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Hilda Carrero: La Reina de Belleza que Conquistó Venezuela… y Murió con una Tumba Sin Flores

Hay una tumba en el cementerio del este de Caracas que durante años no tuvo ni un recipiente para flores. La parcela 27. Ahí descansa Hilda Elvira Carrero de Abreu, la mujer que representó a Venezuela ante el mundo en Tokio, la que llenó las pantallas de toda Venezuela durante más de una década, la que Eduardo Serrano describió como tocar el cielo cuando le preguntaban qué significaba trabajar con ella.

La reina de belleza que se convirtió en actriz. La actriz que se convirtió en protagonista. La protagonista que un día decidió que la familia era más importante que la fama y que se fue de los sets con la misma elegancia con que había llegado. Murió el 28 de enero de 2002 a las 9 de la mañana. Tenía 50 años.

La enfermedad que la fue apagando poco a poco le quitó las fuerzas durante meses, pero nunca le quitó la dignidad. Cadecían los que estuvieron cerca al final. Lo que vino después de su muerte dice mucho sobre lo que Venezuela se convirtió y sobre lo que le pasa a las estrellas cuando el país que las adoró ya no puede sostener ni el mantenimiento básico de una tumba.

Cuando los fanáticos que fueron a visitarla encontraron que la lápida no tenía recipiente para flores, ellos mismos llevaron uno. Lo pusieron ahí como una ofrenda humilde, como la única manera disponible de decirle a alguien que no se ha olvidado de ella, aunque el mundo haya seguido girando. $10 alcanzan para cuidar ese sitio.

$10 que representan casi la mitad del salario mínimo mensual en Venezuela. ¿Qué es decir que son $10 imposibles para la mayoría? Pero hay un secreto que Hilda Carrero se llevó consigo y que solo salió a la luz después de su último aliento, de un deseo final tan inesperado que quienes lo conocieron tardaron tiempo en procesar lo que decía sobre la mujer que creyeron conocer durante décadas de verla en pantalla.

Esta es la historia de Hilda Carrero, la historia de la mujer que brilló con una intensidad que Venezuela no había visto antes ni volvería a ver de la misma manera y la historia del precio silencioso que pagó por todo eso. Para entender cómo llegó hasta ahí, hay que volver al principio, al verdadero principio.

Caracas, 26 de diciembre de 1951. Venezuela en ese momento era un país que empezaba a descubrirse a sí mismo con la velocidad que dan los años del boom petrolero. Caracas crecía hacia arriba y hacia afuera con la energía de las ciudades, que de pronto tienen dinero y no saben exactamente qué hacer con él, pero que están decididas a usarlo.

Había optimismo en el aire, la clase de optimismo que produce la riqueza repentina y que no tiene todavía el peso de saber lo que cuesta cuando se acaba. En ese Caracas nació Hilda. Su padre venía del estado Táchira, esa región andina que tiene en Venezuela, la reputación de producir personas de carácter formado, de las que no ceden fácilmente ni ante la adversidad ni ante el éxito. Su madre era caraqueña.

De su infancia se sabe poco porque Hilda fue siempre famosa por esa discreción, la que elige no hablar de lo que no le pertenece al público, aunque el público sienta que tiene derecho a todo. Lo que sí se sabe es que desde muy joven Hilda tenía algo que la cámara y el escenario reconocen antes que las personas. presencia, no solo belleza, aunque la belleza estaba ahí de una manera que hacía que la gente se detuviera a mirar, era algo más difícil de definir, la capacidad de entrar a un espacio y hacer que ese espacio se reorganice alrededor

de ella sin que ella lo haya pedido ni buscado. Esa cualidad la llevaría primero a los concursos de belleza, que en la Venezuela de los años 70 no eran solo entretenimiento, sino una institución seria con consecuencias reales para la vida de las mujeres que los ganaban. En 1973, Hilda Carrero compitió en el Miss Venezuela como representante del estado Táchira.

El Miss Venezuela de esa época era una competencia que el país seguía con la intensidad que hoy se reserva para los mundiales de fútbol. Las candidatas no eran solo rostros bonitos, eran proyectos de diplomacia cultural, representantes de algo que Venezuela quería mostrar al mundo sobre sí misma. Y ganar o quedar bien posicionada podía cambiar una vida de maneras que eran literales, no metafóricas.

Hilda quedó en cuarto lugar. En cualquier otro contexto, el cuarto lugar es una derrota educada. En el Miss Venezuela de 1973, el cuarto lugar significó algo diferente, la posibilidad de representar al país en el Miss International de Tokio. El 13 de octubre de 1973, Hilda Carrero estaba en Japón rodeada de candidatas de todo el mundo en uno de los certámenes internacionales de belleza más importantes de la época y quedó entre las 15 semifinalistas.

Para una joven de 22 años de Caracas, estar entre las 15 mejores del mundo en cualquier categoría era una señal de algo, no necesariamente de lo que Hilda terminaría siendo, porque los concursos de belleza no predicen el futuro con precisión. Pero sí era la primera confirmación de que el espacio que ella ocupaba no era solo el que le habían asignado al nacer, sino uno que podía expandirse tanto como ella estuviera dispuesta a ir.

En enero de 1974, todavía en ese periodo de expansión, viajó a Manizales, Colombia para el reinado internacional del café. Tercer lugar, título de virreina. Otro país. Otra confirmación. Lo que nadie sabía todavía, incluida quizás la propia Hilda, es que los concursos eran el prólogo, que lo que vendría después sería más grande y más difícil y más satisfactorio que cualquier corona.

Mientras todo esto ocurría, Hilda también estudiaba. Cursó la licenciatura en administración de empresas en la Universidad Santa María. si no era una decisión menor. En una época y un entorno donde las mujeres hermosas recibían el mensaje implícito de que la belleza era suficiente capital para vivir, Hilda eligió tener también el otro tipo, el que nadie te puede quitar porque está dentro de tu cabeza.

Fue la actuación lo que ganó al final. No el mundo corporativo, ni los negocios, ni la administración. La actuación tenía algo que ningún balance de cuentas podía tener, la capacidad de ser otra persona durante horas y descubrir en ese proceso algo sobre quién eres tú. En 1975 debutó como actriz en Patrulla 88 un programa de venezolana de televisión.

Fue el primer paso de alguien que todavía no sabe exactamente a dónde va, pero que sabe que quiere ir a algún lado, que el camino que está pisando es el correcto, aunque todavía no vea el destino. Na pronto se incorporó a Radio Caracas Televisión. Papeles pequeños al principio, los que dan experiencia sin dar todavía gloria, los que enseñan lo que los sets de filmación le enseñan a quienes los frecuentan.

que la actuación profesional no tiene nada que ver con la actuación que uno imagina desde afuera, que es trabajo en el sentido más físico y más exigente de esa palabra. En 1976 llegó su participación en Angélica y luego en Sabrina, ambas producciones de Caracas Radio y Televisión. Fue en el set de Sabrina donde Hilda conoció a Elianta Cruz, una actriz que años después recordaría ese primer encuentro con la claridad con que se recuerdan las personas que dejaron marca.

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