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Geraldina de Albania: Fue Reina… y 48 Horas Después Huyó con su Bebé Recién Nacido

Imaginad por un momento que tenéis 22 años, que os despertáis una mañana como cualquier otra y que antes de que termine el día, un rey os ha pedido que seáis su reina. No en un cuento, no en una película, en la Europa real de 1938, con las sombras del fascismo extendiéndose como una mancha de aceite sobre el continente y con el destino a punto de escribir una de las historias más extraordinarias y desgarradoras del siglo XX. Bienvenidos.

Hoy os traemos la historia de Geraldina de Albania, una mujer que lo tuvo todo en cuestión de días. y que lo perdió casi todo en cuestión de meses. Una historia de amor, de corona, de guerra, de exilio y de una dignidad que ni el tiempo ni la distancia lograron doblar. Antes de continuar, queremos pediros algo.

Escribid en los comentarios el nombre de una reina o de una mujer histórica que os haya marcado. Puede ser alguien famoso, puede ser alguien que solo vosotros conocéis. Estamos seguros de que después de escuchar esta historia entenderéis por qué os lo pedimos. Pero volvamos al principio, al verdadero principio, porque para entender quién fue Geraldina, hay que entender de dónde vino.

Y de dónde vino era un mundo que ya no existe, un imperio que se desmoronó como polvo, mientras ella era todavía una niña que apenas sabía lo que significaba perderlo todo. La condesa Geraldín Margit, Virginia, Olga María Aponji de Nayi Aponji, nació el 6 de agosto de 1915 en Budapest, en el corazón del imperio austrohúngngaro. Su padre, el conde Yula Aponji de Nayi Aponji, pertenecía a una de las familias más antiguas y distinguidas de la alta nobleza húngara, con raíces que se hundían en la tierra de la alta Hungría desde el siglo XI. Su madre, Gladis

Virginia Stuart, era americana, hija de un diplomático que había servido como cónsul de los Estados Unidos en Amberes, Bélgica. Era, pues, desde su nacimiento, una criatura de dos mundos, del viejo continente y del nuevo, de la nobleza y del dinamismo americano. Esa mezcla de sangre y de culturas la marcaría para siempre.

Pero en 1915, mientras el mundo ardía en la Primera Guerra Mundial, nadie podía saber todavía lo que el destino tenía reservado para aquella niña que lloraba en una cuna de Budapest. Geraldina tenía apenas tres años cuando el mundo que la había visto nacer dejó de existir. En noviembre de 1918, el imperio austrohúngaro se derrumbó bajo el peso de la Primera Guerra Mundial y con él cayeron siglos de historia, de títulos, de fronteras y de certezas.

La familia Aponji, como tantas otras familias nobles del antiguo imperio, se vio de golpe en un mundo nuevo que no reconocía sus privilegios ni sus apellidos con la misma reverencia de antes. Los padres de Geraldina tomaron una decisión rápida. Se marcharon a Suiza. Era el refugio elegante de quienes tenían medios para huir con dignidad, un país neutral que había sobrevivido a la guerra sin cicatrices visibles.

Allí vivió Geraldina los primeros años de su infancia entre las montañas y los lagos, lejos del caos que sacudía Europa central. Pero la calma de Suiza no duraría para siempre. En 1921, la familia regresó al reino de Hungría, que bajo la regencia de Michelos Horty había recuperado cierta estabilidad. Parecía que la vida podría volver a ser algo parecido a lo que había sido.

Sin embargo, el destino tenía otros planes. En 1924, cuando Geraldina tenía 9 años, su padre murió. Con él se fue no solo el hombre de la familia, sino también gran parte de lo que quedaba de la fortuna familiar. La condesa viuda Gladis tomó entonces a sus tres hijos, Geraldina, su hermana Virginia y su hermano Guíula, y se marchó a vivir a Mentón en el sur de Francia, esa ciudad de luz y palmeras en la orilla del Mediterráneo, que en aquella época era refugio de expatriados y de familias venidas a menos.

que intentaban mantener las apariencias con lo poco que les quedaba. Fue un golpe durísimo de los salones dorados de Budapest a los modestos apartamentos de una ciudad de veraneo francesa, de los títulos y los apellidos ilustres a la necesidad de reaprender a vivir sin la red de seguridad que daban el dinero y el estatus.

Geraldina lo absorbió todo con los ojos abiertos de una niña que comprende más de lo que los adultos creen. Pero entonces llegó otro giro. Cuando la madre de Geraldina volvió a casarse, esta vez con un oficial francés, la familia política húngara del padre fallecido intervino con firmeza. Insistieron en que los hijos debían regresar a Hungría para recibir una educación adecuada a su rango.

Las niñas fueron enviadas al internado del Sagrado Corazón en Presba cerca de Viena. Geraldina dejaba atrás el Mediterráneo y la presencia de su madre para entrar en el mundo austero y disciplinado de un colegio religioso. Allí, lejos de casa y de todo lo conocido, comenzó a forjarse la mujer que sería.

Aprendió lenguas con una facilidad asombrosa. Llegó a dominar con fluidez el francés, el alemán, el español, el inglés, el húngaro y más tarde el albanés. Las lenguas serían su pasaporte secreto, su arma invisible, la herramienta que le permitiría moverse por un mundo en el que las fronteras se movían y los tronos caían como fichas de dominó.

Después del internado, la vida de Geraldina giró en torno al castillo de Oponise, la antigua posesión ancestral de los Aponji, en lo que entonces era Checoslovaquia. Allí vivió hasta 1938 en ese paisaje de colinas verdes y muros de piedra que olían a siglos de historia. Pero con la fortuna familiar casi agotada, Geraldina tuvo que trabajar para vivir.

Aprendió taquigrafía y mecanografía y trabajó como secretaria. También atendió la tienda de recuerdos del Museo Nacional de Budapest, donde su tío era director. Una condesa húngara vendiendo postales en una tienda de museo. La vida a veces tiene un sentido del humor extraño y cruel. Pero nadie, absolutamente nadie, podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrirle a aquella joven de 23 años, de ojos claros y sonrisa serena.

La historia de cómo Geraldina llegó a convertirse en reina de Albania comienza, como tantas grandes historias, con una fotografía. En algún momento de 1937, Ahmed Sogu, el rey de Albania, vio una imagen de Geraldina a Poni. Nadie sabe con exactitud en qué circunstancias llegó esa fotografía a sus manos.

Lo que sí se sabe es que al rey le bastó con verla para quedar cautivado. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, un hombre que había escalado desde la oscuridad de los clanes albaneses hasta el trono de un país entero con una mezcla de inteligencia, astucia y una determinación que rayaba en lo obsesivo.

Y aquella fotografía despertó en él algo que no esperaba. Sog mandó a una de sus hermanas a buscar a Geraldina. La invitó a Tirana con el pretexto de una visita. Y Geraldina, que no tenía grandes planes ni grandes perspectivas en aquel invierno europeo de 1937, aceptó. Llegó a la capital albanesa poco después de Navidad, en los últimos días del año.

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