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Un matrimonio más aterrador que cualquier thriller:la tímida esposa que engañó incluso a la policía.

El 24 de enero de 2003, Susan Wright se presentó por voluntad propia en una comisaría de policía. Sus declaraciones fueron contravictorias y mostraban una gran carga emocional. En varios momentos se refería a su esposo como si aún estuviera con vida. Una evaluación psicológica determinó que había sufrido un colapso nervioso y depresión, aunque los profesionales la consideraron mentalmente apta para declarar.

Tres días antes, el 21 de enero, los investigadores ya habían exumado un cadáver del patio trasero de la vivienda familiar en Harris County. Sobre el cuerpo encontraron 193 heridas de arma blanca distribuidas desde las extremidades inferiores hasta el rostro. Los forenses determinaron que una sola puñalada en la cabeza pudo haber sido letal.

Las restantes eran de poca profundidad, pero su número y disposición indicaban que el ataque se había prolongado en el tiempo. Jeffrey Wright no falleció de manera inmediata. Según los peritos, permaneció consciente durante una parte significativa de esa agonía. Las muñecas y los tobillos presentaban marcas compatibles con haber estado atado antes de morir.

Las corbatas y el cinturón de una bata que lo sujetaban al colchón aún seguían colocados. Las lesiones mostraban que había forcejeado para liberarse sin éxito. Sobre el pecho y la ingle aparecieron restos de cera. El informe toxicológico detectó alcohol y varias sustancias prohibidas en su organismo. La fiscalía sostuvo que lo ocurrido aquella noche no fue una reacción impulsiva ni defensa propia.

Según los fiscales, hubo un plan. Susan habría utilizado su propia apariencia para crear un contexto de intimidad. Ingresó al dormitorio con una bata corta de seda. Jeffre interpretó esa escena como el comienzo de un juego privado al que accedió sin resistencia. Ella propuso incorporar elementos de rol que incluían ciertas restricciones físicas.

Él aceptó. Tres corbatas de Jeffrey sirvieron para sujetar de las manos y una pierna a la cama. La otra pierna quedó asegurada con el cinturón de la bata. Luego colocó una mordaza improvisada. La habitación se oscureció con velas. La cera caliente que caía sobre la piel todavía podía entenderse dentro del marco de esa dinámica acordada, pero en algún punto el juego se transformó en otra cosa.

Cuando Jeffrey comenzó a comprender lo que sucedía, ya no pudo reaccionar. Estaba completamente inmovilizado. Los intentos por soltarse fueron inútiles. La mordaza ahogaba cualquier llamado de auxilio. Fue entonces cuando Susan tomó un cuchillo. Los primeros impactos fueron lentos, casi mecánicos.

Entre puñalada y puñalada, la mujer hablaba en voz alta, repasaba cada ofensa, cada humillación, los años de miedo. La acusación interpretó ese comportamiento no como una pérdida de control, sino como una suerte de ajuste de cuentas pausado. Más tarde, los golpes se aceleraron y se volvieron desordenados. Las palabras se convirtieron en llanto.

Incluso después de que Jeffrey dejó de mostrar signos vitales, Susan lo se detuvo de inmediato. La defensa planteó una versión radicalmente distinta. construyó su estrategia sobre años de maltrato doméstico y presión psicológica. Susan declaró en el juicio que arrancó a finales de febrero de 2004, que la violencia por parte de su esposo comenzó casi desde que empezaron a convivir.

Al principio fueron roces verbales y actitudes bruscas. Después escaló a agresiones físicas y también de naturaleza íntima. En los primeros tiempos, Jeffrey pedía disculpas después de cada incidente. Juraba que no volvería a pasar, que había perdido el control. Con el correr de los meses, esas disculpas desaparecieron.

La violencia se incorporó a la rutina diaria. También ejercía un control económico estricto. Susan recibía una suma muy reducida para manejar los gastos de toda la casa y cada centavo era supervisado. Jeffrey entrenaba boxeo en un gimnasio. Decía que así liberaba tensiones y mencionaba que le enseñaría a su hijo cuando este creciera.

El 13 de enero de 2003, tras su jornada laboral, acudió a su entrenamiento habitual. Cuando volvió a casa, se mostró inquieto y tenso. Mientras Susan preparaba la cena, él comenzó a jugar con su hijo de 5 años, mostrándole movimientos de boxeo. En un momento calculó mal la fuerza y golpeó al niño. El pequeño rompió a llorar.

Jeffrey intentó calmarlo con la esperanza de que Susan no lo hubiera notado. Ella no reaccionó exteriormente. Según el relato de Susan, después de cenar acostó a los niños y luego decidió hablar con su esposo para intentar convencerlo de que buscara tratamiento. La conversación derivó en una discusión.

Jeffrey se enfadó, tomó las llaves del auto e intentó irse. Susan trató de retenerlo. En el forcejeo, él la golpeó y la dejó desorientada. Cuando recuperó el conocimiento, vio un cuchillo en las manos de su esposo. Nunca pudo explicar con claridad cómo el arma terminó en su poder. La defensa argumentó que Susan actuó en un estado de desborde emocional extremo.

Una vez que tuvo el cuchillo, comenzó a apuñalar y no pudo detenerse. Pero los peritos encontraron puntos que no encajaban con esa versión. Las lesiones en muñecas y tobillos se produjeron mientras Jeffrey aún vivía. Eso significaba que fue inmovilizado antes del ataque, no después. Susan había afirmado que las ataduras se colocaron tras el crimen, supuestamente para facilitar el traslado del cuerpo.

Sobre la cera dijo que fue accidental. Una vela situada cerca de la cama se habría volcado. En cuanto a la mordaza, confeccionada con una prenda íntima de ella, no pudo ofrecer ninguna explicación. El patrón de las idas tampoco respaldaba la idea de una lucha caótica. Todos los impactos se produjeron desde el frente con un ángulo homogéneo, como si la atacante hubiera estado posicionada sobre la víctima.

Jeffrey permanecía boca arriba, completamente sujeto, sin capacidad de ofrecer resistencia activa. La fiscalía también mencionó entre los posibles motivos un beneficio económico, en concreto el cobro de seguros tras la muerte del esposo. Susan había nacido en Houston, Texas, en 1976. De pequeña mostraba mucha energía y creatividad. Soñaba con ser bailarina.

Como no pudo ingresar a la universidad después de la secundaria, trabajó un tiempo como bailarina para subsistir. Más tarde intentó estudiar medicina combinando las clases con empleos de camarera. En 1997 conoció a Jeffre Wright. Él se mostró atento, insistente y aparentemente entregado. Debajo de esa fachada cordial existían problemas con el alcohol y sustancias prohibidas.

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