18 de marzo de 1999. 2:10 de la tarde. En una clínica médica ubicada en el centro de Coyoacán, en la Ciudad de México, el director del lugar desapareció sin dejar el menor rastro. En la sala de espera había 15 pacientes aguardando su turno. Dos enfermeras y un médico pasante se encontraban dentro de la clínica.
Sin embargo, al abrir la puerta del consultorio, el doctor ya no estaba allí. Sobre el escritorio descansaba una receta medio escribir y la silla estaba empujada hacia atrás. La ventana estaba cerrada y con seguro. La puerta trasera también estaba bloqueada por dentro. Para poder salir por la puerta principal del edificio, obligatoriamente se tenía que cruzar la sala de espera, pero nadie vio salir al director. Se esfumó en el aire.
La policía inició la investigación de inmediato. Previsaron el interior de la clínica e interrogaron a los empleados y pacientes, pero no hallaron ninguna pista. El maletín del director, su cartera y su teléfono celular seguían ahí, intactos, como si solo hubiera salido un momento al pasillo. Su esposa, Elena, lloraba desconsolada.
Mi esposo jamás nos abandonaría ni dejaría su casa. ¿Qué fue lo que pasó? El médico pasante, con voz tranquila, declaró. El doctor mencionó que tenía una cita fuera de la clínica por la tarde, pero las enfermeras negaron con la cabeza. Nosotras no escuchamos nada de eso. Alguien estaba mintiendo. La investigación se prolongó por 3 meses, pero finalmente el caso se cerró y quedó archivado como un misterio sin resolver.
La desaparición del doctor se fue borrando lentamente de la memoria de la gente. La clínica cerró sus puertas y su esposa se mudó. El pasante consiguió trabajo en otra clínica y una de las enfermeras presentó su renuncia. Y así pasaron 12 años. Un día de 2011, la jefatura de policía recibió una llamada anónima.
Sobre el caso del director de la clínica desaparecido en 1999, quiero decirles lo que vi aquel día. Quien llamaba era precisamente la enfermera que había renunciado. Su testimonio comenzó a derretir el hielo de un caso que llevaba 12 años congelado. Y la dirección a la que apuntaba esa declaración era un lugar que nadie, absolutamente nadie, se esperaba.
Hoy les contaré la historia de la desaparición del director de la clínica en Coyoacán en 1999 y la verdad que salió a la luz 12 años después. Antes de comenzar, un breve aviso. Si se suscriben a la mirada del Águila y le dan like, me ayudan muchísimo a seguir trayéndoles estas historias. Y por favor, déjenme en los comentarios desde qué parte nos están escuchando para mandarles un saludo muy afectuoso.
18 de marzo de 1999, 2:15 de la tarde. Se recibe el primer reporte en el Ministerio Público de Coyoacán. El director de la clínica desapareció a mitad de las consultas. De repente, quien hice el reporte fue una de las enfermeras. Su voz temblaba. Al principio, la policía pensó que se trataba de una huida voluntaria o una desaparición común.
Sin embargo, al llegar al lugar, los detectives notaron algo extraño de inmediato. La clínica estaba en el segundo piso de un edificio sobre una avenida principal. Al subir las escaleras, te topas directamente con la sala de espera y al fondo estaban el consultorio del director, la sala de recuperación y el dispensario médico.
La estructura era simple, solo había una puerta de entrada y salida. La ventana del consultorio estaba a la altura de un segundo piso, por lo que saltar era imposible. El detective Carlos Ramírez primero interrogó a los pacientes de la sala de espera. Alguien vio salida al doctor.

De las 15 personas, ninguna lo vio. Entre la 1 y las 2 de la tarde, la sala de espera estuvo abarrotada. Si alguien hubiera salido por la puerta principal, sin duda habría llamado la atención. El detective entró al consultorio. El escritorio estaba impecable. Una pluma fuente reposaba sobre un bloc de recetas y un par de libros de medicina estaban alineados en un estante.
La silla estaba ligeramente echada hacia atrás. como si alguien se hubiera levantado deprisa. “Revisa la ventana del consultorio”, le indicó a su compañero. El otro agente intentó abrirla. El seguro estaba puesto por dentro. Era imposible salir por ahí y volver a ponerle el seguro desde afuera. Y la puerta trasera también cerrada por dentro. La llave la tiene la enfermera.
El detective Ramírez frunció el ceño. Era un cuarto cerrado por dentro. Interrogaron primero a la enfermera Carmen. Llevaba 5 años trabajando en esa clínica. ¿Notó algo raro esta tarde? No, todo estaba como siempre. El doctor no le comentó que iba a salir. Number no dijo nada. Las manos de Carmen no dejaban de temblar.
Parecían estado de shock. ¿Cuándo fue la última vez que vio al doctor? Como a la 1:50 de la tarde. Entré para ayudarle a canalizar a un paciente y luego salí. Y después, a las 2:10 iba a pasar al siguiente paciente. Toqué la puerta de su consultorio y como no contestó, abrí. Pero ya no había nadie. Un vacío de 20 minutos. El detective Ramírez llamó a la otra enfermera, Leticia.
Tenía 36 años y llevaba 2 años trabajando ahí. ¿Dónde estaba usted a las 2 de la tarde? En el dispensario preparando unos medicamentos. ¿No escuchó ningún ruido extraño que viniera del consultorio? Leticia lo pensó un instante y negó con la cabeza. Number, no escuché nada. Pero el detective notó algo extraño en la mirada de Leticia.
Parecía que quería decir algo, pero se estaba conteniendo. De verdad, no escuchó absolutamente nada. Sí. No insistió más por el momento. El siguiente fue el médico pasante, Alejandro Vargas, de 29 años. Llevaba 3 años haciendo sus prácticas allí, estudiando en la Facultad de Medicina de la UNAM. ¿Dónde estabas a las 2 de la tarde? En la sala de recuperación esterilizando material.
¿Escuchaste al doctor decir que iba a salir? Alejandro dudó un momento antes de responder. En la mañana me pareció escuchar que dijo que tenía un compromiso afuera por la tarde. El detective prestó atención. Un compromiso. ¿Con quién? Eso no lo sé. Solo dijo que tenía que salir un rato en la tarde. Era muy raro. Las enfermeras dijeron que no escucharon nada parecido, pero el pasante aseguraba que sí.
¿A qué hora exactamente le escuchaste decir eso? Como a las 11 de la mañana. Yo estaba organizando unas recetas en el consultorio y él lo mencionó. El detective Ramírez tomó nota. Las versiones no encajaban. Cerca de las 5 de la tarde, la esposa del director, Elena Mendoza, llegó a la clínica. Su rostro estaba pálido. Es verdad que mi esposo desapareció.
Señora, tranquilícese. Necesito hacerle unas preguntas. Pregúnteme lo que sea. Su esposo le comentó si tenía algún compromiso afuera el día de hoy. Elena negó rotundamente. Nar. Hoy tenía consultas programadas todo el día. Íbamos a cenar juntos en casa. ¿Estás segura? Sí, completamente. Mi esposo siempre me avisa con tiempo si tiene algún compromiso.
El detective Ramírez volvió a anotar en su libreta. La declaración de la esposa chocaba con la del pasante. ¿Su esposo tenía algún problema o preocupación recientemente? No, en absoluto. La clínica iba muy bien y en casa todo estaba tranquilo. Problemas de dinero tampoco. No tenemos deudas, al contrario, nuestra situación es bastante holgada.
La voz de Elena temblaba. Detective, ¿le hicieron algo a mi esposo? ¿Lo secuestraron? Aún no podemos sacar conclusiones. Investigaremos todas las posibilidades. A las 9 de la noche, el detective Ramírez volvió a recorrer los alrededores de la clínica. Le preguntó al dueño de un puesto ambulante frente al edificio.
A las 2 de la tarde vio salida a alguien del edificio. Híjole, es que pasa mucha gente por aquí. ¿Conoce al doctor de la clínica? Mide como uno 75 y usa lentes. Ah, sí, el doctor. Pero hoy no lo Todo era un callejón sin salida. ¿Cómo por qué desapareció el director? Alguien estaba mintiendo. La mañana del 19 de marzo, la investigación arrancó formalmente.
El detective Ramírez empezó a indagar en la vida personal del Dr. Roberto Salinas. Tenía 42 años, heresado de la UNAM y era un médico con 10 años de experiencia. Llevaba 7 años con esa clínica en Coyoacán. ¿Cómo están las finanzas de la clínica? Le preguntó al contador. Excelentes.
Los ingresos anuales superan los 3 millones de pesos y el margen de ganancia es muy bueno. Deudas. Ninguna. De hecho, tiene cerca de un millón de pesos en ahorros. El dinero no era el problema. El detective investigó el círculo social del doctor. Llamó a sus excompañeros de universidad. ¿Cómo estaba el drctor Roberto últimamente? Muy bien.
Lo vi hace un mes en una reunión de exalumnos y se veía muy alegre. Notó si algo le preocupaba. Para nada. Hasta nos contó que pronto quería abrir otra sucursal. Todo era normal, demasiado normal. El detective volvió a la clínica, revisó minuciosamente el consultorio del director, abrió los cajones del escritorio, encontró recetarios, plumas, una chequera y su libreta bancaria.
Al revisar la libreta vio que la última transacción era del 17 de marzo, dos días antes. A las 3:22 de la tarde, se había hecho un retiro de 50,000 pesos en un cajero cercano en la misma delegación. El detective sintió que su corazón se aceleraba. Señora Elena, ¿sabía que el 17 de marzo retiraron 50,000 pes de la cuenta? Elena negó con la cabeza. Number, no lo sabía.
No fue mi esposo quien nos retiró. ¿Dónde está la tarjeta bancaria del doctor? Debe estar en su cartera. Revisaron la cartera. La tarjeta de débito seguía ahí. Entonces no usó la tarjeta. Pudo haber ido a la ventanilla con la libreta y su firma, dijo ella. El detective revisó el cajón de nuevo. La libreta bancaria y la chequera estaban intactas.
Qué extraño. Entonces, ¿quién sacó el dinero? Hicieron una solicitud al banco. Pero en 1999, los cajeros automáticos de esa sucursal en particular no tenían cámaras de seguridad operativas. No había forma de comprobar quién hizo el retiro. Lo más probable era que el propio doctor lo hubiera hecho yendo a la ventanilla con su chequera o libreta.
Pero entonces, ¿por qué regresó a dejar la libreta en la clínica? ¿La volvió a guardar después de sacar el dinero? Todo era muy confuso. El detective Ramírez volvió a citar al pasante Alejandro Vargas. El 17 de marzo, hace dos días, el doctor salió de la clínica. Salió un momento por la tarde.
¿A dónde fue? Dijo que iba al banco. El detective entrecerró los ojos. Al banco. ¿A qué hora exactamente? Como a las 3 de la tarde. El tiempo cuadraba. El retiro se hizo a las 3:22. Cuando el doctor regresó, “¿Lo notaste diferente o algo así?” Alejandro lo pensó y respondió igual que siempre, solo siguió dando consultas.
Retiró una fuerte cantidad de dinero, 50,000 pesos. Nunca mencionó para qué lo necesitaba. Number. El detective llamó de nuevo a las enfermeras. ¿Ustedes sabían que el 17 de marzo el doctor fue al banco? Carmen respondió, “Sí, sí, sabía.” Salió un ratito. Cuando volvió, “¿Notaron algo fuera de lo común?” Pues no, no vi nada especial, pero Leticia intervino.
Ese día escuché que el doctor le dijo algo al pasante. ¿Qué le dijo? No alcancé a escuchar exactamente, pero su tono de voz era muy bajo. Parecía que le estaba diciendo algo muy serio. Y el pasante que respondió, eso no lo oy. El detective Ramírez volvió a llamar a Alejandro. La tarde del 17 de marzo. ¿Qué le dijo a usted el doctor? Alejandro puso cara de desconcierto.
No me dijo nada. Una de las enfermeras dice que los vio hablando y que el doctor sonaba muy serio. Ah, eso solo me estaba dando unas instrucciones muy estrictas sobre cómo llenar unas recetas. Dicen que hablaba en voz muy baja. De verdad, no me acuerdo muy bien. La actitud de Alejandro era sutilmente rígida.
El detective sentía que algo no cuadraba, pero no tenía ninguna prueba contundente. El 22 de marzo, en el quinto día de la investigación, el detective Ramírez profundizó en los pasos del doctor, reconstruyó su agenda de la semana previa a la desaparición. Del 11 al 17 de marzo, el doctor atendió pacientes en la clínica todos los días.
No tuvo salidas ni compromisos extraordinarios, excepto su visita al banco el día 17. Señora Elena, ¿estás segura de que su esposo no estaba preocupado o tenso últimamente? Elena volvió a negar. No, de verdad, todo estaba como siempre. ¿Cómo era su relación de pareja? Muy buena. Casi nunca peleábamos.
Había problemas de infidelidad. Elena se indignó. ¿Qué está diciendo? Mi marido no era esa clase de persona. Disculpe, tenía que preguntarlo por el protocolo de la investigación. El detective revisó los registros telefónicos del celular del doctor. En 1999 ya existían los celulares, aunque no como los teléfonos inteligentes de ahora.
Solo se podía revisar el historial de llamadas. El 17 de marzo, a las 3:50 de la tarde, el doctor hizo una llamada. Duró 2 minutos con 30 segundos. ¿De quién es este número? Rastrearon el número. Era el teléfono fijo de la clínica. Había llamado a su propio consultorio estando afuera. le preguntó a la enfermera Carmen.
“El 17 de marzo a las 3:50 usted recibió una llamada del doctor.” “Ah, sí, sí, me marcó.” Dijo que ya venía de regreso. “¿Solo eso, sí, solo eso.” Las pistas seguían perdiéndose en la nada. El 25 de marzo, a una semana de la desaparición, el detective volvió a la calle. Entrevistó a comerciantes, al administrador del edificio y a los peatones.
El 18 de marzo, como las 2 de la tarde, vio algo raro. Nadie vio nada. ¿Alguna persona sospechosa, algún carro diferente? Nada. El detective revisó de nuevo los planos del edificio. ¿Habría un pasadizo secreto o una salida de emergencia escondida? No había nada. Parecía literalmente que el doctor se había evaporado.
Sin embargo, algo no dejaba en paz al detective Ramírez. La actitud del pasante, Alejandro, parecía esconder algo. “Investiga a fondo a Alejandro Vargas”, le ordenó a un agente. El agente regresó con el reporte. Originario de la Ciudad de México, egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM. Es menor que el doctor. Hizo su servicio social y lleva tres años como pasante en la clínica.
Sin antecedentes penales ni deudas. Su expediente está limpio. Los conocidos dicen que el doctor le tenía mucha confianza. Lo trataba como a un hijo. Todo era normal. Pero el detective sentía en su instinto de policía que había algo turbio. Esa noche Ramírez citó discretamente a la enfermera Leticia.
Leti, te pido que seas totalmente sincera conmigo. Ese 18 de marzo, ¿de verdad no escuchaste nada? Leticia lo dudó por un largo rato. Detective, si le digo lo que sé, no me pasará nada. ¿A qué te refieres? Si hablo, ¿cree que pueda seguir trabajando en la clínica sin problemas? El detective le respondió con calma. Decirme lo que vio nos ayudará muchísimo. Yo me encargo de protegerla.
Leticia respiró hondo. Eran como las 2 de la tarde. Estaba en el dispensario acomodando cajas y escuché un ruido que venía del consultorio del doctor. El detective se tensó. ¿Qué clase de ruido? Fue un golpe en seco. Como si algo muy pesado se hubiera caído al piso. Y después escuché que se abría la puerta, así que salí al pasillo a asomarme y ¿quién estaba ahí? Leticia se mordió el labio.
Alejandra estaba saliendo del consultorio del doctor. El corazón del detective se aceleró. ¿Cómo se veía su cara? Estaba párido y sudando en frío. ¿Y qué le dijiste? Yo le pregunté, “¿Qué pasó?” Y él, muy nervioso, me contestó, “No es nada, no te preocupes.” Y se metió rapidísimo a la sala de recuperación. “¿Alcanzaste a ver adentro del consultorio?” “Es que cerró la puerta de golpe, no vi bien.
” Pero sentí una vibra muy pesada, como que algo estaba muy mal. El detective preguntó de inmediato, “¿Por qué no me dijiste esto desde el principio?” Tenía miedo. Pensé que tal vez me estaba imaginando cosas o había malinterpretado. ¿Estás segura de lo que viste? Que Alejandro salió del consultorio? Sí, completamente segura.
A la mañana siguiente, el detective mandó a llamar a Alejandro de nuevo. El 18 de marzo, cerca de las 2 de la tarde, ¿entraste al consultorio del doctor. Alejandro negó con la cabeza. Number. La enfermera Leticia dice que te vio salir del consultorio. El rostro de Alejandro se endureció. Se confundió. Se confundió.
dice que te vio la cara pálido y sudando. Yo no entré al consultorio. Alejandro lo negó hasta el final. No había pruebas materiales. Leticia era la única testigo y él lo negaba rotundamente. La investigación se estancó. Llegó el mes de abril. El detective visitaba la clínica y la zona todos los días, pero no aparecían nuevas pistas.
El drctor Roberto Salinas seguía desaparecido. No había cuerpo ni rastros. La policía mandó hacer volantes de persona desaparecida. Los pegaron por todo Coyoacán y los publicaron en los periódicos. Si tiene información sobre esta persona, contacte la jefatura de Coyoacán. Recibieron varias llamadas. Lo vi por el centro.
Vi a alguien que se le parecía en el metro, pero todos fueron reportes falsos o confusiones. El detective se reunió de nuevo con Elena, la esposa. Señora Elena, ¿podría darme un par de fotos más de su esposo? Para mostrarlas en los patrullajes. Elena le entregó unas fotografías donde el doctor aparecía sonriendo. Detective, por favor, encuentre a mi esposo.
Se lo ruego. Los ojos de Elena estaban llenos de lágrimas. Haremos todo lo posible. El detective tomó las fotos y volvió a las calles. Se las mostró a los comerciantes uno por uno. ¿Lo ha visto? La mayoría negaba con la cabeza. Lo ubico porque es el doctor de la clínica, pero desde que desapareció no lo he vuelto a ver.
El caso se adentraba en una espesa neblina. A mediados de abril, el detective presionó a Alejandro otra vez. Sé perfectamente que escondes algo. No escondo nada. Entonces, ¿por qué Leti asegura que te vio salir del consultorio? Ya le dije que fue una alucinación de ella. ¿Y qué hay de los 50,000es? ¿Por qué el doctor sacaría tanta lana en efectivo? No tengo idea. El 17 de marzo.
¿Qué te dijo el doctor? La enfermera los vio hablando de forma muy tensa. Eran cosas de trabajo. Alejandro nunca soltó la lengua. El detective sentía una inmensa frustración. Su instinto lo evitaba que ese hombre sabía lo que había pasado, pero las manos le estaban atadas sin evidencia. La clínica cumplió un mes cerrada.
Todos los pacientes buscaron a otros médicos. Las enfermeras, Carmen y Letti, seguían yendo a ordenar el lugar. Elena también iba de vez en cuando a guardar las pertenencias de su esposo. ¿Qué va a pasar con la clínica? Elena suspiró profundamente. No lo sé. Tendré que esperar a que mi esposo regrese. Pero la renta del local sigue corriendo.
No puedo hacer otra cosa. Llegó mayo. La investigación se suspendió extraoficialmente. Ya no había hilos de donde tirar. El detective Ramírez rindió su informe a sus superiores. El caso de la desaparición del doctor no avanza. El principal sospechoso es su pasante, Alejandro Vargas, pero no contamos con evidencia física.
Entonces, archívalo como caso sin resolver. Si llega a caer un pitazo nuevo, reabrimos la carpeta. ¿Entendido? Ramírez se sentía amargado. De verdad, todo terminaría así. A finales de mayo, la clínica cerró de forma definitiva. Elena canceló el contrato de arrendamiento y vació el local. Las enfermeras buscaron otros empleos.
Leticia presentó su renuncia formal. ¿Por qué decides irte del todo de esto? Le preguntaron. Estar aquí me pesa demasiado. Letia vivía atormentada por lo que había visto. La cara pálida de Alejandro saliendo de aquel consultorio. Carmen también se fue a otra clínica médica. Alejandro Vargas consiguió un puesto en una lujosa clínica en Polanco.
¿Por qué te cambias tan lejos? Si me quedo aquí, la policía va a seguir acosándome. Yo no hice nada y es insoportable que duden de mí. Y así se fue. En junio el local donde estaba la clínica fue ocupado por otro negocio, una tienda de ropa. Todo rastro del Dr. Roberto Salinas fue borrado físicamente. Su esposa, Elena, dejó Coyoacán y se fue a vivir a unos departamentos en el norte de la ciudad.
Hubo que empezar una vida de viuda sin serlo legalmente. Tengo fe en que un día va a volver por esa puerta. Elena decía eso, pero su voz sonaba empapada en desesperanza. El detective Ramírez de vez en cuando sacaba la carpeta del caso. Un misterio sin resolver. Algo tuve que haber pasado por alto, pero por más que leía, los números no cuadraban.
¿Dónde quedaron los 50,000 pesos? Alejandro realmente entró al consultorio? ¿Hacia dónde demonios se esfumó el doctor? Todo era un acertijo. Pasó el verano de 1999 y llegó el otoño. La gente poco a poco se olvidó de la noticia. Los periódicos ya no hablaban del tema. Negó el invierno, luego el año 2000.
El nuevo milenio comenzó, pero el Dr. Roberto Salinas nunca regresó. Elena todavía llamaba a la policía de vez en cuando. ¿Hay alguna noticia de mi esposo? Lo lamento, señora. Todavía no tenemos nada. Cada vez que colgaba el mundo de Elena parecía derrumbarse un poco más. Llegó 2001, 2 años desde la desaparición. 2002. Tercer año. 2003. Cuarto año. El tiempo hizo lo suyo.
La sociedad olvidó por completo el asunto. Leticia se casó y tuvo hijos, pero las pesadillas no la abandonaban. La imagen de Alejandro sudando en frío la perseguía. Mientras tanto, Alejandro abrió su propia clínica en Polanco. Tenía la agenda llena y le iba de maravilla. Elena, tras resignarse a que su marido no volvería, se volvió a casar en el año 2001.
Carmen seguía siendo enfermera. El detective Ramírez tomó muchos otros casos de homicidios y robos. Cada quien siguió con su vida, pero la verdad no se evapora. Estaba ahí enterrada en algún rincón oscuro y frío durante 12 largos años. Y de repente, un día del año 2011, sonóte leetura sobre el caso del director de la clínica en 1999.
Quiero decirles lo que vi aquel día. La persona al otro lado de la línea era Leticia. A sus años y cerca del retiro, ya no aguantaba más. El peso de un secreto ahogado en su pecho por más de una década la estaba destruyendo. Así el caso se reabrió. Durante 12 años la verdad permaneció amordazada.
Lo que vio Leti, lo que ocultó Alejandro y el misterio de aquellos 50,000 pesos. piezas de un rompecabezas lanzadas al viento. Pero el valor de una sola persona estaba a punto de quebrar ese silencio. En la siguiente parte de esta historia les relataré el impactante testimonio de Leticia y sabremos qué demonios pasó realmente en ese consultorio hace 12 años.
Saldrá a la luz la macabra relación entre Alejandro y alguien más. ¿Por qué hicieron desaparecer al doctor? 12 de abril de 2011, 10 de la mañana. Suena el teléfono en la Fiscalía Desconcentrada de Coyoacán. El caso del doctor desaparecido en el 99. ¿Se acuerdan de eso? Y la gente que contestó dudó unos segundos.
Ah, el caso que se quedó abierto sin resolver. Quiero confesar lo que presencié esa tarde. La voz de la mujer temblaba. ¿Quién habla? Soy Leticia. Trabajé como enfermera en esa clínica. El detective al mando se incorporó en su silla. ¿Dónde está ahorita? Me gustaría hablar con usted de inmediato. ¿Puede venir al Ministerio Público? Claro.
¿A qué hora puedo ir? Venga para acá ahora mismo. Una hora después, Leticia estaba en la fiscalía, 48 años. El paso de 12 años se notaba en su rostro, que ahora reflejaba cansancio crónico. Tome asiento, cuéntemelo todo con calma. Leticia soltó un largo suspiro. He vivido con este secreto por 12 años. He tenido unas pesadillas horribles. Ya no puedo.
De verdad, ya no puedo cargar con esto. ¿De qué secreto estamos hablando? Lo que vi afuera del consultorio el 18 de marzo de 1999. El detective encendió la grabadora. Cuéntemelo con detalles, por favor. Con la voz quebrada, Leticia comenzó su relato. Eran casi las 2 de la tarde. Yo estaba acomodando cajas de medicamentos en el dispensario cuando escuché un golpe fortísimo que venía del consultorio del doctor.
¿Cómo fue el golpe? Un golpe seco. Pum. Como si un bulto muy pesado hubiera azotado contra el piso. Y luego un grito. El detective abrió los ojos de par en par. Un grito. Sí, pero cortito. Me asusté tanto que abrí la puerta de mi cuartito y salí al pasillo. Y luego se abrió la puerta del consultorio del doctor y salió Alejandro. Alejandro, el médico pasante.
Sí. Estaba blanco como un papel, las manos le temblaban y escurría sudor frío. ¿Y qué le dijo? Le pregunté. ¿Qué pasó? Escuché un ruido muy fuerte. Él se puso frenético y me contestó. No es nada. No te metas. No pasó nada. ¿Alcanzó a ver hacia dentro del consultorio? Leticia asintió con lentitud.
En el segundo que la puerta estuvo abierta, me asomé. Había algo tirado en el piso. ¿Qué era? No lo pude ver bien. Alejandro me cerró la puerta en la cara rapidísimo, pero había algo tirado ahí. Un bulto grande, estoy segura. El detective tomaba notas a toda velocidad. ¿Qué sucedió después? Alejandro me agarró muy fuerte de los hombros y me dijo, “No vayas a decir ni una palabra de esto. Te lo ruego.
” La mirada que tenía me dio terror. La estaba amenazando. Más que una amenaza, parecía que me lo suplicaba con desesperación. Pero tenía una mirada tan salvaje que le dije que sí con la cabeza. Y luego, luego pasaron como 10 minutos y llegó la esposa del doctor a la clínica. Elena. El detective pegó un salto. La esposa ese mismo día.
Sí. Ella nunca se aparecía por la clínica sin avisar, pero ese día llegó de la nada. ¿Como a qué hora? Sería las 2:20 de la tarde. ¿Y qué al llegar? Se metió directito al consultorio del doctor. Yo pude escuchar que empezó a hablar con Alejandro. ¿Qué decían? No los escuché claro, pero hablaban muy bajito, en un tono superdenso y serio.
Pasó como media hora y ella salió. Y su cara era de piedra, estaba seria. No nos dirigió la palabra y se fue caminando. El detective aguantó la respiración. ¿Y el doctor, ¿dónde estaba todo este tiempo? No lo vi salir. No sé si estaba adentro o si para entonces ya. Leticia se le quebró la voz y no pudo terminar la frase.
Señora, ¿por qué no llamó a la policía desde ese momento? Tenía pánico. Quería convencerme a mí misma de que me había imaginado todo. Pero pasaron 12 años y la culpa no me deja dormir. ¿Qué la motivó a venir hoy? El año pasado mi hija cumplió 20 años y un día platicando me preguntó, “Mamá, ¿tú alguna vez has tenido un secreto que no le cuentes a nadie?” Y me destrozó.
Supe que tenía que decirlo. El detective apretó la mano de Leticia. “Gracias por ser valiente. Vamos a abrir el caso hoy mismo.” Esa misma tarde se conformó el equipo de reapertura. Armando estaba el comandante Miguel Ángel Flores, 45 años y 15 de experiencia como policía de homicidios.
Tráiganme todas las carpetas del caso de 1999, ordenó. Las montañas de papel amarillento llenaron su escritorio. Toda la información de hace 12 años. ¿Dónde quedó la cadena de custodia de las evidencias de ese año? Deben estar en la bodega de indicios. Saquen todo. Que no falte ni una grapa. Al día siguiente le llevaron las cajas con la evidencia.
El maletín del doctor, la cartera, el celular de ladrillo, las libretas y una bata médica. Esto es todo. Sí. Comandante, es lo único que embalaron de la clínica. El comandante Flores desdobló la bata blanca. Después de 12 años, la tela estaba amarillenta y percudida. Manda esto al laboratorio, comandante. Tiene 12 años guardada.
¿Qué le vamos a encontrar? Solo hazlo. No perdemos nada. Enviaron la bata a servicios periciales. A los pocos días llegó el reporte. Comandante, tenemos algo muy grave. Encontramos reactividad a manchas semáticas en la manga de la bata. El comandante se puso en pie de un brinco. Sangre. Afirmativo. La prueba de Luminol dio positivo.
A simple vista no se ve nada, pero había residuos microscópicos. Es sangre tipo A. ¿Qué tipo de sangre era el doctor? Tipo A. El comandante Flores apretó los puños. ¿Se puede extraer ADN? Lo intentaremos, pero con 12 años de antigüedad las muestras podrían estar muy degradadas. Lo pondremos en calidad de urgente. Dos días después, el resultado de genética estuvo listo.
Lograron extraer una cadena parcial de ADN. Coincide con el doctor, la comparamos con la muestra de ADN de la hija del doctor. Y confirma parentesco biológico directo. ¿Qué grado de certeza? 99 8%. El comandante Flores lo tuvo claro. Esto no fue una desaparición voluntaria ni un secuestro, fue un asesinato.
“Localicen a Alejandro Vargas y a Elena Mendoza de inmediato,” ordenó. Encontraron a Elena viviendo en un bonito departamento en el norte de la CDMX. Como ya sabemos, se había casado de nuevo en 2001. ¿Se casó otra vez? Sí, a los 2 años de la desaparición. Qué ironía. Lloraba que su marido jamás la dejaría y no tardó nada en hacer su vida. murmuró el comandante.
Por su parte, Alejandro manejaba una prestigiosa clínica en Polanco. Lleva 8 años ahí. Cobra muy caro, tiene la agenda llena, es soltero. Entonces vivió solo 12 años. El comandante olió algo sospechoso. Revisen los registros migratorios de Alejandro. Al otro día destaparon la cloaca. Comandante, Alejandro Vargas salió del país entre 2003 y 2009. ¿A dónde? Canadá.
supuestamente se fue a estudiar un posgrado y regresó 6 años después. 6 años enteros. Así es. Y recién volvió en 2009 para abrir su clínica en Polanco. Las sospechas del comandante se convirtieron en certezas. Huyó del país, cometió el crimen y se fugó un tiempo para que se enfriaran las cosas. ¿Y qué onda con la esposa? Seguro que fueron cómplices.
La enfermera declaró que ella fue a la clínica ese exacto día a reunirse con él. ¿Cree que se pusieron de acuerdo para matarlo, jefe? Es muy probable. El comandante Flores solicitó de inmediato las órdenes de aprensión. 20 de abril de 2011, 6 de la mañana, tres patrullas se estacionaron afuera de un complejo de departamentos en Polanco.
Tocaron el timbre. ¿Quién es? Policía de investigación. Abra la puerta. Alejandro abrió la puerta vistiendo pijama de seda. ¿A qué debo su visita? Alejandro Vargas tiene una orden de aprensión en su contra relacionada con el caso de la desaparición de Roberto Salinas en 1999. La cara de Alejandro se volvió del color de la ceniza.
¿De de qué hablan? Acompáñenos. Yo no hice absolutamente nada. Eso lo aclararemos en la fiscalía. Alejandro fue esposado y subido a la patrulla. A la misma hora, en la zona norte de la ciudad, los agentes detenían a Elena. Oigan, ¿qué les pasa? ¿Por qué se meten así? Queda detenida por el caso de la desaparición de su marido en 1999.
Eso fue hace más de 10 años. ¿Por qué vienen ahorita a molestar? Surgieron nuevas evidencias, señora. Elena fue llevada a las instalaciones del Ministerio Público. A las 10 de la mañana. M. Arrancaron los interrogatorios. El comandante Flores fue directo a presionar a Alejandro. ¿Qué estabas haciendo en el consultorio a las 2 de la tarde el 18 de marzo del 99? No estaba haciendo nada.
Letia, la enfermera, confesó que te vio salir de ahí sudando y pálido. Alejandro se mordió el labio. Está loca. Se equivocó. Se equivocó. Te vio de frente a menos de 2 metros. Ya le dije que nunca entré. La bata médica del doctor dio positivo a sangre humana. El perfil de ADN coincide con el del Dr. Roberto Salinas.
Alejandro tragó saliva aterrado. Y ¿y eso qué tiene que ver conmigo? Esa sangre saltó cuando tú entraste a lastimarlo. No, mentira. Yo ni me acerqué. Entonces, explícame por qué te largaste a Canadá en el 2003. No me fue. Fui a hacer una maestría. 6 años. Y curiosamente, después de que archivaran el caso, Alejandro se quedó mudo. El comandante lo acorraló.
Elena también está detenida aquí al lado. Al primero que hable le irá mejor con el juez. Si ella te echa la culpa a ti primero, te vas a hundir solo. ¿Qué voy a confesar si no hice nada? Leticia también declaró que Elena llegó a la clínica ese mismo día y se encerró contigo. Una mujer que nunca se aparecía llegó justo después del crimen.
Los ojos de Alejandro temblaron. ¿Ustedes dos planearon matarlo y quedarse con su dinero? No. Alejandro sacudió la cabeza con violencia. En otra sala un agente interrogaba a Elena. El 18 de marzo por la tarde fue a la clínica. No me acuerdo. Pasaron 12 años. ¿Cómo voy a acordarme de un martes cualquiera? La enfermera Leticia asegura que la vio entrar. Elena hizo una pequeña pausa.
Pues a lo mejor sí fui. Era el negocio de mi marido. No, me dijeron que usted casi nunca iba a esa clínica. Ese día seguro le tenía que decir algo importante a Roberto. ¿Qué cosa? Ya le dije que no me acuerdo. Entró al consultorio. Supongo que sí. Habló con Alejandro adentro. Elena puso cara dura. No me acuerdo de nada.
Puro no me acuerdo. Eh, es la verdad. No sé qué quieren que les invente. El agente sacó una fotografía pericial del luminoso marcando la sangre en la manga de la bata. Esta es la bata de su marido. Encontramos su sangre aquí. A Elena se le borró el color de la cara al ver la foto. Eh, eso es. Su marido fue agredido ese día, mejor dicho, asesinado. Number.
Él nos abandonó, simplemente se fue. No se esfumó. Alguien lo asesinó a sangre fría. Y fueron usted y Alejandro. Yo no toqué a mi marido. Elena empezó a sollozar. Pero qué rápido lo lloró, ¿eh? A los dos años ya estaba casada otra vez cobrando lo que le sacó a la venta de la clínica. No es cierto.
Yo lo estuve esperando dos largos años con el alma rota. Dos años son buenísimos para ocultar un cadáver, limpiar el rastro y conseguirse otro marido. Le juro que no. El interrogatorio parecía chocar contra un muro. A las 3 de la tarde, el comandante Flores contrastó las entrevistas. Ambos lo niegan todo. Alejandro se aferra a que nunca entró al consultorio y Elena usa la tarjeta de la amnesia.
Se pusieron de acuerdo para no soltar prenda. ¿Qué sugiere, jefe? Prómpeles la psicología. Que crean que el otro ya los delató. Al día siguiente reanudaron. El comandante Flores entró a la sala de Alejandro con un portafolio. Se acabó el teatrito, Alejandro. Elena acaba de confesar. Alejandro pegó un respingo en la silla.
¿Qué? ¿Qué dijo? Dijo que tú mataste al doctor. Es una mentirosa. No miente. Aquí tengo su declaración firmada. Flores golpeó unas hojas en blanco contra la mesa de metal. Ella jura que tú lo planeaste todo y la obligaste encubrirte. Es una locura. Esa mujer fue la que me Alejandro se tapó la boca. La queé. Alejandro.
¿Qué te hizo esa mujer? Number. Nada. El barco ya se hundió. Sálvate tú. confesando cómo fue. Alejandro luchó internamente varios minutos hasta que se le quebró la voz. Yo solo seguí sus órdenes. El comandante se tensó. ¿Quién te ordenó qué, Elena? Ella me dijo, “¿Qué te dijo?” Que teníamos que desaparecer al doctor. ¿Por qué motivo? Quería quedarse con todo.
El terreno de la clínica, la casa, las cuentas bancarias. ¿Y por eso lo mataste? Alejandro negó llorando. Yo no lo maté, se lo juro. Yo solo le di un empujón. A ver, explícame eso de empujón. El doctor me citó y me empezó a gritar. Descubrió lo mío con Elena. El comandante se contuvo para no mostrar sorpresa. Tú y Elena eran amantes.
Alejandro asintió mirando al piso. Teníamos una relación desde hacía casi un año. Ajá. Él descubrió que se estaban acostando. Te reclamó y tú lo atacaste. Fue sin querer. Yo me asusté. Lo aventé para zafarme y el doctor se pegó en la nuca con el filo del escritorio. Empezó a sangrar y luego entré en pánico y le hablé por teléfono a Elena.
Llegó rapidísimo. ¿Qué hizo ella al llegar? Alejandro se mordió el labio hasta sacarse sangre. Ella hizo todo el trabajo sufio. ¿A qué te refieres? ¿Qué le hizo al cuerpo? No lo sé. Ella me sacó del consultorio. Me dijo que me callara la boca y me quedara vigilando afuera. O sea, que tú no sabes dónde está enterrado el cuerpo.
Por mi vida que no. El comandante Flores salió de esa sala y fue directo a la de Elena. Alejandro acaba de cantar todo. Elena levantó la vista desorbitada. ¿Y ahora qué invento? Me confesó que eran amantes y que tú fuiste la autora intelectual del asesinato de tu marido. Elena se puso roja de furia. Ese perro mentiroso.
Él fue el que el que, Elena. Ella cerró la boca de golpe. Esto se acabó, señora. Si usted no cuenta su versión, el juez creerá la de él. Elena aguantó unos minutos y finalmente cedió. Él fue quien mató a mi esposo. ¿Para qué? Porque estaba enfermo de celos. Me quería solo para él. El comandante frunció el ceño.
Dice que Alejandro asesinó al doctor porque estaba obsesionado con usted. Sí, era un loco controlador. Se la pasaba rogándome que dejara a Roberto y usted que le contestaba que no, que yo estaba casada, pero a él no le importó y mató a Roberto por la espalda. Me está diciendo que usted no planeó matarlo? Claro que no.
Cuando él me habló y llegué a la clínica, mi esposo ya estaba muerto. ¿Y qué hicieron con el cuerpo? Elena negó con la cabeza enérgicamente. Ese fue trabajo de Alejandro. Yo no sé qué hizo con él. El comandante Flores soltó un largo suspiro al salir al pasillo. Ambos estaban echando la soga al cuello del otro.
¿Quién decía la verdad? O los dos mienten. Y lo hicieron juntos a sangre fría. 25 de abril, quinto día de reapertura. El comandante hizo una tabla con ambas versiones. Elena lo planeó todo. Yo lo aventé por accidente y ella desapareció el cadáver. Alejandro lo asesinó por su obsesión enfermiza. Llegué cuando ya estaba muerto y él escondió el cadáver.
Ambos eran unos mentirosos. Necesitamos encontrar el cadáver para saber cómo murió. Revisaron los planos del edificio de Coyoacán del año 1999. El segundo piso era la clínica, el primer piso una botica y había un sótano que funcionaba como bodega comunal. La policía bajó al sótano en 1999. El reporte dice que bajaron, echaron un vistazo y no vieron nada sospechoso. Tenemos que volver.
El equipo pericial fue al viejo edificio de Coyoacán. Ahora arriba daban clases de regularización para niños y abajo vendían ropa. Pidieron permiso para entrar al sótano. Bajaron por unas escaleras de concreto mooso. Estaba sumamente oscuro y olía a humedad. Esto estaba así en el 99. Sí, era una bodega abandonada que a veces usaban los locatarios.
El comandante alumbró con su linterna. Polvo por todos lados y cajas de cartón podridas. Revisen el suelo. Címenlo todo. Los peritos golpearon el concreto del piso firme, puro concreto macizo sin irregularidades. Y las paredes también puro bloque de concreto. El comandante se frotó la frente desesperado. ¿A dónde te pueden desaparecer en pleno día en la ciudad? Regresaron a la fiscalía con las manos vacías.
De la evidencia de 1999 no nos sobró nada por revisar. Un perito sacó una caja de cartón pequeña. Esto es lo último, jefe. Nos sacamos del cajón del escritorio del doctor. Abrieron la caja. Precetarios viejos, bolígrafos, un par de chequeras canceladas y una pequeña libreta forrada en piel. Y esta libreta parece que el doctor la usaba como diario personal o bitácora de pacientes.
El comandante ojeó las páginas amarillentas. Los apuntes iban de enero a marzo de 1999. 15 de enero. Tuvimos 20 pacientes, muy buenos ingresos hoy. 3 de febrero, Alejandro ha mejorado mucho su técnica. Es un buen muchacho. Puras cosas de trabajo. Pero a mediados de febrero, el tono de los mensajes dio un giro oscuro. 18 de febrero. Raro.
Elena ha estado saliendo demasiado en tres semanas. 25 de febrero. Hoy vi a Elena subirse al coche de Alejandro. ¿Será coincidencia? 5 de marzo. Tengo que confirmar esto. Siento que se burlan de mí en mi cara. El corazón del comandante volvió a dar un vuelco. 10 de marzo. Chequé el recibo telefónico de Elena.
Habla con Alejandro a todas horas de la madrugada. 15 de marzo. Hoy los vi abrazados en un café por Taxqueña. No hay dudas. 17 de marzo. Mañana me sentaré a hablar a Solasim. Alejandro me va a tener que decir la verdad. El comandante dejó de respirar un segundo. El 17 de marzo, un día antes de que desapareciera. Luego la última anotación. 18 de marzo.
Hoy terminaré con todo esto de una vez por todas. El comandante cerró la libreta. El doctor lo sabía todo. Sabía que su esposa se acostaba con su aprendiz. Ese 18 de marzo los confrontó y todo salió de control. Number no salió de control. Fue una trampa para silenciarlo. Rápidamente hizo que trajeran a Alejandro desde su celda preventiva. El 17 de marzo.
¿Qué te dijo el doctor Aolas? Alejandro bajó la mirada. derrotado. Me cuestionó sobre la relación que tenía con Elena. ¿Y qué hiciste? Y admití que estábamos juntos. El doctor estaleó de furia, me corrió de la clínica y me dijo que no volviera a pisarla jamás. Y al día siguiente, “El 18 de marzo, fuiste igual.
” Te citó en su consultorio para rematar la plática. ¿Qué fue lo que hablaron? El doctor amenazó con denunciarnos. Denunciarlos. Sí. dijo que nos demandaría por adulterio y abuso de confianza, que le quitaría todo a Elena en el divorcio y que usaría todas sus influencias para que el Colegio de Médicos me quitara la licencia para siempre, que me iba a destruir.
¿Y qué hiciste ante eso? Me hinqué a sus pies. Le supliqué llorando que no me arruinara la vida. ¿Qué respondió él? Dijo que no le importaban mis lágrimas, que me largara de su vista. Y entonces te lanzaste sobre él y lo empujaste. Sí. Me ganó el miedo de perder mi carrera y reaccioné. El comandante fue a ver a Elena.
El 17 de marzo en la noche, tu marido llegó a la casa. ¿Qué te dijo? Elena miró hacia la pared. Me dijo que me había descubierto con Alejandro y que quería el divorcio inmediatamente. Tú que le respondiste le dije que de ninguna manera que no iba a soltar lo mío. ¿A qué te referías con lo tuyo? La clínica. El edificio.
El terreno de la clínica estaba a mi nombre. Me lo compraron mis papás antes de casarme, pero el negocio lo montó él. El comandante asintió comprendiendo el cuadro completo. Y como no querías repartir la lana, ¿prefirieron matarl? No, yo recibí la llamada de Alejandro el 18. Él me juró que el doctor ya estaba muerto.
Llegaste a la clínica, viste el cadáver tirado. Sí. ¿Dónde escondieron el cuerpo, Elena? Elena se mordió las uñas. Si colaboro, el juez me rebaja la condena. Si dices la verdad, tu abogado puede argumentar cooperación. Elena tomó aire y finalmente lo soltó. En el sótano. ¿En qué parte del sótano? Revisamos y no hay ni tierra movida. Adentro de los muros.
Los ojos del comandante casi se salen de sus órbitas. Dentro de un muro. Ese mes, los dueños del edificio andaban remodelando las estructuras por un tema de humedad. Abrieron los muros de concreto del sótano para reforzar castillos. Al día siguiente, los albañiles iban a colar el cemento nuevo. Metieron el cuerpo adentro de los muros antes de que colaran el cemento.
Sí. ¿Quién lo metió ahí? Alejandro. Él le pagó a los albañiles unos tragos esa noche para quedarse solo. Los albañiles sabían qué estaban tapando. No, obvio no. Les debe haber dicho que era basura pesada del consultorio. El escuadrón de la policía voló hasta el sótano en Coyoacán.
Tiren ese muro, piquen todo hasta el ladrillo. Los policías, amazos y taladros industriales reventaron la pared. Tras una hora de demoler, un bloque hueco cedió y reveló un paquete. Estaba envuelto en gruesas bolsas de plástico negro y cinta canela. 12 años de podredumbre habían consumido todo tajido, pero la osamenta humana era inconfundible. Manden esto a patología.
Le confirmen identidad. Días después, el acta pericial cerró el círculo. El ADN de los restos óseos coincide 100% con el del Dr. Roberto Salinas. El comandante apretó el puño. Por fin, Alejandro Vargas y Elena Mendoza fueron presentados ante el juez penal acusados de homicidio calificado. Sin embargo, en la fiscalía todavía quedaba una espina.
¿Quién de los dos manipuló a quién? ¿Quién asestó el golpe mortal? Y el detalle más insidioso, ¿qué pasó con los 50,000 pesos en efectivo que el doctor sacó del banco? Faltaba una última pieza para que la trampa perfecta cayera. Un as bajo la manga. La verdad salió de la tumba de concreto 12 años después, pero estaba a medias.
Elena y Alejandro, amantes y traidores, se culpaban mutuamente con uñas y dientes. ¿Quién es el autor intelectual? ¿Dónde terminaron los malditos 50,000 pesos? En la última parte de este caso, una hoja de papel casi invisible revelará la monstruosidad que habitaba en ese consultorio y las máscaras caerán ante el juez.
La codicia humana puede pudrirse, pero nunca se borra. El 3 de mayo de 2011, el comandante Flores repasaba por enésima vez la libreta de cuero del doctor. Tiene que haber algo más. Pasaba las hojas lentamente a contraluz. En la página después de donde escribió, hoy terminaré con todo esto de una vez por todas.
El papel no era liso, había marcas. Alguien había arrancado la hoja siguiente. A la fuerza. Manda esto al perito en documentoscopías. Que le apliquen la técnica para recuperar la escritura por presión en la hoja de abajo. La tecnología forense hizo lo suyo. A la semana el laboratorio regresó el informe.
Lograron revelar los surcos de la hoja arrancada mediante luz rasante. ¿Qué decía el mensaje fantasma, jefe? El perito extendió un papel con la transcripción revelada. 17 de marzo. Retiré 50.000 1000 pesos. Se los daré en la mano a Alejandro. Con esta liquidación compraré su partida de nuestras vidas. Al comandante le faltó el aire.
El doctor retiró esos 50,000 pesos para pagárselos a Alejandro. Todo cobraba un sentido doloroso. El doctor se enteró de los cuernos, los encaró el día 17 y fue al banco. No iba a pagar un secuestro, iba a pagar un soborno de liquidación. quería comprar la paz de su matrimonio. Si solo lo corría de la clínica, Alejandro seguiría acosando a su esposa.
Así que le iba a entregar esa fuerte suma de dinero para 1999. Era mucha lana para que se largara lejos de su vida y de su matrimonio para siempre. Pero Alejandro nunca se los quiso llevar, o más bien no pudo. ¿Por qué? Porque a Elena no le convenía el trato. Flores hizo que le trajeran a Elena desde el reclusorio femenil.
La noche del 17 de marzo, Alejandro te marcó a tu casa, ¿verdad? Elena titubeó, pero asintió. Sí. ¿Qué te contó? Me dijo que mi esposo le ofreció 50,000 pesos en efectivo a cambio de renunciar y desaparecer del mapa. ¿Y qué le aconsejaste tú? Elena agachó la cabeza frotándose las manos frías. Le ordené que no los aceptara.
¿Por qué? Con 50,000 pesos él se iba a ir y yo me quedaría en este matrimonio de cartón. Y además no querías perder la clínica que construyeron juntos, ¿cierto? Exacto. Ahí fue cuando decidiste acabar con la vida de Roberto. Elena cerró los ojos, pero no respondió. El comandante la acorraló. Tú te viste con Alejandro la noche del 17. Sí.
¿Dónde se vieron? En una cafetería un par de cuadras de mi casa. ¿Qué planearon? Elena guardó silencio un minuto. La sala parecía asfixiante. Acordamos desaparecer a mi marido. La grabadora de la policía registraba cada sílaba de la condena. ¿A quién se le ocurrió la idea de matarlo? ¿A mí? ¿Cómo lo iban a ejecutar? Alejandro se encargaría de provocar una discusión intensa el día 18 adentro de la clínica.
Haría que el doctor tropezara para que pareciera un accidente de trabajo. Caerse por accidente en su consultorio. Eso es homicidio doloso, puro y duro. Yo sé. Entonces, Alejandro fue quien lo empujó y lo mató del golpe. Elena levantó el rostro y negó lentamente con la cabeza. Number. Alejandro lo empujó duro y mi esposo cayó sobre la esquina del mueble y se desmayó, pero no murió del golpe.
El comandante peló los ojos de la impresión. ¿Qué? Estaba vivo. Sí, estaba inconsciente. ¿Y quién le quitó la vida a Elena? Elena comenzó a derramar lágrimas enormes y pesadas. Fui yo. El eco de sus sollozos rebotaba en el cuarto de interrogatorios. ¿Cómo lo hiciste? Cuando llegué a la clínica, entré corriendo al consultorio.
Mi marido estaba tirado en un charco de sangre, pero vi como su pecho subía y bajaba. Todavía respiraba, pero pero no sé que se me metió en la cabeza. Agarré uno de los cojines decorativos de la sala y se lo puse en la cara con todas mis fuerzas. ¿Lo asfixiaste? Sí. ¿Cuánto tiempo te quedaste presionando? No sé, como 10 minutos.
Hasta que vi que su pecho dejó de moverse para siempre. Al comandante se le heló la sangre. Alejandro estaba viendo esto. Number, yo lo saqué a empujones al pasillo. Le ordené que cuidara que nadie entrara. Lo maté yo sola. ¿Por qué lo hiciste tú? Alejandro era un miedoso. Estaba paralizado por el pánico, viendo la sangre.
Por eso yo tuve que terminar el trabajo que él no pudo hacer. Y el cuerpo. Esa misma madrugada, Alejandro metió el cuerpo en una alfombra. Bajamos juntos al sótano y lo tiramos en la zanja de los muros que iban a colar los albañiles. Nadie se dio cuenta en la obra. Los albañiles llegaron con sus revolvedoras a las 7 de la mañana a vaciar el concreto.
Ni siquiera se asomaron adentro del cajón de varillas. ¿Qué pasó con los 50,000 pes que estaban ahí para liquidarlo? Alejandro se los quedó. ¿Se los llevó como premio o para que cerrara la boca? Se los entregué yo para que desapareciera un tiempo. El comandante dejó salir el aire que tenía atrapado en los pulmones.
Vaya, señora, usted fue la mente maestra detrás de todo esto. Así es. Y tu querido amante, tu cómplice encubridor. Sí. Él solo lo empujó y me ayudó a cargar el cuerpo. Flores no perdió un segundo y mandó traer a Alejandro. Ya me cansé de tus rodeos. Elena acaba de darnos hasta el último detalle. La cara de Alejandro era un poema de pánico.
¿Qué les dijo? Dijo que fue ella quien lo asfixió con el cojín mientras tú te escondías como cobarde en el pasillo. Tú solo le ayudaste a arrastrar el bulto al sótano. Alejandro agachó la cabeza. Sus hombros cayeron vencidos. ¿Es cierto lo que dice? Sí. ¿Por qué insist negarlo todo este tiempo? Tenía pavor de pasar el resto de mi vida en la cárcel.
Sabía que era cómplice de asesinato. Y tú te embolsaste los 50,000 pesos. Sí. ¿Para qué gastaste ese dinero manchado de sangre? Pagué mis trámites y boletos para irme a esconder a Canadá. Dinero de fuga. Sí. ¿Desde cuándo andabas con Elena Mendoza? Alejandro sacó la cuenta en su cabeza. Desde el verano del 98. Casi un año acostándote con la esposa de tu jefe. Sí.
¿Quién buscó a quién primero? Elena. Ella fue la que me buscó. El comandante se inclinó hacia delante. ¿Me vas a decir que la señora fue la que te sedujo y no al revés? Le juro que sí. ¿Por qué haría ella eso? Al principio creí que era amor, pero luego me fui dando cuenta de la movida. A ver, ilústrame. Elena odiaba a su esposo.
Ya no lo aguantaba y quería el divorcio, pero él se negaba a firmarle y dividir a la mitad del patrimonio de la clínica que a ella tanto le importaba. ¿Y a ti te usó de peón en su tablero? Sí, creo que se enredó conmigo para dejar pistas a propósito. Quería forzar a Roberto enloquecer de celos para tener una causal de divorcio y correrlo como el culpable.
Pero al final tú te dejaste usar. Alejandro asintió destrozado. Pensé que ella de verdad me amaba, pero yo solo fui una herramienta que usó y desechó. Pero de que eres un asesino y un cobarde, lo eres. Lo sé. Me arrepiento todos los días. El Ministerio Público armó el expediente final. Blindado. Elena Mendoza fue catalogada como la autora intelectual y material primaria.
Ella inició el romance para sus propios fines, orquestó el complot, le puso el cojín en la cara a su esposo, ahogándolo hasta morir y administró el soborno. Alejandro Vargas fue el cómplice material. Él lastimó físicamente a la víctima en primer lugar, ayudó a esconder el cadáver en los cimientos y aceptó dinero manchado de sangre para huir del país y guardar un silencio vil por 12 años.
Días después de integrar la averiguación, un juez giró orden de formal prisión contra los dos y fueron ingresados a penales de alta seguridad. El escándalo estalló en toda la Ciudad de México y la prensa amarillista y los noticieros no hablaban de otra cosa. 12 años de la tumba de Coyoacán, la viuda negra y el pasante.

Doctor emparedado en su propio edificio. El pacto de silencio. Las redes sociales servían en ira. Esa mujer no tiene alma. El tipo que le enseñó todo y le pagó con la vida. Andaban en las calles de Polánco riéndose 12 años después como si nada. El juicio oral y penal comenzó el 15 de septiembre de 2011 en los juzgados penales del Tribunal Superior de Justicia de la CDMX.
La sala estaba abarrotada de familiares, reporteros y curiosos. El juez hizo sonar el mayete. Da inicio el juicio penal en contra de Elena Mendoza y Alejandro Vargas por el delito de homicidio calificado y ocultamiento de cadáver. El Ministerio Público tomó la palabra. La imputada Elena Mendoza sostuvo una relación extramarital con Alejandro Vargas desde 1998 y juntos premeditaron y ejecutaron el asesinato de Roberto Salinas para obtener beneficios económicos.
Los presentes en la sala murmuraban impresionados. El 18 de marzo de 1999, Alejandro derribó a la víctima causándole un traumatismo cráneoencefálico y en ese estado de indefensión, Elena lo asfixió mecánicamente con una almohada. Elena, sentada en el banquillo, tenía la cara escondida en sus manos.
Luego metieron a la víctima en una obra en construcción de concreto en el mismo edificio, escondiendo el crimen brutal por más de 12 años. Solicito la pena máxima en prisión para ambos acusados por su actuar artero, premeditado y ventajoso. El juez miró duramente a Elena. Imputada Elena Mendoza reconoce su culpabilidad ante los hechos descritos.
Elena, temblando como hoja seca, susurró al micrófono. Sí, señor juez, lo reconozco. ¿Por qué asesinó al hombre que era su esposo? No quería perder la clínica que construimos. ¿Me está diciendo que mató a un ser humano por un negocio? Sí. El murmullo de indignación en la sala se convirtió casi en un abucheo generalizado.
No había otra solución como el divorcio ordinario. Él quería quitarme mi parte si yo era la infiel. No soportaba la idea de dejarle todo en la corte, por eso lo mató. Sí. El juez soltó un bufido de desprecio y miró al otro lado. Usted, Alejandro Vargas, ¿qué tiene que decir? Alejandro se puso de pie torpemente.
Su señoría, fui vilmente manipulado por esa mujer. ¿A qué se refiere con manipulado? Ella me sedujo. Yo era joven y vulnerable. Ella insistió hasta meterme en la cabeza la idea de asesinar al doctor. Elena se puso roja como un tomate. Se levantó de su asiento e interrumpió a los gritos. Eso es una falacia. Mírate, cobarde.
Tú también estuviste de acuerdo desde el inicio. Tú fuiste el primero que lo agarró y le partió la cabeza contra el filo. Por tu culpa sangró como puerco. El juez azotó el maliete tres veces. Silencio en la sala. Mantengan el orden y compórtense a la altura. Ambos continuaron lanzándose miradas de odio profundo.
La fiscalía proyectó en las pantallas las pruebas recabadas. Tenemos aquí el diario privado de la víctima, donde constata cómo fue descubriendo el abuso de confianza y la infidelidad sistemática de los aquí acusados. Las pantallas mostraban las desgarradoras páginas del doctor. 25 de febrero. Hoy vi a Elena subirse al coche de Alejandro.
15 de marzo. Los vi abrazados en un café. No hay duda. Los asistentes negaban con la cabeza. asqueados. Asimismo, mediante peritajes avanzados, recuperamos esta anotación final del día 17 de marzo. Retiré 50,000 pes. Se los daré a Alejandro para que se vaya de mi vida. El doctor, lejos de ser un monstruo, iba a regalarles una suma considerable para divorciarse en paz y que lo dejaran trabajar tranquilo.
Sin embargo, los acusados desecharon esta oferta pacífica para matarlo a traición y quedarse con el botín millonario. El juez miró de arriba a abajo a Elena. Dígame usted, señora Mendoza, si ya tenía 50,000 pes de la época más el divorcio inminente, ¿por qué no solo agarró el dinero y se largó con su amante? Porque esos 50,000 pes eran una miseria comparado con lo mío.
¿Qué le faltaba? Tan solo el predio de la clínica en Coyoacán valía 3 millones de pesos, señor juez. 50,000 pesos no me servían ni para arrancar mi propia vida. El abucheo estalló sin control. Asesinos muertos de hambre. No tienen ni una onza de madre. El juez golpeó enfurecido la mesa con elete hasta restaurar el silencio. Comenzaron a pasar los testigos.
La primera fue Leticia, la valiente enfermera. El 18 de marzo del 99, ¿usted qué vio exactamente? Leticia contestó temblando y llorando al micrófono. Yo vi salir al Dr. Alejandro. Estaba lívido, espantadísimo y escurriendo en sudor después de escuchar un golpazo. Y luego la esposa llegó caminando a la clínica.
se metió con él al consultorio. ¿Cuánto rato se quedó adentro? Como 30 minutos. Y cuando salió, ¿qué semblante traía la viuda? Estaba como si nada, de piedra, muy fría, sin ninguna expresión, y se fue caminando. A usted no le pareció muy extraño en el momento. Me pareció aterrador. Me dio muchísimo miedo preguntar algo.
Leticia rompió en llanto inconsolable. Me odio a mí misma por haberme quedado callada 12 malditos años. Yo debía haber llamado a la patrulla desde ese día. El fiscal la miró compasivo. Su valor para romper el silencio hoy nos dio la verdad. No se culpe más. El segundo testigo fue el albanil jefe de obra de aquel año. Ustedes colaron los cimientos de los muros en marzo del 99.
Afirmativo, licenciado. Estuvimos resanando y colando los castillos del sótano. ¿Notó alguna vez que alguien alterara su trabajo o los bultos de mezcla? Para nada. Es que nosotros nada más chambeábamos de día, de 8 a 6. En la noche se quedaba solo. Quedó comprobado cómo aprovecharon las horas nocturnas para convertir la obra negra en un sepulcro.
El último testigo de la fiscalía fue el médico forense. Por favor, indíquenos el resultado de la necropsia de los restos óseos extraídos de la pared. Positivo a perfil genético del Dr. Roberto Salinas. La causa primaria de muerte y etiología médico legal es traumatismo craneencefálico severo con hundimiento parietal en concurrencia con asfixia por oclusión de vías aéreas superiores.
Traducción al español de la sala. Doctor. Significa que primero recibió un golpe seco en la cabeza que le fracturó el cráneo y en ese estado de indefensión inconsciente, alguien le tapó la nariz y la boca hasta cortarle el aire, provocando la asfixia total y la muerte. El fiscal volteó a ver al juez cerrando su carpeta con fuerza.
Lo que comprueba en peritaje es que el cómplice Alejandro le reventó la cabeza al caer y Elena culminó la ejecución ahogándolo en frío. El juicio se arrastró por meses. Ninguna trampa legal ni amparo de abogados costosos pudo con la montaña de evidencias. El diario, los peritajes de huesos, el luminol de la bata y sus propias confesiones traidoras amarraron cada cabo suelto de esa tarde de 1999.
El 20 de diciembre de 2011, la sala escuchaba atenta a las conclusiones de la fiscalía. Los hoy imputados, movidos por una avaricia perversa e instintos bajos, no dudaron en traicionar la confianza de una de las figuras más nobles y humanas, un médico que sanaba a la comunidad. Vivieron 12 años gozando del dinero podrido y engañando la justicia.
Y aún al ser detenidos, peleaban como cobardes echándole la culpa al de enfrente. El drctor Salinas no solo curaba, sino que amaba profundamente a su familia y trataba al propio asesino como al hijo varón que no tuvo. Esta traición a Mansalva exige la justicia más severa. Solicito la pena máxima en ambos casos. La sala quedó en un silencio de luto.
Varias personas lloraban. La defensa intentó mitigar el daño argumentando arrepentimiento, pero el juez atajó cualquier intento. Arrepentimiento. Si esta señora estuviera tan destrozada de culpa, no habría vendido propiedades manchadas de sangre, ni andaría estrenando esposo al segundo año de dejar pudrir a su primer marido en una barda de cemento.
Y el brillante médico de aquí al lado cruzó la frontera huyendo como roedor para abrir otra clínica lujosa, como si su carrera no estuviera construida sobre el cadáver de su maestro. Evítese los sermones de arrepentimiento, abogado. El juez se dirigió a los detenidos. Tienen el uso de la voz por última vez. Elena se puso de pie. Sucia, desaliñada y temblorosa.
Le pido perdón al alma de Roberto. Destruí mi vida por nada. Es todo. Sí. Alejandro se paró al lado. Juez, yo también lo lamento en mi alma. Si esa no me hubiera envuelto. El juez levantó la mano. Siéntese. Ya es tarde para patadas de ahogado. El juez acomodó la pesada carpeta del fallo. He llegado a mi resolución final para Elena Mendoza y Alejandro Vargas.
Hasta el vuelo de una mosca se escuchaba. La sentenciada Elena Mendoza cometió el delito de homicidio calificado con los agravantes de ventaja, alevosía y premeditación al asesinar a su cónyuge, motivada exclusivamente por lucro e intereses inmobiliarios. Esta corte reprueba contundentemente su maldad y frialdad para ahogar al hombre que confió en ella, dormir sobre su mentira 12 años e intentar rehacer su vida sobre mentiras podridas.
Condeno a Elena Mendoza a la pena de 15 años de prisión efectiva, sin beneficio de libertad condicional por la naturaleza agravada del ilícito. A Elena se le doblaron las rodillas y se desplomó llorando de rodillas en el piso. El sentenciado Alejandro Vargas, abusando de la lealtad de la relación maestro y alumno, propinó un ataque violento y facilitó y participó activamente en la ocultación y entierro clandestino de restos humanos, enriqueciéndose ilícitamente con dinero de la víctima para fugarse al extranjero. Esta corte lo sentencia 25
años de prisión de máxima seguridad, por homicidio en grado de coparticipación dolosa y encubrimiento de cadáver. Alejandro agachó la cabeza. La palidez de 12 años atrás volvió a adueñarse de su rostro. Es todo en esta sala. Levanto la sesión. El mayete retumbó por última vez en los estrados.
La gente en la sala irrumpió en aplausos sonoros y chifridos. Por fin, desgraciados. Justicia para el doc. Los policías de seguridad sacaron a los asesinos de la sala arrastrándolos. Elena chillaba desconsoladamente y Alejandro parecía un muerto en vida con la mirada perdida. A las afueras de los juzgados, el comandante Flores buscó a Leticia entre el mar de gente.
Hiciste un buen trabajo, Leti. Por fin tú ayudaste a que se revelara la verdad oculta. Lety se secó las lágrimas y por primera vez en más de 10 años sonrió ligeramente. Siento que me acaban de quitar una lápida del pecho. Fueron años muy duros de insomnio, me imagino. Sí, despertaba ahogada a mitad de la noche, cada dos por tres.
Pero esta noche sé que voy a poder dormir. Clores le palmeó el hombro. Vete tranquila. Gracias a ti, este hombre va a tener justicia. Días más tarde, el comandante recibió en su despacho a la única hija del Dr. Salinas. Era una joven de 28 años con la misma mirada dulce que tenía su padre en las fotos.
Comandante, no tengo vidas suficientes para agradecerles lo que hicieron por la memoria de mi papá. Era nuestro deber, muchacha. Han sido 12 años de no saber si estaba vivo, si lo tenían secuestrado, si nos había dejado de querer. El alivio que siento al saber que por fin podemos darle una sepultura decente me da paz en el alma.
Tu padre no se merecía las llenas que lo rodearon. Sí, él amaba la clínica. Los vecinos siempre venían por rebajas o curas gratis y él no se negaba. Siempre me llenó de mimos y pensar que los peores escorpiones eran los que estaban en la misma mesa comiendo con él. La joven rompió a llorar otra vez. Me imagino el coraje gigante que debes tener contra ellos. Sí.
Le juro que el odio me carcome, pero principalmente a la que era mi madrastra. No voy a perdonarla jamás en esta vida ni en la otra. El comandante asintió. Sombrío. Y estás en todo tu derecho humano. El tiempo te dirá cómo manejar eso. ¿Puedo preguntarle algo, comandante? ¿Algo muy doloroso? Dime, ¿cree que papá la haya pasado muy mal antes de irse? ¿Que sufrió demasiado dolor físico? El comandante lo sopesó por unos segundos, recordando que fue asfixiado inconsciente, pero decidió regalarle a la hija un último acto de compasión.
Mucha de la amargura que debió haber sentido en el momento de la discusión, pero su cuerpo apagó el dolor rápidamente. Lo que estoy seguro de que cruzó por su mente y corazón fuiste tú, su hija. ¿De verdad lo cree? En la libreta que leíamos de evidencia secreta para este caso, tu nombre aparece más que nadie.
mencionaba que su meta máxima era viajar a la Riviera Maya contigo cuando terminadas la universidad y que esperaba seguir trabajando duro para financiar tus sueños en el futuro y entregarte un imperio médico en bandeja de plata. La joven abrazó su propio estómago rompiéndose en llanto ruidoso. Papi, mi papito lindo. El comandante Flores se retiró sutilmente de la sala, cerrando la puerta y dejando que la muchacha desahogara sus 12 años de luto congelado. Llegó enero de 2012.
Por primera vez en todo el siglo, el Dr. Roberto Salinas tuvo su funeral completo y respetuoso. Familia, excompañeros de la facultad, pacientes antiguos que reconocieron su nombre. Él fue el único que curó mi dolor de la ciática. A mí me inyectaba con mucha paciencia, decían entre murmullos fúnebres.
El médico, que desapareció y estuvo encarcelado por el concreto de sus asesinos, encontró el calor de la tierra del panteón en medio de los honores que siempre le correspondieron. Elena Mendoza y Alejandro Vargas entraron a pasar sus décadas perdidas a penales de alta seguridad. Elena internada en el anexo de un reclusorio femenil y Alejandro en una prisión de control federal donde jamás podrá volver a vestir una bata blanca, curar a un solo paciente y donde los criminales pesan más que él.
Jamás se volvieron a cruzar las miradas. Los secretos cubiertos bajo capas de cemento lograron emerger al final de 12 años de oscuridad. La traición es lo único capaz de cegar de la manera más humillante, precisamente por estar escondida tras la máscara del amor incondicional y la admiración devota.
Una esposa ávida del dinero fácil y un discípulo con nula lealtad se aliaron en una crueldad inhumana y lanzaron la reputación intachable de un buen hombre al abismo. Sin embargo, en esta vida todo acaba saliendo a flote tarde o temprano. Una sola onza de valentía fue suficiente para despedazar la obra maestra macabra del encubrimiento.
Les tomó una década probar que nadie escapa a su propio infierno personal y la justicia que tardó en fraguarse no erró el tiro al desenmascararlos. 12 años. Ese fue el tiempo que el grito de agonía de un hombre bondadoso se ahogó en medio de una losa y tabiques de cemento en la gran ciudad de México. La mujer que dormía en su lecho nupcial y el joven que se abría paso al futuro médico bajo sus sabios consejos.
Las motivaciones de estas víboras no fueron ni existenciales, ni desesperadas, ni pasionales. Fue algo infinitamente vil, vulgar y crudo. El cochino dinero y el hambre de poseer más de lo que la vida te debió de haber asignado. No obstante, una pequeña luz llamada Leticia alumbró el camino de la verdadera justicia. Si tan solo ese día hubiera decidido enmudecer en los años mozos de su juventud eterna o en sus conversaciones íntimas de madre a hija durante aquellos 12 largos años, los culpables hubieran triunfado para la eternidad. Una chispa
hizo estallar la justicia adormidada y devolvió el alma de la víctima a la paz. La crónica de la clínica médica en pleno corazón de Coyoacán y aquel frío y misterioso 18 de marzo del 99 cerró un capítulo y enseñó otro. Elena perdió la libertad por 15 larguísimos y solitarios años de condena, sin ver a su nuevo marido, viendo el mundo de afuera rodar en su soledad oxidada.
Descubrió finalmente qué era lo que el karma traería. Tras recibir la fortuna monetaria sucia de un muerto emparedado, Alejandro vio enmoecerse sus manos condenado a pudrir 25 valiosos años entre prisioneros federales. Su fuga a Canadá y regreso prepotente a Polanco se esfumaron, igual que el humo en el viento.
En el momento que la luz fría de las rejas se posó sobre él. El eco del silencio en las prisiones será su mayor verdugo para dimensionar el costo millonario de asesinar a quien los consideraba oro puro en sus vidas terrenales. Y de este lado, la hija de Roberto pudo finalmente abrazar el cuerpo inerte de su papá. con dignidad moral se despidió sabiendo en qué lugar dejar sus hermosos ramos de rosas en noviembre, entre llantos del alma que cicatrizan por siempre el abismo del abandono y de la ausencia, sanando el agujero doloroso del ¿Qué te hicieron?
Amigos de la mirada del águila, tras escuchar toda esta travesía, ¿qué pensamientos rondan ahora mismo por su mente? ¿En dónde queda la línea de la familia y el respeto? ¿Qué peso tiene de verdad el amor y la confianza en este plano terrenal? Siempre damos por sentado y como verdades absolutas a nuestros seres más íntimos.
Abrimos las murallas de nuestra propia intimidad, entregando las llaves con fe ciega. Y por ende, duele mil veces peor el puñal que clavan por la espalda. Ese es un pretexto válido y poderoso para dejar de ser buenos con las personas y ser unos fríos seres en el mundo? Por supuesto que no. Por cada Elena o Alejandro que habiten como buitres el país, existe una humilde pero valiente Leticia que sacó las fuerzas del corazón para no callar la injusticia del mundo, que aunque atemorizada nos demostró la gigantesca luz de esperanza para seguir confiando en una humanidad
íntegra y transparente de corazón libre. El reloj y los años desgastan todo de nosotros en la edad del cuerpo. Los cabellos oscuros, la energía desbordante de adolescentes, la flexibilidad o a los amores y amigos más cercanos que vamos velando. Pero existe un tesoro espiritual en cada cuerpo humano y que jamás deben perder y vender.
La luz de la conciencia que llevamos impresa en nuestra vida. Por mucho dinero que tengas, por muy alto que sea tu puesto de gerente, si pierdes tu conciencia al final irremediablemente y bajo tus pies, lo pierdes absolutamente todo. El Dr. Salinas fue solo un ser muy rutinario en la Ciudad de México.
Él no habitaba en casonas inmensas en las lomas, ni facturaba lo bestia en el banco y la televisión nacional. Únicamente amó a los pacientes dolientes que acudían con él a sus masajes y confió genuinamente en cuidar a una joven esposa con problemas económicos de su casa natal. Protegió al más torpe pasante de la facultad, brindándole sabiduría inmensurable, sin una moneda a cambio.
La bondad enorme de un buen hombre cortada por el odio insensato de las personas equivocadas y cobardes que lo traicionaron al ras del frío del cemento de su clínica médica. A ustedes que nos regalan los minutos valiosos de atención en la pantalla. Les ha sucedido toparse de frente con una traición similar que no pueden asimilar o de vivir amargamente cómo las envidias resquebrajan lo más entrañable en su familia y conocidos.
Llenen con lujo de detalles la bandeja de sus comentarios que yo estoy leyendo uno a uno todo el día y cuéntenme cada pequeño relato. Le paso, no se les olvide presumirme de dónde me están dedicando este rato libre. Monterrey, Guadalajara, Puebla, Veracruz. o en cualquier hermoso país desde el sur hasta el norte de nuestra América para mandarle su respectivo corazón de mi parte.
Agradecido con cada visualización al máximo. Y si la historia de hoy los hizo reflexionar de una forma verdaderamente especial y fuerte, no olviden suscribirse a la mirada del águila y darle al botón de like. Ese pequeñito y milimétrico segundo en su celular resulta ser el pilar y el oxígeno gigantesco que necesitamos para crear contenido aún más impactante cada noche.
Les prometo que seguiremos cazando todos y cada uno de los oscuros misterios archivados donde quiera que se hayan ahogado. Por difícil y engorroso que parezca la burocracia humana. Recuerden que si la verdad aún no nos alcanza, eso solamente quiere decir que está agarrando mucho más fuerza para su inevitable explosión estruendosa en medio de la niebla.
Les mando como siempre todas las buenas vibras para que se encuentren fuertes de salud mental, física y en la gran compañía invaluable de esos pequeños o grandes amigos y familias leales que no traicionarían por 50,000 miserables pesos ni con todo el dinero de este universo tan fugaz e impredecible que vivimos en esta etapa.
Recuerden que lo fundamental en nuestra carrera de la vida no es la riqueza en papel ni pisar al prójimo. Son nuestros principios morales en conciencia los que forjan la belleza interna en vida real. Un abrazo grandísimo a la distancia. Nos vemos como siempre en nuestra siguiente historia del mañana.
Muchísimas gracias a todos por su tiempo hoy y descansen
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