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“PESCADOR JUSTICIERO” De Manzanillo: Julián Soto M4tó a 16 Extorsionadores Del Muelle Pesquero

Julián Soto tiene 55 años. Hoy está sentado en una celda de máxima seguridad. Cumple una condena de 160 años y no ha dejado de mirar hacia la ventana como si todavía pudiera oler el mar. El juez lo llamó asesino en serie. El fiscal pidió que nunca volviera a ver la luz del sol, pero en el muelle los pescadores que quedan todavía pronuncian su nombre en voz baja, no por miedo, por respeto.

16 hombres desaparecieron en 11 meses, no juntos. No el mismo día, no de la misma forma. El mar empezó a devolver respuestas y nadie supo explicarlas. ¿Qué clase de hombre puede hacer algo así y seguir saliendo a trabajar cada mañana como si nada? Tres años antes, Julián pasaba desapercibido, un pescador más, uno de tantos.

Y nadie presta atención a los hombres que pasan desapercibidos hasta que dejan de ser hombres comunes y cruzan una línea de la que no hay vuelta atrás. Durante esos 11 meses, nadie desapareció por casualidad. No eran borrachos, no eran turistas, no eran pescadores perdidos en una mala marea, todos tenían algo  en común.

Eran los hombres que cobraban, los que decidían quién podía trabajar y quién no, los que pasaban por el muelle con libretas, amenazas y sonrisas torcidas, los que hacían la vida imposible y llamaban a eso protección. En el muelle todos lo sabían, pero nadie lo decía, porque señalar a uno de ellos era firmar tu propia condena. Y entre todos esos hombres siempre había uno al que miraban primero, Julián Soto.

Y para entender cómo alguien así llegó hasta ahí, hay que volver al principio, mucho antes de las amenazas, mucho antes del fuego, mucho antes del mar, devolviendo respuestas, Julián nació a cuatro cuadras del muelle. El olor a sal fue lo primero que respiró y el sonido de las olas fue su canción de cuna durante 55 años.

A los 21 compró su primera lancha con dinero prestado. Le puso la esperanza, no por fe, por terquedad, porque quería demostrar que un hombre podía construir algo con sus propias manos. Durante 34 años, Julián salió a pescar antes del amanecer, siempre a las 4:30, siempre con el mismo termo de café negro, siempre solo. Regresaba cuando el sol estaba alto.

Vendía su producto en el mismo muelle, róbalo, sierra, pargo, lo que el mar quisiera dar ese día. No pedía mucho, solo lo que le correspondía. Y en el muelle eso fue suficiente para convertirlo en un problema. Su único amigo verdadero era Rosendo Muñoz, 67 años, el pescador más viejo del muelle. Llevaba 50 años en el oficio y dormía en su lancha porque no tenía casa.

Decía que el mar lo arrullaba mejor que cualquier colchón. Rosendo le enseñó a Julián todo lo que sabía, a leer las corrientes, a predecir tormentas mirando el color del cielo, a filetear un pez en menos de un minuto y a nunca darle la espalda al mar. Los domingos comían juntos en una fonda frente al agua,  siempre lo mismo, cebiche, tostadas, dos cervezas y hablaban de peces, de corrientes, de mareas.

Julián no lo sabía entonces, pero esas conversaciones iban a terminar de la peor manera posible. La cooperativa pesquera tenía 42 miembros, hombres que salían juntos antes del alba, que compartían carnada cuando alguien no tenía, que se prestaban dinero sin intereses y que enterraban juntos a sus muertos cuando el mar se los llevaba.

42 familias que dependían del mismo muelle, 42 historias de sacrificio y madrugadas, 42 razones para levantarse cada día antes de que saliera el sol. Julián era el tesorero desde hacía 12 años, no porque supiera de números, porque era el único en quien todos confiaban, el único que nunca se quedó con un peso que no fuera suyo.

Esa confianza iba a costarle todo, pero también iba a darle algo que ningún dinero compra. El silencio de quienes lo habían visto todo. La vida en el muelle era dura, pero predecible. Si trabajabas, comías. Si no, aguantabas. El mar era honesto, cruel a veces. Pero honesto, esa certeza duró 30 años hasta que llegaron ellos y la certeza se convirtió en cenizas.

Los primeros cobradores aparecieron en 2018. Dos hombres jóvenes con cadenas de oro y camionetas negras. Dijeron que venían a ofrecer protección, que el muelle era zona caliente, que sin ellos algo malo podía pasar. Don Rosendo fue el primero en mandarlos al  Les dijo que llevaba 50 años ahí y nunca había necesitado protección de nadie.

Los muchachos se rieron, lo llamaron viejo  y se fueron. No sabían que acababan de firmar su sentencia, solo que tardaría años en ejecutarse. Una semana después, alguien cortó las redes de don Rosendo mientras dormía. 3,000 pesos en redes. El trabajo de un mes, destruido en silencio. Los cobradores regresaron, esta vez eran cuatro y ya no ofrecían protección.

La exigían 500 pesos semanales por lancha. 1000 si la lancha era grande, 2000 si vendías  directo al público. El que no pagaba sufría las consecuencias. El líder se hacía llamar El pulpo, 35 años, siempre con lentes oscuros, aunque fuera de noche. Decían que tenía brazos en todas partes, que nada pasaba en el muelle sin que él lo supiera.

Sus hombres también tenían apodos. El coyote, el escorpión, el halcón, el sapo y otros 11 más, cuyos nombres se perdieron entre la rabia y el miedo. 16 en total. 16 hombres que creían que el muelle les pertenecía, 16 apodos que Julián iba a memorizar uno por uno. 16 nombres que iba a atachar de su cuaderno.

Y las consecuencias llegaban siempre, sin aviso, sin piedad, sin testigos. Los pescadores se reunieron esa noche en la bodega de la cooperativa. 42 hombres sentados en cajas de plástico. Julián propuso denunciar. Todos estuvieron de acuerdo. La primera denuncia se presentó el 14 de marzo de 2018. La fiscalía la recibió, le asignó un número de folio y la archivó.

Nadie los contactó, nadie investigó, nadie hizo nada. Los cobradores se enteraron antes que los propios pescadores. Esa semana tres lanchas amanecieron con los motores destruidos. Ácido en los tanques de gasolina. El mensaje era claro. Denunciar tenía un precio y ellos iban a cobrarlo completo. La segunda denuncia fue en junio,  la tercera en septiembre, la cuarta en enero del año siguiente, cada una con más firmas, más testimonios, más evidencia y cada una terminó en el mismo lugar.

Un cajón, un olvido, una burla. En 4 años, los pescadores presentaron 23 denuncias formales, 23 documentos con sellos oficiales, 23 veces que el sistema les dijo que no importaban, 23 veces que Julián sintió algo endurecerse dentro de él, como un anzuelo oxidándose en agua salada. Mientras tanto, los cobradores crecieron en poder.

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