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BILL Evans: 20 años de HEROÍNA y JAZZ… El macabro INFIERNO de su MUERTE en la miseria

Era el poeta absoluto del piano, el genio detrás del disco de jazz más vendido de todos los tiempos. Con sus manos tocaba el cielo, pero por sus venas corría el veneno más destructivo. Hoy destapamos el expediente clínico más perturbador de la música. Descubre la cruda realidad de Bill Evans, el hombre que protagonizó el suicidio más largo de la historia.

Dos décadas inyectándose heroína sin control, mientras la industria y sus fans miraban hacia otro lado solo porque seguía tocando de maravilla. El asqueroso relato de cómo su cuerpo se fue pudriendo en vida, tocando con las manos hinchadas e infectadas hasta encontrar su trágico y solitario final ahogado en la más cruda miseria.

En los próximos minutos vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como un niño tímido de New Jersey, con gafas de pasta y una sensibilidad que rompía el corazón, se convirtió en el pianista más influyente de la historia del jazz. El hombre sin el que kind of blue no habría sonado como suena y sin el que el piano moderno sería algo completamente diferente.

Segundo, como ese mismo hombre pasó más de 20 años destruyéndose con heroína delante de todo el mundo mientras la industria miraba hacia otro lado porque los discos seguían vendiéndose. Tercero, cóo su cuerpo llegó a un estado de deterioro que resulta casi imposible de describir sin que te revuelva el estómago. tocando conciertos con daño nervioso permanente en las manos, inyectándose donde podía porque ya no le quedaban venas sanas.

Y cuarto, ¿cómo murió en septiembre de 1980 con 51 años y el cuerpo de un hombre de 80? Edder vomitando sangre en el asiento trasero de un coche mientras su batería intentaba llevarle al hospital lo suficientemente rápido. Suscríbete ahora y activa la campanita antes de que esto empiece, porque lo que vas a descubrir sobre la vida real de Bill Evans va a cambiar para siempre la manera en que escuchas esa música que parece salir directamente de otro mundo.

Este no es un homenaje, es la verdad completa sobre el suicidio más largo que el jaz ha producido y la historia de cómo todo el mundo que lo conocía lo vio venir y nadie hizo nada suficiente para pararlo. Pero para entender lo que pasó al final, necesitas entender primero qué fue lo que se perdió.

Porque si no entiendes la magnitud de lo que era Bill Evans antes de que la heroína lo consumiera por completo, la historia de su destrucción es solo una historia de adicción.  Y no es solo eso, es la historia de algo muchísimo más caro y más irreversible. Plainfield, New Jersey. 16 de agosto de 1929. La ciudad no era glamorosa, ni tenía la energía de Nueva York, ni la historia musical de Nueva Orle Chicago.

Era una ciudad pequeña y tranquila, del estado de New Jersey, una de esas ciudades americanas de clase media que en los años 30 y 40 producían familias que iban a la iglesia los domingos y tenían padres que trabajaban y madres que criaban a los hijos y niños que hacían lo que se esperaba de ellos. Bill Levans no fue exactamente uno de esos niños, aunque lo pareciera desde fuera.

Su madre, Evely, era hija de migrantes rusos y miembro devota de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Era la persona que puso la música en la vida de Evans antes de que él supiera que la música podía ser su vida. Porque en la Iglesia Ortodoxa Rusa, la música es parte de la liturgia de una manera que no tiene paralelo en muchas otras tradiciones religiosas.

grave, solemne, cargada de una emoción que no pide permiso para existir y que se instala en el cuerpo del que la escucha de manera permanente. Evans absorbió esa gravedad, esa tendencia a ir hacia el interior de las cosas en lugar de quedarse en la superficie desde que tuvo uso de razón. Era parte de su manera de procesar el mundo, que siempre fue más hacia adentro que hacia afuera.

El padre Harry Evans era de origen galés y gestionaba un campo de golf en la zona. También era alcohólico y eso dejó en la vida de Bill Evans, una marca que no fue visible de manera obvia, pero que los que lo conocieron de cerca reconocen en patrones que se repiten a lo largo de su vida.

la dificultad para pedir ayuda directamente, la tendencia a absorber el malestar en lugar de expresarlo, la búsqueda de algo que hiciera soportable lo que de otra manera no lo era. El alcoholismo del padre no fue un trauma dramático y declarado, fue el tipo de daño silencioso que hacen las cosas que se normalizan en la infancia y que el adulto lleva consigo sin saber exactamente de dónde vienen.

El hermano mayor, Harry Jr. Fue el escudo de Bill durante los años de la infancia. 4 años mayor que él, Harry cuidó al pequeño con la constancia de alguien que entiende que su hermano necesita protección de una manera específica y que decide dársela. Das Bill tenía 6 años cuando empezó a tomar lecciones de violín y Harry era el que le impedía que los otros niños del barrio le pegaran por ir con el estuche debajo del brazo.

Esa imagen, el niño pequeño con el instrumento y el hermano mayor protegiéndole de camino a la escuela de música, dice algo sobre una relación que duraría toda la vida y cuyo final sería uno de los golpes más devastadores que Evans recibiría. aprendió piano casi por accidente. Había empezado con el violín y luego con la flauta.

Y el piano llegó como parte de un currículum musical amplio que sus padres le ofrecieron porque ambos eran musicales y ambos reconocieron en él algo que merecía ser desarrollado. Y el piano fue el que se quedó. E porque el piano era el instrumento en el que la mente de Evans podía hacer todo lo que necesitaba hacer.

La armonía y la melodía y el ritmo todo al mismo tiempo. El instrumento completo en lugar del instrumento parcial, el universo en lugar del detalle. Estudió en el Conservatorio Southeastern Luisiana y luego en el Manes College of Music de Nueva York, donde se graduó con los más altos honores y donde sus profesores describieron algo que los profesores de música dicen raramente de sus alumnos, porque raramente es verdad que estaban ante alguien que no necesitaba aprender lo que les estaban enseñando, porque ya lo sabía de una manera que no venía de

los libros. Lo que los profesores podían darle era contexto, vocabulario, estructura. Lo que Evans ya tenía era algo que viene antes de todo eso. Nueva York al salir del conservatorio era el lugar natural para lo que Evans quería hacer, que era tocar jazz del nivel más alto posible y ver hasta dónde podía llegar.

Y Nueva York le respondió de una manera que habría hecho feliz a cualquier músico joven que llegara con ese nivel de preparación y ese tipo de talento. Lo absorbió rápidamente en los circuitos de los clubs, le dio acceso a los músicos con los que necesitaba tocar para desarrollarse y le presentó en muy poco tiempo las oportunidades que en cualquier otra ciudad habrían tardado años en aparecer.

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