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Grace Kelly: La Actriz más Famosa del Mundo Comprada por un Príncipe por 2 Millones

El 13 de septiembre de 1982, en una carretera estrecha que serpentea por las montañas sobre Mónaco, un rover marrón sale de la calzada y cae por un barranco de 37 m. Dentro del coche van dos mujeres. Una tiene 17 años y se llama Estefanía. Saldrá con vida. La otra tiene 52 años y se llama Grace y morirá al día siguiente sola en una habitación de hospital, mientras el mundo entero, los mismos 30 millones de personas que 26 años antes la habían visto convertirse en princesa por televisión, empieza a llorar a un

personaje que no era exactamente la mujer que estaba muriendo en esa cama. El mundo lloró a la princesa. Nadie lloró a Grace. Le vendieron un cuento de hadas. Ella lo compró porque en su propia casa, durante los primeros 25 años de su vida, nunca había sido suficiente. Y cuando descubrió lo que había dentro del cuento, ya no había forma de salir.

Eso es lo que pasó. Eso es lo que nadie cuenta. En los próximos 60 minutos vas a descubrir siete cosas sobre Grace Kelly, que la historia oficial del cuento de hadas más famoso del siglo XX ha enterrado durante décadas. Vas a descubrir por qué su propio padre nunca creyó en ella y le dio dinero solo para que fracasara y volviera a casa.

Vas a descubrir que su boda no fue un cuento de hadas, sino una transacción con dote de 2 millones de dólares y examen de fertilidad incluido. Vas a descubrir quién escribió las cartas de amor que ella guardó durante toda su vida y no fue el hombre con el que se casó. Vas a descubrir que su marido le fue infiel antes de que se cumpliera el primer mes de matrimonio y que prohibió que las películas de Grace se emitieran en el país donde la habían convertido en princesa.

Vas a descubrir el papel de Hitchcock al que Grace tuvo que renunciar en 1962 por presión directa de su marido. Vas a descubrir lo que dijo Grace en la última entrevista que concedió meses antes de morir, cuando una periodista le preguntó si había sido feliz. Y vas a descubrir las preguntas sobre el accidente del 13 de septiembre que cuatro décadas después siguen sin tener respuesta.

Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Antes de continuar, porque lo que viene a continuación va a desmontar el cuento de hadas desde la primera piedra. Si todavía no estás suscrita a este canal, este es el momento. Aquí contamos las historias de las mujeres que el siglo XX convirtió en símbolos y olvidó como personas.

Hay una historia nueva cada semana, no te la pierdas. Philadelphia, 12 de noviembre de 1929. En el Haneman University Hospital, una mujer llamada Margaret Mayer da a luz a su tercera hija. La niña pesa poco, llora poco, es asmática desde los primeros meses. Le ponen el nombre de Grace Patricia. Y desde el primer momento en esa casa será la hija menos importante de las cuatro.

La familia Kelly era rica, pero no era una riqueza de cuna, era una riqueza construida con las manos. Jack Kelly, el padre era hijo de inmigrantes irlandeses que habían llegado a Estados Unidos huyendo del hambre. Empezó como obrero, manejando ladrillos y mortero en obras de Filadelfia, y construyó desde cero un imperio de la construcción que convirtió a su familia en una de las más ricas de la ciudad.

Pero antes de eso, antes del dinero, hubo otra cosa que definió a Jack Kelly para siempre. Las medallas. Tres medallas de oro olímpicas en Remo. 1920 en Amberes, 1924 en París. Jack Kelly era un atleta extraordinario, un hombre que había construido su identidad sobre el cuerpo, sobre la fuerza física, sobre los logros que se miden en cronómetros y en alturas y en distancias.

Y cuando tuvo hijos, los midió a todos por la misma vara. Su hijo varón John Junior también fue remero olímpico. Su hija mayor, Peggy, era extrovertida, atlética, ruidosa, exactamente la hija que un hombre como Jack Kelly entendía. Su hija pequeña, Lisan, era la consentida del padre, la mimada de la casa. Y luego estaba Grace.

Grace era diferente, asmática, delicada. tímida, hasta la dolorosa timidez de quien no encuentra su lugar, ni siquiera en el comedor de su propia casa. Le gustaba leer, le gustaba escribir poemas, le gustaba imitar voces y representar pequeños papeles delante del espejo de su habitación.

Para Jack Kelly, todo eso era exactamente lo opuesto a lo que él entendía como el valor de una persona. Hay testimonios documentados recogidos por biógrafos que han estudiado la familia Kelly durante décadas que describen escenas que hoy harían daño escuchar. Jack llamando a Peggy en voz alta para presumirla delante de los invitados.

Jack ignorando a Grace cuando esta intentaba mostrarle un dibujo. La madre Margaret comparándolas constantemente diciéndole a Grace que mirara cómo su hermana hacía las cosas. En esa casa, Grace aprendió antes que ninguna otra cosa que su forma de existir no era suficiente, que para ser amada había que ser otra.

Y así, durante 17 años, Grace Kelly creció siendo invisible en su propia casa. Una niña preciosa, callada, educada, con unos ojos azules que más adelante el mundo entero conocería, escondida detrás de la sombra de unos hermanos que su padre había decidido que importaban más. Hay un detalle que vale la pena recordar, porque va a resonar durante todo lo que viene a continuación.

Cuando Grace era pequeña, le encantaba que su padre la mirara. Lo seguía por la casa, intentaba llamar su atención, se ponía vestidos que ella misma elegía esperando que él dijera algo. Casi nunca decía nada. Y la niña que durante toda su infancia buscó ser vista por su padre sin lograrlo nunca, va a convertirse en la mujer que más adelante hará cualquier cosa, incluso renunciar al trabajo que más le importaba en el mundo para que alguien finalmente la mire.

Eso es lo primero que hay que entender. Esa es la herida. Todo lo demás viene de ahí. En 1947 con 17 años, Grace toma la primera decisión propia de su vida. Quiere ser actriz, quiere irse de Philadelphia, quiere matricularse en la Academia Americana de Arte Dramático en Nueva York y por primera vez dice algo que su padre no quiere escuchar.

La reacción de Jack Kelly fue exactamente la que cabía esperar de un hombre que llevaba 17 años sin entender a su propia hija. Le dijo que sí, pero le dio una asignación mínima. una cantidad calculada para que no pudiera vivir cómoda, para que pasara hambre, para que las dificultades de la ciudad la doblegaran y volviera a Philadelphia con la cabeza baja a aceptar la vida que él había planeado para ella.

Y aquí viene la primera revelación de este video, la primera de las siete cosas que la historia oficial ha preferido no contar. Jack Kelly nunca creyó en Grace. Le dio dinero suficiente para fracasar. Esperaba que volviera. Quería que volviera y la mujer que el mundo entero conocería como la elegancia personificada la princesa de Mónaco, la actriz que ganó un Óscar.

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