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Tengo 74 Años y No Fui al Entierro de Mi Hijo… y No Me Arrepiento

Cuando sonó el teléfono aquella tarde de octubre, yo estaba regando los geráneos del balcón, lo dejé sonar tres veces antes de contestar, porque a mi edad uno aprende que las malas noticias no tienen prisa, son ellas las que te encuentran a ti. Era mi sobrina. me dijo que mi hijo había muerto esa misma mañana de un paro cardíaco mientras conducía hacia el trabajo.

Me senté en la silla de la cocina, la misma donde había dado de comer a ese niño durante 20 años y no lloré. me preguntó si iba a ir al entierro. Le dije que no y colgué el teléfono con la misma calma con la que se cuelga después de hablar del tiempo. Me llamo Marta, tengo 74 años y sé exactamente lo que estáis pensando ahora mismo, escuchando esto.

Que una madre que no llora a la muerte de su hijo es una mala madre, que una madre que no va a despedirlo es un monstruo. Y durante muchos años yo también lo habría pensado así. Pero el hombre que murió esa mañana de octubre dejó de ser mi hijo mucho antes de morir. Hacía 9 años que ese hombre no me llamaba, no me visitaba, no sabía ni en qué calle vivía yo.

Y hoy quiero contaros por qué una madre puede llegar a tomar una decisión así y por qué, si me estáis escuchando hasta el final, quizás entendáis que no fue crueldad, fue lo único que me quedaba para no perder también la poca dignidad que me quedaba después de tantos años de silencio.

Nací en un pueblo pequeño de Castilla, de esos donde todas las casas se conocían las penas unas a otras. Me casé joven a los 20 años con un hombre bueno que se llamaba Joaquín. Trabajaba en el campo y yo cocía para las familias del pueblo. Blusas, vestidos de comunión, trajes de boda ajenos que nunca pude permitirme para mí. Tuvimos un solo hijo, Andrés, después de dos pérdidas que todavía hoy, si me estáis escuchando, sé que algunas de vosotras entendéis sin que yo tenga que explicar mucho más.

Cuando Andrés nació sano, gritando con esa fuerza que tienen los recién nacidos que vienen a quedarse, pensé que la vida por fin nos debía algo y nos lo había pagado. Lo crié con una entrega que hoy mirando atrás casi me asusta. Joaquín murió cuando Andrés tenía 15 años, un accidente en el tractor que nos cambió la vida de un día para otro.

Y yo, que nunca había trabajado fuera de casa, empecé a limpiar oficinas de madrugada y a cocer de noche para que mi hijo pudiera terminar sus estudios. Hubo inviernos en los que yo me ponía dos Rebecas para no encender la calefacción y que él pudiera tener sus libros nuevos cada curso. No os cuento esto para que sintáis lástima por mí.

Os lo cuento para que entendáis el tamaño de lo que vino después, porque cuanto más se ha dado, más profundo es el hueco que deja después el silencio. Andrés fue un buen hijo durante muchos años. de los que no daban problemas, estudioso, cariñoso, de los que te llaman cada domingo solo para preguntarte si has comido bien.

Se fue a estudiar a la ciudad con una becaí literalmente ahorro, ahorro, puntada, apuntada. me llamaba cada semana, me contaba sus exámenes, sus amigos, sus primeras decepciones de joven adulto. Cuando terminó la carrera de ingeniería, consiguió un trabajo en una empresa importante y yo, que nunca había pisado una ciudad grande, fui a verlo a su primer piso de alquiler, un estudio pequeño con una sola ventana y a mí me pareció un palacio porque era suyo, porque lo había conseguido él solo con mi sacrificio detrás, pero con sus

propias manos delante. Durante esos años, Andrés volvía al pueblo en Navidad, en Semana Santa, en mi cumpleaños sin falta. Me llamaba los domingos por la tarde después de comer y hablábamos de todo y de nada durante una hora. Yo guardaba esas llamadas como quien guarda algo precioso, porque sabía, sin que nadie me lo dijera, que algún día la vida de mi hijo dejaría de girar tanto alrededor de mí.

Y eso, si me estáis escuchando y tenéis hijos, sabéis que es ley de vida y que una madre lo acepta sin reproche. Lo que yo no sabía entonces era que el cambio que vendría no sería el cambio normal del que crece y se va, sería otra cosa completamente distinta. A los 27 años, Andrés conoció a una mujer en su trabajo. Se llamaba Cristina.

La primera vez que me la presentó en una comida en mi pueblo me pareció educada, un poco seria, pero educada. Andrés estaba feliz y para mí, después de tantos años criándolo sola, verlo feliz era casi lo único que me importaba. Me dije a mí misma que mientras él fuera feliz, yo no tenía ningún derecho a opinar sobre con quién compartía su vida.

Y durante el primer año todo pareció normal. Se casaron en una boda sencilla, en una finca a las afueras de la ciudad. Y yo lloré durante toda la ceremonia, no de tristeza, sino de ese orgullo que solo entiende una madre que ha sacado a un hijo adelante sola. Pero poco a poco, sin que yo supiera señalar el momento exacto, algo empezó a cambiar.

Las llamadas de los domingos se fueron espaciando primero cada 15 días, después una vez al mes. Las visitas al pueblo se redujeron a lo mínimo, una Navidad sí, otra no, con excusas de trabajo o de la familia de Cristina que cada vez tenían más peso. Cuando le preguntaba a Andrés si pasaba algo, me decía que no, que eran imaginaciones mías, que yo siempre había sido demasiado dependiente de él y yo que lo conocía desde antes de que diera su primer paso, sabía que algo se le había metido dentro que no me estaba contando.

Hubo un día, hace ya casi 10 años que marcó un antes y un después, aunque entonces yo todavía no lo sabía. Fui a visitar a Andrés y a Cristina sin avisar, algo que nunca había hecho antes, porque siempre respeté mucho su espacio, pero llevaba semanas sin saber de ellos y la preocupación de madre pudo más que la prudencia.

Cogí el autobús hora y media de viaje y llegué a su puerta con una bolsa de bizcochos que había horneado esa misma mañana, los mismos que Andrés le encantaban desde pequeño. Toqué el timbre y tardaron en abrir. Cuando por fin abrió Andrés, no me invitó a pasar. se quedó en el marco de la puerta casi tapando la entrada con su cuerpo y me dijo que no era buen momento, que Cristina estaba descansando, que debería haber llamado antes.

Detrás de él, en el pasillo, me pareció ver una sombra moverse, pero no dije nada. Le di la bolsa de bizcochos, le dije que estaban recién hechos y él los cogió casi sin mirarlos. Bajé las escaleras de ese edificio con una sensación que no sabía nombrar entonces, pero que con el tiempo aprendí a reconocer perfectamente. Era el principio de algo que yo todavía no quería ver.

Y si me estáis escuchando y alguna vez habéis sentido que un hijo os cierra una puerta sin cerrarla del todo, sabéis exactamente de qué sensación os hablo. No fue la última vez que pasó. Dos años después de aquella visita nacieron mis nietos mellizos, un niño y una niña. Me enteré por una llamada de cinco minutos de Andrés, apresurada, casi de trámite, en la que me dijo que todo había ido bien, que madre e hijos estaban sanos y que ya me mandaría fotos.

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