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Shahnaz Pahlavi: Hija del Shah… VIVA pero OLVIDADA por Todos

Imagina despertar  cada mañana en una habitación donde las cortinas están hechas de seda persa tejida con hilos de oro real, donde el techo está decorado con frescos pintados por artistas europeos que cobraron más de lo que una familia promedio ganaría en toda su vida, donde tu closet ocupa el espacio de una casa completa y contiene más de 1000 vestidos, cada uno cocido a mano en París, Milán o Londres.

Imagina que tu desayuno es servido en vajilla de porcelana china del siglo XVIIII, que tus joyas personales están valoradas en más de 100 millones de dólares,  que tienes a tu disposición no uno, sino siete palacios solo para ti. Ahora imagina perderlo todo en cuestión de  días, todo. los palacios, las joyas, el nombre, el respeto, la identidad misma y saber que todavía estás viva, respirando, caminando por este mundo, pero completamente invisible, como un fantasma de una época que el mundo prefiere olvidar. Esta es la historia de

Shana Palabi, la princesa imperial de Irán que nació en la cúspide del poder absoluto y terminó siendo la mujer más olvidada de una dinastía caída. Hola a todos, bienvenidos a este viaje a través de una de las vidas más extraordinarias y trágicas de la realeza moderna. Antes de sumergirnos en esta historia de lujo, revolución y olvido, me gustaría pedirles que dejen en los comentarios, ¿creen que nacer en la riqueza extrema es una bendición o una maldición? Los estaré leyendo.

Para entender cómo una princesa imperial puede convertirse en una completa desconocida, primero debemos mirar al principio a la niña que nació en un palacio el 27 de octubre de 1940, cuando el mundo todavía estaba desangrándose en la Segunda Guerra Mundial. Shanas  no era una princesa cualquiera. Era la primera hija del Shah Mohamad Resapalabi, el hombre que gobernaría Irán con mano de hierro durante casi cuatro décadas.

Pero lo que hace su historia aún más fascinante es su madre, la princesa Faucia de Egipto, considerada una de las mujeres más hermosas del siglo XX. Una belleza  tan legendaria que las revistas la comparaban con estrellas de Hollywood, que fotógrafos la perseguían solo para capturar su rostro perfecto. El matrimonio de sus padres fue político desde el principio.

Mohamad rea necesitaba una esposa que elevara su estatus internacional. Fausia necesitaba escapar de la sofocante corte egipcia. Se casaron en 1939 cuando él tenía 20 años y ella 17. La boda fue un espectáculo de proporciones épicas con invitados de toda Europa y Medio Oriente, con  vestidos que pesaban más de 20 kg, con joyas que segaban bajo las luces de los candelabros de cristal.

Pero detrás del brillo dorado había dos extraños forzados a compartir una vida.  Shanas nació 9 meses después de esa boda fastuosa en el palacio marble de Teerán. Su llegada fue celebrada con cañonazos, con distribución de comida gratuita para los pobres, con tres días de festividades nacionales, pero también fue recibida con una decepción silenciosa pero palpable.

El shaba un heredero varón. Una niña, por más princesa que fuera,  no podía heredar el trono del pavo real. Era como si desde el momento en que tomó su primer aliento, Shan ya hubiera fallado en su único propósito. Creció en una jaula de oro macizo, una jaula tan grande que tenía jardines donde jugaba, salones donde aprendía francés con tutores europeos, habitaciones llenas de muñecas importadas de Alemania y Francia que costaban más que el salario anual de un trabajador iraní.

Pero era una jaula al fin y al cabo. Sus primeros recuerdos son de silencio. El silencio pesado de los pasillos del palacio, donde los sirvientes caminaban sin hacer ruido, donde las conversaciones entre sus padres eran formales y frías, como dos diplomáticos negociando un tratado que ambos sabían que fallaría. Fausia, su madre, era una presencia distante,  hermosa y siempre impecablemente vestida, siempre fotografiada con esa sonrisa enigmática que hacía suspirar a medio mundo.

Pero para Shanas era casi una extraña. Las princesas egipcias no criaban a sus hijas. Eso lo hacían las niñeras, las institutrices, las sirvientas que pasaban más tiempo con la niña que su propia madre. Shanas aprendió desde muy pequeña que el amor era algo que se daba en pequeñas dosis medidas, como el té que se servía en tazas de porcelana finísima, hermoso de ver, pero que nunca saciaba realmente la sed.

El Sha, su padre era aún más inalcanzable,  un hombre obsesionado con modernizar Irán, con transformar un país persa antiguo en una potencia del siglo XX, con demostrarle al mundo occidental que él no era un rey de oriente medio cualquiera. Mohamad reza Pajaslav tenía sueños grandiosos, visiones de un Irán poderoso que rivalizara con las grandes naciones europeas.

Shanas era apenas una nota al pie en esos planes monumentales. Una hija mujer bonita, sí, pero relevanti para la continuidad dinástica. Mientras tanto, el matrimonio entre sus padres se desintegraba como un castillo de arena bajo la marea. Fausia odiaba Irán, odiaba el clima, odiaba la comida, odiaba la corte persa, que la trataba con frialdad apenas disimulada.

Odiaba estar lejos de Egipto, de su familia, de todo lo que conocía. El sha, por su parte, necesitaba desesperadamente un hijo varón y Fausia solo le había dado una niña. La tensión entre ellos era tan gruesa que podías cortarla con un cuchillo. Los sirvientes susurraban, los diplomáticos tomaban nota. El mundo observaba.

En 1945, cuando Shana tenía apenas 5 años, su mundo se partió en dos. Sus padres se divorciaron. Fue uno de los divorcios reales más comentados de la época, cubierto por periódicos desde el Cairo hasta Londres. Fausia regresó a Egipto con el corazón aliviado, dejando atrás a su hija de ojos enormes, que apenas entendía por qué mamá se iba en un avión y no volvería.

El Sha obtuvo la custodia completa. Shanas se quedó en Irán, en los palacios vacíos, con un padre que apenas la miraba y una madre que se convirtió en una fotografía enmarcada en su mesita de noche. ¿Alguna vez han sentido que no importan esa sensación de ser invisible, incluso cuando estás parada en medio de una habitación llena de gente? Ese vacío en el pecho que ningún juguete caro, ningún vestido hermoso, ningún viaje exótico puede llenar.

Shan vivió en ese estado durante años. Era una princesa imperial, sí, pero era una princesa que nadie realmente quería. Su padre la veía como un recordatorio de su primer matrimonio fallido. Su madre estaba a miles de kilómetros de distancia, viviendo una nueva vida en Egipto, donde eventualmente se volvería a casar. Corría el año 1948 cuando el Sha se casó nuevamente, esta vez con Soraya Esfandiar y Bactiari, otra belleza deslumbrante que el mundo adoraría.

Shanás a sus 8 años observó otra boda fastuosa, otra mujer hermosa entrando al palacio, otra oportunidad para que su padre tuviera el hijo que tanto ansiaba. Soraya fue amable con ella, más cálida que Fausia había sido, pero Shanas era lo suficientemente inteligente como para entender la realidad. Ella era un accesorio en la vida de su padre, no el plato principal.

Fue durante estos años de soledad ornamentada que Shajnas desarrolló las herramientas de supervivencia emocional que la acompañarían toda su vida. Aprendió a sonreír cuando se esperaba que sonriera,  a posar para fotografías oficiales con la postura perfecta, a hablar en tres idiomas sobre temas superficiales con una elegancia ensayada.

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