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¿ACCIDENTE O VENGANZA? El MARTINETE que DESTRUYÓ la Vida de una Leyenda

28 días sin mover un solo dedo, un hombre recostado en una cama de hospital en Guadalajara no puede hacer absolutamente nada. Ni un brazo, ni una pierna, ni un dedo. Solo puede mover los ojos. Su esposa le da de comer en la boca, le asiste con cada necesidad básica. Hay médicos especializados que entran al cuarto, lo examinan y le repiten lo mismo cada vez.

Olvídese de la lucha libre. Olvídese de volver al encordado. Si llega a caminar algún día, agradézcaselo a Dios. Ese mismo hombre dos décadas atrás portaba en la cintura el  campeonato mundial semicompleto de la Nway, el mismo hombre que llenó la arena México hasta que cerraron el recinto esa noche. El mismo hombre que le prometió a su padre y al mundo que jamás perdería la máscara.

El Rayo de Jalisco Junior. Hay cuatro cosas que una vez que las escuches no te las vas a poder sacar de la cabeza. La primera te va a indignar. Una empresa que recibió de este hombre 32 años de sangre, lesiones y arenas repletas, tardó 28 días en llamarle  cuando estaba paralizado sin poder moverse. 28 días.

La segunda te va a sacudir. La empresa que luego sería la doble UUF  quiso contratarlo en los años 80. Fueron en persona y alguien más tomó esa decisión por él. La tercera, no la vas a poder creer. Rechazó entrar a la Arena México cuando le ofrecieron el contrato porque quería algo distinto, algo que nadie en su posición habría pedido.

Y la  cuarta lo explica todo. Lleva una placa de titanio en el cuello, no como metáfora, sino como recordatorio permanente de que un hombre subió al ring una noche no a ganarle una lucha, sino a destruir su carrera para siempre. Pero antes de contarte la  primera, hay algo que la mayoría desconoce, algo que él mismo reveló  en una entrevista sin percatarse de todo lo que estaba dejando al descubierto.

algo que transforma por completo la manera en que entiendes cada una de esas 52 máscaras que conquistó, cada una de esas 26 cabelleras, cada una de esas 26 cirugías. Si quieres comprender qué convirtió al hijo de una leyenda en su propia leyenda, quédate, porque lo que vamos a descubrir aquí no es la versión que quieren que conozcas.

Si alguna vez te preguntaste  si los hijos de las grandes figuras realmente merecen ese lugar o simplemente lo heredaron, dale like ahora mismo. No al final, ahora, porque la historia de este hombre tiene la  respuesta más brutal y más honesta que hayas escuchado. ¿Qué habrías hecho tú si tu propio padre te hubiera cerrado la puerta? Si te dijera que antes de ser luchador tienes que conseguirte un título universitario.

Si la  empresa que te lo dio todo hubiera tardado casi un mes en llamarte cuando pensabas que ibas a morir. Si la organización de lucha libre más grande del mundo hubiera querido contratarte  y alguien más hubiera tomado esa decisión por ti sin consultarte, ¿y qué habrías hecho con la máscara de tu padre? La máscara de un hombre que fue grande, grande de  verdad, y que un día la perdió.

Guadalajara. Principios de los años 60. Un niño inquieto está solo en la sala de su casa. Hay una maleta abierta en el suelo, la maleta de su padre. El niño que tiene cinco o 6 años y no entiende nada del mundo de los adultos, se acerca, abre la maleta, mete la mano y saca una máscara. No sabe qué es. En el barrio donde vive en Milpa Alta, donde la familia se instaló  cuando el padre tuvo que trasladarse a Ciudad de México por trabajo, no había televisión de lucha libre, no había arenas, no había referencia. El niño ve

un objeto extraño, colorido, con huecos para los ojos y la boca, y lo único que piensa  es que es algo de adultos que no comprende. Después, con el tiempo, alguien le dice la verdad. Eso que encontraste en la maleta de tu papá es el rayo de Jalisco. Tardó años en dimensionar el peso de esas cuatro palabras, porque el rayo de Jalisco padre, cuyo nombre real era Máximo Linares, no era un luchador cualquiera.

Era el tipo de figura que llenaba arenas solo con aparecer, el que tenía ángel, el que tenía magia, el que hacía que la gente se pusiera de pie. No por lo que ejecutaba dentro del ring, sino por cómo lo hacía con elegancia, con gracia, con un porte que sus propios hermanos, Tony Sugar y Black Sugar, también luchadores, nunca alcanzaron del mismo modo.

El niño de la maleta tardó  en entenderlo, pero cuando lo entendió ya tenía 8 años entrenando lucha olímpica a nivel  infantil en el estado de Jalisco. Competía, ganaba. El cuerpo y la mente ya habían tomado la decisión que el Padre aún ignoraba. Y entonces  el padre se enteró y puso una condición.

Primero estudias, me traes un título, doctor, ingeniero, arquitecto, lo que sea, algo que te dé una base si fallas como luchador. Primero eso y después hablamos de la lucha libre. Así que el hijo hizo las dos cosas al mismo tiempo. Estudió  de día y luchó de noche en secreto bajo un nombre que no era el suyo,  Rayan, sin el peso del apellido, sin que su padre supiera nada.

Si todavía no estás suscrito a detrás de la fama, este es el momento. Este tipo de historias no las vas a encontrar en otro lado. A los 6 meses de estar luchando como Rayman, en secreto por los pueblos de la costa del Pacífico, ganó su primer campeonato, el campeonato de las costas del Pacífico, a los 6 meses y hay una fecha que define todo lo que viene después.

El 28 de noviembre de 1975. Ese día debutó como Rayo de Jalisco Junior. No porque él lo eligiera, no porque él lo hubiera planeado, sino porque su padre, sin avisarle, sin consultarle, ya había tomado la  decisión por él. Todo regresa ahí al Padre. Ahí empieza todo y ahí  termina todo también, aunque eso todavía nadie lo sabe.

Máximo Linares era un hombre de principios, un hombre que había construido todo a base de esfuerzo, que sabía lo que costaba abrirse paso en un mundo donde los círculos eran cerrados y los celos entre compañeros eran una realidad cotidiana, un mundo donde si alguien tenía tu lugar lo defendía con uñas y dientes. Y si tú querías ese lugar tenías que merecértelo.

Por eso no quería que su hijo fuera luchador. No era crueldad, era protección. La protección de alguien que había visto a muchos prometedores quedarse en el camino, que sabía que la lucha libre podía romperte de 20 formas distintas antes  de darte algo a cambio y que no estaba dispuesto a ver a su hijo destruido.

Pero el hijo ya era  un caso perdido. Desde los 8 años entrenaba lucha olímpica en el estado de Jalisco. participaba en competencias infantiles a nivel estatal. Ganaba. El cuerpo y la cabeza ya habían elegido mucho antes de que el padre pusiera su condición. Así que la condición no detuvo nada, solo retrasó el momento en que el secreto saliera a la luz.

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