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Tatiana Romanov: La Hija del Zar que Bajó al Sótano… y Nunca Volvió

Una joven de 21 años baja a un sótano siguiendo a su madre. Cree que la van a fotografiar para tranquilizar al mundo sobre su paradero. En realidad, le quedan menos de 3 minutos de vida. Lleva diamantes cocidos dentro del corsé y esa noche eso no la va a salvar, sino a alargar su agonía. Esta es la historia de la hija que El Sar amaba en secreto más que a ninguna otra.

la que organizaba todo, la que cuidó a los soldados heridos como si fueran sus hermanos y la que murió de pie intentando proteger a su madre con el cuerpo. Esta es la historia de Tatiana Romanov, la hija olvidada del último sar de Rusia y la que más secretos se llevó a la tumba. 7 de julio de 1918, 1:30 de la madrugada. Casa Patiev, Ecaterimburgo, en los Montes Urales.

Hace calor, demasiado calor para una noche de verano en esa parte de Rusia. En el primer piso, una joven se está vistiendo en silencio. Es alta, muy alta para la época, casi 175. Tiene los ojos grises como su madre, el pelo castaño peinado hacia atrás, todavía corto, porque hace unos meses se lo tuvieron que rapar por una enfermedad.

Está delgada, demasiado delgada. Acaban de despertarla. Un guardia ha entrado en la habitación que comparte con sus tres hermanas. Les ha dicho que tienen que bajar al sótano, que el ejército blanco se acerca a la ciudad, que por su propia seguridad hay que trasladarlos a una zona más protegida de la casa. Tatiana no se lo cree del todo.

Lleva meses como prisionera. Conoce esa mirada que ponen los guardias cuando mienten, pero no dice nada. despierta a sus hermanas Olga, María y Anastasia y empieza a ayudarles a vestirse. Ella siempre es la que organiza, la que toma el control, la que protege. Su padre, Nicolás lleva a Alexei en brazos.

El niño tiene 13 años y no puede caminar. La hemofilia  otra vez. Su madre, Alejandra, baja apoyada en un bastón con esos dolores en la espalda que la persiguen desde hace años. Detrás van el médico, la doncella, el cocinero, el ayuda de cámara. 11 personas en total, 11 corazones bajando una escalera estrecha en mitad de la noche.

Tatiana lleva una almohada apritada contra el pecho. Dentro de la almohada, su madre ha cocido las últimas joyas que les quedan. Diamantes, esmeraldas, rubíes que han logrado esconder a pesar de los registros. Tatiana las protege como protege todo, como ha protegido siempre. Bajan al sótano, una habitación pequeña, sin ventanas, una bombilla solitaria cuelga del techo, papel pintado a la mitad de una pared, yeso desnudo en la otra.

Es el lugar más insignificante posible para morir. Jurovski, el comandante, les pide que se pongan en fila, que las mujeres se sienten, que va a entrar un fotógrafo. La familia obedece. Tatiana se queda de pie justo detrás de su madre, casi pegada a ella, como si supiera, como si una parte de ella hubiera entendido todo.

Y entonces Jurovski saca un papel del bolsillo y empieza a leer. En vista de que sus parientes europeos continúan su agresión contra la Rusia soviética, el Comité Ejecutivo del Sovietales ha decidido ejecutarlos. Nicolás se levanta a medias, mira a su mujer, mira a sus hijos, no le da tiempo a entender, solo logra murmurar una palabra.

¿Cómo? Jurovski dispara primero, su pistola apunta al pecho del sar, después dispara todo el escuadrón. 11 hombres, 11 víctimas, pero algo va terriblemente mal. Las balas rebotan, vuelan por la habitación. Algunas vuelven contra los propios verdugos. El aire se llena de un polvo blanco y denso que ciega a todo el mundo y entre el humo las hijas del sar siguen vivas.

Lo que los soldados no saben es que esas jóvenes llevan más de un kilo de diamantes cocidos dentro de la ropa. Una armadura involuntaria, una armadura que no las va a salvar, pero que les va a hacer pasar el infierno más lento. Tatiana es la última de las hermanas en caer. Recibe un disparo en la cabeza a quemarropa.

Tiene 21 años, dos semanas y un día. Pero para entender cómo se llega hasta aquí, hay que volver al principio. Hay que volver a una mañana de junio de 1897 en un palacio cercano al Mar Báltico, a una emperatriz que lloraba al ver a su segunda hija recién nacida porque la niña era una niña y todo un imperio esperaba un varón.

10 de junio de 1897, Palacio de Peterhoff, a las afueras de San Petersburgo. Alejandra está agotada. Lleva horas dando a luz. Cuando finalmente le ponen a la niña sobre el pecho, lo primero que mira no es la cara de su bebé, sino la cara de su marido. En el rostro de Nicolás intenta detectar lo que ella sabe que él está sintiendo.

Decepción, porque Rusia llevaba siglos esperando un heredero y Tatiana, la segunda, era ya el segundo fracaso. Dos años antes había nacido Olga y Olga ya había sido una decepción, una niña, no un varón. Tatiana era el doble fracaso. Sin embargo, Nicolás besó a su esposa en la frente, tomó al bebé en brazos y susurró una frase que algunos testigos recordarían décadas más tarde.

Es una rosa, una rosa rusa. Le pusieron el nombre de Tatiana en honor a una santa mártir del siglo tercero, una mujer decapitada por negarse a renunciar a su fe. Nadie pensó esa mañana que estaban poniendo el nombre exacto que su vida acabaría escribiendo. Su infancia transcurrió entre cuatro palacios y el mar.

En verano, el Palacio Alejandro en Sarsco, Yeseló, a las afueras de San Petersburgo, en primavera, Libadia, en Crimea. Algunos veranos en Spala, en lo que entonces era Polonia rusa, y los viajes en yate por las costas finlandesas. Para el mundo exterior, los hijos del Sar vivían como dioses. La realidad era otra. Las hermanas Romanov dormían en camas de campaña, de hierro, sin colchones de pluma. Su madre lo había decidido así.

Alejandra creía que los lujos ablandaban el carácter. Las niñas se bañaban en agua fría todas las mañanas. Aprendían a coser, a planchar, a tejer. A los 6 años, Tatiana ya abordaba pañuelos. A los ocho sabía remendar sus propios vestidos. Eso fue lo primero que la marcó. La sensación de que ser hija del Sar no significaba ser tratada como una princesa de cuento, sino ser entrenada como una soldado de la fe.

Su madre, Alejandra había nacido en Alemania. Era nieta de la reina Victoria de Inglaterra, pero su corazón estaba en otra parte. Era una mujer melancólica, casi siempre triste, con un dolor crónico en la espalda que le impedía caminar mucho y profundamente religiosa. Los iconos, los rezos, las velas, el altar en miniatura que tenía en su tocador.

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