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Hetty Green: La mujer más rica de América que vivía como una mendiga

Había un secreto que recorría los pasillos de Wall Street a finales del siglo XIX, un secreto que los banqueros susurraban entre sí con una mezcla de asombro y perplejidad. No era el secreto de algún magnate con traje de seda y bastón de marfil. No era el de un heredero europeo recién llegado con arcas llenas de oro.

Era el secreto de una mujer delgada, encorbada, vestida con un abrigo negro tan viejo y raído que los mendigos de las esquinas lo hubieran rechazado. una mujer que llegaba cada mañana cargando una bolsa de tela desrastada, que comía avena fría directamente del tarro para no gastar dinero en combustible para calentarla y que negociaba préstamos millonarios con la misma frialdad con la que otros compran un periódico.

Su nombre era Henrieta Haand Robinson Green, aunque el mundo la conocería para siempre, simplemente como Hety Green. Y en el momento de su muerte, en el año 1916, era la mujer más rica de los Estados Unidos, con una fortuna calculada en más de 100 millones de dólares de la época, una cifra que hoy equivaldría a varios miles de millones.

Sin embargo, vivía como si cada centavo fuera el último que le quedaba sobre la tierra. Bienvenidos, bienvenidos a este canal donde la historia cobra vida a través de las personas que la protagonizaron. Hoy vamos a sumergirnos en una de las biografías más fascinantes, más contradictorias y más perturbadoras de la historia financiera estadounidense.

Si quieren participar en esta historia, dejen en los comentarios cuál creen que es la mayor contradicción entre la riqueza y la forma en que alguien elige vivir. Nos encanta leer sus reflexiones. Ahora bien, para entender a Hety Green hay que remontarse al principio, a un lugar donde el dinero no era simplemente dinero, sino una forma de sobrevivir, de dominar, de existir.

Hay que ir a New Betford, Massachusetts, en el año 1835, cuando esta ciudad era la capital mundial de la industria ballenera, una ciudad que olía a grasa hervida y a sal marina, donde los hombres se jugaban la vida en océanos lejanos para traer de vuelta el aceite que iluminaba las lámparas de medio mundo. Era un lugar duro, pragmático, donde el valor de las cosas se medía en términos absolutamente concretos.

Henrieta Haulan Robinson nació el 21 de noviembre de 1834 en el seno de una de las familias más acaudaladas de esa ciudad. Su padre, Edward M. Robinson era un hombre de negocios brillante y severo que había construido una fortuna considerable en el comercio ballenero. Su madre, Aby Slockum Howland, pertenecía a la familia Howand, una dinastía cuáquera que desde hacía generaciones había acumulado riqueza a través del comercio marítimo.

Heti, por tanto, no llegó al mundo desde la pobreza. Llegó al mundo desde la abundancia, pero desde una abundancia que tenía reglas muy particulares, reglas que marcarían cada decisión que tomaría durante el resto de su larga vida. Los cuáqueros, hay que entenderlo, tenían una relación peculiar con el dinero.

No lo despreciaban como hacían ciertas tradiciones religiosas, sino que lo consideraban una responsabilidad sagrada. Dastar de más era una forma de irresponsabilidad moral. El ahorro no era una virtud secundaria, sino una obligación fundamental. Y en la familia Holand Robinson, estos principios no eran simplemente palabras que se pronunciaban en los servicios religiosos, eran la columna vertebral de cada decisión cotidiana.

Het los absorbió desde que tuvo conciencia, pero había algo más que la simple doctrina religiosa. Había circunstancias familiares que moldearon a esta niña de una manera que ninguna doctrina por sí sola podría haber logrado. Su madre era una mujer frágil, constantemente enferma, prácticamente ausente del día a día del hogar.

Así que desde muy pequeña Hetti fue entregada al cuidado de su abuelo Gideon Howand y de su tía Silvia Ann Howland, una mujer soltera de carácter fuerte y convicciones financieras aún más fuertes. Era la tía Silvia quien se encargaba de leer en voz alta las páginas financieras del periódico a su abuelo cuando este perdió la vista y quien llevaba un registro meticuloso de cada transacción familiar.

Y era la tía Silvia quien comenzó a enseñarle a la pequeña que apenas tenía 6 años, a leer esas mismas páginas financieras. No cuentos de hadas, no novelas de caballería, las páginas de cotizaciones bursátiles de los periódicos de Boston y Nueva York. Hay algo profundamente revelador en esta imagen. Una niña de 6 años sentada junto a una anciana severa leyendo en voz alta los precios de las acciones, los valores de los bonos gubernamentales, las fluctuaciones del mercado del aceite de ballena.

Mientras otras niñas de su edad jugaban con muñecas o aprendían bordado, Heetty Green aprendía que el mundo real se medía en números y que esos números, si se entendían bien, daban poder, un poder que nadie podía quitarte. A los 8 años ya llevaba la contabilidad personal de su abuelo. No era un juego ni una tarea escolar.

Era trabajo real, con cifras reales, consecuencias reales. El anciano Gideon confiaba en ella más que en muchos adultos de su entorno y lo sabía. Esa confianza, ese sentido de responsabilidad financiera se convirtió en algo tan central a su identidad que resultaría prácticamente imposible separar a la persona de la función que desempeñaba.

Sin embargo, sería un error reducir la infancia de Jetty a una simple ecuación de aprendizaje financiero. Había algo más profundo ocurriendo, algo que tenía que ver con el miedo. El miedo a la pérdida, el miedo a la vulnerabilidad, el miedo a depender de otros. Su madre era débil y dependía de médicos y sirvientes. Su abuelo era ciego y dependía de ella.

Y en el mundo de mediados del siglo XIX, las mujeres dependían casi inevitablemente de los hombres, ya fueran padres, maridos o hermanos. Hety observaba todo esto con ojos que nunca dejaban de calcular y fue llegando a una conclusión que guiaría cada paso de su vida adulta. La única forma de no depender de nadie era tener más dinero que cualquiera que pudiera amenazarte.

Esa conclusión, tan simple en apariencia, tan brutal en sus implicaciones, era el verdadero origen de todo lo que vendría después. No la avaricia en el sentido vulgar de la palabra, no el simple deseo de acumular por acumular, sino algo más visceral, más primitivo. El control como única forma de seguridad posible.

Una armadura construida ladrillo a ladrillo, con cada dólar ahorrado, con cada inversión ganada, con cada gasto evitado. Cuandoy tenía 13 años, su padre la llevó a acompañarlo en algunas de sus visitas a los muelles y a las oficinas comerciales de New Betford. Mientras otros padres de la época habrían considerado esto inapropiado para una joven señorita, Edward Robinson veía en su hija algo que pocos hombres de su tiempo hubieran admitido ver, una mente financiera extraordinaria.

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