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Paco Stanley: El crimen que cambió México para siempre

A las 12:08 del 7 de junio de 1999, en una avenida llena de coches a plena luz del día, alguien decidió que Paco Stanley dejara de existir. No lo secuestraron, no le robaron, no fue un accidente, fue una ejecución. Más de 20 disparos, cuatro de ellos directos a la cabeza. Un comando que cruzó un puente peatonal, cumplió su trabajo en segundos y desapareció entre el tráfico como si nunca hubiera estado ahí.

Paco Stanley no solo fue asesinado. Su muerte abrió una puerta que México nunca pudo cerrar. Y lo más inquietante es esto. Cuanto más te acercas al caso, más versiones aparecen, más nombres, más contradicciones y menos certezas. ¿Quién quería verlo muerto? ¿Qué sabía Paco Stanley que nadie más debía saber? ¿Fue un ataque directo o solo la punta de algo mucho más profundo? Porque hay una pregunta que más de 25 años después sigue flotando en el aire.

Una pregunta que ni los tribunales, ni la prensa, ni el tiempo han podido contestar. ¿Qué pasó realmente con Paco Stanley? Para entender por qué su muerte estremeció a todo un país, primero hay que entender quién era este hombre. Francisco Jorge Stanley Albaitero nació en la ciudad de México el 3 de julio de 1942. empezó en la radio poniendo voz a personajes, jugando con el micrófono, descubriendo que tenía un don raro, el de hacer  sentir a quien lo escuchaba que le hablaba solo a él.

De la radio saltó a la televisión en los años 70 y ahí, poco a poco,  dejó de ser un locutor más para convertirse en algo distinto. Paco no cantaba como una estrella, ni actuaba como un galán. Su talento era otro. Sabía conducir, sabía improvisar, sabía mirar a la cámara y hacer que millones de personas al otro lado sonrieran a la hora de la comida.

Programa tras programa fue construyendo un nombre y al mismo tiempo, en silencio, construyó algo más. Contactos, influencia, una vida que iba mucho más allá del estudio de televisión porque hubo otra faceta de Paco Stanley que mucha gente olvida. A finales de los años 80 se metió en política, militó en el partido que entonces lo controlaba casi todo en México, el PRI.

Incluso fue candidato a un cargo de representación en la capital. Guárdate ese dato. Un comunicador con enorme poder de influencia sobre el público y con un pie dentro del poder político. En el México de aquellos  años esa combinación nunca era inocente. Pero todavía no estamos ahí. Todavía Paco está vivo.

Todavía es solo  el hombre que México quería ver cada mañana. Y nadie, absolutamente nadie, imaginaba cómo iba a terminar. En los años 90, Paco Stanley ya no era una promesa, era una potencia. Programas como Llévatelo y sobre todo Pácatelas lo convirtieron en uno de los conductores más vistos del país. Tenía un sello propio, humor rápido, dobles sentidos, regalos al público, energía sin freno.

Era literalmente sinónimo de audiencia y donde hay audiencia hay dinero, mucho. Se dice que Paco llegó a cobrar cifras enormes solo por mencionar un producto al aire, una frase, un gesto y miles de personas iban a comprarlo al día siguiente. Esa clase de poder no la tiene cualquiera. Pero en 1998 ocurrió algo que muchos no vieron venir.

Paco Stanley dejó Televisa, el gigante donde había construido toda su carrera y se pasó a la competencia TV Azteca. Y aquí presta atención porque este detalle lo cambia todo. A finales de los 90, las dos grandes televisoras de México estaban en guerra. No una rivalidad amistosa, una guerra. Se robaban talentos, se atacaban con espectaculares en plena calle, peleaban por el rating como si la vida les fuera en ello.

Cuando Paco se fue a TV Azteca y estrenó su nuevo programa, una tras otra, no se llevó solo un conductor, se llevó una bandera, un símbolo, un golpe directo al orgullo del rival. Y ahora la pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando un hombre se vuelve tan valioso que vale más como pieza en una guerra que como persona? Stanley estaba en la cima, era intocable, o eso parecía.

Para entender la muerte de Paco Stanley hay que entender el país en el que murió. 1999, México en el filo. La capital vivía un momento histórico. Por primera vez en décadas no gobernaba el PRI, sino la oposición.  Cuautemo Cárdenas del PRD. Un cambio enorme y con todo cambio de poder vienen tensiones, ajustes de cuentas y miradas que vigilan cada error del nuevo gobierno.

Al mismo tiempo, algo crecía en las sombras. El narcotráfico ya no era un problema lejano de la frontera. Se infiltraba en la economía, en la política, en la vida cotidiana. Apenas dos años antes había muerto Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos, uno de los capos más poderosos de su época. y su nombre, tenlo presente, va a volver a aparecer en esta historia.

Y luego estaban las televisoras, Televisa y TV Azteca, peleando a muerte por la audiencia, dispuestas a usar cualquier cosa como munición contra el rival y contra el gobierno. Política en transición, crimen organizado en expansión, dos imperios mediáticos  en guerra abierta, tres barriles de pólvora apilados uno encima del otro. Solo faltaba la chispa.

y la chispa esa mañana de junio tenían nombre y  apellido. Lunes 7 de junio de 1999, una mañana nublada en la ciudad de México pero  sin lluvia. Paco Stanley llega a las instalaciones de TV Azteca y hace lo de siempre. Su programa en vivo una tras otra. A su lado, como tantas veces, su compañero y mano derecha durante años, Mario Besares.

Y el reportero de espectáculos, Jorge Hill. Es un programa normal, Risas, energía. Nada anuncia lo que viene. Al terminar, Paco decide ir a desayunar El lugar, un restaurante muy conocido sobre el periférico sur llamado El charco de las ranas. Lo acompaña su gente de confianza. Comen, conversan, es un día más.

Pero según testigos, en algún momento Mario Besares recibe una llamada y se aparta. Cuando el grupo se dispone a salir, Paco y Jorge Hill se adelantan a la camioneta. Besares se queda atrás. Paco sube al vehículo y entonces el mundo se rompe, hombres armados se acercan, abren fuego, más de 20 disparos descargados sobre la camioneta, armas de distinto calibre.

Paco Stanley recibe cuatro impactos en la cabeza, muere prácticamente al instante. Jorge Gill cae herido en una pierna y a pocos metros, una víctima inocente, un transeunte que pasaba por ahí, también pierde la vida. Otras personas resultan heridas, los atacantes huyen. Se pierden en el tráfico de una de las avenidas más transitadas de la ciudad, a plena luz del día, a la vista de cientos de personas, 12,8 minutos del mediodía.

En cuestión de minutos, la noticia corre como pólvora. Las dos televisoras más grandes del país interrumpen su programación. México entero se detiene frente al televisor. El hombre que cada mañana les hacía sonreír acababa de ser ejecutado en directo ante los ojos  de todo un país. Y aquí empieza el verdadero misterio.

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