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EXPONEN A SUS PROPIAS HIJAS; FACEBOOK Y TELEGRAM, REDES LLENAS DE DEPREDADORES | Historial Criminal

La información que estás a punto de escuchar es especialmente delicada, pero considero que es muy importante hablar de ella. Muy pocos espacios deciden abordar este tema de frente debido a lo incómodo y perturbador que resulta. Sin embargo, hay algo que nunca debemos de olvidar. Conocer los riesgos es el primer paso para prevenirlos.

Este episodio no busca generar morbo ni explotar el dolor de las víctimas. Todo lo contrario. Lo que vamos a revisar son investigaciones reales, operativos, casos documentados y una realidad que durante años muchísimas autoridades, plataformas digitales y personas prefieren ignorar. Porque internet no creó a estos monstruos, a estos depredadores, solamente les dio una forma mucho más rápida, silenciosa y peligrosa de encontrarse entre ellos.

Y después de conocer los casos que veremos el día de hoy, probablemente nunca volverás a mirar de la misma manera ciertas fotografías, ciertos perfiles, ni algunas personas que tienes demasiado cerca de ti. Una madre abre su cuenta de Facebook para compartir una fotografía. Es un día especial, un momento familiar importante.

La publicación se llena de me gusta y comentarios de felicitaciones. Para esta madre es solo es solo un recuerdo hermoso compartido con la gente que quiere, pero lo que ella no sabe es que el peligro ya está dentro de su casa, infiltrado entre sus contactos más íntimos. Alguien observa la fotografía con una mirada, una mirada muy distinta.

Alguien que no ve inocencia, alguien que ve una oportunidad. Con total frialdad, esta persona descarga la imagen, la roba de la cuenta de la madre y la arrastra hacia la clandestinidad de internet. En cuestión de minutos, la foto termina publicada en un grupo privado, un rincón oboscuro donde se esconden hombres que comparten un gusto retorcido y perverso.

Amigos, ¿cómo están? Bienvenidos a un nuevo capítulo de Historial Criminal. A lo largo de los años nos ha tocado ver de cerca las peores atrocidades de las que es capaz el ser humano. Hemos visto cómo crecen en total descaro las agresiones dentro de los hogares hacia los más pequeños. Un problema que se vuelve más grave porque la realidad económica actual obliga a los padres y a las madres a cubrir jornadas laborales muy largas, además de los traslados de regreso a casa que pueden ser eternos, teniendo que dejar a los niños al

cuidado de familiares, de hijos mayores o de algún conocido o vecino. Desgraciadamente es en esa situación donde los depredadores encuentran el escenario perfecto para cumplir sus obscuras fantasías. Aprovechan esos momentos a solas con la víctima para ganarse su confianza con el fin de agredirlos de manera íntima y a base de manipulaciones.

Convencen a los menores de que si dicen una sola palabra de lo que está pasando, nadie les va a creer. Por eso, el peligro real no viene de un extraño en la calle. Y esta problemática en las plataformas digitales no apareció de la nada. México se ha mantenido históricamente en los primeros lugares a nivel mundial en el tráfico, explotación y venta a través de internet.

Se trata de una red masiva de servidores, direcciones IP y pantallas que han funcionado por décadas. No ha desaparecido, solo muta de plataforma, adaptándose a las herramientas tecnológicas, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería que cualquiera consulta todos los días. En esa época, los agresores actuaban con total impunidad y sin miedo a ser rastreados por la policía, dejando sus enlaces a la vista de todos.

Un ejercicio de monitoreo digital realizado por el diario El Universal mostró la facilidad con la que operaban estas redes en páginas web comunes a plena luz del día y frente a los ojos de cualquier usuario en México. Este ejercicio no requirió de meses de investigación ni de herramientas avanzadas de hackeo. No.

En una navegación de apenas 6 horas por la red utilizando computadoras caseras ordinarias y los buscadores comerciales que todos conocemos, los reporteros lograron meterse hasta las entrañas de estas páginas. El resultado de esas 6 horas frente a la pantalla fue devastador. Localizaron, abrieron y descargaron material en foros abiertos que contenía videos de menores de edad mexicanos.

El reporte detalló que los archivos estaban alojados en servidores comunes y circulaban sin ningún problema entre cientos y cientos de usuarios. Los delincuentes cibernéticos operaban en total impunidad. No se necesitaba entrar a la internet profunda ni usar navegadores especiales cifrados para ver el material.

Bastaba con teclear un par de palabras clave y listo, tenían acceso. Las imágenes y los videos estaban ahí expuestos en servidores públicos, circulando sin control, mientras miles de usuarios anónimos los descargaban y compartían desde distintos rincones del mundo. Con cada clic, la intimidad de un niño era vulnerada una vez más.

Los datos arrojados fueron analizados en el Senado de la República, donde ya ubicaban a las conexiones domésticas en México como una de las principales vías de difusión de este material a nivel internacional. Estas alertas están respaldadas por un reporte de la UNICEF que expone una realidad devastadora. Al menos 100 menores de edad mexicanos al mes son registrados como víctimas en el entorno digital.

Piens en eso por un segundo. 100 niños cada 30 días convertidos en archivos virtuales. El organismo internacional detalla que eh la red se ha transformado en el principal terreno de captación debido al anonimato de los perfiles falsos y a la falta de supervisión en los chats. Además, advierte que la velocidad de transferencia multiplica el alcance de forma irreversible, ya que un solo video puede ser clonado, guardado y reproducido en miles de monitores alrededor del mundo en cuestión de segundos, haciendo casi imposible borrar

la huella digital de la víctima. Vamos a empezar a analizar dónde nace el problema y cómo es que fue evolucionando. Para agosto del año 2013, la Procuraduría General de la República ya tenía bajo la mira 12,300 cuentas personales de internet, perfiles activos de usuarios y direcciones de correo desde donde se distribuían de manera cruel y masiva archivos de explotación.

El gran engaño de esos años, la mentira con la que las autoridades se justificaban y la sociedad se consolaba para no caer en pánico, era creer falsamente que para almacenar o vender ese material se requería prácticamente software militar, códigos encriptados o conocimientos avanzadísimos de programación en la Deep Web.

El reportaje demostró absolutamente todo lo contrario. El acceso dependía de foros abiertos, chats públicos de comunidades virtuales y enlaces directos a la vista de cualquier internauta. Los mismos miembros se pasaban las contraseñas en los cuadros de comentarios para romper los pocos candados que las páginas web intentaban ponerles.

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