Hay una tumba en el cementerio del este de Caracas que durante años no tuvo ni un recipiente para flores. La parcela 27. Ahí descansa Hilda Elvira Carrero de Abreu, la mujer que representó a Venezuela ante el mundo en Tokio, la que llenó las pantallas de toda Venezuela durante más de una década, la que Eduardo Serrano describió como tocar el cielo cuando le preguntaban qué significaba trabajar con ella.
La reina de belleza que se convirtió en actriz. La actriz que se convirtió en protagonista. La protagonista que un día decidió que la familia era más importante que la fama y que se fue de los sets con la misma elegancia con que había llegado. Murió el 28 de enero de 2002 a las 9 de la mañana. Tenía 50 años.
La enfermedad que la fue apagando poco a poco le quitó las fuerzas durante meses, pero nunca le quitó la dignidad. Cadecían los que estuvieron cerca al final. Lo que vino después de su muerte dice mucho sobre lo que Venezuela se convirtió y sobre lo que le pasa a las estrellas cuando el país que las adoró ya no puede sostener ni el mantenimiento básico de una tumba.
Cuando los fanáticos que fueron a visitarla encontraron que la lápida no tenía recipiente para flores, ellos mismos llevaron uno. Lo pusieron ahí como una ofrenda humilde, como la única manera disponible de decirle a alguien que no se ha olvidado de ella, aunque el mundo haya seguido girando. $10 alcanzan para cuidar ese sitio.
$10 que representan casi la mitad del salario mínimo mensual en Venezuela. ¿Qué es decir que son $10 imposibles para la mayoría? Pero hay un secreto que Hilda Carrero se llevó consigo y que solo salió a la luz después de su último aliento, de un deseo final tan inesperado que quienes lo conocieron tardaron tiempo en procesar lo que decía sobre la mujer que creyeron conocer durante décadas de verla en pantalla.
Esta es la historia de Hilda Carrero, la historia de la mujer que brilló con una intensidad que Venezuela no había visto antes ni volvería a ver de la misma manera y la historia del precio silencioso que pagó por todo eso. Para entender cómo llegó hasta ahí, hay que volver al principio, al verdadero principio.
Caracas, 26 de diciembre de 1951. Venezuela en ese momento era un país que empezaba a descubrirse a sí mismo con la velocidad que dan los años del boom petrolero. Caracas crecía hacia arriba y hacia afuera con la energía de las ciudades, que de pronto tienen dinero y no saben exactamente qué hacer con él, pero que están decididas a usarlo.
Había optimismo en el aire, la clase de optimismo que produce la riqueza repentina y que no tiene todavía el peso de saber lo que cuesta cuando se acaba. En ese Caracas nació Hilda. Su padre venía del estado Táchira, esa región andina que tiene en Venezuela, la reputación de producir personas de carácter formado, de las que no ceden fácilmente ni ante la adversidad ni ante el éxito. Su madre era caraqueña.
De su infancia se sabe poco porque Hilda fue siempre famosa por esa discreción, la que elige no hablar de lo que no le pertenece al público, aunque el público sienta que tiene derecho a todo. Lo que sí se sabe es que desde muy joven Hilda tenía algo que la cámara y el escenario reconocen antes que las personas. presencia, no solo belleza, aunque la belleza estaba ahí de una manera que hacía que la gente se detuviera a mirar, era algo más difícil de definir, la capacidad de entrar a un espacio y hacer que ese espacio se reorganice alrededor
de ella sin que ella lo haya pedido ni buscado. Esa cualidad la llevaría primero a los concursos de belleza, que en la Venezuela de los años 70 no eran solo entretenimiento, sino una institución seria con consecuencias reales para la vida de las mujeres que los ganaban. En 1973, Hilda Carrero compitió en el Miss Venezuela como representante del estado Táchira.
El Miss Venezuela de esa época era una competencia que el país seguía con la intensidad que hoy se reserva para los mundiales de fútbol. Las candidatas no eran solo rostros bonitos, eran proyectos de diplomacia cultural, representantes de algo que Venezuela quería mostrar al mundo sobre sí misma. Y ganar o quedar bien posicionada podía cambiar una vida de maneras que eran literales, no metafóricas.
Hilda quedó en cuarto lugar. En cualquier otro contexto, el cuarto lugar es una derrota educada. En el Miss Venezuela de 1973, el cuarto lugar significó algo diferente, la posibilidad de representar al país en el Miss International de Tokio. El 13 de octubre de 1973, Hilda Carrero estaba en Japón rodeada de candidatas de todo el mundo en uno de los certámenes internacionales de belleza más importantes de la época y quedó entre las 15 semifinalistas.
Para una joven de 22 años de Caracas, estar entre las 15 mejores del mundo en cualquier categoría era una señal de algo, no necesariamente de lo que Hilda terminaría siendo, porque los concursos de belleza no predicen el futuro con precisión. Pero sí era la primera confirmación de que el espacio que ella ocupaba no era solo el que le habían asignado al nacer, sino uno que podía expandirse tanto como ella estuviera dispuesta a ir.
En enero de 1974, todavía en ese periodo de expansión, viajó a Manizales, Colombia para el reinado internacional del café. Tercer lugar, título de virreina. Otro país. Otra confirmación. Lo que nadie sabía todavía, incluida quizás la propia Hilda, es que los concursos eran el prólogo, que lo que vendría después sería más grande y más difícil y más satisfactorio que cualquier corona.
Mientras todo esto ocurría, Hilda también estudiaba. Cursó la licenciatura en administración de empresas en la Universidad Santa María. si no era una decisión menor. En una época y un entorno donde las mujeres hermosas recibían el mensaje implícito de que la belleza era suficiente capital para vivir, Hilda eligió tener también el otro tipo, el que nadie te puede quitar porque está dentro de tu cabeza.
Fue la actuación lo que ganó al final. No el mundo corporativo, ni los negocios, ni la administración. La actuación tenía algo que ningún balance de cuentas podía tener, la capacidad de ser otra persona durante horas y descubrir en ese proceso algo sobre quién eres tú. En 1975 debutó como actriz en Patrulla 88 un programa de venezolana de televisión.
Fue el primer paso de alguien que todavía no sabe exactamente a dónde va, pero que sabe que quiere ir a algún lado, que el camino que está pisando es el correcto, aunque todavía no vea el destino. Na pronto se incorporó a Radio Caracas Televisión. Papeles pequeños al principio, los que dan experiencia sin dar todavía gloria, los que enseñan lo que los sets de filmación le enseñan a quienes los frecuentan.
que la actuación profesional no tiene nada que ver con la actuación que uno imagina desde afuera, que es trabajo en el sentido más físico y más exigente de esa palabra. En 1976 llegó su participación en Angélica y luego en Sabrina, ambas producciones de Caracas Radio y Televisión. Fue en el set de Sabrina donde Hilda conoció a Elianta Cruz, una actriz que años después recordaría ese primer encuentro con la claridad con que se recuerdan las personas que dejaron marca.
Elianta protagonizaba junto a Jorge Palacios. Hilda tenía un papel más pequeño, pero la jerarquía en los créditos no definía la jerarquía entre las personas. Y lo que Elianta vio en Hilda desde el principio fue a alguien que trataba a todos con la misma calidad de atención. En 1977 llegó un papel en Liliana junto a Lila Morillo y ese mismo año el primer papel protagónico en Trick Track con Óscar Martínez y Rosario Val.
Ese fue el momento en que Hilda Carrero dejó de ser una promesa y empezó a ser una realidad. La transición de protagonista prometedora a estrella establecida tiene un momento exacto en la carrera de Hilda Carrero y ese momento tiene nombre y apellido, Eduardo Serrano. En 1978, Hilda se incorporó a Benevisión, una de las televisoras más poderosas de Venezuela, con el debut en María del Mar, escrita por Delia Fiayo, la guionista cubana que prácticamente inventó el lenguaje dramático de la telenovela latinoamericana, pues Eduardo
Serrano era ya para ese momento uno de los galanes más reconocidos de la televisión venezolana. Tenía lo que los actores de su género necesitan para funcionar. La combinación específica de físico, carisma y capacidad actoral que hace que el público femenino se involucre emocionalmente con lo que está viendo en pantalla.
Lo que ocurrió cuando Hilda y Eduardo Serrano aparecieron juntos por primera vez es de esas cosas que la industria reconoce antes de que los números de rating lo confirmen. Había química, no la química fabricada que los productores intentan crear emparejando a actores atractivos y esperando que algo ocurra. Era la química real, la que viene de dos personas que se entienden profesionalmente, de una manera que trasciende el guion y que el espectador siente, aunque no pueda explicar exactamente por qué.
E el tema musical de María del Mar, interpretado por el cantante Pecos Cambas, se convirtió en un éxito que trascendió la telenovela. Y fuera de cámaras, Hilda vivió un breve romance con el intérprete. Era la primera vez que su vida personal y su vida profesional se cruzaban de manera visible. La primera vez que el mundo de afuera tenía acceso a algo que en su interior Hilda habría preferido mantener sepse parado, lo que estaba construyendo en Benevisión no era solo una carrera, era una posición.
Y esa posición tenía sus propias reglas sobre qué se mostraba y qué se guardaba. En 1979 llegó Rosángela y un breve paso por el cine con papito Estás Loco junto al legendario Joselo. Era Hilda expandiendo los bordes de lo que podía hacer, probando que el talento no tenía un solo formato, pero fue 1980 el año que cambió todo.
Emilia, otra creación de Delia Fiayo le dio a Hilda el papel que la convertiría en leyenda. Nereida Bracho, la hermana astuta y sin escrúpulos de la protagonista, el tipo de villana que el público odia con la intensidad con que ama a los personajes buenos, porque la actriz que la interpreta le hace creer completamente que esa maldad es real.
Nereida Bracho tenía todo lo que un papel de antagonista necesita para funcionar. motivación comprensible, inteligencia peligrosa y la capacidad de hacer daño de maneras que el espectador ve venir, pero que de todas formas lo toman por sorpresa cuando llegan. Hilda aportó algo que los guiones no pueden dar y que los directores no pueden enseñar, la convicción absoluta de que ese personaje tenía razones para ser quién era, que no era mala por capricho, sino por necesidad, y que esa necesidad era reconocible, aunque no fuera
justificable. Compartiendo pantalla con Ellius Peraza y Eduardo Serrano, Hilda convirtió a Nereida en una de las villanas más memorables de la historia de las telenovelas venezolanas. Décadas después, personas que vieron Emilia de niños todavía recuerdan a Nereida con la mezcla específica de fascinación y repulsión que solo generan los grandes personajes.
Lo que Hilda había descubierto en ese papel era algo que cambió su manera de entender la actuación, que las villanas bien construidas dicen más sobre la naturaleza humana que los héroes perfectos. Porque las villanas tienen las mismas emociones que todos, pero las actúan de manera diferente. Y ese era exactamente el territorio donde su talento funcionaba mejor.
Los años 80 fueron una sucesión de victorias y batallas paralelas. Victorias porque cada telenovela que Hilda protagonizaba se convertía en un evento, el despertar en 1980, donde interpretó a Ru Melanie Castillo con el rango dramático completo que el personaje pedía. Andreina en 1981 con la declaración que hizo en alguna entrevista de ese periodo y que resumía perfectamente su relación con los personajes.
Yo no soy esta mujer ni soy ninguna de ellas. Hermana Ángela, poco después otra creación de Julio César mármol con actuaciones que la crítica y el público reconocían en el mismo tono, batallas porque la televisión venezolana de esa época era una guerra de ratings donde cada canal lanzaba sus producciones más fuertes al mismo tiempo y donde el éxito de una telenovela se medía no solo por sus números propios, sino por cómo se comparaba con lo que estaba haciendo la competencia.
La rival más frecuente de Hilda en esa guerra era Doris Wells, la gran estrella de Radio Caracas Televisión. Las dos representaban visiones diferentes de lo que podía ser una protagonista de telenovela venezolana y el público dividía su lealtad entre las dos con la intensidad que se divide entre equipos de fútbol rivales.
Nunca fue una enemistad personal. Era la tensión natural de dos estrellas en competencia que la industria utilizaba porque la competencia generaba audiencia. En 1982 llegó querida mamá con Eduardo Serrano y Hilda interpretó a María Victoria Maribí Morales con la mezcla de vulnerabilidad y determinación que sus mejores papeles tenían.
Ese mismo año la heredera también con Serrano. La química entre los dos tan consolidada que los productores los emparejaban con la certeza de quién sabe qué funciona. Elianta Cruz, en que trabajó con Hilda en ese periodo, describe una escena en el camerino de maquillaje durante Emilia que resume perfectamente quién era Hilda Carrero fuera de las cámaras.
Cuando la actriz Miriam Ochoa le dijo bruscamente a Elianta que un peine era suyo y que no podía usarlo, el silencio en la sala fue el tipo de silencio incómodo que solo se rompe cuando alguien con suficiente autoridad moral elige romperlo. Hilda lo rompió con una sonrisa y una broma que disolvió la tensión sin humillar a nadie.
Luego en privado le señaló a Elianta con la misma suavidad con que hacía todo lo que podía lastimar, que sus escenas de amor se estaban viniendo abajo, porque su incomodidad con el contacto físico en pantalla afectaba el realismo de sus interpretaciones. No lo hizo para herirla, lo hizo porque en el mundo de Hilda Carrero la honestidad amable era más valiosa que la amabilidad deshonesta.
Años después, cuando Elianta tuvo un conflicto con Eduardo Serrano durante la heredera y el ejecutivo Tabaré Pérez le comunicó que corría riesgo de ser despedida. Fue Gilda quien intervino en privado pidiendo que solo fuera suspendida. Elianta no lo supo en el momento, se enteró mucho después y lo dijo con la claridad de quién sabe que lo que está diciendo es la verdad más importante que puede decir sobre alguien.
Hilda Carrero me salvó de que me despidieran de Benevisión. Siempre le estaré agradecida por ese gesto. Chumico Romero, que trabajó con Hilda en la heredera y en las Amazonas, recuerda algo que le parecía inusual para alguien de su nivel. Hilda planchaba su propio vestuario, elegía sus propios aretes, se preocupaba por cada detalle del personaje con la atención de alguien que entiende que el trabajo bien hecho empieza antes de que se encienda la cámara.
No he visto eso en ninguna otra reina de belleza convertida en actriz, dijo Romero. Y la distinción era importante. Había muchas reinas de belleza que habían intentado la actuación. Pocas la habían tomado con la seriedad con que Hilda la tomaba. En 1983 llegó Venganza con el elenco más completo que había tenido hasta ese momento.
Eduardo Serrano, Martín la Antigua, Mariela Alcalá, Olga Castillo, Corina Azopardo, Ernesto Cortés. Una producción que fue comentada y recordada en 1984, Julia, nuevamente con Serrano, enfrentándose esta vez a Leonela, el gran éxito de Delia Fiayo para Radio Caracas Televisión, protagonizado por Mayira Alejandra y Carlos Olivier. Shi Julia no ganó esa guerra de ratings, pero Hilda Carrero salió de ella con algo que los números de rating no pueden medir, la reputación de alguien que sostiene la calidad de su trabajo, independientemente de lo que esté
haciendo la competencia. Alba Robery, que compartió pantalla con Hilda en las Amazonas en 1985, lo dijo con la precisión de alguien que ha pensado mucho en por qué ciertos actores funcionan. y otros no. Era increíblemente atractiva con esos preciosos ojos oscuros y esa nariz elegante.
Pero lo que la hacía diferente era que incluso en la sencillez de la heredera podías enamorarte de ella. Tenía todas las facetas, le creías todo lo que interpretaba. Ese era el corazón del talento de Hilda Carrero. No era solo la belleza, ni el físico, ni la voz, ni el timing, era la credibilidad. El espectador le creía lo que hacía porque ella lo creía primero.
Las Amazonas de 1985 fue el último gran éxito antes del final. Hilda interpretó a Isabel Lisárraga, la hermana de carácter fuerte, junto a Corina Leopardo y Alba Robersi, con Eduardo Serrano, como siempre en el rol central masculino. La serie fue un éxito rotundo en un momento en que la competencia incluía a Grecia Colmenares en Topacio, la telenovela que se vendería a decenas de países y que se convertiría en uno de los productos televisivos más vistos de la historia latinoamericana.
Competir con Topacio en ese momento era como competir con una marea. Hilda lo hizo y las Amazonas tuvo sus propios números, su propio público, su propia razón de existir. En 1986 llegó El Sol sale para todos, la última telenovela. Hilda interpretó a Magdalena Pimentel de Serpa, si enfrentándose a las intrigas de doña Florentina de René de Payas y a las manipulaciones de Julián Serpa, del veterano Henry Galué, Eduardo Serrano a su lado, como había estado en los momentos más importantes de su carrera.
Y entonces, Hilda Carrero hizo algo que nadie esperaba. Se fue. No fue un retiro ruidoso, ni una declaración de principios, ni una pelea con la cadena. Fue una decisión tomada en privado con la misma discreción con que tomaba todas las decisiones que realmente importaban. La familia era más importante que las cámaras, los hijos eran más importantes que los personajes, la vida real era más importante que la vida en pantalla.

En una industria donde el ego y la necesidad de atención son el combustible que mantiene funcionando a la mayoría, esa decisión era casi incomprensible para los que la observaban desde afuera. Los productores intentaron convencerla de que volviera. El público quería más. Eduardo Serrano, que mejor que nadie sabía lo que significaba trabajar con ella, sabía también que ese espacio no lo llenaba nadie más.
Pero Hilda había decidido. Lo que encontró en la vida privada era exactamente lo que había buscado. Eduardo Abreu, periodista y empresario, había llegado a su vida en el apogeo de su carrera en los primeros años de los 80. Se habían conocido en una reunión social vinculada al mundo del entretenimiento, un evento al que Hilda casi no asistió porque su agenda de grabaciones no dejaba espacio para casi nada que no fuera el set.
Pero fue y el destino hizo lo que hace cuando dos personas correctas están en el mismo lugar al mismo tiempo. Zabreu quedó cautivado desde el primer momento por algo que muchos hombres de esa época no sabían apreciar en una mujer famosa, la calidez real que existía debajo de la imagen pública. Hilda, por su parte, encontró en él algo que la televisión raramente ofrecía, alguien que no se intimidaba con su fama, que no necesitaba nada de lo que ella representaba públicamente, que simplemente quería estar con la persona
que había debajo de la estrella. Su noviazgo fue discreto. No aparecían en las revistas de entretenimiento con la frecuencia que la fama de Hilda habría justificado. Compartían cenas tranquilas, caminatas largas, conversaciones que se extendían hasta la madrugada. Era exactamente lo contrario del mundo de los sets y las grabaciones y los ratings y los comentarios de la prensa.
Se casaron en una ceremonia íntima, ser rodeada de familiares y amigos cercanos, pocos fotógrafos. ningún comunicado oficial que la industria pudiera utilizar para su propia narrativa. Llegaron los hijos y Hilda descubrió algo que ninguna telenovela había podido darle de la misma manera, el sentido de propósito que produce ver crecer a alguien que existe gracias a ti.
Solía decir que la maternidad era el papel más gratificante que había interpretado. Y los que la conocían decían que lo decía sin la ironía de quien compara, sino con la honestidad de quien ha probado las dos cosas y sabe cuál pesa más. Fuera de las cámaras, Hilda cultivaba las cosas que en la vida pública raramente tienen espacio.
La cocina con las recetas venezolanas que su madre le había transmitido y que ella adaptaba con su propio toque. La jardinería de que según los amigos que la visitaban en esa época era su manera de conectar con algo que la fama y la pantalla no podían dar. La paciencia de esperar que algo crezca.
la pintura, la lectura, con preferencia por las novelas románticas y las biografías históricas, que son las dos formas más directas de entender cómo las personas construyen sus vidas cuando las circunstancias las empujan en direcciones que no habían elegido. En 1991, 5 años después de su retiro, hubo un regreso breve e inesperado. no como actriz, sino como presentadora, conduciendo el programa de variedades Noche de Gala en el canal Televen.
Era Hilda en un formato diferente, demostrando que el talento que la había llevado a las telenovelas no dependía de los personajes, sino de algo más fundamental, la capacidad de conectar con el público de una manera que trascendía el guion. Pero fue breve. Hilda volvió a la vida privada con la misma decisión de siempre.
Y entonces llegó la enfermedad. No se sabe con precisión cuándo comenzó ni cómo se manifestó en sus primeras etapas, porque Gilda guardó ese secreto con la misma fidelidad con que guardaba todos los secretos de su vida privada. Lo que se sabe es que fue un proceso largo que la fue debilitando gradualmente durante meses, mientras el mundo que la había adorado no sabía nada de lo que estaba ocurriendo detrás de las puertas de su casa.
Sus colegas no lo supieron con suficiente anticipación, los fanáticos tampoco. A la industria que la había construido en estrella, no tuvo la oportunidad de hacer el gesto de reconocimiento que los artistas enfermos a veces reciben, el homenaje en vida, el recuerdo colectivo antes de que sea demasiado tarde para que quien lo recibe pueda escucharlo.
Hilda eligió enfrentar lo que estaba enfrentando en privado con Eduardo Abreu, con sus hijos, con el círculo pequeño de personas que habían sido parte de su vida real, no de su vida pública. Y antes de morir dejó un deseo. El deseo final de Hilda Carrero no ha sido descrito en detalle en ningún registro público disponible, pero quienes lo conocen dicen que reveló algo sobre ella que los años de pantalla y de personajes y de telenovelas no habían mostrado.
Algo profundamente personal, algo que hablaba de quién era cuando nadie estaba mirando, cuando no había cámara, ni guion, ni director, ni rating que cumplir. El 28 de enero de 2002 a las 9 de la mañana, Hilda Elvira Carrero de Abreu murió en Caracas. La noticia llegó a la industria televisiva venezolana con el impacto específico que tiene la muerte de alguien que todavía debería estar vivo, que tenía 50 años y que el mundo recordaba joven y vibrante y llena de la energía que las pantallas amplifican y conservan, de maneras que el tiempo físico no puede seguir.
Eduardo Serrano recibió la noticia con el dolor de alguien que pierde no solo a una compañera de trabajo, sino a una parte de su propia historia. Fue como tocar el cielo, había dicho de ella. Ahora ese cielo se había cerrado. La enterraron en el cementerio del este de Caracas en la parcela 27 con la discreción que había caracterizado su vida privada.
E no hubo el funeral masivo que su fama habría podido justificar. No hubo la cobertura mediática que la industria a veces organiza alrededor de sus propias pérdidas para convertirlas en contenido. Hubo una ceremonia íntima y una tumba que el tiempo y las condiciones económicas de Venezuela irían degradando gradualmente. fanáticos que llegaron después, que fueron a la parcela 27 con flores y con el deseo de estar cerca de alguien que había sido parte de sus vidas, aunque nunca la hubieran conocido, encontraron una lápida sin recipiente para el agua.
Le pusieron uno. Es el gesto más honesto que existe en estas historias, el gesto de alguien que no tiene mucho, pero que da lo que tiene, porque la persona que está ahí debajo le dio algo que no se puede medir en términos materiales. $10. Eso es lo que cuesta mantener el sitio. Si, casi la mitad del salario mínimo mensual venezolano.
Un número que en cualquier otra economía sería insignificante y que en Venezuela actual es la diferencia entre poder y no poder. La Venezuela que adoró a Hilda Carrero ya no puede pagarle ese tributo de manera consistente. Y eso dice algo sobre la distancia entre lo que un país le da a sus estrellas cuando las tiene y lo que puede darles cuando ya no están.
Elianta Cruz todavía recuerda con exactitud el primer encuentro en el camerino. La broma que disolvió una tensión incómoda, la honestidad amable sobre las escenas de amor, la intervención silenciosa que la salvó de ser despedida y que Elianta solo conoció mucho después. Hilda nunca me lo contó”, dice.
Nunca buscó el crédito de lo que hizo, simplemente lo hizo. Eso es lo que queda de Hilda Carrero cuando se quita todo lo demás. Ah, no los números de rating, ni las listas de telenovelas, ni los títulos de las competencias de belleza. Queda la broma en el camerino. Queda el peine puesto por alguien que no lo necesitaba para nadie que sí lo necesitaba.
Queda la intervención en privado que salvó una carrera sin pedir reconocimiento. Queda la certeza de que su legado no vive solo en las pantallas, sino en las personas que la conocieron y que llevan consigo algo de lo que ella les dio cuando nadie estaba mirando. Y queda la parcela 27 del cementerio del este de Caracas con su recipiente para flores, con las visitas de los que no la olvidaron, con el peso silencioso de una vida que fue más de lo que las cámaras capturaron y más de lo que los titulares contaron.
Hasta siempre, Hilda. Si esta historia te llegó de alguna manera que cuéntanos en los comentarios qué recuerdas de Hilda Carrero. Estas vidas merecen ser recordadas con la profundidad que tuvieron. Suscríbete para seguir encontrando estas historias que el tiempo entierra, pero que no deberían olvidarse.