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Tenía Todo el Dinero del Mundo… y No Pagó

¿Cuánto vale la vida de tu nieto? Para la mayoría de nosotros la respuesta es simple, lo vale todo, es incalculable. Venderíamos nuestra casa, nuestro coche, nuestro futuro, con tal de salvar a nuestra sangre. Pero imaginen por un segundo que tienen todo el dinero del mundo, que su fortuna es tan vasta que podrían comprar países enteros.

Y sin embargo, cuando suena el teléfono y una voz al otro lado les dice que tienen a su nieto, que le cortarán un dedo si no pagan, ustedes miran su cuenta bancaria, miran el teléfono y deciden colgar. Esta es la historia de un hombre que tenía una calculadora donde debía tener el corazón. Hola a todos y bienvenidos a nuestro canal.

Hoy nos adentramos en la mente del hombre que definió la avaricia moderna, un rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba, pero que congelaba a todos los que amaba. J. Polgetti no fue solo el hombre más rico del mundo, fue el arquitecto de una soledad forjada en billetes de dólar. Antes de sumergirnos en este océano de petróleo y frialdad, quiero que pausen un momento y escriban en los comentarios, si tuvieran 1000 millones de dólares, ¿qué es lo primero que comprarían y qué es lo que jamás venderían? Los estaré leyendo.

Para entender a este hombre, no podemos empezar por sus millones, sino por su vacío. Estamos en Roma. Es julio de 1973. Un joven de 16 años desaparece en la noche. Al principio, la familia piensa que es una broma, una escapada adolescente, pero luego llega la nota, 17 millones de dólares. Eso es lo que piden los secuestradores.

La madre del chico Gale está desesperada, pero ella no tiene ese dinero. El único que lo tiene es el abuelo, el patriarca, el hombre cuya fortuna se estima en miles de millones. Y cuando los periodistas le preguntan si pagará para salvar a su nieto favorito, él responde con una lógica tan fría que heló la sangre del mundo entero.

Dijo que tenía 14 y que si pagaba un centavo por uno, tendría 14 secuestrados. Esa frase no fue un error de relaciones públicas, fue la filosofía de vida de Jay Paul Getty. Bienvenidos a la historia del hombre más rico y más frío que jamás haya pisado la tierra. Para comprender cómo se forja un corazón de hielo, debemos retroceder en el tiempo, mucho antes del secuestro en Roma, hasta los campos polvorientos de Oklahoma a principios del siglo XX. J.

Paul Getty no nació en la pobreza, pero tampoco nació siendo el emperador del petróleo que conocemos. Su padre, George Getty, era un hombre severo, un abogado convertido en petrolero que creía en el trabajo duro y en el temor de Dios. George le dio a su hijo algo más valioso que dinero. Le dio una lección brutal sobre el valor de cada centavo.

Cuando Paul, como le llamaban, decidió entrar en el negocio familiar, su padre no le regaló nada. Le prestó dinero, sí, pero con intereses. Imaginen eso. Un padre prestándole dinero a su propio hijo para empezar un negocio y cobrándole intereses como si fuera un banco desconocido. Esa fue la primera lección de Paul.

La familia es una cosa, el dinero es otra y nunca deben mezclarse sin un contrato de por medio. Paul aprendió rápido. Tenía un instinto sobrenatural para el petróleo. Mientras otros veían tierra seca y matorrales, él veía oro negro fluyendo bajo sus pies. En 1916, con apenas 24 años, Paul ganó su primer millón de dólares.

Un millón de dólares en aquella época era una fortuna inimaginable para un joven. Cualquier otro habría celebrado, habría comprado coches, habría viajado. Paul no. Él se retiró temporalmente como si ganar fuera aburrido, pero pronto volvió porque el dinero para él no era un medio para conseguir cosas. El dinero era una puntuación.

Era la forma en que demostraba al mundo y especialmente a su padre que era más listo, más rápido y más despiadado que nadie. Pero su padre nunca estuvo impresionado. George Getty miraba el estilo de vida de su hijo, sus mujeres, sus fiestas y desaprobaba en silencio. Cuando George murió en 1930, dejó una fortuna de más de 10 millones de dólares.

A su esposa le dejó casi todo. A su hijo Paul, el genio financiero, le dejó solo 500,000 y una nota mental que Paul nunca olvidaría. Su propio padre no confiaba en él y esa desconfianza fue la gasolina que encendió una ambición que terminaría por consumirlo todo. La muerte de su padre y la herencia reducida no detuvieron a Polgetti, al contrario, lo liberaron.

Estamos en la década de 1930. El mundo se está desmoronando. La gran depresión ha golpeado a Estados Unidos con la fuerza de un huracán. La gente salta por las ventanas de Wall Street. Las familias pierden sus granjas. El hambre recorre las calles. El país entero está en oferta y J. Paul Getti tiene efectivo.

Aquí es donde vemos nacer al verdadero depredador financiero. Mientras los grandes magnates del petróleo entraban en pánico y vendían sus acciones para salvar lo que podían, Getty compraba. Compraba barato, ridículamente barato. Adquiría empresas competidoras por centavos de dólar. Era como un lobo caminando entre un rebaño de ovejas heridas.

Su filosofía era simple y devastadora. Compra cuando todos los demás venden y mantén la posesión hasta que todos quieran comprar de nuevo. No había emoción en sus decisiones. No había piedad por el empresario que había perdido el trabajo de toda una vida. Solo había números y oportunidades. Fue durante estos años oscuros para la humanidad cuando Getty construyó la base real de su imperio.

Se hizo con el control de la compañía Tide Water Associated Oil, una maniobra hostil que duró años y que se estudia hoy en las escuelas de negocios como ejemplo de tenacidad agresiva. Él no quería ser parte de la junta directiva. Él quería ser el dueño. Quería el control absoluto y lo consiguió. Para cuando el mundo empezó a recuperarse de la crisis y luego de la Segunda Guerra Mundial, Getty ya no era solo un millonario, se había convertido en una potencia global.

Pero mientras su cuenta bancaria crecía hasta cifras que desafiaban la imaginación, su capacidad para conectar con los seres humanos se atrofiaba. Veía a las personas como veía a las empresas, activos o pasivos. Si no le daban beneficios, ya fueran emocionales o financieros, las descartaba. Y desgraciadamente esto aplicaba también a las mujeres que cometieron el error de enamorarse de él.

Se suele decir que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, pero en el caso de J. Paul Getti había una puerta giratoria. Se casó y se divorció cinco veces. Cinco esposas que entraron en su vida buscando amor, seguridad o aventura y que salieron con el corazón roto y una cuenta de resultados. Para Getti, el matrimonio no era una unión de almas, era una fusión corporativa que a menudo resultaba menos rentable de lo esperado.

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