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Los Dos Hermanos: El Corrido Del Padre Que Vio Perderse A Sus Hijos

Don Refugio enterró a sus dos hijos el mismo día. Los había criado solo, sin madre, sin nadie que le ayudara. Los vio hacerse hombres y una noche se mataron entre ellos. Hay cosas que no caben en ningún rezo, que no las cura ni el tiempo. Eso le tocó a don Refugio. Y aún así, al día siguiente se levantó. El corrido lo dice claro.

Dos hermanos muy buenos que tuvieron que pelear. Juan Luis, José Manuel. El charro Vitia fue el primero en cantarlo y después Vicente Fernández lo llevó a toda la República. Pero el corrido empieza en la fiesta. Empieza cuando ya todo estaba roto. Lo que no cuenta es cómo se rompió, quién era la mujer qué había entre ella y José Manuel, si ella lo sabía, si eligió esas preguntas.

El corrido no las responde. Y nosotros tampoco vamos a responderlas todas porque hay historias que duelen más cuando quedan abiertas. Si usted tuvo un hermano con quien se dejó de hablar, si en su familia hay algo que nunca se dijo a tiempo, suscríbase. Estas historias son para usted. Ahora sí, vamos a comenzar. Se decía que eran de tierra caliente.

El padre, don refugio, había enviudado joven, dos hijos, un rancho y nadie que le preguntara si estaba listo. Juan Luis era el mayor de los que no necesitan decir nada para que la gente sepa que están. Un invierno hubo una helada que mató la mitad del maíz. Don Refugio salió al amanecer a ver el daño.

Se quedó parado al borde del milpa, mirando. Juan Luis llegó a su lado sin que nadie lo llamara con la asada en la mano. Los dos miraron el campo un momento. ¿Por dónde empezamos? Preguntó Juan Luis. Don Refugio señaló con la barbilla y los dos se pusieron a trabajar. Sin palabras, hasta que oscureció. Eso era Juan Luis, el que estaba siempre. José Manuel era distinto.

Tenía esa chispa que no se aprende, la que hace que la gente quiera estar cerca. Tocaba guitarra desde los 12 años y cuando tocaba el rancho se sentía menos solo. Don Refugio nunca se lo dijo, pero había noches que se quedaba en la puerta escuchando a su hijo tocar en el patio sin entrar, como si entrar fuera a romper algo.

Una noche, José Manuel lo sorprendió ahí. ¿Desde cuándo está parado ahí? Don refugio carraspeó. No más pasaba, dijo. Y entró a la casa. José Manuel sonrió y siguió tocando lo que nunca aprendieron. Fue a decirse las cosas cuando importaban. Una vez los hermanos tuvieron una pelea fuerte de las de verdad. Nadie supo bien por qué no se hablaron tres días.

Al cuarto día, José Manuel llegó al potrero donde Juan Luis trabajaba. Se paró junto a él, no dijo nada, agarró la pala y empezó a trabajar. Juan Luis lo miró de reojo y siguió trabajando también. Así se arreglaban las cosas en ese rancho. Don Refugio los vio desde lejos, a los dos trabajando juntos otra vez, y sintió algo que no supo nombrar, alivio y miedo al mismo tiempo, como si supiera que esa paz tenía fecha de vencimiento y tenía razón, aunque todavía no sabía por qué.

José Manuel la vio por primera vez en una misa de difuntos. Estaba arrodillada con el rosario entre las manos, con los ojos cerrados. José Manuel se olvidó de rezar. Se llamaba Dolores, hija de Don Abundio, un hombre con tierras y con carácter. Ese domingo, José Manuel llegó al rancho diferente. Don Refugio lo notó en la cena y algo en ese hombre se apretó por dentro, sin saber por qué todavía, solo que se apretó.

Los domingos siguientes, José Manuel llegaba temprano a la iglesia, se ponía donde podía verla entrar y cuando Dolores llegaba, ya él estaba ahí. Un domingo ella lo miró, solo un momento, y eso le bastó para toda la semana. La fue buscando en las fiestas de los ranchos de alrededor, en el mercado del pueblo, con la guitarra tocando para ella sin que ella lo supiera del todo.

O eso creía José Manuel, porque Dolores sabía más de lo que dejaba ver. Sabía que José Manuel tocaba para ella. Eso nunca se supo. Una tarde Dolores estaba sentada afuera de su casa. bordando con otras mujeres del rancho. José Manuel pasó, se detuvo. Las mujeres lo miraron. Dolores levantó los ojos del bordado.

Buenas tardes dijo José Manuel. Buenas, dijo ella. Y volvió al bordado, pero no de inmediato. Un segundo después, ese segundo que las otras mujeres notaron y que ninguna mencionó. ¿Qué había en ese segundo? Eso tampoco se supo. Y esa pregunta es la que  va a acompañarnos hasta el final de esta historia.

José Manuel llegó al rancho esa tarde, convencido de que esa mujer iba a ser suya. Al día siguiente le dijo a don Refugio, “Apá, voy a hablar con el padre de Dolores.” Don Refugio dejó de hacer lo que hacía. Lo miró. “La de don Abundio”, preguntó. “Sí”, dijo José Manuel. Don Refugio no dijo nada más, pero esa noche no durmió bien.

Don Abundio era hombre conocido. Don Refugio sabía lo que ese hombre pedía para el que llegara a pedir la mano de su hija. Y sabía lo que José Manuel tenía, un rancho chico, una guitarra y unas ganas que a donabundio no le iban a alcanzar. Pero no dijo nada. Fue un domingo por la tarde con el sombrero en la mano, con las palabras preparadas desde el camino.

Don Abundio lo recibió en el patio, lo escuchó, lo midió despacio. “Usted es buen muchacho”, dijo al final. José Manuel esperó, “pero mi hija merece un hombre que tenga más que un rancho chico y una guitarra. Silencio. Lo pienso dijo don Abundio y entró a su casa. Tres semanas después mandó razón. Que no.

José Manuel recibió el recado de pie. Está bien, dijo. Entró al cuarto, descolgó la guitarra, la puso en el rincón y no la tocó en semanas. Don Refugio lo notó la primera noche que se quedó parado en la puerta del patio y no oyó nada. Solo silencio. Fue a la iglesia al día siguiente, solo antes de que amaneciera, se arrodilló delante de la Virgen, cerró los ojos y rezó lo mismo de siempre, que a esas alturas ya incluía cosas que antes no había necesitado pedir.

Lo que sí se supo después era que esos días Dolores dejó de ir a las fiestas. Durante semanas. El pueblo lo notó. Nadie preguntó por qué. Lo que sí se supo fue lo que pasó esa misma noche en casa de don Abundio. Dolores estaba moliendo en la cocina. Cuando su padre entró, se sentó a la mesa.

Le dije que no al muchacho Vargas, dijo. Dolores siguió moliendo. ¿Me oíste? Preguntó don Abundio. Sí, dijo ella, sin alzar la vista, sin dejar de moler. Don Abundio la miró un momento. Es buen muchacho, dijo, “pero no tiene nada. Y tú mereces más que una guitarra. Dolores no contestó. Don Abundio esperó y cuando vio que no iba a contestar, se levantó y salió.

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