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El mundo casi termina ese día | Stanislav Petrov

Hay una pregunta que los historiadores llevan décadas intentando responder. ¿Cuántas veces ha estado la humanidad a punto de destruirse a sí misma sin saberlo? La respuesta es incómoda, más veces de las que ningún gobierno ha querido admitir. Pero hay una noche en particular, una noche que los libros de historia casi no mencionan.

Una noche que ocurrió mientras tú dormías, mientras tus padres dormían, mientras el mundo entero dormía. Sin saber que a pocos minutos de distancia, en un búnker subterráneo a las afueras de Moscú, un solo hombre tenía en sus manos el destino de cada persona que ha existido sobre este planeta. Era la madrugada del 26 de septiembre de 1983  y ese hombre se llamaba Stanislav Petrov.

30 años después, cuando un periodista le preguntó cómo se sentía por lo que había hecho esa noche, Petrov respondió con la humildad desconcertante de los hombres que han visto demasiado. Simplemente  estaba haciendo mi trabajo. Fui la persona correcta en el momento correcto. Eso es todo. Eso es todo.

Como si salvara al mundo fuera algo que le pudiera pasar a cualquiera. Capítulo 1. el mundo en 1983. Para entender lo que ocurrió esa noche, necesitas entender el mundo en el que ocurrió. Porque 1983 no era un año cualquiera. Era el momento más peligroso de la Guerra Fría desde la crisis de los misiles de Cuba en 1962. Y para comprender por qué, necesitas entender la psicología del miedo que gobernaba a las dos superpotencias más poderosas de la historia.

Por un lado, los Estados Unidos de Ronald Rean. Rigan era un presidente que creía profundamente, con una convicción casi religiosa, que la Unión Soviética era el imperio del mal. No era retórica política, era lo que genuinamente pensaba. Y esa convicción lo llevó a aumentar el gasto militar americano a niveles que la economía soviética simplemente no podía igualar.

Nuevos misiles, nuevos bombarderos. El programa de investigación conocido popularmente como Guerra de las Galaxias, que prometía construir un escudo espacial capaz de interceptar misiles soviéticos en pleno vuelo. Del otro lado, la Unión Soviética de Yuri Andropov. Andropov era un hombre enfermo que gobernaba desde su cama de hospital conectado a una máquina de diálisis que había pasado décadas dirigiendo el KGB y que sabía exactamente hasta dónde podía llegar la amenaza americana y lo que veía le aterraba. La inteligencia soviética

había llegado a una conclusión que hoy nos parece increíble, pero que en ese momento era completamente creída por los líderes del Kremlin. Los Estados Unidos estaban planeando un ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética. No era paranoia sin fundamento. En noviembre de 1983,  apenas semanas después de la noche que nos ocupa, la OTAN realizaría el mayor ejercicio militar de su historia llamado Able Archer 83.

Un simulacro tan realista de una guerra nuclear con protocolos de comunicación reales y movimientos  de tropas auténticos que el KGB llegó a creer que era la cobertura perfecta para un ataque real. El mundo estaba en el nivel de alerta más alto desde hacía décadas y en ese clima de miedo y desconfianza mutua, un fallo técnico podía desencadenar lo que ningún general había sido capaz de lograr con toda su planificación.

Y entonces llegó el 1 de septiembre de 1983. Un Boeing 747 de Corea Ner, el vuelo 007, sobrevolaba espacio aéreo soviético restringido sobre la isla de Sahalin. Los cazas soviéticos lo derribaron sin previo aviso. Murieron las 269 personas a bordo, incluyendo un congresista americano. La indignación en Estados Unidos fue explosiva.

Rigan llamó al incidente un crimen contra la humanidad. Las relaciones entre las dos potencias llegaron al punto más bajo en décadas y exactamente 26 días después de ese derribo, en la madrugada del 26 de septiembre, las alarmas del búnker Serpukov X 15 comenzaron a sonar. Capítulo 2. El búnker. El búnker Serpukov X estaba ubicado a unos 100 km al sur de Moscú, enterrado profundamente bajo la Tierra,  diseñado para sobrevivir a un ataque nuclear directo.

Era el corazón del sistema de defensa más sofisticado que la Unión Soviética jamás había construido. Su nombre en clave era Oco, que en ruso significa simplemente ojo. y ese ojo miraba constantemente desde el espacio hacia las bases de misiles  balísticos americanos, listo para detectar cualquier lanzamiento en el momento en que se produjera.

El sistema OCO funcionaba mediante una constelación de satélites en órbita  que detectaban el calor de los motores de los misiles en el momento del lanzamiento. Era tecnología de vanguardia, el orgullo de la ingeniería soviética y era relativamente nuevo, lo que significaba que sus ingenieros todavía estaban aprendiendo sus limitaciones.

Dentro del búnker, decenas de oficiales y técnicos trabajaban en turnos de 12 horas.  monitorizando las pantallas, verificando datos, siguiendo protocolos diseñados hasta en el último detalle. El hombre a cargo del turno de medianoche esa noche era el teniente coronel Stanislav Epgrafovic Petrov. Petrov tenía 44 años.

Era un ingeniero de formación, no un militar de carrera en el sentido tradicional. Había estudiado ingeniería antes de unirse a las fuerzas armadas y esa formación técnica le daba una manera de pensar diferente a la de sus colegas, más analítica, más dispuesta a cuestionar antes de actuar. Llevaba años trabajando con el sistema Oco. Lo conocía mejor que la mayoría.

sabía sus fortalezas y lo que es más importante para lo que ocurrirá esa noche, sabía sus debilidades. Esa noche Petrov no debería haber estado de servicio. Su turno habitual era diferente, pero un colega había solicitado el día libre y Petrov lo había cubierto. Un favor ordinario entre compañeros de trabajo.

Un favor que cambiaría la historia del mundo. Capítulo 3. Las 0014. A las 0 horas 14 minutos del 26 de septiembre de 1983, la pantalla principal del búnker Serpukov X 15 mostró algo que ningún operador quería ver jamás. Una alerta. El sistema Oco había detectado el lanzamiento de un misil balístico intercontinental desde la base de la Fuerza Aérea de Malmstrom en el estado de Montana. Estados Unidos.

Tiempo estimado hasta el impacto en territorio soviético, 20 minutos. En el búnker el ambiente cambió instantáneamente. Las alarmas sonaban, las luces de emergencia parpadeaban, los operadores saltaban de sus sillas. Todos los ojos se volvieron hacia Petrov porque él era el oficial de turno, porque la decisión era suya.

El protocolo soviético en caso de alerta de ataque nuclear era absolutamente claro. No dejaba margen para la interpretación. No contemplaba dudas ni deliberaciones largas. Petrov debía tomar el teléfono de línea directa con el alto mando del Kremlin e informar del ataque. Con esa llamada, los generales tendrían la información necesaria para autorizar el contraataque nuclear.

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