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Farah Diba: La Emperatriz que Perdió a su Hija… y a su Hijo

Imagina despertar una mañana siendo la mujer más poderosa de uno de los imperios más antiguos de la Tierra. Dueña de palacios, joyas que valían fortunas, admirada por reyes y presidentes, fotografiada por las mejores revistas del mundo, y al día siguiente huir en la oscuridad, sin saber si volverás a ver tu hogar, con tus hijos aferrados a tus manos, mientras afuera una multitud incendia todo lo que alguna vez fue tuyo.

Eso no es una novela. Eso le ocurrió a una mujer real de carne y hueso, nacida en Teerán una mañana de octubre de 1938. Bienvenidos. Soy muy feliz de tenerte aquí hoy. Antes de continuar, quiero pedirte algo. Escribe en los comentarios una sola palabra que describa lo que sientes cuando todo lo que construiste en tu vida desaparece de un momento a otro. Una sola palabra.

Luego seguimos porque la historia que estamos a punto de contar no es solo la historia de una emperatriz, es la historia de una mujer que amó profundamente, que creyó profundamente, que perdió profundamente. Una mujer que vio cómo su destruido por la historia y que aún así siguió de pie. Su nombre era Fará Diva y su vida comenzó de una manera que nadie hubiera podido imaginar que terminaría como terminó. Teerán, 1938.

La ciudad era todavía un lugar donde lo antiguo y lo moderno convivían en una tensión silenciosa. Las mezquitas y los bazares centenarios compartían calles con los primeros automóviles y los primeros trajes occidentales. Irán vivía bajo el dominio de la dinastía Palabi, fundada apenas una década antes por Resá, el padre del hombre que más tarde cambiaría para siempre la vida de Fará.

En ese teerán nació Fará, hija única del capitán Sorap Diva y su esposa Faridé Gotby. Su familia pertenecía a una clase media educada y respetable, no a la aristocracia ni a la nobleza, pero sí a ese mundo de personas que valoraban la cultura, el conocimiento y el refinamiento. Su padre tenía raíces aceríes iraníes y su madre venía de las costas del mar Caspio, de esa región llamada Yilan, donde los paisajes verdes contrastan con el azul profundo del agua.

La pequeña Fara creció en un hogar donde la educación era sagrada. Primero estudió en la escuela italiana de Teerán, luego pasó a la escuela francesa Jan Dark y más tarde al Lisí. Desde niña, Fara absorbió idiomas, cultura, arte. Aprendió a amar la música, la arquitectura, la pintura. Era una niña curiosa, inteligente, con los ojos siempre abiertos al mundo.

Pero cuando Fara tenía apenas 9 años, su mundo se sacudió por primera vez. El capitán Sorab Diva, su padre, murió. Fara quedó bajo el cuidado de su madre, una mujer fuerte. que se negó a dejar que la adversidad aplastara a su hija. Fue quizás esa pérdida temprana la que forjó en Fara algo que la acompañaría toda la vida.

Una capacidad para resistir el dolor sin quebrarse, una dureza interior que con los años necesitaría más de lo que entonces podía imaginar. La joven Fara terminó sus estudios en Teerán con notas brillantes y entonces, en ese momento en que la vida abre sus puertas como un horizonte sin límites, tomó una decisión que lo cambiaría absolutamente todo.

Decidió ir a estudiar arquitectura a París, no a una universidad cualquiera, sino a la Ecolure, una de las escuelas de diseño más prestigiosas de Europa. París 1958. La ciudad de la luz, el mundo del arte, de la moda, de la cultura. Farad Diva tenía 20 años, hablaba francés con fluidez y caminaba por las calles de Montparnas con la sensación de que su vida estaba por fin comenzando de verdad.

estudiaba con pasión, soñaba con diseñar edificios, con crear espacios donde las personas vivieran mejor, con contribuir al desarrollo de su país. Era una estudiante comprometida, llena de ideales, una joven iraní en la ciudad más cosmopolita del mundo, libre, culta, feliz. Nadie le había dicho que el destino tenía preparada para ella una historia completamente diferente.

La embajada de Irán en París era, en aquellos años finales de la década de 1950 uno de los salones más elegantes de la ciudad. Funcionarios diplomáticos, intelectuales persas exiliados en Europa, artistas y estudiantes iraníes se reunían allí con cierta regularidad para mantener vivo ese vínculo invisible que une a los que están lejos de su tierra.

Fue en una de esas recepciones a finales de 1958 cuando la vida de Faradiva giró de manera irreversible. Aquella noche alguien la presentó a un hombre al que probablemente ya conocía de nombre, porque era imposible ser iraní y no conocer ese nombre. Mohamad reapalabi, el ya de Irán, el rey de reyes, el soberano del imperio persa. La presentación la hizo Ardir Sajedí, yerno del ya, hombre influyente en la corte imperial.

No hay registros de si fue premeditado o casual, si fue un encuentro buscado o simplemente el resultado de esa extraña alquimia que a veces produce la vida sin avisar. Lo que sí es cierto es que él ya miró a aquella joven estudiante y algo cambió en él. Mohamad Reza Palabi tenía entonces 39 años.

Era un hombre que cargaba con el peso enorme de gobernar uno de los países más complejos del mundo. Heredero de una dinastía joven pero ambiciosa, aliado de Occidente en plena Guerra Fría, reformador convencido, hombre de poder absoluto. Pero también era en ese momento de su vida un hombre solo. Había estado casado dos veces.

Su primera esposa fue la princesa Faucia de Egipto, hermana del rey Faruk, con quien se casó en 1939. Tuvieron una hija, la princesa Shan, pero Fausia no le dio el heredero varón que necesitaba para asegurar la continuidad de la dinastía y el matrimonio fracasó en 1948. Luego vino Soraya Esfandiari, una belleza legendaria de ojos verdes que los poetas comparaban con el color de los bosques del norte de Irán.

Soraya era adorada, fotografiada, admirada, pero tenía un problema que en la lógica de una monarquía era devastador. No podía tener hijos. Los médicos lo confirmaron tras años de intentos y tratamientos. Y el ya, que necesitaba un heredero, tomó la decisión más dolorosa de su vida, disolver ese matrimonio en 1958. A Soraya se le llamó desde entonces la princesa de los ojos tristes y ese apodo decía todo lo que había que decir.

Y entonces apareció Faradiva, joven, culta, sana, llena de vida, una mujer que no provenía de la nobleza ni de las familias reales de Oriente Medio, sino de la clase media ilustrada iraní. Alguien que había elegido por sí misma estudiar arquitectura en París, que hablaba francés, que amaba el arte, alguien completamente diferente a las esposas anteriores.

El ya la cortejó, las visitas se multiplicaron, los encuentros en la embajada se volvieron más frecuentes y en el otoño de 1959 él propuso matrimonio. Fará, que tenía entonces 21 años, dijo que sí. ¿Qué sentía una joven de 21 años al convertirse en la prometida del ya de Irán? En sus memorias, Fará escribiría años más tarde, que fue una mezcla de asombro, de miedo, de responsabilidad y también de amor genuino.

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