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¡MÉXICO NO ES PIÑATA! La Soberanía Retumba y Sheinbaum Pone un Alto Histórico a las Presiones de Estados Unidos

La diplomacia internacional acaba de presenciar un episodio que seguramente quedará grabado en los libros de historia política moderna de América Latina. Lo que sucedió esta misma semana en los imponentes pasillos de Palacio Nacional y que resonó en cada rincón de la República Mexicana no fue un simple intercambio de comunicados diplomáticos de rutina, ni un desacuerdo menor pasajero entre naciones vecinas. Fue, por el contrario, una línea fronteriza trazada con absoluta firmeza. Fue una frase lapidaria que ya recorre todo el continente americano y que define con exactitud meridiana quién lleva las riendas y quién manda en este país. El embajador de los Estados Unidos en México, Ronald Johnson, en un acto que numerosos analistas calificaron de excesiva confianza o abierto injerencismo, decidió opinar públicamente sobre cómo debe conducirse la política interna y de seguridad mexicana. La respuesta de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, fue tan clara, contundente y revestida de dignidad nacional, que no dejó absolutamente ningún margen para interpretaciones ambiguas: los asuntos de México le corresponden exclusiva y soberanamente a las y los mexicanos. Así de simple, así de directo, así de incuestionable frente al mundo.

Para comprender a fondo la magnitud de este choque de visiones, es imprescindible desmenuzar paso a paso los hechos de este inusual enfrentamiento político. Todo comenzó a gestarse el pasado domingo 31 de mayo. Desde el emblemático e histórico Monumento a la Revolución en el vibrante corazón de la Ciudad de México, la presidenta Sheinbaum encabezó su solemne informe de rendición de cuentas, marcando los dos años de su arrollador triunfo electoral. En ese mensaje, pronunciado frente a miles de ciudadanos congregados y transmitido de manera simultánea en abarrotadas plazas públicas de las 32 entidades federativas del país, la mandataria pronunció una frase que inmediatamente se volvió bandera, escudo y declaración absoluta de principios: “México no es piñata de nadie”. Con esas poderosas palabras, rechazó de tajo cualquier forma de injerencia, cualquier asomo de intervencionismo extranjero y toda presión internacional que pretenda, desde el exterior, doblegar la dignidad
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