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En 1996, Desaparecieron sin dejar rastro: El escalofriante crimen en los viñedos de Querétaro

Cuatro personas de una misma familia desaparecieron de la noche a la mañana. En la cocina había una cena recién servida, cuatro platos de arroz, frijoles y un guisado de puerco, todo intacto, enfriándose sobre la mesa. En la entrada de la casa estaban perfectamente acomodados los zapatos y las botas de trabajo de los millot adultos, junto con los tenis de los niños.

cuatro pares en total, no faltaba ni uno solo. Sin embargo, no había rastro de las personas. Esto ocurrió en octubre de 1996 en un tranquilo pueblo de Viñénedos en el estado de Querétaro. Así pasaron 7 años. En el otoño de 2003, el violento huracán Marti azotó la región y deslavó por completo la ladera de un cerro en Querétaro.

Entre el lodo y la tierra removida quedaron al descubierto cuatro esqueletos humanos. Y al investigar las escrituras de ese terreno, apareció el nombre de una persona. Era el nombre de alguien que siempre decía amar a esa familia más que a nadie en el mundo. La historia que les voy a contar hoy es el impactante secreto detrás de la desaparición de toda una familia en unos viñedos de Querétaro.

Antes de comenzar, les agradecería muchísimo si se suscriben a la Mirada del Águila y les dan me gusta al vídeo. Déjenme en los comentarios desde qué ciudad o país nos están viendo para mandarles un saludo uno por uno. Ahora sí, comenzamos con la historia. En octubre de 1996, un pequeño pueblo llamado San Isidro, en el municipio de Tequisquiapan, Querétaro, estaba viviendo la temporada más movida de todo el año.

Era un pueblito de apenas unas 40 casas, acurucado al pie de la sierra. Lo largo del valle se extendían campos de viñedos que parecían no tener fin. Con el sol de octubre, los racimos de uvas estaban tan maduros y pesados que las ramas casi tocaban el suelo. Toda la gente del pueblo, sin excepción, salía a trabajar al campo desde la madrugada.

Las fiestas patrias de septiembre ya habían pasado y era el momento de la cosecha fuerte. Unos fumigaban, otros quitaban las mallas protectoras, otros cargaban las cajas de madera y por los estrechos caminos de terracería no  dejaban de pasar camionetas de carga. En la parte más escondida del pueblo, pegada a la falda del cerro, había una casita humilde con techo de lámina.

Ahí vivía la familia de Carlos Ramírez. Carlos tenía 40 años, no era muy alto, pero tenía la espalda ancha de tanto trabajar la tierra. Era un hombre de pocas palabras, algo serio, pero en todo el pueblo decían que nadie le ganaba trabajando. A las 5 de la mañana ya estaba en el viñedo y no regresaba a su casa hasta que el sol se metía por completo.

Su esposa, Fernanda López tenía 37 años. Era todo lo contrario a su marido, alegre, platicadora y con mucha energía. era la tesorera del Comité del Pueblo. Organizaba todas las fiestas patronales y sabía perfectamente qué pasaba en cada casa de San Isidro. Se habían casado hacía ya 15 años, cuando Cernanda dejó su ciudad natal, San Juan del Río, para irse a vivir con Carlos.

Su hijo mayor, Diego, tenía 14 años y estudiaba el primer año de secundaria en la cabecera municipal. Salió a su papá. Era callado, maduro y muy trabajador. Nás salía de la escuela, aventaba la mochila y se iba corriendo al viñedo a ayudarle a Carlos. La hija menor, Sofía, tenía 11 años y estaba en cuarto de primaria.

Ella era el vivo retrato de su mamá, platicadora, risueña y llena de vida. quería muchísimo a su abuelita materna y en cada vacación rogaba que la llevaran a San Juan del Río. Doña Carmen, la mamá de Fernanda, también adoraba a su nieta con toda el alma. A simple vista eran una familia campesina de lo más normal. No les sobraba el dinero, pero tampoco les faltaba.

Los esposos eran muy trabajadores y los niños estaban sanos. En el pueblo, los Ramírez eran el ejemplo a seguir. Nunca se les escuchó un grito o una pelea fuerte y los niños siempre saludaban con respeto a los mayores. Si alguna vefina iba a hacer tamales para una fiesta, Fernanda siempre estaba ahí ayudando. Si alguien se le descomponía la camioneta, Carlos era el primero en llegar con su caja de herramientas.

Los viejos del pueblo siempre decían, si a esa familia le va bien, a todo el pueblo le va a ir bien. Pero un día de octubre, esta familia tan normal desapareció sin dejar un solo rastro. Fue la mañana del lunes 7 de octubre. Mateo, el mejor amigo de Diego, pasó por su casa. Como todos los días, los dos chamacos siempre se iban caminando juntos hasta la entrada del pueblo para alcanzar el primer camión que los llevaba a la secundaria.

Pero esa mañana Diego no salió. Mateo se asomó por el patio y le gritó, “Diego, ¿no vas a ir a la escuela?” Nadie contestó. En el escalón de la entrada, los tenis de Diego estaban perfectamente acomodados. Mateo se quedó dudando un momento, pero como se le hacía tarde, se fue. Solo pensó que a lo mejor su amigo había amanecido enfermo.

Cerca de las 9 de la mañana, doña Rosa, una vecina ya mayor, pasó frente a la casa de Carlos y se detuvo. Las gallinas en el corral estaban haciendo un escándalo tremendo. Ay, esta Fernanda no les ha de haber dado de comer, pensó doña Rosa y se metió al patio. A esa hora, Fernanda siempre estaba en la cocina lavando los trastes del desayuno, pero no se escuchaba absolutamente nada.

Doña Rosa cruzó el patio y se acercó a la casa. Fernanda. Oye, Fernanda, ¿estás ahí? Nadie respondió. Con un mal presentimiento, la señora abrió la puerta de la cocina poco a poco. En ese instante, la cara de doña Rosa se quedó helada. Sobre la pequeña mesa de la cocina estaba la cena servida, tal cual. cuatro platos de arroz, frijoles de la cocha, olla, tortillas y un guisado de puerco en salsa verde.

Toda la comida estaba ahí, pero fría, con esa capita de grasa endurecida que se forma en los guisados. Cuando pasan las horas, la señora tocó uno de los platos con la mano temblorosa. Estaba helad. Era la cena de la noche anterior a la que nadie le había dado ni un bocado. Doña Rosa caminó rápido hacia el cuarto principal.

Al abrir la puerta vio que las cobijas estaban bien dobladas en una esquina de la cama. No se veía como si alguien hubiera dormido ahí y se hubiera levantado. Parecía que ni siquiera habían tendido la cama para dormir. Pero lo más raro de todo era la entrada de la casa. Ahí estaban las botas de trabajo de Carlos, los tenis de Fernanda, tenis nuevos de Diego y unos zapatitos rosas de la niña Sofía. Los zapatos D.

Los cuatro estaban acomodados en fila. No faltaba ninguno. Toda la familia se había esfumado, pero se habían ido descalzos. El reporte de doña Rosa alborotó a todo el pueblo. El delegado reunió a los hombres y buscaron por toda la casa. Revisaron el pozo de atrás, la bodega de herramientas y barrieron todos los viñedos que daban al cerro.

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