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Lo que ocurrió en su luna de miel dejó al mundo en shock… El caso de Tina Watson..

El océano Pacífico frente a las costas de Australia guarda secretos que rara vez salen a la luz. Pero el 21 de octubre del 2003, las aguas cristalinas de la gran barrera de Coral se convirtieron en el escenario de un misterio que aún hoy genera intensos debates. Una joven esposa, Tina Watson, perdió la vida durante lo que debía ser la excursión más emocionante de su luna de miel.

Su esposo Gabe Watson estaba a su lado cuando ocurrió la tragedia, pero lo que sucedió después en los tribunales de dos países diferentes reveló una historia mucho más compleja de lo que cualquier informe policial podría haber capturado. La noche anterior a la inmersión, el barco de la empresa de buceo se mecía suavemente sobre las olas.

A bordo, los recién casados compartían espacio con otros turistas que, como ellos, habían viajado hasta allí con un objetivo común, explorar el Townsville Titanic, un avio que descansaba en el fondo del mar desde 1911. Tina y Gave habían volado desde Estados Unidos días atrás después de una boda que había costado $10,000, dinero que recibieron como regalo de bodas.

Pero mientras Tina soñaba con los detalles de la ceremonia, el vestido, los invitados y cada mínimo aspecto de la celebración, Gave ya había trazado un plan para la luna de miel que no incluía consultar los deseos de su esposa. Para comprender cómo una pareja recién casada terminó en esa situación tan trágica, es necesario retroceder varios años en la vida de Tina Thomas.

A sus ya había atravesado dos relaciones serias que terminaron en fracaso. La primera con Scott McClock se desmoronó por la oposición de su madre, quien creía que su hija merecía algo mejor, aunque no podía articular razones concretas para justificar su postura. La segunda con Stan Marx duró 3 años hasta que la relación se desgastó por completo y ambos acordaron separarse de mutuo consentimiento.

Fue en una celebración navideña rodeada de amigos y con el espíritu festivo en el aire donde Tina conoció a Gabe Watson. No hubo amor a primera vista ni flechazo instantáneo. Más bien, amos se encontraron consuelo mutuo después de rupturas amorosas recientes. Dos años después, Gabe decidió dar el paso y le propuso matrimonio.

Pero Tina, con las heridas aún frescas y la experiencia de relaciones fallidas a cuestas, exigió una condición indispensable. Necesitaba la bendición de sus padres. En febrero del 2003, Gabe organizó una cena que pretendía ser el escenario perfecto para pedir formalmente la mano de Tina. El día de San Valentín no fue posible porque el padre de ella no pudo asistir.

Así que la velada se trasladó al 15 de febrero. Fue durante esa cena cuando Gabe declaró su intención de pasar el resto de su vida junto a Tina. El padre de la novia entonces hizo una pregunta que parecía inocente, pero que resultaría reveladora. Amas a mi hija gave titubeó, balbuceó y finalmente no logró responder.

El padre, generoso en su interpretación, atribuyó el silencio a los nervios del momento. Luego se volvió hacia su hija y le planteó la misma cuestión. Para sorpresa de todos, la respuesta de Tina fue igualmente evasiva. En lugar de afirmar su amor por Gave, confesó su miedo a quedarse sola. Tenía 26 años y el pánico a la soledad pesaba más que cualquier sentimiento romántico.

A pesar de estas dudas evidentes, el padre decidió conceder su bendición. Mientras Tina se sumergía por completo en los preparativos nocialsales, obsesionada con el vestido, los invitados y cada detalle de la ceremonia, Gabe tenía otros intereses completamente diferentes. Su atención estaba puesta exclusivamente en la luna de miel.

No le importaba en absoluto cómo quería su futura esposa pasar esas vacaciones. Él ya había decidido todo sin consultarla. El destino elegido sería la gran barrera de Coral y la actividad principal el buceo. El problema fundamental era que Tina no compartía esa pasión. Gabe la había llevado a practicar en piscinas y aguas tranquilas con supervisión de salvavidas, pero eso era todo.

Él, en cambio, era un buceador con más de 50 inversiones en su haber y estaba completando un curso de rescate. La advertencia fue contundente y directa. Si no aprendía a buciar antes de la luna de miel, se quedaría en casa. Tina no tuvo elección. Gab incluso pidió un préstamo para comprarle el equipo necesario y pagar sus clases de buceo.

La primera instructora que intentó enseñarle a Tina fue contundente en su evaluación. La joven carecía por completo de habilidades para el buceo en aguas abiertas. advirtió a Gave, pero él se negó a escuchar. Acusó a la profesional de ser una mala maestra y abandonó las clases. La segunda instructora fue más flexible y terminó certificando a Tina, aunque notó que la joven hacía todo a regañadientes, únicamente para complacer a su futuro esposo y no porque realmente tuviera interés en la actividad.

El 11 de octubre del 2003, la pareja finalmente se casó. Apenas dos días después emprendieron el viaje a Australia con los $10,000 que habían recibido como regalo de bodas. Durante los primeros días, Gave dedicó algo de tiempo a complacer a Tina. Recorrieron Sydney, visitaron el acuario y el zoológico, pero la tristeza de la joven crecía de manera evidente a medida que se acercaba la fecha de la excursión a la gran barrera de Coral.

El 21 de octubre volaron a Townsville y esa misma noche abordaron el barco que los llevaría al paraíso de los busos. El personal de la empresa de buceo notó algo extraño desde el principio. La pareja no aparentaba tener la experiencia que desían tener. Incluso Gabe, con su supuesta experiencia y sus cursos completados mostraba dificultades para manejar el equipo como si lo viera por primera vez en su vida.

Aún así, fue él quien ayudó a Tina a pasar el examen previo a la inmersión, a pesar de que esa prueba debía ser supervisada individualmente por un instructor. Cuando el instructor ofreció su ayuda a Tina bajo el agua, ella la rechazó. El registro de buceo de ese día señalaba una corriente fuerte. Gape preparó el equipo que habían comprado en Estados Unidos y fue a buscar las bombonas de oxígeno que debían alquilar.

Para sí mismo eligió un tanque de 11 L, pero para Tina seleccionó uno de solo 8 L y un volumen peligrosamente insuficiente para alguien con su poca experiencia en ese tipo de aguas. El primer intento de descenso fue un fracaso absoluto. Tina no podía sumergirse lo suficiente y pidió lastre adicional. Para empeorar las cosas, la computadora de buceo de Gave, que calcula la velocidad de descenso, el tiempo de ascenso y el nivel de oxígeno, no funcionaba correctamente.

Tuvieron que regresar al barco, reiniciar el equipo y probar de nuevo. El pecio estaba a solo 15 m de profundidad, una distancia que en condiciones normales no debería representar un gran desafío para buceadores certificados. Tina se sumergió primero, seguida de cerca por Gabe. Según la versión de él, todo transcurría con normalidad hasta que en algún momento su esposa se detuvo, comenzó a agitar los brazos y le hizo señales de que quería subir a la superficie.

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