. No hubo explicación, solo aplausos y un silencio largo tras bambalinas. Napoleón se fue sin reclamar como siempre, pero meses después, en una entrevista para la radio de Guadalajara, dejó una frase cargada de plomo.

Hay artistas que llenan estadios y otros que llenan almas. No siempre son los mismos. La industria, por supuesto, favoreció a Vicente, el ídolo del pueblo, el eterno macho que lloraba sí, pero solo por la mujer que lo dejó. Napoleón, en cambio, hablaba de amor sin pose, de dolor sin venganza. Esa honestidad lo volvió incómodo.

No fue una enemistad declarada, fue un abismo cultural, un choque de generaciones encapsulado en la misma época. Y aunque Vicente ya no está en Napoleón, aún carga con las huellas de ese duelo no cantado. Para él, Vicente representó no solo un estilo musical, sino una barrera, un filtro impuesto por la industria que lo obligó a elegir entre imitar o resistir.

Y Napoleón resistió, aunque eso le costara años de silencio y cientos de puertas cerradas. Aí Cuevas, la voz femenina más imponente del mariachi, galardonada, respetada de técnica impecable, para muchos la reina absoluta de la música ranchera. Pero para Napoleón esa corona pesaba demasiado y no siempre sobre la verdad.

Se conocieron en 1993 durante un homenaje televisado a Lucha Villa. Él fue invitado como compositor, ella como una de las voces principales. En los ensayos, Napoleón notó algo que lo inquietó todo. Estaba coreografiado al milímetro, desde la forma de entrar al escenario hasta el modo de mirar a cámara. Aida tenía el control total de su interpretación, pero no dejaba lugar a lo espontáneo.

“Canta perfecto, pero sin respiración propia”, susurró Napoleón a su pianista. Al principio la relación fue cordial. Incluso grabaron juntos un tema en 1995, “Quédate conmigo esta noche”, para un especial discográfico de duetos. El resultado fue correcto, técnicamente impecable, pero Napoleón se sintió incómodo durante toda la grabación.

No me escucha, me sigue con los ojos, pero no con el alma. La distancia creció con los años. En el 2000, durante una gira compartida por varias ciudades de Estados Unidos, organizada por Fonovisa, las tensiones se hicieron evidentes. Aida exigía cerrar los conciertos, aunque fuera Napoleón, quien convocaba mayor número de seguidores en ciertas plazas. Esto es Mariachi.

Yo represento la tradición, argumentaba ella ante los promotores. Napoleón, siempre diplomático, cedía en público y anotaba en silencio. Durante un concierto en San Antonio, le ofrecieron cantar un tema sorpresa con ella para cerrar. Él se negó. Esa noche interpretó solo pajarillo y salió sin saludar. En una entrevista para Radio UNAM en 2006, al ser consultado sobre las grandes voces femeninas de México, Napoleón nombró a Lucha Villa Amparo Ochoa y Chabela Vargas. Aida brilló por su ausencia.

Cuando el conductor insistió, él sonrió apenas y dijo, “Prefiero la imperfección con verdad que el virtuosismo con máscara.” Aía jamás respondió públicamente, pero en entrevistas posteriores evitó mencionar a Napoleón entre los grandes compositores mexicanos. La herida, aunque jamás sangró en público, quedó abierta.

Para Napoleón, Aida representó la obsesión por la perfección formal, una manera de cantar que brillaba así, pero que según él jamás temblaba. Y para alguien como él, que hizo del temblor una forma de arte, eso era simplemente inaceptable. Mijares, voz potente, estilo impecable, una carrera sólida que se mantuvo durante décadas sin escándalos mayúsculos.

Admirado por su versatilidad y su carisma, es para muchos uno de los pilares del pop mexicano. Pero para Napoleón, detrás de esa fachada pulida, había algo que siempre lo incomodó la falta de alma. Su relación comenzó con cortesía. Se conocieron en 1988 durante los ensayos para un evento de Teletón, donde ambos fueron invitados para cerrar la jornada con un dueto coral.

Napoleón fue cordial, incluso elogió la voz de Mijares, pero en privado comentó a un periodista cercano, “Canta como si todo le saliera bien, demasiado bien.” Y el temblor del alma, ¿dónde está? Con el tiempo la distancia se hizo más evidente. Mijares acumulaba éxitos radiales, apariciones televisivas, colaboraciones pop con artistas como Yuri y Lucero.

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