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Iñaki Urdangarin: del palacio al escándalo que destruyó su vida y a la familia real

Hubo un momento en que millones de personas lo admiraban. un hombre alto, atlético, de sonrisa segura y mirada tranquila, que cargaba medallas olímpicas y llevaba del brazo a una princesa. Parecía haber tocado el cielo con las manos, pero debajo de esa imagen perfecta se estaba construyendo ladrillo a ladrillo una de las tramas de corrupción más escandalosas de la historia reciente de España.

Un escándalo que sacudiría los cimientos de la monarquía. arrastraría a una infanta al banquillo de los acusados y terminaría con el protagonista de esta historia encerrado en una celda de una prisión de Ávila. Bienvenidos. Antes de continuar, cuéntenos en los comentarios una sola palabra que asocien con la caída de alguien poderoso.

Una sola palabra. Nos interesa saber qué piensan. Iñaki Urdangarin Lievaert nació el 15 de enero de 1968 en Sumarrada, en el País Vasco español. Desde muy joven mostró unas condiciones físicas excepcionales. Era ágil, potente, coordinado, con ese tipo de inteligencia deportiva que no se enseña, sino que se trae de fábrica.

El balónmano fue el deporte que lo eligió a él, no al revés. Con el tiempo se convertiría en uno de los mejores jugadores del mundo en esa disciplina. Una afirmación que no es exageración, sino registro histórico. Jugó en el Fútbol Club Barcelona durante años decisivos de su carrera, una institución donde los deportistas no son simplemente atletas, sino figuras públicas de primera magnitud.

En aquellos años 90, el Barça Balónmanístico era un equipo que ganaba, que llenaba pabellones, que tenía rostros reconocibles en toda Europa. Y entre esos rostros, el de Urdangarín comenzaba a destacar con una claridad que iba más allá del deporte. Era fotogénico, carismático y sabía moverse frente a una cámara con la soltura natural de quien nunca ha tenido miedo al escrutinio público.

Ganó dos medallas olímpicas con la selección española de balonmano. La primera de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. La segunda también de plata en Sydney en el año 2000. Dos podios olímpicos, dos momentos en que el mundo entero vio su nombre en las pantallas y su figura en los altares del deporte internacional.

era el tipo de hombre del que se escriben novelas, del que se hacen documentales celebratorios, del que los padres hablan a sus hijos como ejemplo de sacrificio y recompensa. Pero la historia que vamos a contar no es la de ese hombre. O más exactamente es la historia de cómo ese hombre decidió que sus logros no eran suficientes, que el reconocimiento no llenaba ciertos huecos y que el poder y el dinero que empezaban a orbitar a su alrededor merecían ser aprovechados de una manera que con el tiempo lo destruiría todo. Porque Iñaki Urdangarín

no era solo un deportista. Desde octubre de 1997 era el marido de la infanta Cristina de Borbón, hija menor del rey Juan Carlos I de España, y ese dato lo cambiaba absolutamente todo. Conocer a la infanta Cristina no fue un accidente de protocolo ni un encuentro orquestado por los servicios de la casa real.

Fue, según todos los relatos de la época, algo que se parecía genuinamente a lo que la gente llama un flechazo. Se conocieron en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, cuando él era un joven deportista que brillaba en el equipo español y ella era una princesa que asistía a los juegos como miembro de la familia real anfitriona. Ella tenía 27 años, él 24.

Había una diferencia de edad discreta, una energía física en él que contrastaba con la formación académica de ella, una química que los presentes de aquella época describieron como evidente. Cristina era doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Barcelona. Había estudiado en la Universidad de Nueva York, hablaba varios idiomas y proyectaba una imagen de modernidad dentro de una institución, la casa real española, que en aquellos años intentaba renovarse sin perder sus raíces más solemnes.

El noviazgo duró años. La casa real no aprueba uniones a la ligera y menos cuando se trata de una hija del rey. Hubo tiempos de discreción, de apariciones públicas graduales, de presentaciones oficiales que la prensa del corazón convirtió en eventos nacionales. España seguía aquella historia con la atención que se le presta a los cuentos que parecen tener final feliz garantizado.

Un campeón y una princesa. Una historia que parecía salida de un guion que nadie hubiera rechazado. Se casaron el 4 de octubre de 1997 en la catedral de Barcelona. La ceremonia fue uno de los eventos sociales más importantes del españo de aquella década. Asistieron representantes de casas reales europeas, jefes de estado, deportistas de élite, figuras de la cultura y la política.

Las imágenes de aquel día recorrieron el mundo. Iñaki Ururdangarín pasó en cuestión de horas de ser conocido como un gran jugador de balonmano a ser conocido como el Duque de Palma de Mallorca, título nobiliario que le fue concedido con motivo del matrimonio. Y con ese título llegó algo más difícil de cuantificar, pero infinitamente más poderoso que cualquier medalla deportiva.

llegó el acceso, el acceso a círculos donde las decisiones que mueven el dinero público se toman entre personas que se conocen por el nombre, no por el cargo. el acceso a presidentes de comunidades autónomas, a ministros, a empresarios que querían estar cerca de la familia real, porque estar cerca de la familia real era, en la España de finales de los 90 y principios de los 2000, una forma de blindaje, una garantía silenciosa de que ciertas puertas permanecerían abiertas.

Urdangarín lo sabía y empezó a usarlo. Cuando un deportista de élite se retira, enfrenta uno de los vacíos más difíciles que existen. Durante años, toda su identidad ha girado en torno a una actividad física que ocupa el cuerpo, la mente y el tiempo de una manera total. El entrenamiento, la competición, la victoria, la derrota, el viaje, el vestuario.

Hay una estructura que lo sostiene todo. Y cuando esa estructura desaparece, algunos encuentran nuevos caminos con la misma determinación con que afrontaron el deporte. Otros, en cambio, buscan atajos. Curdangarín se retiró del balonmano profesional alrededor del año 2003. Tenía 35 años, una familia formada con la infanta Cristina y una posición social que lo colocaba en una categoría especial dentro de la sociedad española.

No era simplemente un ex deportista reconocido, era el marido de una infanta, un duque, un hombre que aparecía en los actos de la casa real junto al rey y la reina de España. Tenía un apellido que abría puertas, una agenda que incluía nombres imposibles para cualquier ciudadano ordinario y una imagen pública impecable que todavía brillaba con el lustre de sus logros deportivos.

Fue en ese momento cuando nació el Instituto NOS. En apariencia se trataba de una fundación sin ánimo de lucro, dedicada a la organización de eventos deportivos y de gestión del conocimiento para las administraciones públicas. En su denominación había palabras que sonaban bien, palabras que evocaban transparencia y servicio público, pero lo que se construyó bajo ese nombre fue algo muy diferente.

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