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La asesinaron mientras dormía — el asesino vivió 31 años en su familia, Missouri 1989

Kansas City, Missouri. 25 de julio de 1989. Fawn  Marie Cox ten a 16 a os. Era verano y, como muchos   adolescentes de su edad, estaba trabajando durante  las vacaciones para ganar dinero. Su objetivo   era simple: quer a comprar su propio autom vil  antes de comenzar el ltimo a o de secundaria.   Cada propina, cada turno y cada d lar que ganaba  terminaban guardados para ese proyecto.

Para ella,   ese auto representaba independencia, libertad y  la sensaci n de construir algo propio. Aquella   noche termin su jornada laboral en Worlds of Fun,  un popular parque de diversiones de Kansas City.   Hab a pasado horas atendiendo visitantes y estaba  agotada. Cuando su madre y su hermana llegaron a   buscarla, lo nico que quer a era volver a casa  y dormir. Nada parec a fuera de lo normal.

No   hab a discusiones, no hab a amenazas y no hab a  se ales de peligro. Pero en menos de doce horas   estar a muerta. Y durante los siguientes treinta  y un a os nadie sabr a qui n la hab a matado. La   familia Cox viv a en una casa de dos plantas sobre  Van Brunt Boulevard.

Era una familia trabajadora,   con rutinas simples y una vida relativamente  tranquila. Fawn era la hija mayor. Responsable,   amable y muy unida a sus hermanas menores. Su  mejor amiga viv a enfrente y pasaban gran parte   de su tiempo juntas hablando de la escuela,  de sus planes para el futuro y de todo lo que   suele importar cuando uno tiene diecis is a os.

La casa ten a una particularidad que con el tiempo   adquirir a una importancia enorme. Las ventanas  del segundo piso casi nunca estaban cerradas con   llave. A os antes, la familia se hab a quedado  accidentalmente afuera de la vivienda y una de   las hermanas hab a trepado hasta una ventana para  entrar y abrir la puerta desde adentro. Desde   entonces, mantener algunas ventanas sin seguro  se convirti en una costumbre.

Parec a pr ctico,   especialmente durante los meses de calor. Pero  tambi n significaba algo m s. Cualquier persona   que conociera la casa sab a exactamente c mo  entrar. Y hab a alguien que lo sab a. Debajo   de una de las ventanas hab a un enorme cami  n naranja perteneciente al padre de Fawn.   Llevaba a os estacionado pr cticamente en el mismo  lugar. Los vecinos ya ni lo notaban.

Formaba parte   del paisaje cotidiano. Sin embargo, aquella noche  se convirti en una escalera. Los investigadores   creen que alguien utiliz ese cami n para alcanzar  el segundo piso. No hizo falta romper una puerta   ni forzar una cerradura. Solo subir, abrir una  ventana y entrar. La pregunta era inquietante.    Por qu alguien conoc a tan bien la casa? Cerca  de las once de la noche, Fawn lleg a su hogar.

Hac a calor y la familia ten a un nico  aire acondicionado antiguo instalado en   la habitaci n de los padres. Era tan ruidoso que  pr cticamente cubr a cualquier sonido proveniente   del resto de la vivienda. Por esa raz n varios  miembros de la familia dorm an abajo. Fawn eligi   subir a su habitaci n. Prefer a tener privacidad.

Se cambi , prepar el despertador para la ma ana   siguiente y se acost . La cerradura de su puerta  llevaba tiempo rota. Para sentirse m s segura   hab a improvisado una soluci n. Colocaba un  cuchillo contra la puerta como una especie de   traba improvisada. No era una verdadera medida  de seguridad, pero le daba tranquilidad. Aquella   noche hizo exactamente lo mismo. Despu s apag  la luz y se qued dormida.

Durante la madrugada   ocurri algo extra o. El perro de la familia comenz  a comportarse de manera inusual. Ladraba, gem a y   parec a inquieto. Una de las hermanas se despert ,  pens que el animal estaba nervioso y logr calmarlo   antes de volver a dormir. A os m s tarde ese  detalle seguir a persiguiendo a la familia.

Porque   quiz s fue la nica advertencia que tuvieron.   Mientras todos descansaban abajo y el ruido del   aire acondicionado cubr a cualquier sonido, arriba  estaba ocurriendo algo terrible. A la ma ana   siguiente, la alarma de Fawn comenz a sonar. Y  sigui sonando. Eso no era normal. Fawn nunca dorm   a tanto. Su padre subi primero. La vio acostada e  inm vil.

Pens que simplemente estaba profundamente   dormida. Pero algo no parec a correcto. Poco despu  s una de sus hermanas entr en la habitaci n. Y   entendi inmediatamente que algo estaba mal. Fawn  no respond a. No respiraba. Hab a muerto durante   la noche. La llamada al 911 fue inmediata.  Sin embargo, cuando los param dicos llegaron,   comprendieron r pidamente que ya era demasiado  tarde. Fawn llevaba horas muerta.

Los detectives   encontraron se ales claras de violencia. Fawn  hab a sido estrangulada y adem s hab a sufrido   una agresi n sexual. Pero la escena conten a  elementos extra os. En el jard n aparecieron   una consola Nintendo, equipos electr nicos y  otros objetos robados. Todo indicaba que alguien   hab a ingresado a la vivienda para cometer un  robo.

Sin embargo, la evidencia biol gica apuntaba   hacia otra direcci n. El robo explicaba parte  de la escena. Pero no explicaba el asesinato.    Los investigadores comenzaron a trabajar sobre  varias pistas. Poco tiempo despu s la atenci n se   centr en varios j venes vinculados a una banda  local conocida en la zona. La polic a recibi   informaci n de un testigo y por primera vez  crey estar cerca de resolver el caso.

Uno de   los sospechosos incluso confes haber ingresado a  la vivienda aquella noche. Conoc a detalles que   nunca hab an sido publicados. Sab a exactamente  por d nde hab a entrado, describi movimientos   dentro de la casa y pudo se alar lugares donde hab  an quedado objetos robados. Parec a suficiente.    Pero entonces aparecieron las pruebas biol gicas.   Y todo se derrumb . El ADN no coincid a.

Las   huellas tampoco. Los cargos fueron retirados. Los  sospechosos recuperaron la libertad. Y la familia   volvi al punto de partida. Pasaron los meses.   Luego los a os. Despu s las d cadas. La familia   Cox nunca dej de buscar respuestas. Participaron  en entrevistas, impulsaron campa as, ofrecieron   recompensas y mantuvieron viva la historia cuando  pr cticamente todos los dem s la hab an olvidado.

El problema era simple. Los investigadores ten  an ADN. Pero no ten an un nombre. Sab an que el   asesino hab a dejado evidencia. Sab an que la  respuesta estaba ah . Lo que no ten an era la   tecnolog a necesaria para encontrarla. Durante  m s de treinta a os esa evidencia permaneci   almacenada. Esperando. En 2020 todo cambi . La  ciencia forense ya no era la misma que en 1989.

Los investigadores decidieron volver a analizar  las muestras utilizando genealog a gen tica.    La estrategia era diferente. No buscaban al  asesino directamente. Buscaban familiares.    Parientes lejanos. Personas conectadas por la  sangre. Poco a poco comenzaron a reconstruir   un rbol familiar. Y mientras m s avanzaban, m  s inquietante se volv a el resultado.

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