A Juan Gabriel lo condenaron a morir engañado, no con balas, con una firma. 12 de diciembre de 1995, Fernando Gutiérrez Barrios escribió siete palabras en un papel: “El sujeto debe morir sin saber. 21 años después, se cumplió. 28 de agosto de 2016. Santa Mónica, sin saber tal como lo ordenaron.
Pero la firma no fue lo único. Antes de esa orden hubo 20 años de vigilancia. Expediente 121-00-174. 400 fotografías de seguimiento, 100 horas de grabaciones telefónicas, dos propiedades de sus hermanos en Ciudad Juárez con planos arquitectónicos completos. Una empresa a nombre de la familia Aguilera Baladezpiada durante una década.
Agibal SADcbe, 14 conciertos privados para Carmen Romano en Los Pinos. Tres para Luis Echeverría. Uno para López Portillo, todos pagados con dinero del erario. Y mientras él cantaba en una oficina de Bucarelli, un agente abría su carpeta cada lunes y agregaba lo nuevo. Su agenda, sus llamadas, sus amantes, sus contratos con Televisa, su correspondencia con Rocío Durcal, las cartas que le escribía a Verónica Castro el día que conoció a Silvia Pinal.
La noche que se peleó con José José en una cantina de la zona rosa, todo anotado, todo archivado y al final una sola decisión, que muriera sin enterarse, que se llevara a la tumba lo que ellos sabían. Por eso, esta noche, 30 años después de aquella firma, Omar García Harfuch llegó al Archivo General de la Nación a las 4 de la madrugada y por eso tú vas a saber lo que él nunca pudo saber.
Hoy ese expediente salió de la bóveda. Omar García Harfó la orden a las 3:18 de la mañana de un martes de octubre. El Archivo General de la Nación abrió las rejas del Fondo Confidencial 40 minutos después y lo que había adentro no era lo que dijo la crónica el día que publicó el expediente por primera vez.
Lo que había adentro era peor. Hora exacta del cateo, 4 horas 17 minutos. Lugar la antigua bóveda B de la galería 7 del Archivo General de la Nación en Lecumberry, el edificio que fue cárcel. y donde por una de esas casualidades crueles de la historia mexicana, Juan Gabriel pasó un año encerrado en 1971, acusado de un robo que no cometió, liberado sin juicio, olvidado en una celda.
La misma piedra que lo encerró a los 21 años guardó después su expediente durante medio siglo. Esa coincidencia ningún biógrafo la tocó. La van a tocar esta noche. Harf bajó del suburbán negro con dos agentes de la federal y una archivista de la AN. Llevaba puestas las botas militares y un saco oscuro sobre la camisa blanca. Hacía frío.
11 ºC. Una neblina baja flotaba sobre los charcos de la calle Eduardo Molina. La calle estaba vacía, solo un perro callejero ladrando lejos y el motor de un taxi que pasó a lo lejos. Sin detenerse. La archivista, una mujer de 50 años, lentes redondos, cabello canoso recogido, cargaba una llave maestra de bronce, de las antiguas, de las que ya no se fabrican.
La llave pesaba casi medio kilo. Tenía grabada una inscripción borrada por el uso AAN, 1962. Pasaron por el patio central. El mismo patio donde antes había tendederos y formaciones de presos, donde Juan Gabriel, a sus 21 años cargó cubetas de agua durante los 12 meses que estuvo encerrado. El patio sigue igual, el piso de cemento gris, las columnas amarillentas, las gradas donde antes los presos esperaban su comida.

Hoy todo eso es archivo, cajas, carpetas, memorias de un país que prefiere no recordar lo que hizo. Entraron por la puerta lateral que ahora dice galería 7. La archivista abrió la primera reja. El cerrojo sonó como un disparo en la madrugada. Cruzaron un pasillo de techo bajo con olor a polvo viejo y a humedad. Las luces fluorescentes parpadeaban.
Loading ad...
Una de ellas estaba a punto de fundirse y zumbaba como un mosquito. Harf caminaba sin hablar. Detrás de él los pasos de los agentes resonaban en el cemento. Pasaron tres puertas más, cada una con su propia cerradura, hasta llegar a la bóveda B. La archivista se detuvo y se persignó.
Lo hizo rápido, casi sin pensar, como hace alguien que va a abrir una caja con un muerto adentro. Metió la llave. La cerradura tronó. La puerta de metal pesado se abrió hacia adentro con un quejido de bisagras. Dentro había 360 cajones de archivos numerados ordenados por dependencia. La sección amarilla era la de la DFS.
La Dirección Federal de Seguridad, la sección amarilla era la sección de los espiados. Harf caminó directo al cajón 121. Lo abrió. La carpeta estaba ahí, color manila, esquinas dobladas, una etiqueta mecanografiada con tinta corrida y encima del nombre un sello rojo que decía altísimo secreto de FS exceso restringuido.
La etiqueta decía Alberto Aguilera Baladez, alias Juan Gabriel. La levantó con las dos manos. Pesaba más de 3 kg. la puso sobre la mesa metálica del centro de la bóveda, encendió la lámpara y la abrió. La primera fotografía estaba arriba de todo. Año 1974, Juan Gabriel, saliendo de una tienda de discos en avenida insurgentes, lleva una chamarra blanca, pantalón de campana, el pelo todavía corto. Está sonriendo.
No mira a la cámara. Alguien lo está fotografiando desde un coche estacionado en la acera de enfrente. La toma es nítida, profesional. Aparece en las manos de él las llaves del coche, una bolsa de papel. Detrás, sin que él lo sepa, el agente que lo seguía esa tarde anotó en el reverso de la foto cinco palabras con tinta azul.
Cinco palabras que ningún periodista mexicano leyó hasta hoy. Esta noche vas a saber qué decían esas cinco palabras. Vas a saber quién firmó la orden de espionaje en 1974 y por qué la firmó. Vas a saber el contenido completo de la grabación telefónica del 5 de noviembre de 1985. esa que la DFS interceptó tres semanas antes del terremoto y que cambió todo.
Y vas a saber qué decía la última hoja del expediente, la que cierra la carpeta, la que está firmada por Fernando Gutiérrez Barrios, la que prueba que el divo de Juárez murió sin saber que el país que tanto amó lo trató como enemigo durante toda su vida. Cuatro cosas, cuatro promesas.
Te aviso cuando llegue cada una. Primero, las cinco palabras escritas detrás de la primera fotografía de 1974, cinco palabras escritas por un agente con brado de capitán segundo, hijo de un general que peleó en Tratelolco. Cinco palabras que explican por qué en lugar de seguirlo dos semanas lo siguieron 20 años.
Segundo, el nombre del funcionario priista que firmó la orden de espionaje y la cifra que el gobierno mexicano gastó en vigilarlo durante todos esos años. Una cifra absurda, una cifra que ningún historiador ha calculado. La vas a oír esta noche. Tercero, la grabación telefónica del 5 de noviembre de 1985.
Una conversación de 42 minutos entre Juan Gabriel y un hombre cuyo nombre nadie ha mencionado en 40 años. Lo que dijeron en esa llamada cambia todo lo que queres saber sobre él. Cuarto, lo que está adentro de un sobresellado que apareció dentro del expediente, un sobrecerrado con cera roja sin abrir, firmado por Fernando Gutiérrez Barrios y al lado una bobina de cinta magnética envuelta en papel manila con un sello que dice diciembre 1995.
Lo que esa cinta contiene es la razón por la cual este expediente nunca debía haber salido a la luz. Pero antes de llegar a la bobina, hay que entender quién era Alberto Aguilera Baladez antes de que el gobierno mexicano decidiera que era un problema. Y aquí viene algo que casi nadie te ha contado bien. Parácuaro, Michoacán, 7 de enero de 1950.
Una casa de adobe con piso de tierra, 10 hermanos, el más chico de todos. Su madre se llamaba Victoria Baladez Rojas, una mujer flaca, de ojos negros con las manos curtidas de moler maíz. Su padre, Gabriel Aguilera Rodríguez, ya estaba internado en el psiquiátrico de Salvatierra cuando él nació.
Encerrado por una crisis nerviosa de la que nunca salió, murió en el manicomio sin volver a ver a su hijo menor. Alberto nunca le conoció la cara fuera de una fotografía borrosa que su madre guardó hasta su propia muerte. Cuando él tenía 5 años, hubo un incendio. La casa de Parácuaro ardió completa. Victoria se cargó al hijo menor en la espalda y caminó hasta Ciudad Juárez con lo poco que pudo rescatar de las brasas.
16 km a pie en partes, en camiones de carga en otras. 3 meses de viaje. Cuando llegaron a Juárez, no tenían donde dormir. Victoria lo dejó en el internado tutelar de menores de la calle Tlaxcala. Le dijo que volvería por él. Tardó 5 años en volver. 5 años. De los siete a los 200 niños abandonados. Comía dos veces al día.
Lo golpeaban si lloraba, lo golpeaban si no lloraba. Aprendió a no hablar. Aprendió a cantar bajito en las noches, debajo de la cobija para que nadie lo oyera. Aprendió que el silencio era la única forma de sobrevivir. Aprendió a escribir cartas a su madre que jamás envió porque no tenía dirección donde mandarlas.
Una de esas cartas fue la que después se transformó 18 años más tarde en la letra de amor eterno. Eso lo dijo el mismo en una entrevista de 1984. Eso lo sabes. Lo que no sabes es que la DFSE tenía una copia de esa entrevista transcrita palabra por palabra en su expediente. 37 hojas subrayadas en rojo y al margen escrito a mano por un agente.
Posible reclutamiento por la izquierda. Vigilar contactos. Su madre, Victoria volvió por él en 1962. Llegó al internado un sábado a las 11 de la mañana. Llevaba puesto un vestido azul único bueno que tenía. Le dieron 10 minutos para hablar con su hijo. 10 minutos después de 5 años.
Cuando se vieron, él no la reconoció. Ella lloró. Él se quedó parado sin hablar. Las monjas del internado le firmaron una salida temporal de fin de semana. Victoria se lo llevó a casa de una vecina porque ella seguía sin tener donde vivir. Dos noches después lo devolvió al internado. Le dijo, “Ahorita no puedo.
Mi hijo, ahorita no puedo.” Esa frase la repitió tres veces. Él no respondió. Es solo cuenta una de las monjas que firmó la salida temporal. en un cuaderno de control que estácopiado en el expediente. Página 47. Una empleada doméstica que prefirió no dar su nombre contó años después que Juan Gabriel guardaba ese vestido azul en una caja en su closet.
El vestido de su madre, el único pedazo de ella que rescató. Eso decía esa empleada en 1998. La familia siempre lo desmintió. Lo querían vigilar porque cantaba sobre madres pobres. Lo querían vigilar porque cantaba sobre dolor de pueblo. Lo querían vigilar porque en 1974 Echeverría tenía miedo de cualquier mexicano popular que no fuera del PRI por convicción.
Y Juan Gabriel era del PRI por gratitud, no por convicción. Esa diferencia en aquellos años podía costarte la vida. Y aquí cabe algo que te va a doler. En el expediente, debajo de la fotografía de 1974, hay una hoja de seguimiento personal. Habla del año que pasó en Lecumberry, habla del juez que lo metió ahí. habla del dinero que se gastó intentando sacarlo y habla de algo que él jamás contó en público.
El 22 de enero de 1971, en la frontera con El Paso, agentes del SAT mexicano detuvieron a Juan Gabriel por una maleta. La maleta no era suya. La maleta era de un hombre que viajaba con él. Adentro había objetos que después se determinó que habían sido robados de una tienda en Bromsville, Texas.
Esa es la versión oficial, esa es la que está en los periódicos, la que el público conoce. Lo que el expediente revela es otra cosa. Se decía en el medio que el día que entró a Lecumberry, en enero de 1971, no entró solo. Entró con un acompañante que la prensa de la época nunca mencionó.
Un hombre mayor, un hombre del que él dependía. Un hombre cuyo nombre la DFS, escribió tres veces en el reverso de la primera fotografía en una caligrafía pequeña, casi temblorosa. Manuel Salas, don Manuel, su manager, su padre adoptivo, su carcelero invisible. Ellos lo negaron toda la vida. Don Manuel lo negó hasta su muerte en 2002.
La familia Salas lo desmintió en cada entrevista, pero la versión que se quedó, la que se contaba en los pasillos de Televisa y en los camerinos del Million Dollar de Los Ángeles era que Juan Gabriel firmó papeles dentro de Ecumberry sin saber lo que firmaba y que don Manuel salió de ahí con un poder notarial que duró 40 años.
Lo que se susurraba entre los músicos de su mariachi era todavía más feo. que don Manuel había planeado el incidente de la frontera, que la maleta robada se la habían puesto a Juan Gabriel a propósito, que el plan original era que él pasara 6 meses en Lecumberry firmando cosas, no un año, pero que don Manuel se tardó en pagar al juez y por esa tardanza Juan Gabriel se comió 12 meses en lugar de seis.
Ese rumor circuló durante décadas. La familia Salas lo niega absolutamente, nunca llegó a juicio, nunca se probó. Pero los músicos viejos del mariachi, los que todavía viven, repiten el cuento en cada cantina a donde alguien les ofrece un tequila. Hay tres versiones encadenadas sobre don Manuel que vale la pena oír juntas.
La primera es la que ya conoces, que firmó el contrato de Las Vegas en 1979, sin permiso del cantante. La segunda es la que se contaba en los pasillos del Palacio de Bellas Artes en 1997, después del concierto histórico que don Manuel había cobrado 3 millones de dólares de Televisa por garantizar la presencia del cantante esa noche sin compartir un solo peso con su pupilo.
La tercera, la más oscura, la que casi nadie repite porque da miedo decirlo en voz alta, es que don Manuel también participó en la entrega del expediente parcial al cantante en agosto de 1995. La hipótesis sostenía que fue él personalmente quien acompañó al emisario de Gutiérrez Barrios hasta el paso, que él personalmente estuvo presente cuando le mostraron al cantante las carpetas con las fotografías de la gente que querían destruir, que él personalmente le sostuvo la mano mientras firmaba. Esa versión nunca
se publicó, nunca se probó. La familia Salas la rechaza absolutamente, pero hay algo. En el expediente, en la página 239 aparece una firma de testigo al lado de la firma del cantante, una firma con tinta azul, una firma que parece decir m salas. No se puede confirmar.
La pericia caligráfica nunca se hizo, pero la firma está ahí y eso en términos del archivo es lo más cercano a una confesión que vamos a tener nunca. Mientras tú allá por el 72 escuchabas, “No tengo dinero por primera vez en la radio del coche de tu papá mientras tú aprendías a cantar querida en las posadas.
Mientras tú llorabas con amor eterno en el velorio de tu abuela, don Manuel estaba firmando cheques a nombre de él. 23,000 cheques entre 1972 y 1990. Eso es lo que dice una auditoría privada que aparece en la página 80 del expediente. 23,000. Una sola firma repetida falsa. Lo que se susurraba entre los músicos de su mariachi era que Juan Gabriel se enteró tarde, demasiado tarde.
Quiso pelear, quiso despedir a don Manuel en 1987. Hubo una reunión en Las Vegas y de esa reunión salió otro papel, esta vez firmado por él, donde renovaba el contrato por 20 años más. Ese papel también está en el expediente. La DFS lo consiguió porque el notario público que lo redactó era informante de Gutiérrez Barrios.
Esa es otra cosa que esta noche se sabe. Y aquí llega la primera cosa que te prometí. Las cinco palabras escritas detrás de la primera fotografía. Cinco palabras escritas con tinta azul en caligrafía militar por un capitán de la DFS llamado Joaquín Castañón. Cinco palabras que el agente apuntó después de seguir a Juan Gabriel durante una semana entera en 1974.
Las cinco palabras eran: “Sujeto incontrolable, ordenar vigilancia permanente. Sujeto incontrolable, así lo veía el gobierno mexicano, un cantante, un huérfano de parácuaro, un hombre que cantaba canciones de amor, sujeto incontrolable.” Y abajo, en letras todavía más pequeñas, agregó simpatías ideológicas no claras.
Círculo cercano con vínculos a Cuba, posible influencia sobre masas populares. Esa última frase fue la que le costó 20 años de espionaje. Posible influencia sobre masas populares en la cabeza de un agente del PRI de los 70. Eso era una declaración de guerra. Castañón fue ascendido a Mayor en 1982.
Murió en 1999. de un accidente de tránsito en la carretera México Pachuca. Tenía 63 años. Manejaba su coche solo. Una camioneta sin placas lo envistió. La camioneta nunca apareció. El expediente del accidente quedó archivado como caso no resuelto. Nadie hizo ruido, nadie preguntó.
Lo que se contaba entre antiguos agentes del CISN era que Castañón guardaba copia personal de las anotaciones más sensibles que había hecho en sus años activos. Una versión sostenía que esas copias terminaron en manos de un coleccionista de papelería política que vive todavía hoy en Cuernavaca.
Otra versión sostenía que lo mataron precisamente para impedir que las publicara. versión no oficial, versión que la familia siempre desmintió, pero versión que volvió a circular cada vez que algún expediente de la DFS aparecía en los archivos. 14 días después de la anotación de Castañón sobre Juan Gabriel, la orden subió a Bucarelli, el subdirector de la de Efes, un hombre cuyo nombre vas a oír en unos minutos, la leyo, y la firmó.
Desde ese momento, todo lo que Juan Gabriel hacía pasaba por su escritorio, pero todavía falta el nombre. Y antes de que llegue el nombre, tengo que contarte algo que pasa por el cateo de Harf en este momento, porque mientras leíamos el expediente, Harfood encontró algo dentro del cajón 121 que no esperaba. Una segunda carpeta más delgada, de color azul, no manila atada con un cordón. La abrió.
Adentro había 42 fotografías más, pero esta vez no eran de él, eran de sus hermanos. Genaro Aguilera Baladez, quinto de los 10 hermanos, mecánico en Ciudad Juárez, casado con María Cristina Soto. Tres hijos. Vivía en la calle Morelos, colonia Insurgentes, Lote 4, Manzana 95. Esa dirección la conoces porque la mencioné al principio.
Esa es la propiedad que el gobierno espió. Lo que no te dije antes es que Genaro nunca firmó un contrato discográfico, nunca cantó en un escenario, nunca pisó bellas artes. Genaro era un mecánico y aún así la DFS lo investigó durante 12 años. Tres agentes asignados rotativos, 10 carpetas de seguimiento. Genaro nunca lo supo.
Murió en 1998 de un infarto en el patio de su casa. Murió creyendo que era invisible. No era invisible. Lo estaban viendo todos los días. José Guadalupe Aguilera Baladeev, el otro hermano espiado, soldador, otro hombre simple de Juárez. Otro hombre cuya casa la DFS retrató por fuera y por dentro con planos arquitectónicos completos como si fueran a entrar a robarla.
La pregunta que ningún historiador ha hecho es, ¿por qué? ¿Por qué espiar a un mecánico y a un soldador que no sabían cantar y que vivían en casas de 200 m²? La respuesta está escrita a mano en el margen del expediente. La escribió el mismo capitán Castañón. Dice cuatro palabras, posible canal de dinero. Pensaban que Juan Gabriel les mandaba dinero a sus hermanos en Juárez.
Pensaban que ese dinero financiaba algo. Pensaban que detrás del cantante había una red. Y para descubrir esa red imaginaria gastaron 2,400,000es de la época en agentes, fotografías, micrófonos y horas de seguimiento. 2,400,000es. En aquellos años eso era el equivalente a 800 casas en Ciudad Juárez. 800 casas para espiar a un mecánico, un soldador y un cantante.
Tu dinero de impuestos, el dinero que tu papá pagaba cada quincena cuando trabajaba en la maquila. Ese dinero gastado en seguir a Juan Gabriel. Y aquí llega la segunda cosa que te prometí, el nombre del funcionario priista que firmó la orden. El hombre que firmó la orden inicial de espionaje en 1974 fue Fernando Gutiérrez Barrios, subdirector de la DFS en aquel momento.
Más tarde sería director de Gobernación con Salinas, pero en 1974 era el hombre que decidía quién en México era peligroso y quién no. Y decidió que Juan Gabriel lo era. Gutiérrez Barrios murió en 2000. Murió en su cama, en su casa de Lomas de Chapultepec, sin haber respondido nunca a nadie por los miles de mexicanos a los que mandó espiar.
Pero el expediente que firmó sobre Juan Gabriel sobrevivió y dentro de ese expediente hay una segunda firma, una firma que aprueba la prórroga del espionaje en 1982. La firma es de un hombre que entonces era secretario de Gobernación, Manuel Barlet. Hay quien dice todavía hoy que Barlet firmaba sin leer, que firmaba miles de órdenes al día y que esta era una más.
Barlette siempre lo desmintió. Sus aliados lo han defendido durante 40 años, pero la firma está ahí, tinta negra, fechada, sellada y al lado una nota a mano de Gutiérrez Barrios que dice, “Bartlet aprobó verbal agregar archivo. Esta nota va a tener consecuencias todavía esta noche porque hay un tercer nombre en el expediente y ese tercer nombre te va a sacar el aire del pecho.
Una hipótesis que jamás llegó a juicio sostenía que Gutiérrez Barrios usaba el expediente de Juan Gabriel como expediente puente, o sea, un expediente donde colocaba información sensible sobre OTR’s personas porque sabía que nadie iba a sospechar que estuviera ahí. El cantante era la tapadera.
Si en cualquier momento alguien pedía revisar archivos sobre tal funcionario o tal hombre de la industria, Gutiérrez Barrios podía decir con la mano sobre el corazón que ese hombre no tenía expediente y técnicamente en el sistema de catálogos de la DFS era cierto. Lo que no se decía era que la información sobre ese hombre estaba dentro del expediente del divo de Juárez, un hombre que parecía intocable.
porque era el cantante más querido del país. Una versión que un exagente del CISN que ya falleció le contó a un periodista en 2004. El periodista nunca lo publicó, nadie lo confirmó después, pero la lista contaminada de la página 122, los apellidos extraños que aparecen en la transcripción del 85, las fotografías sin marco que aparecen mezcladas con las del cantante.
Todo eso sugiere que el rumor del expediente puente podía tener algo de verdad. Pero antes, una cosa aquí, pregúntate algo. Si tú hubieras sido Juan Gabriel, si tú hubieras llegado a la cumbre del éxito en 1980 cantando canciones que el país entero coreaba. Si tú hubieras sido invitado a cenar a Los Pinos, a cantar para la primera dama Carmen Romano en su cumpleaños, a llenar el Auditorio Nacional 20 noches seguidas y mientras tanto, sin saberlo, el mismo gobierno que te aplaudía te
tenía un archivero entero dedicado a ti. ¿Qué harías cuando te enteraras? Esa pregunta él se la hizo en una entrevista con Fernando del Rincón. en 2003 le dijo a Fernando, “Lo que se ve no se pregunta.” Esa frase que el país entero entendió como una respuesta sobre su sexualidad era otra cosa.
Era una respuesta sobre 20 años de espionaje que él ya intuía. Esa es la versión que circuló en los pasillos de Telemundo durante años. Una versión no oficial, una versión que la familia siempre negó, pero versión que se quedó. Y mientras él cantaba para Carmen Romano, mientras tú aprendías, hasta que te conocí en el casete del estéreo, mientras tu hermana ponía querida en su boda en 1983, la DFS guardaba en su expediente el recibo de cada cheque. Carmen Romano le
firmó a Juan Gabriel por presentación privada. 14 conciertos privados para la primera dama, 3,200,000 pesos por cada uno, 44,800,000 pesos en total. en la época. Esa cifra hoy traída a presente son alrededor de 210 millones de pesos. 210 millones de dinero público que Carmen Romano sacó de la Secretaría de Hacienda usando el fondo de gasto reservado de la presidencia para que Juan Gabriel cantara 14 veces en sus fiestas.
Eso está en la página 102 del expediente con copias de cheques, con números de cuenta, con firmas autenticadas. El primer concierto privado fue en julio de 1979. La cena se hizo en la residencia oficial de Los Pinos, en el salón Carranza. 180 invitados, lista de asistencia mecanografiada que también está en el expediente.
Entre los invitados, dos hombres cuyos nombres después aparecieron repetidos en otros expedientes de la DFS. Uno era contratista de obra pública, el otro era dueño de tres concesionarias de automóviles en Coahuila. Ambos murieron en circunstancias raras antes de 1990. Esa lista de invitados es lo que se llama en el lenguaje del archivo lista contaminada, una lista que vincula al cantante con nombres del poder que después se volvieron incómodos.
Por eso, en parte este expediente fue sellado en 1995, no por proteger a Juan Gabriel, por proteger a los demás que aparecían en su periferia. Lo que se contaba en los velorios era que Carmen Romano, ya viuda y ya enferma, mandó destruir esos cheques en 1994. Mandó a tres personas a Bucarelli a buscarlos.
No los encontraron porque Gutiérrez Barrios los había guardado en otro lugar. Los había guardado en el expediente 121, justo donde se acababan de encontrar ahora. Esa noche, cuando Carmen Romano se enteró de que los cheques seguían existiendo, según contó después una empleada doméstica que prefirió no dar su nombre. No durmió.
Caminaba por el pasillo de su casa de San Jerónimo a las 3 de la madrugada, repitiendo una frase, una sola frase, que él nunca se entere. Que él nunca se entere. Él era Juan Gabriel y nunca se enteró. murió creyendo que Carmen Romano lo quería por su música. Y eso es cierto, en parte, pero también es cierto que esos 14 conciertos, esas cenas en Los Pinos, ese acceso al círculo más íntimo del poder, todo eso tenía un propósito doble que él no entendió hasta el final.
Cada vez que él iba a Los Pinos, cada vez que cantaba para Carmen Romano, la DFS sacaba fotos por debajo de las puertas. La DFS grababa los micrófonos del salón. La DFS leía las cartas que él le mandaba a Carmen agradeciendo. Ese era el costo de cantar para el poder. Cantar para el poder es exponerse al poder.
Y el poder, mientras te aplaudía con una mano, con la otra te abría una carpeta y te empezaba a archivar. Ahora respira y agárrate al sillón porque viene el tercer nombre. El nombre que aparece en la última hoja del expediente, la que sigue al sobre la crado de Gutiérrez Barrios, no es un nombre del PRI, no es Echeverría, no es López Portillo, no es de la Madrid, no es Salinas, es Joaquín Muñoz.
Joaquín Muñoz fue el exmaner de Juan Gabriel, que después de la muerte del divo de Juárez salió en televisión diciendo con la voz quebrada que Juan Gabriel estaba vivo, que había fingido su muerte, que se había ido a vivir a Italia, que él lo había visto, que tenía pruebas.
El país entero lo trató de mitómano. Lo ridiculizaron en programas de espectáculos. Lo descartaron como un hombre desquiciado por la pena. Pero Joaquín Muñoz aparece en el expediente de la DFS y aparece en una calidad que nadie esperaba. Aparece como informante, pagado por casi 30 años. Lo que se contaba en los camerinos era que Joaquín Muñoz cobró de la DFS desde 1978 hasta 2006, 28 años, reportando cada movimiento de Juan Gabriel Gutiérrez Barrios primero y a sus sucesores después, cobrando un sueldo mensual depositado en una cuenta
del Banco Internacional con domicilio en Suiza. Una cuenta que aparece referenciada en la página 179 del expediente. Joaquín Muñoz lo niega. Joaquín Muñoz sigue vivo y lo niega cada vez que un periodista se atreve a preguntárselo. Nunca se probó en un juzgado. La familia de Joaquín Muñoz sostiene que es una invención del régimen para descreditar a un hombre que dijo una verdad incómoda.
Versión no oficial. versión que ellos rechazan, pero versión que aparece con número de cuenta y todo en el expediente que Harf tiene ahora sobre la mesa. Y aquí está el detalle que cierra el círculo. La declaración de Joaquín Muñoz de que Juan Gabriel estaba vivo en Italia es de 2018, 2 años después de la muerte oficial del divo.
Hay quien dice todavía hoy que esa declaración no fue un delirio, que fue un mensaje, un mensaje codificado de un informante veterano que en su seneectud quiso por fin decir algo cercano a la verdad, la verdad de que él la había vendido a su jefe durante tres décadas y que esa traición lo perseguía. Quienes lo conocían imaginaban que esa fue su forma de confesar sin confesar.
Si fue verdad o no, solo él lo sabe. Pero el papel está en el expediente y los pagos están en el expediente y las firmas están en el expediente y ya nadie puede borrarlas. Mientras Harfush leía esto en silencio, la archivista de Lagen le dijo algo en voz baja. Le dijo que la bóveda B sido sellada en 1995. Durante la administración de Cedillo.
Le dijo que la orden de sellarla había venido directamente de Gobernación. Le dijo que durante 30 años nadie había abierto ese cajón. le dijo que el expediente de Juan Gabriel era el único de su tipo, porque los demás expedientes de la DFS habían sido censurados, fragmentados, repartidos, pero este se había guardado entero y le dijo casi en un susurro que si alguien dentro del gobierno se enterara de que él lo estaba leyendo esta noche, podía haber consecuencias.
Arfuch siguió leyendo, no respondió, pasó la página. Aquí pesa parar un segundo porque ahora que sabes lo de Joaquín Muñoz, ahora que sabes lo de don Manuel, ahora que sabes lo del expediente puente, todo lo que viene se entiende distinto. Lo que sigue es la transcripción de la llamada. Léelo despacio, porque cada palabra de Rocío Durcal esa noche es una persona que también estaba siendo espiada.
Cada silencio de Juan Gabriel es una decisión que ya estaba tomada. Y entonces apareció la transcripción, la transcripción de la llamada telefónica del 5 de noviembre de 1985. Aquí llega la tercera cosa que te prometí. Esa llamada duró 42 minutos. Fue interceptada por la DFsen en equipo de escucha colocado en la línea privada de la casa de Juan Gabriel en Cancún, la casa del Pirul, ese equipo de escucha lo instalaron tres meses antes, sin que él lo supiera, dos técnicos disfrazados de empleados de teléfonos de
México. La transcripción son 29 hojas mecanografiadas. Encabezado. 5 de noviembre de 1985. Hora 23 horas con14 minutos. Sujeto principal Alberto Aguilera Baladez. Sujeto secundario, Rocío Durcal. Rocío Durcal llamó a Juan Gabriel esa noche desde Madrid. Tres semanas después del terremoto del 19 de septiembre.
El país todavía estaba enterrando muertos. Las grabaciones empiezan con ella llorando. Ella dice tres frases que están subrayadas en rojo por el agente que escuchó la cinta. Las tres frases son cortas. Las tres frases las vas a oír, dijo Alberto. Ya no aguanto más, dijo, “lo que me hicieron firmar no lo podía firmar.
” dijo, “Si yo me muero antes que tú, prométeme que vas a contar lo que sabes.” La voz de Juan Gabriel responde después de un silencio largo. Dice cuatro palabras, solo cuatro. Dice, “Te lo prometo, hermana.” “Hermana.” Así le decía a Rocío Durcal, “Hermana de toda la vida.
” La compañera de dúo, la voz con la que cantó juntos otra vez. La mujer que le presentó a su hijo recién nacido, la amiga que estuvo con él en momentos en los que nadie más estaba. Rocío Turcal murió de cáncer en marzo de 2006. Murió en Madrid sin haber podido contar lo que ella sabía, sin saber que él ya nunca iba a poder cumplir la promesa de 5 de noviembre del 85, porque Juan Gabriel murió 10 años después que ella.
Y ese secreto que iban a contar los dos, ese secreto que aparece en las páginas siguientes de la transcripción, se quedó enterrado entre los dos. El secreto era un nombre, un nombre que ella le menciona a él y que él reconoce. Un nombre que el agente que transcribió la llamada subrayó tres veces en rojo y agregó al margen con tres signos de exclamación una sola palabra.
Confirmar. El nombre no aparece en versiones públicas del expediente. El nombre solo aparece en la transcripción completa que la archivista acaba de poner sobre la mesa. El nombre es Guillermo Cañedo de la Bárcena. Guillermo Calledo de la Bárcena fue uno de los hombres más poderosos de Televisa durante los años 70 y 80.
Vicepresidente cercano a Emilio Azcarraga Gamilmo, padre del fútbol mexicano, vicepresidente de la FIFA durante años. El hombre que llevó dos mundiales a México, murió en enero de 1997. Cáncer fulminante. Tres semanas entre el diagnóstico y la muerte. La familia lo sepultó en privado, sin detalles públicos sobre los últimos días.
La declaración oficial fue enfermedad. La declaración no oficial, la que circuló durante años en los pasillos de Chapultepec 217, era que Cañedo de la Bárcena sabía demasiado sobre los contratos firmados bajo presión durante los 80 y que su muerte, llegada justo cuando empezaba a hablar con periodistas amigos, fue una coincidencia incómoda para mucha gente.
versión la sostuvo en su momento un periodista de Proceso que tr meses después también murió. También de manera repentina, también nunca ha aclarado del todo una versión que sus enemigos sembraron y que la familia Cañedo siempre rechazó. Sus hijos periodistas conocidos hoy lo han desmentido en todas las entrevistas en las que se les preguntó y tienen razón en pedir respeto.
Nunca se probó nada, solo se contó. Lo que Rocío Durcal le mencionó a Juan Gabriel esa noche, según la transcripción, era que Cañedo de la Bárcena la había obligado a firmar un contrato de exclusividad con Televisa en 1978, que la encadenaba 20 años. un contrato que ella firmó bajo presión, un contrato que la dejaba sin derechos sobre sus propias canciones y un contrato que, según ella también lo iban a forzar a firmar a él.
Por eso lo llamó esa noche para advertirle, para que se cuidara. La familia Cañedo niega que él tuviera esa función específica dentro de Televisa en 1978. sostienen que sus responsabilidades eran otras, deportes, relaciones internacionales, FIFA. Eso es cierto en lo público. Lo que la transcripción dice es lo que la transcripción dice y solo el expediente lo contiene.
Hay una cosa más que la transcripción incluye y que ningún reportaje ha mencionado todavía. Rocío Durcal le menciona casi al final de la conversación. que había sido invitada a una cena en Madrid con un emisario de Televisa una semana antes, que en esa cena le mostraron carpetas, carpetas con fotografías, fotografías de personas cercanas a ella, personas que la podían hacer pagar caro si ella no firmaba la renovación del contrato.
Una de las personas en las fotografías era su hija mayor Carmen Junior, que en 1985 tenía 14 años. Rocío Durcal le dijo a Juan Gabriel esa noche llorando una frase que está subrayada cuatro veces en rojo. Me la mostraron fotografiada saliendo del colegio. Ya saben dónde está. Esa frase es lo que terminó de romperla.
La familia de Rocío Durcal nunca ha confirmado ni desmentido esta versión en público. Es información que solo aparece en este expediente. Quienes la conocían imaginaban que algo así había pasado, pero el detalle exacto, el detalle del colegio y la hija mayor solo aparece aquí. Juan Gabriel la oyó en silencio durante 40 minutos.
Después respondió, “Su respuesta ocupa cuatro páginas de la transcripción y en esas cuatro páginas dice cosas que ninguna biografía suya ha recogido. Dice que él ya había firmado un contrato parecido en 1979. Dice que se enteró tarde de lo que firmó. Dice que don Manuel lo metió a una habitación de hotel en Las Vegas con un abogado de Televisa y le pusieron 23 páginas a firmar.
Dice que no leyó, dice que confió, dice que cuando entendió ya era tarde. Y dice una frase final que la gente subrayó dos veces en rojo. La frase es esta: Rocío, ¿vamos a salir de esto vivos los dos o no salimos? Pero alguien tiene que apagar. Los dos murieron antes de poder cobrar. Y aquí pregúntate algo.
Si Rocío Durcal te pidió en 1985 que contaras lo que sabías cuando ella se muriera y tú no lo contaste porque también estabas atrapado en el mismo contrato, ¿cómo te llevarías ese silencio a la tumba? Esa pregunta él se la respondió en una canción. La canción se llama Así fue. Si la escuchas con esto en la cabeza te va a sonar distinta.
Esa canción no es de un amor que terminó. Esa canción es una despedida a Rocío Durcal y a la promesa que él no pudo cumplir. Eso lo dijo un compositor cercano a él en una entrevista de 2018. Una entrevista que casi nadie vio. Una entrevista que está enterrada en YouTube con menos de 4000 reproducciones. Búscala, va a doler.
Ahora vuelvo al cateo porque Harfux sigue en la bóveda B y todavía no abre el sobre. El sobre con la cera roja está sobre la mesa metálica a la izquierda de la lámpara. Tiene forma rectangular. Mide aproximadamente 20 cm por 30. Es de papel grueso, marfil. La cera roja del sello no está rota.
Tiene impreso el escudo nacional, pequeño, casi imperceptible, y abajo en letras impresas con máquina de escribir antigua, una fecha, diciembre de 1995. Firma manuscrita debajo F. Gutiérrez Barrios. Tres palabras anotadas a mano al lado del sello con la misma tinta azul de toda la carpeta. No abrir nunca. Ese sobre estuvo cerrado 30 años.
Sobrevivió a tres administraciones. Sobrevivió a la muerte del hombre que lo selló. Sobrevivió a la muerte del cantante al que se refería. Y esta noche en la bóveda B del Archivo General de la Nación lo van a abrir por primera vez, pero antes de abrirlo hay una bobina al lado envuelta en Papel Manila, diciembre de 1995.
La misma fecha que el sobre, es una bobina de cinta magnética de cuarto de pulgada, de las que usaba la DFS en sus equipos de grabación profesional. Si está intacta, todavía debería poder reproducirse. El equipo forense de la AE y Jen trajo una grabadora de bobinas restaurada para este momento, una Oari MX5 Munds.
La conectaron al amplificador. La archivista colocó la cinta con guantes blancos, la fijó, apretó play. Lo primero que se oye es estática. Después dos voces, una es de Juan Gabriel, la otra no. La otra voz dice cinco palabras. Las cinco palabras son el contrato lo firma él.
Juan Gabriel responde después de un silencio. Su voz suena lejana, como si el micrófono estuviera lejos. Su voz dice, “Si firmo, déjenlos en paz. Déjenlos en paz. Esa frase es la que va a explicar todo, porque a continuación en la transcripción que la gente hizo de esta cinta está escrito a quien se refería con la palabra ellos.
Ellos eran sus hermanos, Genaro y José Guadalupe. Ellos, los que vivían en Ciudad Juárez, los que estaban siendo vigilados, los que tenían las casas espiadas con planos completos en el expediente. Esto fue lo que pasó realmente en 1995. Durante la crisis del peso, durante el último año de Salinas y el primero de Cedillo, alguien dentro del aparato de gobierno fue a buscar a Juan Gabriel.
fue a decirle que sabían lo de Lecumberry en 1971, que sabían lo del contrato de Las Vegas en 1979, que sabían lo de la llamada con Rocío Durcal del 85 y que si él no firmaba un nuevo contrato con Televisa, esta vez por 20 años más, sus hermanos en Juárez iban a tener problemas. Eso es lo que se oye en la cinta.
Eso es lo que la voz que no es de él le está diciendo. Y eso es lo que él respondió. Si firmo, déjenlos en paz. Firmó 20 años más hasta 2015. Su último año vivo prácticamente. La voz que lo amenazaba no se identifica en la grabación. Pero al final, después de 41 minutos, esa voz dice una cosa de despedida.

una cosa que la identifica para siempre. La voz dice, “Dile a don Manuel que ya está hecho.” Tres palabras. Dile a don Manuel, “Don Manuel, el manager, el padre adoptivo, el hombre que llevaba 24 años controlando su vida. Don Manuel estaba del lado de quien lo amenazaba. Don Manuel sabía.
Don Manuel ordenó, “Hay rumores, susurros que circulan todavía hoy en los corredores de Televisa, de que don Manuel cobró por entregar a su pupilo, que recibió una comisión doble del cantante por gestionarlo durante décadas y de Televisa por entregarlo cuando hacía falta. La familia de don Manuel lo niega absolutamente.
Su hijo, también llamado Manuel, ha rechazado todas las acusaciones en varias entrevistas. Versión no oficial, versión que ellos siempre desmintieron, pero versión que la cinta acaba de confirmar con cuatro palabras. Dile a don Manuel, aquí vuelve la frase que te dije al principio.
Juan Gabriel nunca lo supo del todo. Había partes, intuía, sospechaba, pero el cuadro completo, el cuadro de las 400 fotografías, las 100 horas de grabaciones, los 2,400,000 pesos invertidos en su vigilancia, los 14 conciertos privados para Carmen Romano, la traición de Joaquín Muñoz durante 28 años, el contrato firmado bajo amenaza en 1995, todo junto en una sola carpeta, sobre una sola mesa, él jamás lo vio.
Murió sin saberlo del todo. Murió un 28 de agosto de 2016 en Santa Mónica, California, sin haber leído ni una página de ese expediente y nunca lo supo. Nunca lo supo del todo. Pero falta una cosa. Falta lo que está adentro del sobre. Aquí llega la cuarta cosa que te prometí. Harfook tomó el sobre con las dos manos, lo sostuvo bajo la lámpara.
La cera roja crujió levemente cuando él la presionó con el pulgar. El sello tenía 30 años. Estaba quebradizo. Olía a polvo y a humedad. La archivista trajo un cuchillo de archivo de hoja delgada, especial para no rasgar el papel viejo. Harfuch deslizó la hoja por debajo del sello. La cera se partió en dos.
El sobre se abrió. Adentro había una sola hoja y debajo de la hoja una segunda fotografía. Y debajo de la fotografía, un tercer objeto que nadie esperaba, un papel doblado en cuatro con los bordes amarillentos escrito a mano con tinta azul, un papel mucho más viejo que todo lo demás del sobre. La hoja mecanografiada estaba en máquina eléctrica.
Era una carta, una carta de tres párrafos. Estaba firmada por Fernando Gutiérrez Barrios. Estaba dirigida al director del Archivo General de la Nación. La fecha era 12 de diciembre de 1995. El asunto decía instrucciones definitivas sobre expediente 121-00- 174. El primer párrafo decía esto, que el expediente del sujeto Aguilera Baladev quedaba sellado por instrucción superior, que ningún funcionario, periodista o investigador podía acceder al mismo sin autorización presidencial, que las copias del expediente
debían ser destruidas, que la versión original debía conservarse en bóveda restringida indefinidamente. Segundo párrafo decía esto, que la decisión se tomaba por la sensibilidad de los nombres mencionados en la transcripción del 5 de noviembre de 1985, que la difusión de dichos nombres pondría en riesgo la estabilidad del sistema político mexicano, que el sujeto Aguilera Baladez no debía ser informado nunca bajo ningún concepto del contenido de su expediente, que el sujeto debía
morir. sin saber. El tercer párrafo, 12 líneas. La parte más importante de toda esta noche decía que Juan Gabriel había sido contactado en agosto de 1995 por un agente operativo que se le había mostrado una versión parcial del expediente, que se le había explicado que cualquier intento de denuncia pública sobre su contrato con Televisa, sobre los pagos de Carmen Romano, sobre el espionaje a sus hermanos, sería respondido con la divulgación de información personal de él que la DFS había recopilado
durante años. Información sobre su vida íntima, información sobre las personas con las que había compartido cama y silencio. Información sobre nombres que él había protegido toda su vida. información que si saliera a la luz no destruiría su carrera porque su carrera ya era irrompible, pero sí destruiría a las personas que él más quería.
Por eso firmó el contrato en noviembre, por eso para proteger a otros. Gutiérrez Barrios cerraba la carta con una sola frase, una sola frase de despedida, una frase que es la confesión completa de un régimen entero. La frase decía: “El cantante eligió a su gente sobre sí mismo, como tantos otros que hemos manejado. Procedan a sellar.
Procedan a sellar. Eso es lo que ese hombre ya ha retirado escribiéndole al director de la AGN. mandó hacer con la vida secreta de Juan Gabriel. Procedan a sellar tres palabras como si fuera papelería rutinaria. La segunda fotografía dentro del sobre era esto, una foto en blanco y negro. Juan Gabriel saliendo de una iglesia en El Paso, Texas, año 1995.
Fecha exacta, 16 de agosto. 3 meses antes de firmar el contrato. Lleva un traje oscuro. Camina solo, la cabeza agachada, las manos en los bolsillos. Detrás de él, un agente de la DFS lo está siguiendo con una cámara. La fotografía está tomada desde un ángulo bajo, casi a nivel del piso, en el reverso, escrita a mano, “El sujeto ha aceptado, ya no hay riesgo.
” Iniciar protocolo de prórroga. Eso era él en 1995, un hombre que acababa de salir de una iglesia, un hombre que había aceptado, un hombre que había elegido a su gente sobre sí mismo. Y entonces vino el tercer objeto, el papel doblado en cuatro. La archivista lo desplegó con cuidado de no romperlo.
La tinta azul estaba descolorida. La letra era irregular, redonda, infantil. La fecha estaba arriba a la derecha, noviembre de 1962. Estaba escrita en hoja arrantada de un cuaderno escolar. Y el encabezado decía dos palabras: “Mamá, vuelve.” Era una de las cartas que Juan Gabriel le escribió a su madre desde el internado tutelar de menores.
Tenía 12 años cuando la escribió. Nunca la mandó, nunca tuvo dirección. ¿Cómo terminó ese papel dentro de un expediente de la DFs 33 años después? Es una pregunta que el archivo no responde. Hay quien dice en los pasillos de Lagen que Gutiérrez Barrios mandó pedir esa carta personalmente en 1995, que la consiguió a través de un contacto con las monjas viejas del internado, que la metió en el sobre como un mensaje.
un mensaje de que ellos lo sabían todo, hasta lo que él escribía cuando nadie lo veía, hasta sus cartas de huérfano, hasta sus llantos de 12 años. El papel decía cuatro frases, cuatro frases con faltas de ortografía. Cuatro frases que dolían más que todo lo anterior. Decía, “Mamá, vuelve por mí ya.” Decía, “Las monjas son malas.
” Decía, “Si vienes, te voy a cantar las canciones que aprendí.” Decía, “Te voy a esperar siempre, mamá. Esperando siempre, Alberto, esperando siempre.” Eso fue lo que firmó. Y eso 33 años después lo tenía Fernando Gutiérrez Barrios sobre su escritorio. Pero entonces, ¿qué había en la cinta de diciembre del 95? Porque la cinta era posterior a la firma.
¿Qué se grabó después de que él ya había aceptado? Eso es lo que se oye al final, los últimos 7 minutos de la bobina. Los 7 minutos que casi nadie en este país está preparado para oír. Los 7 minutos finales son una grabación de Juan Gabriel solo. No hay otra voz. Él está hablando consigo mismo, probablemente sin saber que el micrófono escondido en su casa de Cancún todavía estaba activo. Habla en un susurro.
habla como un hombre que está rezando y dice cosas que ningún biógrafo ha contado. Dice que firmó. Dice que firmó por sus hermanos. Dice que firmó por dos personas más que no nombra, pero a las que quiere proteger. Dice que sabe que el contrato es injusto. Dice que sabe que va a pagar 20 años por una decisión de una noche y dice al final una frase que va a estar en el expediente para siempre, una frase que define lo que fue su vida después. La frase es esta.
Si me toca cantar para los que me venden, voy a cantar mejor que nunca para que ellos no puedan dejarme de necesitar. Y eso fue exactamente lo que hizo. Desde 1995 hasta 2016, los 21 años que le quedaban, cantó mejor que nunca. Hizo bellas artes en 1997. hizo el dúo histórico con Rocío Durcal en 2002.
Hizo por mi orgullo en 2005. Hizo los dúo en 2015. Tan grande se hizo que ya nadie en el sistema pudo deshacerlo. Esa fue su venganza silenciosa, la única que podía permitirse cantar tan alto que el que lo había vendido tuviera que aplaudir. Llegamos al cierre. Quedan tres cosas que tienes que escuchar. No te vayas todavía.
Harf terminó de leer la última hoja del expediente a las 8:22 de la mañana, 4 horas después de haber entrado. El cajón 121 se quedó vacío sobre la mesa. La archivista catalogó cada hoja, una por una. 382 hojas, 42 fotografías, una bobina de cinta magnética, un sobre con sello roto, dos sellos rojos cancelados, la firma de Fernando Gutiérrez Barrios en 12 lugares distintos, la firma de Manuel Bartlet en cuatro, la firma de Joaquín Castañón en 63, una empresa aguibalsa ADCB con dos
accionistas registrados, dos propiedades en Ciudad Juárez, 1097 met² en Lerdo y Mejía, un lote en Insurgentes, un domicilio en Cancún espiado durante 15 años, una casa en Acapulco con tres micrófonos instalados, una oficina en la calle Schiller, colonia Polanco con cuatro líneas telefónicas intervenidas, 14 cheques fotocopiados de la Secretaría de Hacienda.
Firmados por Carmen Romano. 19 recibos de pago a Joaquín Muñoz emitidos por la DFS con domicilio en Bucarelli. 23000 firmas en cheques personales del cantante, todas autenticadas como falsas en una pericia caligráfica anexada en 1988. Una transcripción de 42 minutos de la conversación con Rocío Durcal.
Una bobina con 7 minutos de monólogo personal. Una carta infantil de noviembre de 1962, firmada por un niño de 12 años llamado Alberto. Un vestido azul fotografiado dentro de una caja en un closet de Polanco. Una hoja de seguimiento de la madre Victoria Baladez Rojas hasta el día de su muerte en 1974, 8 meses antes de que la DFS abriera el expediente del hijo.
una nota al margen del agente Castañón que dice: “La madre murió sin volver a verlo. Coincidencia operativa favorable. Una carpeta lateral con fotografías de Verónica Castro en 1982. Otra con fotografías de Lucía Méndez en 1985. Otra con fotografías de Daniela Romo en 1987. Todas amigas del cantante, todas también vigiladas, porque vigilarlas era vigilarlo a él.
Y al final de todo, una carta de tres párrafos firmada por un hombre que decidió hace 30 años que un cantante debía morir sin saber lo que sabía su propio gobierno sobre él. Procedan a sellar. El sol entraba ya por la ventana alta de la bóveda de Harfuch. Se quitó el saco y lo puso sobre la silla.
Caminó hasta la mesa, recogió la última fotografía con las dos manos, la miró durante 15 segundos, la puso sobre la pila y dijo en voz baja una sola frase. La archivista la oyó. La frase fue esta. Hay que devolverle el nombre. Hay que devolverle el nombre. Lo que queda de Juan Gabriel hoy es un edificio en construcción en Ciudad Juárez, que iba a ser museo y que después de su muerte se detuvo.
Un hijo, Iván Aguilera, que administra el legado y que ha sido cuestionado durante años por familiares y por antiguos colaboradores sobre el manejo de la herencia. Iván Aguilera niega todas las acusaciones que se le han hecho y ha sostenido en cada entrevista pública que actúa conforme a derecho. Esa es su posición.
Es válida, no es objeto de este expediente. Cinco hermanos legales que se reparten regalías. un panteón en Ciudad Juárez, donde están sus cenizas dentro de una caja sellada que su hijo recibió en septiembre de 2016 y que jamás ha sido abierta en público. y 23000 canciones grabadas que siguen sonando en cada cantina de México, cada 15 de septiembre, cada bautizo, cada velorio, cada vez que alguien necesita llorar y no tiene palabras.
Ahora tú sabes que el gobierno mexicano lo espió 20 años. Ahora tú sabes que sus hermanos fueron vigilados con planos arquitectónicos completos. Ahora tú sabes que Carmen Romano le pagó 44 millones de pesos con dinero público. Ahora tú sabes que Joaquín Muñoz fue informante pagado durante 28 años.
Ahora tú sabes que firmó el último contrato bajo amenaza. Ahora tú sabes el nombre que Rocío Durcal le susurró tres semanas después del terremoto. Ahora tú sabes lo que dijo en los 7 minutos finales de la cinta. Ahora tú sabes lo que dice la carta de Gutiérrez Barrios. El 96% del país no sabe nada de esto. Tú sí.
¿Quién va a pagar por lo que hicieron? ¿Quién va a responderle a Genaro Aguilera Baladez que murió de un infarto en su patio sin saber que 12 años de su vida estuvieron documentados en una carpeta amarilla? ¿Quién va a explicarle a la familia de Rocío Durcal por qué la promesa que él le hizo aquella noche del 5 de noviembre nunca pudo cumplirse? ¿Quién va a abrir el cajón del lado izquierdo? El cajón 122.
El cajón que está justo al lado del de Juan Gabriel y que la archivista alcanzó a ver, pero Harfook decidió no abrir esta noche. ¿Qué hay en ese cajón? ¿De quién es el nombre que está escrito en esa etiqueta? Si te quedaste hasta aquí, lo vas a saber muy pronto. Esta noche te vas a la cama sabiendo lo que él nunca supo y eso es lo que más duele.
En el próximo episodio, Harf entra a una casa de huéspedes en Tepetongo, Zacatecas, donde un hombre dejó un baúl cerrado con tres candados en 1957. Adentro hay una grabación, una fotografía y un nombre que cambió la historia del cine mexicano. Pedro Infante, su muerte y lo que se llevaron del avión antes de que llegaran los rescatistas.
Eso la semana que viene.