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Eugenia de Montijo: Su Hijo Murió en África… y su Imperio Murió con Él

1 de junio de 1879. Una tarde cualquiera, en un valle perdido del sur de África, a miles de kilómetros de cualquier palacio, un joven de 23 años intenta subir a su caballo. El animal se espanta, tira de las riendas, lo arrastra unos metros por el polvo. El joven cae y cuando levanta la vista ve como la hierba alta se llena de hombres que corren hacia él con lanzas en la mano.

Lo que nadie en aquel valle sabe es quién es ese muchacho. No es un soldado más. Es el último heredero del apellido más poderoso que ha tenido Europa. Es el hijo de un emperador y es sobre todo el único hijo de una mujer que en ese mismo instante en una casa silenciosa de Inglaterra todavía no sabe nada.

Esa mujer había nacido española en Granada. Había llegado a ser la persona más envidiada del planeta, emperatriz de Francia, dueña de una corte donde se inventaba la moda que copiaba el mundo entero desde Viena hasta Buenos Aires, y lo iba a perder absolutamente todo, el trono, la patria, el marido y a ese único hijo que en este momento agoniza bajo el sol africano.

Esta es la historia de Eugenia de Montijo, la española que tuvo el mundo entero a sus pies y que después tuvo que vivir casi medio siglo más, sola, vestida de negro, enterrando uno por uno a todos los que amaba. Volvamos a ese valle un momento, porque para medir el peso exacto de lo que esa madre está a punto de perder, primero hay que ver cómo muere su hijo.

El muchacho se llama Luis Napoleón. En Francia lo llamaban el príncipe imperial, el que algún día debía devolver a su familia al trono perdido. Pero en este instante no es más que un teniente del ejército británico que quería por fin demostrar que era valiente. Había salido esa mañana en una pequeña patrulla de reconocimiento. Los mandos creían que la zona estaba despejada.

Se equivocaron. Cuando lo rodean, el joven no huye, pelea. Le clavan una lanza en el muslo y él con sus propias manos se la arranca y la usa contra ellos. No suplica, no se rinde, se queda de pie hasta el último aliento. Cuando recuperaron su cuerpo al día siguiente, contaron 17 heridas. Algunos relatos hablan de 18.

Todas estaban en la parte delantera del cuerpo, todas de frente. Murió mirando a la cara a quienes lo mataban. Llevaba colgada al cuello una cadena. De ella pendían una medalla de la Virgen y el sello de su tío abuelo, el primer Napoleón, el que había hecho temblar a media Europa. Eso fue lo único que quedó de un imperio entero, un cuerpo joven en el polvo y una madre que al otro lado del mundo aún no lo sabía.

Pero para entender cómo se llega hasta aquí, hay que volver muchísimo más atrás. hasta una niña que montaba a caballo sin miedo por los campos de España y a la que nadie, absolutamente nadie, le habría predicho un destino semejante. Eugenia nació el 5 de mayo de 1826 en Granada, en una casa de la calle de Gracia.

Su nombre completo era larguísimo, cargado de títulos antiguos. María Eugenia, Ignacia Agustina de Palafox y Kirk Patrick. El mundo terminaría conociéndola por algo mucho más simple. Eugenia de Montijo. Su padre era un conde español con una sombra incómoda a sus espaldas. Durante las guerras napoleónicas había luchado del lado de los franceses, del lado de Napoleón.

En la España de aquel tiempo eso no se perdonaba. A los que habían apoyado al invasor, los llamaban afrancesados y los señalaban con el dedo. El padre de Eugenia cargó esa marca toda su vida, pero para la niña, aquel hombre no era un traidor, era un héroe. Le contaba historias de batallas, de cargas de caballería, de un mundo de hombres valientes.

Le hablaba de libertad, la trataba como a una igual, no como a una muñeca de salón. Eugenia lo adoraba. Su madre era de otra pasta. María Manuela Kirk Patrick venía de una familia de origen escocés instalada en Málaga. Gente de comerciantes que había trepado en la sociedad a fuerza de voluntad. Era ambiciosa, elegante, calculadora y tenía una idea fija para sus dos hijas.

Iban a casarse bien lo más alto posible, costara lo que costara. Las dos hijas eran Eugenia y su hermana mayor, Paca. Desde niñas fueron inseparables. Paca era la dulce, la prudente, la que sonreía. Eugenia era la otra, la salvaje, la que se subía a los caballos más bravos, la que se metía en el agua fría, la que no le tenía miedo a nada ni a nadie.

Hay anécdotas de aquella niña que dan la medida de su carácter. Le gustaban los caballos más nerviosos, los que asustaban a los demás. Se metía en el mar cuando otras niñas ni se acercaban. Una vez, siendo todavía muy joven, harta de las normas y los castigos, llegó a planear huir de casa para alistarse de polizón en algún barco y recorrer el mundo.

No era una muñeca de salón, era un torbellino con falda. Su educación fue tan errante como su espíritu. Pasó temporadas entre España y Francia y la enviaron incluso una temporada a un internado en Inglaterra, en la ciudad de Clifton, para que aprendiera inglés. No fue feliz allí. Echaba de menos el sol, la libertad a su padre.

Aprendió, eso sí, tres idiomas y un mundo entero de modales que más tarde le servirían en cortes que entonces ni soñaba pisar. En 1834, cuando Eugenia tenía 8 años, España se volvió un lugar peligroso. Estalló una guerra civil entre los partidarios de distintos pretendientes al trono. La primera guerra carlista. Y al mismo tiempo, una epidemia de cólera empezó a vaciar las ciudades.

La madre no lo dudó, tomó a sus hijas y se las llevó lejos de todo aquello a París. Y fue en París, donde Eugenia empezó, sin saberlo, a convertirse en quien llegaría a ser. La internaron en un convento, el del Sagrado Corazón. No fue una buena alumna. Le aburrían las clases, le aburrían los rezos, le aburría que le dijeran cómo debía comportarse una señorita.

Lo que de verdad la educó no fueron las monjas, fue lo que pasaba en el salón de su madre cada tarde. Porque doña Manuela tenía un don para rodearse de la gente más brillante de la época. Por su salón desfilaban escritores, viajeros, artistas, espíritus libres y dos de aquellos invitados marcaron a la niña para siempre.

Uno era Prosper Mary el escritor que años después firmaría una novela cuyo nombre conoce hoy todo el mundo, aunque no sepa de dónde viene. Carmen. La historia de una mujer española libre y trágica que prefiere morir antes que dejar de ser dueña de sí misma. Mary Me trató a Eugenia casi como a una sobrina durante años.

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