Una historia de golpes que no se vieron en el ring, de una voz que escuchó en un puente a las 2 de la madrugada cuando no había nadie y de un amor que casi lo destruyó antes de que la lucha lo rescatara. Hoy la vas a comprender completa. Ciudad de México, febrero de 2022. Un hombre de 59 años en una cama de hospital solo, sin máscara, con el rostro que siempre estuvo debajo y que millones jamás conocieron.
40 años antes, ese mismo hombre salía al ring con una bolsa de dulces en la mano y los niños lo acercaban en el pabellón de tal forma que no podía ni avanzar, que no cabía un alfiler de tanta gente, que el amor del público era tan físico, tan real, que lo empujaba desde todos lados. Entre esas dos imágenes hay una vida entera y la mayor parte de esa vida nunca se relató en ningún periódico.
Hay cuatro cosas que una vez que las escuches no vas a poder sacártelas de la cabeza. La primera te va a indignar porque los propios compañeros de la lucha libre, los que él consideraba hermanos de profesión, organizaron una campaña para destruirlo antes de que pudiera comenzar. Lo llamaron payaso.
Dijeron que era una deshonra para el deporte y lo dijeron en voz alta, con nombre y apellido. La segunda te va a dejar sin palabras. Porque hubo una noche en plena Ciudad de México en la que el super muñeco subió al barandal de un puente sobre la avenida Pino Suárez con la maleta en la mano con la cabellera de su primera victoria todavía fresca y a punto de lanzarse al tráfico.
Lo que escuchó esa noche cuando no había nadie cerca cambió el rumbo de todo. La tercera, no la vas a creer, porque el personaje que nació para hacer reír a los niños fue creado por el mayor dolor que conoció en su vida. No fue un cálculo de mercado, no fue una idea de promotor, fue una chica de preparatoria llamada María de los Ángeles que un día mirando unas fotos le dijo algo que él jamás olvidó.
Y la cuarta explica por qué el trío Fantasía, la terna de luchadores más querida por los niños mexicanos en 40 años, terminó como terminó en silencio, con una guerra que fue de lo profesional a lo personal y con tres hombres que compartieron 28 años de gloria sin poder verse a la cara al final. Quédate porque en los próximos minutos vas a entender algo que llevas 40 años sin saber sobre el hombre que estaba detrás de esa máscara dorada.
El ídolo que conociste desde afuera, esta noche lo vas a conocer desde adentro. Pero si quieres entender qué fue lo que realmente convirtió a un muchacho tímido, gordito, hijo de un luchador que no lo quería dejar luchar en el primer personaje para niños de la lucha libre mexicana. Quédate conmigo unos minutos porque lo que vamos a descubrir no es la versión oficial, no es el obituario que publicaron cuando falleció, es la historia completa con todo lo que callaron.
Si eres de los que vio al super muñeco en su época, si llevaste a tus hijos al pabellón y los viste correr hacia él cuando salía con la bolsa de dulce. Si miraste esa máscara dorada con estrellas en los ojos alguna vez desde las gradas, dale like ahora, no al final ahora. Esto es para los que lo vivieron de verdad.
¿Alguna vez te preguntaste por qué el superñeco era distinto a todos los demás? ¿Por qué cuando aparecía en el ring los niños lo rodeaban antes de que tocara las cuerdas? ¿Por qué en 40 años de carrera nunca perdió esa conexión con el público que la mayoría de luchadores pierde en cinco? ¿Alguna vez te preguntaste qué hay en la vida de un hombre para que décadas de aficionados lo sigan queriendo así? Y sobre todo, ¿alguna vez te preguntaste por qué un luchador de esa talla, de ese cariño, de esa trayectoria terminó sus días prácticamente solo, sin retiro oficial,
sin despedida, con las funciones canceladas y el cuerpo que ya no respondía? Hoy vamos a contestar cada una de esas preguntas. Ciudad de México, primero de abril de 1962, en el Hospital Juárez, en pleno Distrito Federal, nació Ever Alejandro Palafox Montiel. Primer día de abril, día de los inocentes, como le llaman en México a esa fecha, día de chistes y de bromas.
El destino tiene ese tipo de humor. El niño que iba a transformarse en el personaje más gracioso de la lucha libre mexicana nació el día de los payasos. Su padre era Alejandro Palafox, luchador profesional conocido en los rings como el sanguinario, un nombre de villano, de personaje oscuro que en nada se parecía a lo que vendría después con su hijo.
El sanguinario era un hombre que amaba profundamente la lucha y que precisamente por eso no quería que su hijo la viviera, porque sabía lo que costaba, porque conocía los hoteles baratos, los camiones de madrugada, las clavículas rotas en arenas de pueblo sin médico cerca. Porque la lucha libre se disfruta desde afuera, desde adentro es otra cosa, pero hay algo paradójico en esa decisión.
El propio sanguinario fue quien plantó Lisfe Semilla porque llevaba a Éver al gimnasio. Lo llevaba a recoger sus máscaras con el señor Ranulfo López en el negocio que se llamaba La esclava del arte en la calle San Antonio Tomatlán. Y ahí, de niño, Ever veía las máscaras del rayo de Jalisco, de mil máscaras, de tinieblas del santo, las tomaba con las manos y sentía en los dedos el satín, los brillos, los colores que bajo las luces del ring se convertían en otra cosa, en algo mágico.
Y en los gimnasios donde entrenaba su padre, Ever veía llegar sin máscara a los hombres que en el ring eran dioses. Ray Mendoza, el matemático huracán Ramírez, los villanos, veía gente joven que comenzaba al pirata Morgan, al hombre bala, al verdugo, lo observaba todo y a los 12 años ya pesaba 65 kg, gordito, como él mismo decía, y su padre lo llevó a entrenar box con el maestro Félix Espinoza en los baños Providencia, detrás del mercado Mixcalco, porque quería alejarlo de la lucha por la puerta trasera, cansarlo, darle otra opción.
No funcionó. A los 14 años, Everpala Fox tomó la peor decisión posible para alguien que quiere que su padre esté orgulloso de él. Ocultó todo lo que hacía. Un amigo suyo, Gregorio, lo convenció. Llegó un señor conocido del padre. Le dijo que si quería luchar, que se animara. Ever tenía 14. Debutaron en la arena textil en el Estado de México como los antiguos equipos uno y dos, nombres que sonaban como indios, como él mismo recordaba.
Ganaron su primera lucha y el promotor les entregó 5 pesos de plata a cada uno. 5 pesos de plata. El primer sueldo de la vida del hombre que 20 años después conquistaría campeonatos mundiales lo hizo durante meses. Los domingos, mientras su padre creía que iba a misa, Ever luchaba en arenas de barrio y llegaba a casa sudado con cara de haber escuchado la palabra de Dios y el pensamiento en otro lado, hasta que alguien lo reconoció.
Un amigo del sanguinario estaba en los vestidores de la arena San Juan de Letrán una tarde y escuchó el nombre del chico y dijo, “Ese muchacho es tu hijo y anda luchando por ahí.” Esa tarde Ever llegó tarde a casa. Su hermano lo esperaba en la puerta con una frase que los que tienen papás de esa época comprenden perfectamente. “Papá te está esperando.
” Con el cinturón en la mano, el sanguinario le abrió la camisa, vio los moretones. vio las marcas del entrenamiento y le dio una paliza que Ever recordó toda su vida, no por el dolor físico, sino porque era la primera vez que entendía que quería algo con tanta fuerza que ningún golpe iba a quitárselo.
No le quitó el gusano, decía. Me dio la paliza, pero no me arrancó las ganas. Si todavía no te has suscrito a detrás de la fama, hazlo ahora, porque este es el tipo de historia que no vas a encontrar en ningún otro sitio. La historia completa, sin versiones maquilladas, sin el obituario de dos párrafos, porque lo que viene ahora es la parte que nadie contó.
La fractura de clavícula en un pueblo de Puebla que casi lo obligó a rendirse para siempre. la chica que le transformó la vida con una frase y la noche en el puente de Pino Suárez en la que una voz sin cuerpo le dijo algo que él nunca olvidó. Todo eso está en la herida y la herida lo explica todo.
Cada lucha, cada decisión, cada máscara dorada, todo regresa ahí. El sanguinario se fue de gira, Acapulco, Chilpancingo. Las giras en México eran largas en aquellos años y Everpala Fox, sin padre en casa, tomó otra mala decisión. Un amigo le avisó de una función en un pueblo de Puebla, un pueblito sin nombre importante, una arena sin luces especiales, pero había función y había oportunidad de luchar.
Ever dijo que no, porque si su papá se enteraba, la paliza que venía iba a ser de otra categoría. Pero fue. Las carreteras a ese pueblito eran malas. Y en algún momento de la lucha, en medio del cuadrilátero, algo pasó con un movimiento. Fue la clavícula, un crujido. Después un dolor que, como él mismo describió, es un dolor horrible como ningún otro.
Llegó con su mamá medio desmayado, sin poder explicarle bien qué había ocurrido. Un señor mayor, de esos que en el México de entonces acomodaban huesos sin ser médico de verdad, le reacomodó la clavícula. Ever le dio gracias a Dios por ese hombre hasta el último día de su vida, porque esa clavícula nunca le volvió a fallar, pero la fractura lo obligó a detenerse.
Y en esa pausa, en esa quietud forzada, Ever Pala Fox comenzó a entender algo que muchos luchadores nunca aprenden, que la lucha libre no perdona la falta de preparación, que puedes amar el deporte con toda el alma y el deporte puede romperte igual, que el cuerpo tiene memoria y que cada golpe que recibes sin estar listo se queda grabado en algún lugar donde después duele de otra forma.
Pasaron los años, la década de los 80 llegó al Distrito Federal con todo su peso. El México de entonces tenía sus propias reglas, sus propias formas de vivir. Ever tenía 19 años cuando llegó a la preparatoria número siete en la Viga. Era, según sus propias palabras, un tipo muy retraído, tímido con las chicas, que no sabía cómo acercarse, que había tenido algunos rechazos que todavía le dolían y que llegaba al salón sin esperar. gran cosa.
Ahí conoció a María de los Ángeles. No vamos a decir su apellido, no hace falta. Los que vivieron esa época de lucha libre, los que siguieron la carrera del Super Muñeco desde el principio, saben de quién se habla. Era reconocida en el mundo de la lucha. Ella le dijo que sí y Ever Palafox, el chico gordito y tímido, tuvo su primera novia de verdad.
Un día, María de los Ángeles lo vio llegar muy golpeado. Le preguntó qué había pasado si se peleaba en la calle. Ever tuvo que confesar, “Soy luchador profesional.” Ella empezó a reírse. Que se enmascaran y se suben al ring de adeveras. Ever le llevó fotos, fotos donde luchaba como el sanguinario junior con el nombre de su padre.
El personaje era oscuro, lúgubre, sombrío como el nombre. Y María de los Ángeles lo miró y le dijo algo que él no esperaba. Está muy feo ese personaje. Ever supo que responder. Ella continuó. ¿Por qué no creas tu propia personalidad, tu propio personaje? ¿Por qué no haces un payaso en la lucha libre? Ever soltó la carcajada. le dijo que no, que a un payaso lo destrozan, que eso no era serio, que la lucha libre era un deporte y que nadie respetaría a un payaso en el ring.
Pero la idea no la descartó porque Ever Palafox siempre había amado a los payasos desde niño y en esa época estaba de moda Cepillín, el payaso más querido de México, el que aparecía en televisión y que los niños reconocían antes que a cualquier político o deportista. Ever comenzó a dibujar. Le llegó el boceto al señor Buceo, el padre de los buceo, que confeccionaba las mejores máscaras de las estrellas de la lucha en aquel tiempo, y le dijo, “Hágame esta máscara.
Una máscara de payaso coepillín color carne con ojos de bolillito con su cejita. El señor Buceo elaboró la máscara y Ever Palafox fue a ver a María de los Ángeles con las primeras fotografías. Ella miró y con la seguridad de alguien que ve algo que los demás todavía no pueden ver, le dijo algo que Ever recordó 40 años después con las mismas palabras exactas.
“Vas a llegar, así me dijo. Vas a llegar.” Ever se quedó asombrado. ¿Llegar a dónde? A las arenas chiquita. Nunca imaginó que ella le estaba vaticinando que iba a llegar hasta arriba, que esa máscara dorada con estrellas en los ojos y nariz roja iba a ser reconocida en toda la República y en varios países más.
El 22 de marzo de 1982, en una arena del barrio de San Pedro Itapalco en la ciudad de México, bajo la promoción del señor Francisco Neira, el que luchaba como la serpiente, debutó de manera oficial con esa máscara y con el nombre de Super Muñeco. Pero entre ese debut y lo que vino después, hay algo que los periódicos no relataron.
Hay algo que María de los Ángeles nunca pudo ver porque esa chica que le dio el nombre, que lo miró con sus fotos y le dijo, “Vas a llegar, que fue como un hada madrina”, decía él con esas palabras exactas. Esa chica se fue, se abrazaron una semana, se dijeron, “Nos vemos mañana.” Y ese mañana nunca llegó. Me rompe el corazón”, decía Ever Palafox 40 años después con la misma emoción del primer día, como si el tiempo no hubiera pasado, como si esa herida permaneciera ahí exactamente donde la dejó.
Y es que algunas heridas no cierran con el tiempo, solo aprenden a vivir contigo. El super muñeco entró al pabellón azteca con su bolsa de dulces en la mano. Eso era todo lo que hacía al principio, la bolsa de dulces y mover la cabeza de esa manera característica, ese movimiento que inventó solo para que los niños lo identificaran.
Solo ese movimiento y la bolsa de dulces y los niños no lo dejaban avanzar. La gente lo acercaba en el pabellón de tal forma que no podía caminar. Era una locura, decía él, una cosa de locos. Y él caminaba despacio, repartiendo dulces con la máscara dorada brillando bajo las luces. Y los niños corrían y gritaban su nombre como si fuera el personaje más importante del mundo, que para ellos lo era.
Porque mientras el público lo recibía así, los propios compañeros de la lucha libre hacían otra cosa. Los que llevaban años en el deporte, los que se habían formado con entrenamientos de lucha olímpica y greco-romana, los que habían sudado en gimnasios durante 7 8, 10 años antes de pisar un ring de verdad. Esos hombres miraban al super muñeco y decían una sola cosa.
Es una vergüenza para la lucha libre. La prensa acompañó con artículos que señalaban que el personaje denigraba al deporte, que un payaso en el ring era una falta de respeto para todos los que habían dedicado su vida a la lucha. Que el supermuñeco era un payaso en el peor sentido del término, sin futuro, sin técnica, sin nada que ofrecer.
Ever Palafox lo escuchaba todo y seguía luchando porque lo que sus críticos no habían notado era esto, que debajo del atuendo del payaso había un luchador. Un luchador que había entrenado con Ra Mendoza, que había visto trabajar a los villanos desde joven, que había recibido golpes reales en arenas de pueblo sin luz ni médico, que había aprendido a caer y a levantarse antes de tener permiso de su padre para hacerlo.
Las pruebas de fuego llegaron pronto. Los fantásticos, los misioneros, los temerarios, los tigres del ring, los mejores tríos y equipos de la lucha libre mexicana de aquella época. El supermuñeco se enfrentó a todos ellos y los que esperaban verlo caer por ser un payaso contemplaron otra cosa. Vieron que el superñeco sabía luchar, pero el instante que marcó su trayectoria no fue en la Ciudad de México, fue en Monterrey.
Un día el promotor del pabellón Azteca le envió un recado. El autobús sale a las 12 de la noche. Vas a Monterrey sin más explicación. Ever Pala Fox llegó a la terminal con el halcón dorado. Viajaron toda la noche. Llegaron al hotel al amanecer y lo primero que hizo Evertar fue bajar a comprar el periódico.
El halcón lo vio leer el titular y le preguntó qué decía. Ever pudo hablar por un momento. El encabezado del periódico de Monterrey, con letras grandes, decía lo siguiente: “Sangre chicana recibe al Super Muñeco hoy en la noche: Arena Coliseo, Sangre Chicana, pirata Morgan y Blue Fish contra el halcón dorado, el Psicodélico y el Supermuñeco.
Según se reportó después, Ever Palafox casi pierde los pantalones. Ese era el lenguaje que él mismo usaba. Eran nombres que en la lucha libre de esa época pesaban como piedras. Sangre chiana no era un rival cualquiera. Era un hombre que cargaba con la historia del escándalo, de la rabia, del villano que hace hervir a las gradas.
La arena Coliseo de Monterrey. Everpala Fox nunca había pisado esa arena y cuando se enmascaró para entrar al pasillo, cuando caminó hacia el ring, entendió por qué los luchadores le daban a ese lugar un respeto especial. No cabía un alfiler. Le comenzó a dar miedo. ¿Qué está pasando? Pensaba.
¿Por qué está así la gente? Y entonces lo entendió. Le estaban recibiendo a él. Ese fue el momento. Ese fue el instante en el que el super muñeco dejó de ser un experimento y se convirtió en algo real, en algo que el público necesitaba, en algo que los críticos con toda su experiencia y toda su tradición no habían sabido ver.
La gente no quería otro luchador serio. La gente quería esto. Los años siguientes fueron de construcción. En el pabellón Azteca, el promotor decidió que el superñeco no podía estar solo. Necesitaba una pareja. Así llegó el superratón, un gladiador pequeño, rapidísimo, con una agilidad que hacía que el público se pusiera de pie. La pareja funcionó de inmediato.
El dúo maravilla comenzó a ganar cosas que nadie esperaba y entonces el promotor quiso más. Dijo que hacía falta una tercia, que las facciones de tres eran lo que estaba en boga. Intentaron con el tigre de bengala, no dio el ancho. Intentaron con otros tampoco. Hasta que llegó el super Pinocho. Ever Pala Fox fue quien lo votó.
le propuso su nombre al promotor. Habían luchado juntos antes sabía lo que daba. El trío quedó completo y el mundo de la lucha libre mexicana conoció al trío Fantasía. Entre el año en que se formaron y la década que siguió, el trío Fantasía conquistó el campeonato de tríos del Distrito Federal, el campeonato de tríos de la Asociación Acezteca de Lucha Libre Mundial, máscaras, cabelleras, títulos que en aquella época eran lo más importante que existía en la lucha.
Dos generaciones de luchadores los conocieron en el ring. El doctor. Wagner, el ángel blanco, el gran Marcos, Los Brazos, El triángulo de la Muerte, Los Exóticos, el bello Greco que era campeón olímpico, la adorable Rubí, lucharon contra los mejores y ganaron lo suficiente para que nadie pudiera decir que no eran legítimos.
Pero había algo que crecía por debajo de todo eso, algo que el público no percibía desde las gradas, algo que los tres hombres dentro del trío Fantasía tampoco querían ver todavía. Suscríbete a Detrás de la Fama si quieres que sigamos rescatando estas historias que nadie más se atreve a contar completas. María de los Ángeles se había marchado.
Ever Palafox tenía 23 años. Luchaba en el pabellón Azteca. El público lo adoraba. Los niños corrían hacia él en los pasillos. Había ganado su primera cabellera, la del rey Budú, en el pabellón Azteca frente a todo el mundo. En una de esas peleas de apuesta que en México se toman tan en serio como pocas cosas.
Y esa noche, después de conseguir esa primera cabellera, se vino caminando desde el pabellón, solo por las calles, desde la Ciudad de México, a las 2 o 3 de la madrugada, con la cabellera del rey budú en algún lugar del bolso, con la máscara guardada y con un dolor que no tenía nada que ver con la lucha. pensaba en ella, en María de los Ángeles, en la chica que le dio el nombre y que nunca llegó al mañana que prometió.
Y la veía en todas partes, en los escaparates cerrados, en la luz de los postes, en la esquina de cada calle. Solamente los que se han enamorado de verdad entienden de lo que hablo, decía él. Llegó al puente de Pino Suárez, no había nadie. Las avenidas de México de madrugada tienen ese silencio particular que no es silencio, es ruido lejano, motores, algún perro, el zumbido de los cables de luz.
Ever Palafog subió al barandal del puente con la maleta colgando del brazo, pensando lanzarse contra el tráfico de abajo, pensando que con eso terminaría el dolor. Y entonces escuchó algo, una voz. No es tiempo. Ever Palafox se quedó paralizado, volteó. No había nadie en el puente. No había absolutamente nadie. bajó del barandal llorando, caminó hasta su casa y nunca supo bien que había escuchado esa noche.
Decía que era una de las cosas más extrañas que le habían ocurrido en su vida, que le dio miedo, que ese miedo fue lo que lo movió y que después de esa noche empezó a viajar, a conocer la República entera, como si esa voz no solo le hubiera dicho, “No es tiempo, sino también, mira lo que tengo para ti.” Los que conocen al super muñeco saben que era un hombre profundamente creyente, que atribuía lo que ocurrió en ese puente a algo más grande que él mismo, que lo que escuchó esa noche no tiene explicación racional. Lo
que sí tiene explicación es lo que vino después, porque ese dolor que casi lo destruyó fue el mismo que convirtió su personaje en algo real, la bolsa de dulces, la cabeza que movía para que los niños lo identificaran. La conexión con el público más vulnerable, el de los niños, el que no finge, el que quiere de verdad o no quiere de ninguna manera.
Ever Palafox no construyó al supermuñeco desde la alegría. Lo construyó desde la herida y por eso era tan auténtico. Pero la historia del capítulo oscuro no concluye en ese puente porque hay algo que la prensa de aquella época le hizo al supermuñeco que merece contarse completo, porque fue una campaña sistemática y organizada.
Los periódicos de lucha libre en México en los años 80 tenían un poder enorme. Lo que publicaban se leía en todo el país. Lo que afirmaban en sus páginas podía construir o destruir una carrera antes de que el luchador tuviera tiempo de defenderse y la prensa decidió que el super muñeco era el problema de la lucha libre.
Escribieron que su personaje denigraba el deporte, que era una falta de respeto para los luchadores serios, que un payaso en el ring era exactamente eso, una payasada, y que la lucha libre tenía una tradición que no merecía esto. Los propios compañeros lo secundaron, no todos, pero los suficientes como para que las palabras circularan en los vestidores, en los gimnasios, en los camiones de regreso a casa.
Ever Palafox lo escuchó todo y siguió luchando. “Hay luchadores preparados”, decía él cuando lo entrevistaban, “Luchadores con 5, 7, 10 años de entrenamiento antes de su primer ring, con lucha olímpica, con lucha greco-romana, con técnica real. Y hay pseudoluchadores y hay payasos, pero payasos del tipo que no saben nada. Debajo de mi atuendo de payaso había un luchador”, decía, y un luchador con muchas ganas.
Eso fue lo que demostró durante 40 años, que la crítica no tiene razón por ser crítica, que el público tiene más inteligencia de la que los expertos le reconocen, que un hombre puede ser gracioso y serio al mismo tiempo, que la máscara de payaso no anula la técnica y que la técnica sin conexión emocional con el público no vale nada.
El super muñeco lo tenía todo y sus críticos lentamente se quedaron sin argumentos. El trío fantasía duró 28 años. 28 años. Piénsalo un instante. En México, en la lucha libre, donde las alianzas duran lo que dura un contrato y las amistades se miden en temporadas, 28 años es una eternidad. El super muñeco, el super ratón, el super Pinocho.
Tres hombres que edificaron algo que en la lucha libre mexicana no existía antes de ellos. Un espacio para los niños. un personaje al que los padres podían llevar a sus hijos sin preocuparse, que hacía reír, que repartía dulces, que no tenía el tipo de violencia que asustaba a los más pequeños. Pero 28 años de éxito compartido tienen su propio costo.
Porque cuando dos o tres personas construyen algo juntas durante tanto tiempo, el éxito empieza a pesar diferente para cada uno. Lo que para uno es un logro compartido, para otro puede sentirse como algo que le arrebataron. Lo que para uno es generosidad, para otro puede verse como debilidad. No hay consenso sobre exactamente qué ocurrió en los últimos años del trío Fantasía.
Según versiones que circularon en el ambiente de la lucha, los tres hombres comenzaron a ver las cosas de manera distinta. Las decisiones que antes se tomaban juntos empezaron a tomarse desde posiciones diferentes. Los egos, que durante años habían encontrado la manera de convivir dejaron de encontrarla y lo que fue de lo profesional pasó a lo personal.
En 2019, después de 28 años juntos, el trío Fantasía anunció su separación. No fue una despedida, no fue una última función, no fue el tipo de cierre que merecían 40 años de cariño del público. Fue un silencio, una declaración de que ya no había manera de compartir el mismo cuadrilátero, ni siquiera de forma pública.
El supermuñeco habló de eso pocas veces. Cuando lo hacía, usaba la cuidadosa distancia de alguien que sabe que hay cosas que ya no pueden repararse. Decía que era solidario con sus compañeros. que respetaba la decisión de cada quien, que el Super Pinocho era un gran luchador, como rudo y como técnico, pero que ya no podían estar juntos.
Hay una imagen que sirve para entender cómo terminó todo aquello. Una noche, en la Arena México, el Super Muñeco salió al ring. Para entonces ya eran 3 años de separación del trío Fantasía. Ya cada quien había armado su camino por separado, el recibimiento de la gente fue tan grande, tan cargado de emoción que Ever Palalafo Fox no se pudo contener.
Se le salieron las lágrimas arriba del ring. Lo dijo él mismo. Tantas gracias. No me lo explico. No entiendo por qué tanta gente me sigue queriendo así. Pero hay una paradoja en esa imagen. El hombre que durante 40 años hizo reír a millones de personas, que nació el día de los payasos, que portó una máscara de sonrisa pintada. Ese hombre lloraba arriba del ring sin encontrar la manera de explicarse el cariño que lo rodeaba, como si nunca hubiera terminado de creer que se lo merecía.
Hay algo más que no se relató bien en esa época. El superñeco había sido diagnosticado con diabetes, no se sabe exactamente cuándo. Los luchadores, especialmente los de esa generación, no hablan de sus padecimientos. La cultura de la lucha libre tiene sus propias reglas sobre la debilidad, sobre lo que se dice y lo que se calla.
Lo que sí se supo después fue que la diabetes había ido deteriorando su condición física durante años silenciosamente sin que el público lo notara del todo, porque Ever Palafox seguía apareciendo, seguía viajando, seguía diciendo que sí a cada función que podía hacer, que no se iba a ir como llegó, decía, que cuando llegó tenía una bolsa de dulces llena de ilusiones y que quería marcharse con las mismas satisfacciones con las que había vivido.
Pero el cuerpo tiene sus propios tiempos y los suyos después de 40 años de funciones, de golpes en la cabeza, de hoteles baratos, de camiones de madrugada, de comer cualquier cosa, porque el siguiente show no esperaba, esos tiempos empezaban a cobrar. El supermuñeco quería retirarse con una función grande. Lo había dicho, lo había planeado.

Presentaciones en toda la República. Una despedida que estuviera a la altura de lo que edificó durante cuatro décadas. Una última vez con la bolsa de dulces. Una última vez con los niños rodeándolo en el pasillo. No era un sueño exagerado, era lo mínimo que correspondía. Pero ocurrieron varias cosas al mismo tiempo que lo fueron complicando.
La diabetes, las complicaciones físicas que arrastraba, un golpe en la cabeza que había recibido en alguna de sus últimas presentaciones y que deterioró su condición de una manera que la que la gente no vio completamente. A principios de 2022, Ever Palafox empezó a sentirse mal.
Según lo que se supo después, sufrió una descompensación tras unos viajes recientes. Sus médicos le recomendaron oxígeno. Los reportes de ese momento que circularon en el mundo de la lucha antes de que se conociera el desenlace decían que estaba delicado en su casa y entonces dio positivo a COVID-19. El psych clown, en su columna del diario Récord de aquellas semanas publicó que el supermuñeco contaba con las tres dosis de la vacuna.
que eso le estaba ayudando, que un abrazo para él y toda su familia. Fue una de las últimas cosas que se escribieron en vida sobre Ever Palafox. El 9 de febrero de 2022, el trío fantasía, la Triple A World y el mundo de la lucha libre mexicana confirmaron lo que nadie quería confirmar. Ever Alejandro Palafox Montiel, el superñeco, había fallecido.
Tenía 59 años. La triple la publicó en sus redes un comunicado que señalaba que la familia de la lucha libre se unía al dolor que embargaba a familiares y amigos por el sensible fallecimiento y que elevaban sus oraciones por su eterno descanso. Palabras formales para una pérdida que no tenía forma todavía.
El legado del supermuñeco es de esas cosas que se comprenden mejor desde el tiempo. Hay luchadores que son grandes por sus victorias. por los títulos que obtuvieron, por las máscaras que conservaron, por las apuestas que ganaron, por los movimientos que inventaron. El superñeco fue grande por otra cosa, por lo que abrió.
Antes del Supermñeco no existía un personaje en la luz libre mexicana pensado específicamente para los niños. No había un luchador que saliera con dulces, que moviera la cabeza de esa forma que los más pequeños reconocían antes que a cualquier otra señal, que tuviera una máscara que pareciera sacada de un programa infantil, pero que funcionara dentro de la lógica de un deporte adulto.
Nadie lo había hecho y cuando lo hizo se lo criticaron. 30 años después hay luchadores que deben su carrera a ese espacio que él abrió. Personajes que existen porque el superñeco demostró que era posible, que el público lo recibía, que funcionaba. El que abre el camino, decía él con ese orgullo cuidadoso que caracterizaba todo lo que expresaba.
Eso es lo que me hace sentir orgulloso, haber sido el primero. Y hay algo más que vale la pena señalar sobre lo que construyó, porque sus consejeros no fueron poca cosa. Solitario y Huracán Ramírez, los que le aconsejaban en los momentos importantes, los que conocían el negocio desde adentro y lo ayudaron a navegar un mundo donde los errores se pagan caro y donde la experiencia de los mayores puede marcar la diferencia.
Que alguien de ese nivel eligiera esos maestros dice algo de cómo entendía la lucha. En 1994, cuando la lucha libre mexicana comenzaba a moverse hacia espacios internacionales, el super muñeco compartió el cuadrilátero con el Hijo del Santo, con Rey Misterio Junior, con el Otagon, nombres que hoy se reconocen en el mundo entero.
Y el super muñeco estaba ahí con ellos como algo completamente natural, porque nunca fue menos que nadie, solo que el mundo tardó más en verlo. Hay una pregunta que Ever Palafox respondió varias veces en sus entrevistas y cada vez la contestaba diferente, como si todavía no hubiera hallado la respuesta perfecta. Le preguntaban, “¿Valió la pena?” ¿Valió la pena el sacrificio, las lesiones, las separaciones de la familia, las Navidades en hoteles de carretera, los cumpleaños de tus hijos que no viste, los momentos importantes que perdiste
porque había función? Y él siempre respondía lo mismo con esa honestidad tranquila de alguien que ha reflexionado mucho en ello. Sí, decía, pero no es sencillo porque hay cosas que la lucha libre te arrebata y hay cosa que te entrega y los dos lados son reales y ninguno cancela al otro. Te quita tiempo, te quita presencia, te quita la vida normal, te da lesiones que no sanan bien, te da noches solo en hoteles de carretera comiendo lo que había.
te da compañeros que cuando te lastimas no están, que estaban en otra función, en otra ciudad con otra agenda. Pero también te da el cariño de un público que te acompaña durante 40 años, que lleva a sus hijos y luego a sus nietos, que en un estadio del mundial de fútbol va enmascarado y levanta una máscara del Supermñeco sin que nadie se los pida, solo porque lo siente.
Y ese cariño, decía Everpala Fox, no tiene precio en ningún lugar del mundo. Hay una imagen que lo resume mejor que cualquier palabra, la Arena México. sus últimas presentaciones antes de la enfermedad, el super muñeco saliendo al pasillo con 60 años, con el cuerpo que ya no era el de los 40, con la diabetes haciendo lo suyo por dentro, con la separación del trío fantasía todavía fresca y el público, ese mismo público de siempre, empujándolo desde todos los lados, gritando su nombre, pidiéndole la cabeza como en los mejores
años. y Ever Pala Fox dentro de esa máscara dorada llorando sin poder explicarse por qué después de 40 años, sin poder comprender por qué tanta gente lo quería así, como si la voz de ese puente de Pino Suárez aquella madrugada le hubiera prometido algo que él nunca terminó de creer que merecía. Y el público durante 40 años se lo dijo de todas las maneras en que un público puede decirlo y todavía no era suficiente para que él lo creyera del todo.
El super muñeco murió el 9 de febrero de 2022 sin retiro oficial, sin última función, sin la bolsa de dulces. Una vez más se fue como llegan las historias que no tienen cierre limpio, sin un punto final que el narrador pueda pronunciar con comodidad, con cosas que quedaron a medias, con palabras que no se dijeron entre él y sus compañeros del trío Fantasía, con una despedida que el público no pudo darle.
Pero hay algo que sí quedó completo. La pregunta que María de los Ángeles le hizo en aquella preparatoria de la viga. La chica que lo miró con las fotos de su primera máscara y le dijo algo que él nunca olvidó. Vas a llegar. Llegó más de lo que ninguno de los dos podía imaginar aquella tarde de 1981. Llegó a las arenas de toda la República, a la Arena México, a los países de América y los de allá afuera, a las manos de dos generaciones de niños que corrían hacia él con una energía que no se enseña y no se construye, que
simplemente existe o no existe y en él existía. No hay manera de saber si el supermñeco alguna vez entendió completamente qué fue, si alguna vez se paró frente al espejo sin la máscara y le dio el valor completo a lo que edificó. A veces los que abren el camino no ven bien hacia dónde van, solo avanzan.
Y es la gente que los sigue la que después puede mirar hacia atrás y decir, “Ahí fue donde todo cambió.” El 22 de marzo de 1982, en una arena del barrio de San Pedro, Iztapalco con una máscara dorada con estrellas en los ojos que le confeccionó el señor buceo, con 5 pesos de plata en el bolsillo como único sueldo de los primeros años, con la voz de una chica que le dijo, “Vas a llegar resonando todavía.
” Ese fue el primer fotograma de una película de 40 años. Y la pregunta que queda al final no tiene respuesta fácil. Cuántas personas que critican lo que no entienden terminan siendo las que más necesitaban lo que criticaban. Cuántas veces el éxito llega disfrazado de algo que los expertos llaman un error y cuántos de nosotros cuando escuchamos una voz en un puente vacío que nos dice, “No es tiempo”, tenemos el valor de bajarnos del barandal y seguir caminando.
Ever Palafox lo tuvo y el mundo de la lucha libre mexicana fue mejor por eso. Eso es todo lo que se puede decir con certeza. El resto lo sabe él. Si este documental te hizo ver al super muñeco de otra manera, dale like ahora y suscríbete a Detrás de la fama. Mañana otra máscara, otra historia, una que hace que esta parezca tranquila. Nos vemos ahí. Yeah.