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DUÉRMETE CON LAS HISTORIAS MÁS INCREÍBLES DE LA ANTÁRTIDA | QUE NADIE CONOCE

La Antártida es el lugar más hostil y solitario del planeta. Un continente entero de hielo donde el frío puede matarte en minutos. El viento sopla a más de 300 km porh y durante meses el sol no llega a salir. Un sitio que no perdona ni un solo error y que se ha cobrado la vida de exploradores y científicos de las formas más brutales que puedas imaginar.

Hoy vas a conocer ocho historias reales y muy poco conocidas del continente blanco. La del explorador, que tuvo que comerse a sus propios perros y caminar solo con las plantas de los pies desprendidas. La de los primeros hombres que pasaron un invierno atrapados en el hielo y empezaron a perder la cabeza. Y la del hombre que salió a hacer un trayecto de media hora y se desvaneció en el hielo para no volver a ser visto jamás.

Relájate, ponte cómodo y bienvenidos a Detrás de la historia. Douglas Moon. La historia real del explorador que sobrevivió solo en la Antártida comiéndose a sus perros. Douglas Monon tuvo que comerse a sus propios perros uno a uno para no morir de hambre. vio a uno de sus compañeros desaparecer tragado por una grieta en el hielo y al otro morir delirando a su lado.

Y ya completamente solo, caminó cientos de kilómetros de vuelta a casa, mientras su cuerpo se deshacía y las plantas de los pies se le desprendían. Esto no es una novela de terror. Le ocurrió de verdad a un explorador australiano en la Antártida y es una de las historias de supervivencia más brutales que se han documentado jamás. Para entender cómo llegó a ese punto, hay que volver al día en que todo se torció en cuestión de segundos.

Moon era un geólogo australiano de 30 años. En 1911 lideró la Expedición Antártica Australasiana, un ambicioso proyecto científico que montó su base principal en Cabo Denison, en la bahía Commonwealth, y no eligieron un lugar cualquiera. Aquel rincón resultó ser uno de los puntos más ventosos del planeta, un sitio donde el viento soplaba de media a 80 km porh y donde las rachas podían superar los 300.

Vivir allí ya era una batalla diaria contra los elementos. Aún así, era una expedición puntera para su época. Llegó a establecer la primera comunicación por radio entre el Antártida y el mundo exterior, e incluso llevó un avión para emplearlo como tractor sobre el hielo. Pero lo que de verdad iba a poner a prueba a Mauson no era la base, sino lo que ocurriría lejos de ella.

A finales de 1912, Mauson organizó varias partidas para explorar y cartografiar la costa. Él se reservó la más dura y ambiciosa, conocida como la partida del lejano este. El plan era avanzar rápido hacia el este, unos 500 km, aprovechando trineos tirados por perros. Lo acompañaron dos hombres muy distintos entre sí.

Belgrave Nimis era un joven teniente del ejército británico, encargado de los perros, querido por todos. Xavier Mertz era un campeón suizo de esquí y experto montañero, alegre y vitalista. Tres hombres, 17 perros groenlandeses y dos trineos cargados se internaron en lo desconocido el 10 de noviembre. Durante semanas el avance fue bueno.

Cruzaron dos enormes glaciares y se adentraron en un territorio que ningún ser humano había pisado jamás. El gran enemigo de aquella ruta eran las grietas, profundas hendiduras en el hielo a veces de decenas de metros, ocultas bajo finos puentes de nieve que parecían suelo firme. Cruzar una de esas zonas era como caminar sobre un campo de minas invisible.

Por eso Mauson había repartido la carga con un cálculo que visto después resultaría trágico. Pensando que el trineo de cabeza correría más peligro, cargó el de Ninis, que iba detrás y sobre terreno ya pisado, con lo más valioso,  la tienda principal y casi toda la comida. El 14 de diciembre, a más de 500 km de la base, ocurrió la catástrofe.

Mertz iba adelante esquiando  y señaló una grieta más. Una de tantas. Mauson la cruzó sobre su trineo sin problema, pero Ninis, que caminaba junto al suyo, en lugar de ir montado, concentró todo su peso en un punto y el frágil puente de nieve cedió bajo él. Cuando Mauson y Mertz se giraron, Ninis, su trineo y su tiro de perros simplemente habían desaparecido.

Donde un instante antes había un compañero, ahora solo quedaba un boquete oscuro en el hielo. Se asomaron al abismo. Muy abajo, sobre una repisa, a unos 45 m de profundidad, alcanzaron a ver a un perro malherido gimiendo con el lomo aparentemente roto. Más allá, solo oscuridad. Llamaron a Ninis a gritos durante más de tres horas.

Juntaron todas las cuerdas que tenían, pero ni siquiera llegaban a la repisa del perro. No hubo respuesta ni la habría. Leyeron una oración del libro de Mauson y aceptaron lo inevitable. Pero el horror de aquel momento no era solo la pérdida del amigo. En esa grieta se habían ido también los seis perros más fuertes, la tienda, casi todos los víveres y la ropa de repuesto.

Paraacmo, aunque conservaban una funda de tienda de repuesto, se habían quedado sin los palos ni la estructura interior, de modo que ni siquiera podrían montar un refugio en condiciones. Tendrían que improvisar uno con los esquíes y los restos del trineo. A dos hombres, a más de 500 km de casa, les quedaba comida para unos 10 días y a los seis perros que les quedaban no les quedaba prácticamente nada que comer.

El viaje de vuelta iba a durar al menos un mes. Acababan de quedar atrapados en una cuenta atrás imposible de ganar. Para no morir de hambre, empezaron a comerse a sus propios perros uno a uno. Era la única fuente de comida que les quedaba. Así que a medida que los animales se agotaban de tirar del trineo medio vacíos de fuerzas, los iban sacrificando y repartiendo su carne entre los hombres y los perros supervivientes.

En realidad, usar los perros como alimento formaba parte del plan desde el principio, igual que hacía el noruego Amunsen. Pero la tragedia de la grieta lo había convertido en su única tabla de salvación. Aprovechaban absolutamente todo, hervían durante horas aquella carne correosa para poder tragarla y no desperdiciaban nada, ni las patas ni la piel, intentando exprimir hasta la última caloría.

No era una carne apetitosa. Mouson anotó que uno de ellos era puro tendón y sabía fatal y que lo único que se agradecía era el hígado, porque al menos resultaba blando y fácil de masticar. Aquel detalle, en apariencia menor, escondía una trampa mortal que ninguno de los dos podía sospechar. El problema es que el hígado de los perros groenlandes contiene cantidades altísimas de vitamina A.

En dosis normales esa vitamina es necesaria, pero en exceso se vuelve tóxica para el ser humano y provoca un cuadro grave conocido como hipervitaminosis A. Sin saberlo, al devorar precisamente la parte más fácil de comer, Moon y Mertz podían estarse envenenando poco a poco. Conviene ser honestos en este punto.

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