Muros de hormigón, alambre de cuchillas, torres con francotiradores, cámaras en cada pasillo, prisiones diseñadas para que nadie salga jamás. Y aún así, hay personas que encontraron la forma de hacerlo. Hoy vas a conocer ocho de las fugas más increíbles de la historia, como la del preso que se metió dentro de una saca de correo y lo sacaron de prisión como si fuera un paquete más.
La de la mujer que aprendió a pilotar un helicóptero para aterrizar en una prisión de París y sacar a su marido, la de tres hombres que fabricaron cabezas falsas y desaparecieron en las aguas de Alcatraz, sin que nadie los haya encontrado jamás. y la del narcotraficante que desapareció por un agujero en su ducha y recorrió un túnel de 1 kmro para escapar.
Relájate, ponte cómodo y bienvenidos a Detrás de la historia. Richard Lee Mcreir, el hombre que se envió a sí mismo por correo. Richard Lee McNeir se escapó de prisión tres veces. La primera vez usó un tubo de bálsamo labial. La segunda vez se arrastró por un conducto de ventilación. La tercera vez se metió dentro de una saca de correo.
Fue sacado de la prisión en un palé envuelto en plástico sin que nadie se diera cuenta. Y cuando un policía lo paró horas después y le dijo que coincidía con la descripción del fugado, McNeir le respondió con una sonrisa. Vaya, eso es una faena, ¿no? Y el policía lo dejó ir. No es una película. No es ficción, es la historia real de un hombre al que su propio hermano describió como la persona más inteligente que he conocido y que convirtió la fuga en una forma de arte que dejó en ridículo a todo el sistema penitenciario federal de Estados Unidos.
McNire nació el 19 de diciembre de 1958 en Oklahoma, en el seno de una familia que no hacía presagiar lo que vendría después. Su padre era policía reservista, lo cual añade una capa de ironía casi literaria a toda su historia. En noviembre de 1987, en Minot, Dakota del Norte, Magner fue sorprendido durante un robo en un silo de grano y disparó a dos hombres.
Uno de ellos, Jerry Tes, un camionero que trabajaba en el silo, murió. Magneir fue condenado a dos cadenas perpetuas por asesinato e intento de asesinato más 30 años adicionales por robo. Era una condena que significaba que no saldría de prisión jamás. Al menos esa era la idea. La primera fuga llegó apenas unos meses después de su detención, en 1988 y demostró que Mcir era capaz de convertir el objeto más insignificante en una herramienta de escape.
Estaba esposado en la comisaría de Minot, esperando a ser trasladado a una prisión federal cuando sacó un tubo de bálsamo lavial del bolsillo de su pantalón, un objeto tan pequeño e inofensivo que nadie se había molestado en quitárselo durante el cacheo. Se lubricó meticulosamente toda la mano derecha con él y deslizó la muñeca fuera de la esposa metálica, con una facilidad que dejó a los agentes absolutamente estupefactos cuando revisaron las grabaciones de seguridad.
se levantó tranquilamente de la silla donde estaba sentado, caminó hacia la puerta de la comisaría sin que nadie reaccionara a tiempo y desapareció en la calle. No corrió, no forzó ninguna cerradura, no golpeó a ningún guardia, simplemente se untó la mano con bálsamo labial, se quitó las esposas como quien se quita un reloj y se fue caminando.
Fue recapturado poco después en las calles de Minot, pero el mensaje había quedado grabado en el expediente de todos los funcionarios que lo custodiaban. Richard Mcir no pensaba como un preso normal y no iba a quedarse quieto. La segunda fuga fue en 1992. y demostró que la primera no había sido un golpe de suerte.
McNeir estudió la estructura de la prisión federal, donde estaba encerrado hasta que encontró un punto débil que nadie más había detectado. Un conducto de ventilación que conectaba el interior del edificio con el exterior. Se arrastró por el conducto en mitad de la noche, salió al aire libre y una vez fuera se tiñó el pelo de rubio para cambiar su apariencia de forma inmediata.

Desapareció durante 10 meses enteros, moviéndose por el país bajo identidades falsas, trabajando en empleos temporales y cambiando de ciudad cada pocas semanas para que nadie pudiera seguirle el rastro. fue capturado en Nueva York casi un año después gracias a un control rutinario de identidad en el que su documentación falsa no resistió una verificación a fondo.
Las autoridades federales decidieron que McNeir necesitaba estar en un sitio del que fuera absolutamente imposible escapar, un sitio diseñado específicamente para los presos que habían demostrado que las prisiones normales no podían retenerlos. Lo trasladaron a la Penitenciaría Federal de Polock en Luisiana, una instalación de alta seguridad construida en 2004 con las últimas tecnologías de vigilancia y contención, diseñada para albergar a los presos más peligrosos y más propensos a la fuga de todo el sistema federal de Estados Unidos. Polock tenía cámaras en
cada pasillo, recuentos múltiples al día, detectores de movimiento en los perímetros y una reputación entre los funcionarios de prisiones de ser prácticamente a prueba de fugas. Las autoridades estaban absolutamente convencidas de que Polock detendría a Mcir de una vez por todas. Estaban tan equivocados que lo que ocurrió después se convertiría en una de las fugas más ingeniosas y más famosas de toda la historia del sistema penitenciario de Estados Unidos.
El trabajo que le asignaron a Magneir dentro de la penitenciaría federal de Polock fue reparar sacas de correo viejas y rotas en un taller situado dentro del recinto penitenciario. Las sacas eran esos sacos grandes de lona gruesa que el servicio postal de Estados Unidos usa para transportar paquetes y correspondencia a granel entre oficinas de correos.
Era un trabajo monótono, repetitivo y físicamente poco exigente que la mayoría de los presos habrían considerado aburrido. Mneir lo consideró una oportunidad de oro. Se sentaba cada día en su puesto de trabajo cosiendo sacas rotas con aguja e hilo industrial y mientras cosía hacía lo que mejor sabía hacer en el mundo. Observar. Observaba los horarios exactos de cada guardia que pasaba por el taller y por el almacén.
observaba las rutinas precisas de los empleados civiles que trabajaban en el almacén exterior al otro lado de los muros. Observaba a qué hora exacta se hacían los recuentos de presos por la mañana, al mediodía y por la tarde. Observaba cuándo entraba el montacargas, cuánto tiempo tardaba en cargar los palés, por qué puerta salía, qué guardias estaban de servicio en cada turno y cuándo se producían los cambios de guardia.
y observaba con especial atención a qué hora los empleados civiles del almacén exterior se iban a comer y dejaban el almacén completamente vacío y sin supervisión durante al menos una hora. Durante meses, McNeir construyó en su cabeza un mapa mental absolutamente perfecto de cada minuto, de cada hora, de cada día dentro de aquella prisión.
Un reloj invisible que solo él podía leer y que le diría exactamente cuándo tenía que actuar. Lo que construyó con esa información fue lo que él mismo llamó una cápsula de escape. Era una especie de saco reforzado con espacio suficiente para que un hombre adulto ocupiera dentro en posición fetal con un tubo incorporado para respirar que quedaba oculto entre las costuras del saco.
El 5 de abril de 2006, aproximadamente a las 9:45 de la mañana, McNeir se metió dentro de su cápsula y la escondió bajo una pila de sacas de correo. ya reparadas, que estaban apiladas sobre un palé listo para ser trasladado al almacén exterior. Los empleados de la prisión llegaron, envolvieron el palé entero en plástico retráctil, exactamente igual que hacían todos los días con todos los palés, y un operario montó el palé en un montacargas y lo sacó del recinto penitenciario a través de la puerta de seguridad, sin que a nadie le pareciera nada raro.
McNeir cruzó los muros de una prisión federal de alta seguridad, envuelto en plástico sobre un montacargas, rodeado de sacas de correo viejas y polvorientas, respirando a través de un tubo de goma, mientras los guardias armados que custodiaban la puerta de seguridad miraban pasar el palé a menos de 2 m de distancia, sin sospechar que dentro de una de aquellas sacas había un hombre condenado a dos cadenas perpetuas, que llevaba meses planeando ese momento exacto.
pasó por dos controles de seguridad sin que nadie comprobara el contenido del palé. Nadie lo tocó, nadie lo abrió. Nadie pensó que un ser humano pudiera estar dentro de un saco de correo envuelto en plástico retráctil. El palé fue depositado en el almacén exterior al otro lado de los muros.
Cuando los empleados se fueron a comer alrededor de las 11 de la mañana, Mcir cortó el plástico retráctil con una cuchilla afilada que había escondido dentro de la cápsula durante la construcción. salió del saco, se sacudió el polvo y echó a andar por la carretera como si fuera un trabajador más que salía del turno de mañana. Sabía que el siguiente recuento de presos no sería hasta las 4 de la tarde.
Tenía 5 horas de ventaja antes de que alguien se diera cuenta de que faltaba un preso, 5 horas para desaparecer. Y Richard Mcreir sabía exactamente cómo usarlas. Y entonces ocurrió algo que convirtió esta fuga en una de las más famosas de la historia criminal moderna, no por la fuga en sí, sino por lo que pasó unas horas después.
El oficial Carl Bordelón de la policía de Bol, Luisiana, estaba patrullando cerca de unas vías de tren cuando vio a un hombre corriendo por el arcén de la carretera, vestido con camiseta de tirantes y pantalón corto. Le pareció sospechoso y lo paró. La cámara del salpicadero de su coche patrulla estaba grabando y lo que registró durante los siguientes minutos es uno de los momentos más extraordinarios y más absurdos jamás documentados en la historia de las fugas de prisión.
Mcir se detuvo cuando el policía le hizo señas. No corrió, no se puso nervioso, no sudó. se acercó al coche patrulla caminando con la tranquilidad de alguien que no tiene absolutamente nada que ocultar y empezó a hablar con el oficial bordelón con una naturalidad que hay que ver para creer, porque cualquier descripción se queda. Corta.
Le dijo que se llamaba Robert Jones. El policía le preguntó qué hacía corriendo por ahí. McNeir le explicó que estaba en la zona haciendo trabajos de reparación y limpieza relacionados con los daños del huracán Catrina que había devastado Luisiana el año anterior. La explicación era perfecta. Había miles de trabajadores temporales por toda la zona haciendo exactamente ese tipo de trabajo.
Así que un hombre con ropa informal corriendo por una carretera no era nada raro. Entonces, la radio del policía acrepitó con un aviso. Se había producido una fuga de la penitenciaría federal de Polck. Descripción del fugado, hombre blanco. Constitución media. El oficial Bordelón miró a Mcir, miró la descripción que estaba recibiendo y le dijo medio riendo como si la situación fuera una broma cósmica.
¿Sabes lo malo? Que coincides con la descripción. Mcneir no se inmutó. Ni un parpadeo, ni un temblor en la voz. Respondió con una sonrisa relajada. Vaya, eso es una faena, ¿no? El policía se rió. La foto que le habían enviado del fugado era de mala calidad, antigua y con datos desactualizados. No pudo confirmar que el hombre que tenía delante era el mismo de la fotografía.
Hay un detalle que hace que el vídeo sea todavía más surrealista. En un momento de la conversación, Magner dijo que se llamaba Robert Jones, pero minutos después se corrigió y dijo, “Jimmy Jones”. Cambió su propio nombre falso en mitad de la conversación y el policía no se dio cuenta de la contradicción. Bordelón lo dejó ir.
Mcreir se despidió educadamente, se dio la vuelta y siguió corriendo por la carretera mientras el policía continuaba su patrulla buscando al fugado que acababa de tener delante de sus narices. El vídeo de la cámara del salpicadero se hizo viral años después cuando fue publicado en internet y es probablemente el momento más absurdo y más impresionante jamás grabado durante una fuga de prisión.
La sangre fría de McNeir, su capacidad para improvisar una identidad falsa en tiempo real, mientras un policía lo mira a los ojos con la descripción del fugado sonando en su radio. Es algo que resulta difícil de creer, incluso viéndolo con tus propios ojos. McNire huyó hacia Canadá cruzando el país durante más de un año y medio.
Su cara apareció 12 veces en el programa America’s Most Wanted, el programa de televisión más famoso de Estados Unidos dedicado a fugitivos. fue incluido en la lista de los 15 fugitivos más buscados por los US Marshalls con una recompensa de $25,000 por información que condujera a su captura. A pesar de todo eso, McNeir se movía con libertad, cambiando de identidad y de aspecto cada pocas semanas, demostrando una vez más que su inteligencia y su capacidad de adaptación eran superiores a los recursos que el gobierno federal estaba
dedicando a encontrarlo. El 25 de octubre de 2007, un año y medio después de su tercera fuga, la Real Policía Montada de Canadá lo detuvo durante un control rutinario en Campelton, New Branswick, cerca de la frontera con Quebec. Cuando los agentes canadienses se acercaron al vehículo, McNeir hizo lo único que sabía hacer.
intentó huir, saltó del coche y echó a correr por un campo abierto, pero esta vez no hubo bálsamo labial, ni conductos de ventilación, ni sacas de correo, ni policías ingenuos. Los agentes lo persiguieron a pie por el campo mientras pedían refuerzos por radio y lo atraparon a 400 m del vehículo, derribándolo en el suelo antes de que pudiera alcanzar una zona de bosque donde habría vuelto a desaparecer.
Richard Lee Mcneir, el hombre que se había fugado tres veces de tres prisiones distintas en tres estados diferentes, usando métodos cada vez más ingeniosos y cada vez más audaces, fue esposado esta vez con refuerzos dobles, devuelto a Estados Unidos y encerrado en una prisión federal de máxima seguridad, donde esta vez nadie le ha dado un trabajo que implique sacas de correo, conductos de ventilación ni ningún otro objeto que su cerebro privilegiado pueda convertir en una ruta.
de escape, al menos hasta ahora, porque si la historia de Richard Mcreir demuestra algo, es que subestimarlo siempre ha sido un error y que las prisiones que creyeron que podían retenerlo acabaron todas en la misma lista, la lista de las que no pudieron. Nadim Baujur, la mujer que aprendió a pilotar un helicóptero para sacar a su marido de prisión.
Una mujer sin ninguna experiencia como piloto dedicó 3 años de su vida a aprender a pilotar un helicóptero con un único objetivo en la cabeza, aterrizar en el tejado de una de las prisiones más antiguas y más vigiladas de Francia, en pleno centro de París, recoger a su marido y desaparecer en el cielo.
No era una profesional del crimen, no era una piloto militar reconvertida, era una mujer enamorada de un hombre que llevaba toda su vida adulta entrando y saliendo de prisión. y que había decidido que si el sistema no iba a soltarlo, ella iría a buscarlo. Lo que hizo el 26 de mayo de 1986 sigue siendo una de las fugas más cinematográficas, más audaces y más románticas que se han producido jamás en cualquier prisión del mundo.
Michelle Baujur era un atracador de bancos que llevaba entrando y saliendo de prisión desde los 17 años. No era un delincuente menor. Estaba especializado en robos a mano armada de entidades bancarias y tenía un historial criminal que incluía múltiples condenas por atraco y un intento de asesinato.
Se había fugado de prisión tres veces antes de la fuga del helicóptero, lo que da una idea del tipo de persona con la que estaban tratando las autoridades francesas. En marzo de 1985 fue condenado a 18 años de prisión por el atraco a un banco en París en 1981 y por un intento de homicidio en 1980. Lo encerraron en la sección de alta seguridad de la prisión de la santé, una fortaleza construida en 1867 en pleno corazón de París, en el distrito 14, a pocos minutos a pie del barrio latino y de los bulevares más elegantes de la capital francesa. La
Santé era conocida en toda Francia por sus muros de piedra de 6 m de espesor, sus patios estrechos donde apenas entraba la luz del sol, sus celdas minúsculas donde los presos vivían acinados. y su reputación siniestra de ser un lugar del que nadie salía antes de cumplir su condena completa. Había albergado a algunos de los criminales más peligrosos de la historia de Francia y a presos políticos de todas las épocas.
Ningún preso había escapado de la santé usando medios convencionales en décadas. Los muros eran demasiado gruesos para cabar, las rejas demasiado fuertes para cortar y la vigilancia demasiado constante para engañar. Michelle necesitaba un método que nadie hubiera intentado antes, un método que viniera del aire en lugar de la tierra, porque por tierra era imposible salir de allí.
Y su esposa Nadín se ofreció a proporcionárselo con una determinación que bordeaba la locura. Nadim Baujur no era exactamente una ciudadana modélica. Tenía al menos tres condenas previas por receptación de objetos robados, estafa e intento de robo, pero nunca había hecho nada ni remotamente parecido a lo que estaba a punto de intentar.
En 1983, 3 años antes de la fuga, Nadín se inscribió en clases de vuelo en helicóptero en una escuela de aviación en Ans de Francia, usando su nombre de soltera para no levantar sospechas. Pagaba cada lección en efectivo. Dos veces al mes alquilaba un helicóptero en una pequeña empresa de aviación en las afueras de París para practicar.
El alquiler costaba 2,200 francos por hora, el equivalente a unos $15 y Nadín siempre pagaba en metálico. El dueño de la empresa aceptó el efectivo durante más de 5 meses sin hacer preguntas, lo que más tarde resultó ser una de las señales de alarma más evidentes que nadie se molestó en investigar. Mientras Nadin aprendía a pilotar, Michelle trabajaba desde dentro de la santé.
Junto con otro preso llamado Pierre Hernández, que esperaba juicio por atraco a mano armada, estudiaron cada centímetro de los patios, los tejados y las zonas accesibles de la prisión, buscando el lugar perfecto para que un helicóptero pudiera aterrizar o al menos quedarse suspendido el tiempo suficiente para que alguien subiera a bordo.
Después de meses de observación secreta, llegaron a una conclusión que los obligó a cambiar todo el plan. No había ningún espacio dentro de la prisión lo suficientemente grande como para que un helicóptero aterrizara y volviera a despegar. Si el helicóptero no podía bajar hasta ellos, ellos tendrían que subir hasta el helicóptero.
El nuevo plan era llegar al tejado del edificio donde estaban sus celdas, forzar la puerta de acceso a la azotea y subir al helicóptero, mientras Nadín lo mantenía suspendido en el aire sobre la azotea sin tocar el suelo, algo que requería una habilidad de pilotaje extraordinaria que Nadín tendría que dominar a la perfección, o todo el plan se vendría abajo en cuestión de segundos.
La mañana del 26 de mayo de 1986, Nadim Baujur se presentó en la empresa de alquiler de helicópteros de las afueras de París. Pagó en efectivo como siempre y despegó en un helicóptero blanco. Dijo que iba a hacer un vuelo de recreo. No iba a hacer un vuelo de recreo. A las 10:30 de la mañana, el helicóptero apareció volando bajo sobre los tejados de París central, tan bajo que los controladores aéreos empezaron a enviar avisos frenéticos por radio, exigiendo que la aeronave se identificara y cambiara de rumbo
inmediatamente. Nadin ignoró cada uno de esos avisos. mantuvo el rumbo directo hacia la prisión de la santé, mientras los parisinos que caminaban por las calles del distrito XIV levantaban la cabeza para ver un helicóptero blanco volando a una altitud que no podía ser legal sobre una de las zonas más densamente pobladas de Europa.
Dentro de la prisión, Michelle Baujur y Pierre Hernández ejecutaron su parte del plan con una precisión que demostraba meses de preparación. Michelle llevaba encima una pistola falsa fabricada con plástico y pintada de negro, que desde lejos resultaba indistinguible de un arma real. Los dos presos habían organizado una distracción brillante dentro del patio.
Otros internos empezaron a agitar nectarinas pintadas de verde que parecían granadas de mano. Los guardias, creyendo que los presos tenían explosivos, centraron toda su atención en el patio y en controlar lo que pensaban que era un motín con armamento pesado. Mientras los guardias miraban hacia abajo, Michelle y Pierre forzaron una puerta que daba acceso al tejado del bloque de celdas y subieron corriendo las escaleras.
Cuando llegaron a la azotea, el helicóptero de Nadín ya estaba allí, suspendido a menos de 2 metros sobre el tejado con el estruendo de las aspas, resonando contra los muros de piedra de la prisión. Lo que pasó en los siguientes segundos separó a los valientes de los que no lo eran. Michel no dudó ni un instante.
Corrió hacia el helicóptero y trepó a bordo mientras Nadín luchaba por mantener la aeronave estable contra el viento que rebotaba entre los edificios de la prisión. Pierre Hernández, el hombre que había pasado meses enteros planeando cada detalle de la fuga codo a codo con Michelle dentro de la santé, llegó al tejado, vio el helicóptero suspendido sobre su cabeza, miró hacia abajo, miró hacia arriba y no pudo hacerlo.
Los nervios lo paralizaron. se quedó clavado en el tejado mientras el helicóptero se alejaba con Michelle dentro y la oportunidad de su vida desaparecía entre las nubes sobre París. Pier se rindió a los guardias que subieron al tejado segundos después. La fuga más espectacular de la historia de las prisiones francesas acababa de dejar atrás a uno de sus dos protagonistas.
Nadin voló sobre los tejados de París con su marido a bordo mientras las sirenas empezaban a sonar en las calles de abajo. Aterrizó en un campo de fútbol en las afueras de la ciudad, donde un cómplice los esperaba con un coche preparado. Abandonaron el helicóptero en medio del campo de fútbol con el motor todavía encendido.
Subieron al coche y desaparecieron en el tráfico parisino. Antes de que la policía pudiera organizar una respuesta coordinada, los guardias de la santé no habían disparado ni un solo tiro durante toda la operación. estaban demasiado ocupados con las granadas del patio como para darse cuenta de que el verdadero peligro estaba en el tejado.
Cuando la noticia llegó a los medios de comunicación franceses aquella misma tarde, la reacción fue una mezcla de incredulidad, admiración involuntaria y escándalo político que sacudió al gobierno y al sistema penitenciario de arriba a abajo. una mujer civil, sin formación militar de ningún tipo, sin experiencia previa como piloto profesional, sin ningún recurso especial más allá de su determinación y del dinero en efectivo que pagaba en cada lección de vuelo, había aprendido a pilotar un helicóptero desde cero exclusivamente para sacar a
su marido de una de las prisiones más antiguas y supuestamente más seguras de toda Francia, en pleno centro de la capital del país, a plena luz del día, delante de docenas de guardias que no dispararon ni un solo tiro porque estaban persiguiendo nectarinas pintadas de verde y lo había conseguido. La prensa francesa no sabía si tratarla como una criminal peligrosa o como una heroína romántica sacada de una novela de aventuras.
Muchos franceses, en la intimidad de sus casas, admitieron que la historia les parecía más admirable que condenable. Nadin y Michelle desaparecieron durante meses. Se escondieron en casas seguras en la campiña francesa, viviendo de pequeños robos y moviéndose constantemente para evitar a la policía. En un golpe de audacia que resultaba casi suicida dada su situación, consiguieron incluso recuperar a sus hijas de los familiares que las cuidaban, sacándolas literalmente de debajo de las narices de la vigilancia policial, que las autoridades francesas
habían establecido precisamente alrededor de los familiares para atrapar a la pareja si intentaban contactar con sus hijas. Su escondite final estaba en el propio París, la ciudad de la que habían escapado, a pocos kilómetros de la prisión de la que habían sacado a Mitel semanas antes. Nadie los buscó allí porque nadie pensó que serían lo suficientemente locos como para esconderse en el mismo lugar del que habían huido.
Pero la libertad de Michelle Bujur duró exactamente lo que tardó en volver a hacer lo único que sabía hacer, robar. Apenas unos meses después de la fuga, en septiembre de 1986, Michelle decidió que necesitaba dinero rápido y volvió a lo que mejor sabía hacer, atracar bancos. Intentó robar una sucursal bancaria en París y esta vez la policía francesa estaba preparada.
Habían estado siguiéndole la pista durante semanas y lo estaban esperando. Se produjo un tiroteo violento en plena calle del que los transeútes huyeron despavoridos. Durante el enfrentamiento, Michelle recibió un disparo en la cabeza. La bala entró por un lado del cráneo y le causó daños cerebrales masivos que lo dejaron en coma durante semanas mientras los médicos luchaban por mantenerlo con vida.
Cuando finalmente despertó, tenía graves secuelas neurológicas que lo afectarían de por vida, incluyendo problemas de habla, movilidad reducida y dificultades cognitivas permanentes. el hombre que había escapado de prisiones cuatro veces, que había protagonizado la fuga en helicóptero más famosa de la historia de Francia y que tenía a su disposición a una mujer que había aprendido a pilotar una aeronave por amor a él, no pudo resistir la tentación de atracar otro banco y acabó con una bala en el cerebro antes de que pasara un año desde
su espectacular fuga. Nadin fue arrestada poco después y condenada a prisión por su papel en la fuga. La mujer que había dedicado tres años de su vida a aprender a pilotar un helicóptero para liberar al hombre que amaba, terminó encerrada en una celda por haberlo conseguido. Michelle, una vez recuperado parcialmente de sus heridas, fue devuelto a prisión para cumplir el resto de su condena, más los años adicionales por la fuga y el intento de atraco.
La pareja que había protagonizado una de las historias de amor criminal más extraordinarias del siglo XX, acabó separada, cada uno en una prisión diferente, con la certeza de que la fuga más perfecta no sirve de nada si la persona a la que liberas no sabe qué hacer con su libertad. Lo que hace que la historia de Nadin Baujur sea diferente de cualquier otra fuga de prisión es la motivación.
No fue dinero, no fue poder, no fue ideología, fue amor. Un amor obsesivo, irracional y probablemente destructivo, pero amor al fin y al cabo. Michelle era el amor de mi vida, dijo Nadín años después para explicar por qué había hecho lo que hizo. Esa frase resume todo. Una mujer que sabía perfectamente que su marido era un delincuente peligroso, que la llevaría a la cárcel con él y que probablemente arruinaría todo lo que ella construyera por él.
Decidió que nada de eso importaba lo suficiente como para dejar de intentar sacarlo de aquella prisión, costara lo que costara. La fuga de Nadim Buyug inauguró una tradición que Francia no ha conseguido erradicar. Desde 1986 se han producido al menos 11 fugas en helicóptero de prisiones francesas más que en cualquier otro país del mundo.
Cada vez que un helicóptero no identificado aparece volando demasiado bajo sobre una prisión francesa, los guardias miran al cielo y se preguntan si está pasando otra vez. La respuesta ha sido sí con una frecuencia que resulta embarazosa para el sistema penitenciario francés. Nadin Baujur demostró que si una persona sin ninguna formación previa era capaz de aprender a pilotar un helicóptero y sacarlo todo bien solo por amor, entonces cualquiera con suficiente motivación, dinero y paciencia podía hacer lo mismo. Y eso es
exactamente lo que ocurrió después una y otra y otra vez hasta convertir a Francia en el país con más fugas aéreas de prisiones de todo el mundo entero. La gran fuga de Me, la mayor fuga de prisión en la historia de Europa. 38 hombres armados con pistolas introducidas de contrabando tomaron el control de un bloque entero de la prisión más segura de Europa.
Sometieron a los guardias, se apoderaron de sus uniformes y sus armas, secuestraron el camión de reparto de comida que entraba cada día en la prisión y salieron por la puerta principal a plena luz del día. 19 de ellos nunca fueron recapturados. La primera ministra Margaret Toucher, cuando le informaron de lo que había pasado, escribió a mano, en el margen de un documento secreto del gobierno cinco palabras que resumían la magnitud del desastre.
Es incluso peor de lo que pensábamos. Era el 25 de septiembre de 1983 y acababa de producirse la mayor fuga de prisión en la historia de las islas británicas y una de las mayores de toda la historia de mente. Europa. La prisión de Me, también conocida como Longes, estaba situada a unos 16 km al suroeste de Belfast, en Irlanda del Norte.
Era el lugar donde el gobierno británico encerraba a los prisioneros más peligrosos del conflicto norirlandés conocido como los troubles, la guerra de baja intensidad que enfrentó durante décadas a los unionistas protestantes que querían que Irlanda del Norte siguiera siendo parte del Reino Unido contra los republicanos católicos que luchaban por la reunificación con la República de Irlanda.
Cientos de miembros del ira provisional, el ejército republicano irlandés, estaban encerrados en Me cumpliendo condenas por asesinato, atentados con bomba, posesión de armas y actividades terroristas. La prisión estaba diseñada por ingenieros militares británicos para ser absolutamente inexpugnable. bloques de celdas construidos en forma de H, rodeados de múltiples perímetros concéntricos de seguridad con alambre de cuchillas en cada valla.
Torres de vigilancia elevadas con guardias armados que tenían visión directa de cada metro cuadrado del recinto. Puertas blindadas con cerraduras electrónicas en cada punto de acceso, patrullas armadas que recorrían el perímetro las 24 horas del día, los 7 días de la semana y un sistema de comunicaciones internas que permitía cerrar todas las puertas de la prisión simultáneamente con solo pulsar un botón.
Los expertos en seguridad penitenciaria de todo el mundo la consideraban la prisión más segura de toda Europa y una de las más seguras del planeta. Pero los presos de Lira no se veían a sí mismos como criminales. Se consideraban prisioneros de guerra y veían, como su deber moral y militar intentar escapar por todos los medios posibles.
Los años previos a la fuga habían sido los más violentos de la historia de la prisión. Los presos republicanos habían protagonizado la protesta de las mantas, negándose a vestir los uniformes de preso, porque hacerlo significaba aceptar que eran criminales comunes y no prisioneros políticos. Cuando las autoridades ignoraron la protesta, la escalaron a la protesta sucia, untando las paredes de sus celdas con sus propios excrementos como forma de resistencia.
Y en 1981, 2 años antes de la fuga, 10 presos murieron uno detrás de otro en una huelga de hambre que paralizó a Irlanda del Norte y que atrajo la atención del mundo entero. La huelga fue liderada por Bobby Sans, un preso de 26 años que se negó a comer como protesta contra la negativa del gobierno británico de reconocer a los presos republicanos como prisioneros políticos.
Sans dejó de comer el primero de marzo de 1981. Mientras su cuerpo se consumía lentamente en su celda de Me, fue elegido miembro del Parlamento británico en una elección especial en Fermanach y South Tyron, convirtiéndose en un diputado electo que se estaba muriendo de inanición voluntaria en una celda de la prisión cuyo gobierno se negaba a ceder.
Sans murió el 5 de mayo de 1980 y uno después de 66 días sin comer. Tenía 27 años. Más de 100,000 personas asistieron a su funeral en Belfast. Otros nueve presos murieron en las semanas siguientes, continuando la huelga. La muerte de Sans y de sus compañeros provocó disturbios en toda Irlanda del Norte y convirtió a los presos de Me en mártires para una generación entera de republicanos irlandeses que juraron que su sacrificio no habría sido en norte. vano.
Durante los 5 años previos a la fuga, 19 guardias de la prisión fueron asesinados fuera de sus turnos de trabajo por Elira, como represalia directa por el trato que los presos recibían dentro de Me relación entre presos y guardias era de odio profundo, vceral y absolutamente irreconciliable. El líder de lira dentro de Ma era Brendan Big McFarlan, que había sucedido a Bobby Sans como comandante de los presos republicanos después de su muerte en la huelga de hambre.
El cerebro de la fuga fue Larry Marley, un veterano de Lira con años de experiencia en operaciones encubiertas que había pasado años estudiando obsesivamente cada detalle de la estructura física, las rutinas diarias y los puntos débiles del sistema de seguridad de la prisión. Marley entendió desde el principio que el mayor obstáculo para la fuga no eran los muros, ni las alambradas, ni las torres de vigilancia.
El mayor obstáculo era la relación con los guardias. Después de años de protestas, huelgas de hambre, muertes y asesinatos de guardias fuera de la prisión, los funcionarios de Me trataban a los presos republicanos con una hostilidad y una desconfianza, que hacían imposible obtener la más mínima información sobre rutinas, horarios y procedimientos de seguridad.
Marley dio una orden que para muchos presos republicanos fue lo más difícil que habían hecho en su vida, cambiar completamente la relación con los guardias. De un día para otro, los presos empezaron a llamar a los guardias por su nombre de pila, en lugar de insultarlos. Empezaron a ser amables, a hacer bromas, a preguntar por sus familias, a reducir la tensión en cada interacción.
Para hombres que habían visto morir a Bobby S y a otros nueve compañeros en la huelga de hambre, que habían vivido años paredes de sus celdas con excrementos como forma de protesta y que odiaban a los guardias con una intensidad vceral. Fingir amabilidad fue un acto de disciplina militar que requirió más autocontrol que cualquier operación armada que hubieran realizado fuera de la prisión, pero funcionó mejor de lo que nadie había esperado.
Los guardias bajaron la guardia completamente. Empezaron a hablar más de la cuenta durante los turnos, a quejarse de sus horarios, a mencionar cuántos compañeros tenían de baja, a revelar información sobre los protocolos de seguridad que se suponía que era confidencial, a contar qué puertas se abrían, a qué horas exactas y a decir cuántos guardias había asignados en cada punto de control, en cada momento de cada turno del día y de la noche.
Los presos memorizaron cada dato y lo transmitieron a Marley y McFarlin, que iban construyendo un mapa de seguridad cada vez más detallado y cada vez más útil para planificar la fuga. Mientras los presos recopilaban inteligencia desde dentro, con una paciencia que habría impresionado a cualquier servicio de espionaje profesional, sus familias y contactos en el exterior introdujeron de contrabando en la prisión todo lo que necesitaban para convertir la fuga en una operación militar real.
Fotografías aéreas de Me tomadas por medios de comunicación y por simpatizantes de Lira que mostraban la disposición exacta de los bloques, los perímetros de seguridad, las torres de vigilancia y las puertas de acceso. Mapas topográficos detallados de los campos y las carreteras que rodeaban la prisión para planificar las rutas de huida una vez fuera de los muros.
Y lo más importante y lo más difícil de todo, armas de fuego reales, pistolas que fueron desmontadas pieza a pieza hasta convertirlas en componentes lo suficientemente pequeños como para esconderlos dentro de objetos cotidianos, dentro de zapatos, dentro de libros huecos, dentro de comida que las familias traían durante las visitas.
Cada pieza fue entregada a los presos durante las visitas familiares, sin que los guardias detectaran nada durante los cacheos. que supuestamente eran exhaustivos. Los presos reensamblaron las pistolas dentro de sus celdas con una habilidad que demostraba que muchos de ellos habían manejado armas durante años antes de ser encarcelados.
Las escondieron detrás de paneles falsos y debajo de baldosas hasta el día señalado. El plan era elegante en su simplicidad y brutal en su ejecución. Cada día un camión de reparto de comida entraba en la prisión por la puerta principal. pasaba los controles de seguridad y descargaba provisiones en los distintos bloques.
El camión salía por la misma puerta principal por la que había entrado. El plan de Marley era tomar el control de un bloque entero, someter a los guardias, apoderarse de sus uniformes y armas, secuestrar el camión de comida cuando llegara al bloque y meter dentro a todos los presos que pudieran caber. El camión saldría por la puerta principal exactamente igual que salía todos los días y nadie sospecharía nada hasta que fuera demasiado tarde.
A las 2:30 de la tarde del 25 de septiembre de 1983, Brendan McFarlin dio la señal con una palabra clave que los presos llevaban semanas esperando. Bumper. Los presos que trabajaban como ordenanzas en el bloque H7 sacaron las pistolas que habían escondido en sus celdas durante semanas y en cuestión de minutos tomaron el control total del bloque.
Los guardias desarmados del H7 fueron sometidos sin que ninguno pudiera dar la alarma. Les quitaron los uniformes, las llaves y las armas adicionales que guardaban en la oficina del bloque. Los ataron y los encerraron en celdas vacías. Un grupo de presos se puso los uniformes de los guardias para hacerse pasar por funcionarios durante la siguiente fase de la operación.
Hubo un retraso que no estaba en el plan original. Los presos de inteligencia de Lira perdieron tiempo valioso buscando entre los documentos de los guardias información sobre posibles informadores infiltrados entre los presos republicanos. Esa búsqueda de nombres no estaba prevista y retrasó la operación varios minutos que resultaron cruciales para lo que vendría después.
Cuando finalmente llegó el camión de reparto de comida al bloque H7, los presos lo secuestraron, sometieron al conductor y metieron dentro a 38 hombres que se amontonaron en la parte trasera del vehículo como podían. El camión arrancó y se dirigió hacia la puerta principal de la prisión, exactamente igual que hacía todos los días.
En la puerta principal fue donde todo se complicó. Los guardias del control de salida notaron algo extraño en el camión y uno de ellos se acercó a comprobar. Cuando descubrió lo que estaba pasando, los presos abrieron las puertas traseras del camión y se lanzaron sobre los guardias. En el enfrentamiento que siguió, un guardia fue apuñalado y sufrió un infarto que le causó la muerte.
Dos guardias más fueron tiroteados y resultaron heridos de gravedad. Jerry Kelly, un preso que años después se convertiría en un político prominente del Sinfein, el brazo político de Lira, disparó a un guardia durante el caos de la puerta. En total, 20 guardias resultaron heridos durante la fuga. Los 38 presos salieron del recinto penitenciario y se dispersaron en todas direcciones por los campos y las carreteras que rodeaban la prisión.
Lo que siguió fue la mayor operación de búsqueda en la historia de Irlanda del Norte y una de las mayores que el ejército británico había desplegado en territorio propio desde la Segunda Guerra Mundial. Helicópteros militares sobrevolando los campos a baja altitud con focos y cámaras térmicas, columnas de soldados del ejército británico peinando cada granja y cada bosque en un radio de kilómetros.
Policías armados del Royal Ulster Constabular, bloqueando todas las carreteras que conducían a la frontera con la República de Irlanda y unidades especiales del SAS desplegadas en los cruces fronterizos más probables. 19 de los 38 fugados fueron recapturados en las horas y los días siguientes, algunos escondidos en granjas cercanas, otros intentando cruzar la frontera con la República de Irlanda, pero los otros 19 desaparecieron por completo.
Cruzaron la frontera, fueron acogidos por redes de apoyo republicanas al otro lado y nunca fueron encontrados. La investigación oficial culpó al personal de la prisión por relajar los protocolos de seguridad. El personal de la prisión culpó a la interferencia política del gobierno en la gestión del centro. Un ministro del gobierno británico fue presionado para que dimitiera por la humillación.
Para Elira, la fuga de Me fue una victoria propagandística de proporciones enormes que reforzó su imagen como organización militar disciplinada y capaz de operar al más alto nivel, incluso desde dentro de una prisión. Para el gobierno británico fue la mayor humillación de seguridad de toda la era de los trables y la demostración de que ni siquiera la prisión más segura de Europa podía contener a hombres que se consideraban soldados en una guerra y que veían la fuga no como un delito, sino como una operación militar legítima.
Larry Marley, el cerebro de la fuga, fue liberado de Me en 1986 y asesinado por paramilitares lealistas en Belfa hasta un año después. Brendan McFarlein cumplió el resto de su condena y fue liberado bajo los términos del acuerdo de viernes santo de 1998. La prisión de ME fue cerrada en 2000 y hoy es un terreno abandonado donde los bloques en forma de H se deterioran lentamente mientras el gobierno británico y el gobierno norirlandés discuten con un lugar que para unos es un símbolo de resistencia y para otros es un símbolo de terror.
Alcatraz cavaron con cucharas, fabricaron cabezas falsas y desaparecieron para siempre. Una isla en medio de la bahía de San Francisco rodeada de aguas heladas con corrientes que arrastran cualquier cosa que flote hacia el océano abierto. Una prisión federal construida sobre esa isla con muros de hormigón de medio metro de espesor, barrotes de acero templado en cada ventana, guardias armados en torres elevadas con visión directa de cada centímetro del perímetro y reflectores que iluminaban el agua durante toda la noche. La temperatura
del agua oscilaba entre 7 y 13ºC. lo suficiente como para producir hipotermia mortal en menos de media hora. Las corrientes entre la isla y la costa eran tan fuertes que incluso los nadadores experimentados habían fracasado al intentar cruzarlas en condiciones controladas. la creencia general entre los funcionarios del sistema penitenciario federal, entre los guardias que trabajaban allí cada día arriesgando sus vidas, entre los políticos que habían autorizado la construcción de la prisión y entre prácticamente todo el mundo en Estados
Unidos que había oído hablar del lugar, era que escapar de Alcatraz era un suicidio no simplemente difícil, no simplemente improbable, físicamente imposible. Y durante 28 años consecutivos, desde que la prisión abrió sus puertas en 1934, esa creencia se sostuvo sin una sola excepción.
14 intentos de fuga habían fracasado. Varios presos habían muerto ahogados en las aguas de la bahía antes de alcanzar la costa. Otros habían sido tiroteados por los guardias de las torres de vigilancia antes de llegar al agua, hasta la noche del 11 de junio de 1962, cuando tres hombres desaparecieron de sus celdas sin hacer ruido y nunca fueron encontrados.
Alcatras funcionó como penitenciaría federal de máxima seguridad desde 1934 hasta 1963, 29 años durante los cuales se convirtió en la prisión más famosa del mundo. Fue diseñada para albergar a los presos más peligrosos y más problemáticos del sistema federal, aquellos que habían causado problemas en otras prisiones o que habían intentado fugarse de otros centros.
Había albergado a Alcapone, a Machingun Kelly, a Robert Strau del hombre pájaro de Alcatraz y a docenas de los criminales más notorios de la historia de Estados Unidos. Antes de la noche del 11 de junio de 1962, 14 intentos de fuga habían fracasado. Varios presos habían muerto ahogados en las aguas de la bahía. Otros habían sido tiroteados por los guardias de las torres.
Ninguno había conseguido llegar a la costa. Alcatraz era en todos los sentidos prácticos de la palabra a prueba de fugas. Los tres hombres que decidieron demostrar que eso era mentira eran Frank Lee Morris y los hermanos Clarence y John Anglin. Morris era considerado extraordinariamente inteligente, posiblemente el preso más inteligente que había pisado Alcatras en sus 28 años de funcionamiento.
Las pruebas de inteligencia que le habían hecho en distintas prisiones a lo largo de su vida le dieron consistentemente un cociente intelectual de 133, un nivel que lo situaba en el 2% superior de la población y que significaba que su cerebro era capaz de resolver problemas complejos de ingeniería, logística y planificación que la mayoría de las personas ni siquiera podrían plantear.
Era huérfano desde que era un niño pequeño. Había crecido pasando de un hogar de acogida a otro y de un reformatorio a otro sin que nadie se hiciera cargo de él y había empezado a cometer delitos antes de cumplir los 15 años. Tenía un historial largo de fugas de otras prisiones repartidas por varios estados que era precisamente la razón por la que lo habían enviado a Alcatraz.
Se suponía que era el sitio del que ni siquiera un hombre con el cerebro de Frank Morris podía escapar. Los hermanos Anglin eran dos chicos de Georgia, hijos de una familia de trabajadores agrícolas que se movía por el sur de Estados Unidos siguiendo las temporadas de cosecha. Habían crecido nadando en el lago quechobé de Florida, uno de los lagos más grandes del país, lo que les daba una ventaja que ningún otro preso de Alcatraz tenía.
Sabían moverse en aguas difíciles, sabían controlar la respiración en agua fría y sabían que el agua no era una barrera insalvable, sino simplemente un obstáculo que requería preparación y determinación. El cuarto miembro del grupo era Allen West, que participó en toda la planificación durante meses, pero que no consiguió escapar la noche de la fuga porque no terminó de abrir el agujero de su celda a tiempo.
La planificación de la fuga duró 18 meses completos y fue una obra maestra absoluta de ingenio, paciencia y fabricación artesanal con materiales robados pieza a pieza del interior de la prisión. Lo primero que descubrieron los cuatro conspiradores fue que el hormigón que rodeaba las rejillas de ventilación de la pared trasera de sus celdas estaba deteriorado.
La humedad constante de la bahía y la sal marina que impregnaba todo el edificio habían debilitado el hormigón hasta el punto de que podía ser es excavado con herramientas rudimentarias, usando cucharas de metal robadas del comedor una por una a lo largo de semanas, hojas de sierra obtenidas del taller de mantenimiento de la prisión donde algunos presos trabajaban durante el día y un taladro casero absolutamente extraordinario, que fabricaron con el motor eléctrico de una aspiradora industrial que consiguieron desmontar sin que los guardias se dieran
cuenta. Los cuatro hombres empezaron a excavar el hormigón alrededor de las rejillas de ventilación noche tras noche tras noche durante meses. El ruido de la excavación lo cubrían de una forma ingeniosa. Aprovechaban el sonido del acordeón que uno de los presos del bloque tocaba durante la hora de música permitida cada noche.
Y cuando la música terminaba, usaban el ruido de las tuberías del sistema de fontanería del edificio, que hacían un sonido metálico constante que enmascaraba los golpes de las cucharas contra el hormigón. Cada mañana, antes del primer recuento de las 6:30, tapaban cuidadosamente los agujeros con paneles de cartón, recortados a la medida exacta de la abertura y pintados del mismo color gris verdoso que la pared de la celda, y sobre los paneles pegaban rejillas falsas que habían fabricado con papel maché y alambre fino, para que las
aberturas parecieran completamente intactas durante las inspecciones visuales que los guardias hacían cada día, pasando sus linternas por los barrotes de cada celda. Detrás de la pared de las celdas había un corredor de servicio estrecho y sin vigilar que contenía las tuberías del edificio y que daba acceso al tejado a través de un conducto vertical.
Ese corredor se convirtió en su taller secreto. Allí, protegidos de las cámaras y de los ojos de los guardias, construyeron todo lo que necesitaban para la fuga. Lo primero fueron las cabezas falsas. Usando papel maché, jabón, pegamento y pintura de color carne, fabricaron réplicas realistas de sus propias cabezas que colocaron en las almohadas de sus camas con mantas encima para simular cuerpos dormidos durante los recuentos nocturnos.
El detalle que hizo que las cabezas funcionaran fue el pelo. Recogieron cabello humano real del suelo de la barbería de la prisión y lo pegaron en las réplicas para darles un aspecto convincente, incluso bajo la luz de las linternas, que los guardias pasaban por las celdas cada noche. Las cabezas fueron tan realistas que engañaron a los guardias durante toda la noche de la fuga y no fueron descubiertas hasta el recuento de la mañana siguiente.
Lo segundo que construyeron fue la balsa. Robaron más de 50 impermeables de lluvia del suministro general de la prisión a lo largo de varios meses, llevándose uno o dos cada vez durante las duchas o las horas de patio para no levantar sospechas, escondiéndolos debajo de la ropa y trasladándolos al corredor de servicio cuando los guardias no miraban.
Los cortaron en piezas con cuchillas robadas del taller, los pegaron con pegamento de contacto industrial, también robado del taller, y los cosieron con hilo resistente para construir una balsa inflable de un tamaño calculado al centímetro para transportar a tres hombres adultos por las aguas de la bahía sin hundirse.
También fabricaron chalecos salvavidas individuales con el mismo material impermeable para cada uno de los tres fugados. Para inflar la balsa y los chalecos en la orilla de la isla, sin hacer ruido ni perder tiempo, usaron un fuelle improvisado, absolutamente brillante, fabricado a partir de un acordeón musical modificado que les permitía bombear aire de forma silenciosa y eficiente, apretando y soltando el fuelle repetidamente.
Toda la construcción se hizo en secreto en el corredor de servicio durante meses de trabajo nocturno que requirieron una disciplina y una coordinación que habrían sido impresionantes en un taller profesional y que resultan casi milagrosas, teniendo en cuenta que se hicieron en la oscuridad de un hueco de tuberías con herramientas robadas y materiales reciclados.
La noche del 11 de junio de 1962, sobre las 9:30, Frank Morris y los hermanos Anglin se despidieron en silencio de Allen West, que seguía trabajando desesperadamente en el agujero de su celda, intentando ensancharlo lo suficiente como para pasar. No lo consiguió a tiempo. Los otros tres se deslizaron por los agujeros de la pared trasera de sus celdas, dejando las cabezas falsas en las almohadas con las mantas subidas hasta donde habría estado la barbilla de un hombre dormido.
Entraron en el corredor de servicio, subieron por las tuberías hasta el tejado del edificio, cruzaron el tejado arrastrándose para no ser vistos desde las torres de vigilancia. Bajaron por una tubería exterior por la pared del edificio, cruzaron la valla perimetral y llegaron a la orilla norte de la isla. Allí inflaron la balsa con el fuelle del acordeón y se lanzaron al agua negra y helada de la bahía de San Francisco.
A la mañana siguiente, a las 7:15, durante el recuento matutino, un guardia pasó su linterna por la celda de uno de los Anglin y vio la cabeza en la almohada. Le gritó que se levantara. El preso no se movió. El guardia abrió la celda. se acercó a la cama y tocó la cabeza. Era de papel maché.
La alarma se disparó instantáneamente y en cuestión de minutos toda la prisión estaba en estado de emergencia. Las tres celdas estaban vacías, las cabezas falsas estaban en las almohadas, los agujeros de la pared trasera estaban abiertos y tres de los presos más peligrosos de Alcatraz habían desaparecido.
Lo que nadie ha podido responder en más de 60 años es la pregunta que convierte esta fuga en la más fascinante y la más debatida de toda la historia penitenciaria. sobrevivieron Frank Morris y los hermanos Anglin a aquella noche o murieron ahogados y congelados en las aguas de la bahía antes de llegar a la costa. El FBI investigó el caso durante 17 años y concluyó oficialmente en 1979 que los tres hombres probablemente murieron de hipotermia y ahogamiento en las aguas heladas de la bahía poco después de dejar la isla.
Los agentes encontraron restos de la balsa y algunos efectos personales de los fugados flotando en el agua, pero nunca encontraron los cuerpos. Ni un solo cuerpo fue recuperado de la bahía, ni de las costas circundantes en los días, las semanas ni los meses posteriores a la fuga. El FBI argumentó que las corrientes habrían arrastrado los cadáveres hacia el Pacífico, donde se habrían perdido para siempre.
Pero hay motivos para dudar de esa conclusión. Los hermanos Anglin habían crecido nadando en aguas difíciles y sabían exactamente cómo manejar una embarcación improvisada en corrientes fuertes. Un análisis realizado en 2014 por el programa Midbusters demostró que la fuga era teóricamente posible si la balsa se dirigía hacia el norte, aprovechando las corrientes en lugar de intentar cruzar directamente hacia San Francisco.
En 2015, dos investigadores holandeses de la Universidad de Delft crearon un modelo computerizado de las Corrientes de la bahía la noche del 11 de junio de 1962 y concluyeron que si los fugados salieron de la isla en el ángulo correcto, en el momento correcto de la marea, podrían haber alcanzado tierra firme en la zona de Jors Bay, al norte del puente Golden Gate.
Y después está la carta. En 2013, una carta supuestamente escrita por John Anglin llegó a la oficina del FBI en San Francisco. En ella, el autor afirmaba que los tres hombres habían sobrevivido a la travesía de la bahía aquella noche y que Frank Morris había muerto en 2008 y Claren Sanglin en 2011, pero que él, John, seguía vivo.
La carta incluía un ofrecimiento que resultaba tan extraordinario como imposible de verificar. Tengo 83 años y estoy enfermo. Si me garantizan que solo pasaré un año en prisión y que recibiré atención médica, les diré dónde estoy. Esto no es una broma. El FBI investigó la carta, pero nunca confirmó ni desmintió públicamente su autenticidad.
Los US Marshalls, que asumieron la jurisdicción del caso cuando el FBI lo cerró, mantienen la investigación oficialmente abierta. El caso de la fuga de Alcatraz es hoy el caso más antiguo que sigue abierto en la historia del servicio de marshalls federales. Más de 60 años después de aquella noche de junio, nadie sabe con certeza si Frank Morris y los hermanos Anglin murieron congelados y ahogados en las aguas heladas de la bahía de San Francisco, o si en algún lugar del mundo tres hombres vivieron el resto de sus vidas bajo
nombres falsos, sabiendo que habían hecho algo que todo el mundo decía que era imposible. Pascal Payet, el hombre que escapó tres veces en helicóptero. Hay personas que escapan de prisión una vez y pasan el resto de sus vidas intentando que no las atrapen. Pascal Payet escapó de prisión tres veces, las tres en helicóptero, y la segunda vez ni siquiera era para él.
estaba libre y volvió a una prisión para sacar a tres compañeros que se habían quedado dentro. Cuando lo atraparon después de la tercera fuga y le sumaron todas las condenas, calcularon que debía pasar décadas encerrado. Lo liberaron en libertad condicional en 2019. Pascal Payet tiene el récord mundial de fugas en helicóptero de prisiones y su historia es tan absurda que cada vez que la cuentas tienes que aclarar que no es una película, sino algo que pasó de verdad en Francia. tres veces en 6 años.
Payet nació el 7 de julio de 1963 en Montpelier, en el sur de Francia. Su apodo en el mundo criminal era Kalashnikov Pat, un nombre que ya dice bastante sobre el tipo de persona con la que estamos tratando. En 1997, Payet participó en el atraco a un furgón blindado del banque de France en salón de Provons.
Durante el atraco, un guardia de seguridad fue asesinado. Payet fue detenido junto con varios cómplices y encarcelado en la prisión de Luines, en el sur de Francia, a la espera de juicio. Luines era una prisión departamental estándar, no una instalación de alta seguridad, pero sus muros eran lo suficientemente gruesos y sus guardias lo suficientemente numerosos, como para que nadie pensara que un preso pudiera salir de allí sin pasar por la puerta principal, con una orden de libertad firmada por un juez.
Nadie había considerado la posibilidad de que alguien saliera por el aire. En octubre de 2001, después de llevar dos años encerrado esperando juicio, Payet ejecutó su primera fuga. Los cómplices, que había contactado desde dentro de la prisión secuestraron un helicóptero que normalmente se usaba para transportar nuevos reclusos entre instalaciones penitenciarias.
Lo desviaron de su ruta y lo dirigieron directamente hacia la prisión de Luines. El helicóptero apareció sobre el patio de ejercicios de la prisión de Luines a media mañana y descendió hasta aterrizar directamente en el centro del patio, mientras los guardias miraban desde las torres de vigilancia sin poder creer lo que estaban viendo y sin saber qué protocolo seguir, porque no existía ninguno para esa situación.
Nadie les había enseñado qué hacer si un helicóptero aterrizaba dentro de la prisión. Nadie había pensado que fuera necesario. Desde el helicóptero lanzaron una escalera de cuerda hacia el suelo del patio. Payet subió a bordo junto con otro preso llamado Frederick Impoco. El helicóptero despegó y voló hasta Briñoles, un pueblo a 38 km al noreste de Tulón, donde aterrizó en un descampado.
Un coche los estaba esperando. Payet y su compañero subieron y desaparecieron. Las autoridades francesas quedaron en estado de shock. Nadie en el sistema penitenciario francés había previsto una fuga aérea. No existían protocolos para responder a un helicóptero aterrizando en el patio de una prisión. No había redes sobre los patios, no había sistemas antiaéreos de ningún tipo.
La prisión estaba diseñada para impedir que los presos salieran por abajo, cavando túneles o por los lados, escalando muros y cortando alambradas. Pero nadie en el sistema penitenciario francés había dedicado ni un segundo a pensar en la posibilidad de que alguien saliera por arriba. No existían redes sobre los patios, no había sistemas de detección aérea de ningún tipo, no había protocolos de respuesta para un helicóptero no autorizado sobrevolando una prisión.
Era una posibilidad tan remota, tan cinematográfica, tan absurda, que nadie la había contemplado como una amenaza real. Eso fue exactamente lo que Pascal Payet entendió desde el primer día que pisó el patio de Luines y miró hacia arriba, que el cielo era la única salida que nadie estaba vigilando. La respuesta de las autoridades francesas después de la primera fuga fue instalar una red de acero reforzado sobre el patio de ejercicios de la prisión de Luines para impedir que un helicóptero pudiera aterrizar y repetirla. Operación. Los
ingenieros diseñaron la red para soportar el peso de un hombre colgado de ella y para resistir intentos de corte con herramientas convencionales. Parecía una medida razonable, proporcionada y suficiente para cerrar de forma definitiva la vulnerabilidad que Payet había explotado. Las autoridades estaban satisfechas con la solución.
No conocían a Pascal Payet lo suficiente como para entender que una red de acero era solo un obstáculo más en una lista de obstáculos que él ya había demostrado saber superar. Lo que Payet hizo a continuación es lo que convierte su historia en algo que va más allá de cualquier fuga de prisión convencional y que entra directamente en el territorio de las leyendas del crimen que se cuentan en los patios de las payet.
prisiones de todo el mundo como si fueran mitos, pero que en este caso son completamente reales y están documentadas por la policía francesa con fechas, nombres y sentencias judiciales. La mayoría de los fugados se esconden, cambian de identidad y se dedican a sobrevivir intentando no ser encontrados. Payet estaba libre, estaba fuera. Nadie sabía dónde estaba.
Podía haber desaparecido en cualquier país del mundo y vivir el resto de su vida sin volver a pisar una prisión francesa. En lugar de eso, decidió volver a la prisión de la que acababa de escapar para sacar a tres compañeros que habían sido detenidos con él en 1997 por el atraco al furgón blindado y que seguían encerrados esperando juicio.
El 14 de abril de 2003, año y medio después de su propia fuga y mientras seguía siendo uno de los fugitivos más buscados de Francia con su cara en todas las comisarías del país, Payet organizó una segunda operación aérea sobre la misma prisión de Lines, de la que él mismo había escapado 18 meses antes.
Esta vez las autoridades habían instalado la red de acero sobre el patio de ejercicios, así que el plan tuvo que ser considerablemente más sofisticado y requirió un nivel de coordinación logística, recursos financieros y sangre fría que habría impresionado a cualquier estratega militar profesional. El helicóptero apareció de nuevo sobre la prisión.
Dos hombres descendieron desde el aparato con estilo comando hasta el tejado del edificio. Llevaban herramientas de corte industrial. Se acercaron a la red de acero que las autoridades habían instalado específicamente para impedir otra fuga en helicóptero. La cortaron limpiamente y abrieron un agujero lo suficientemente grande como para que una persona pasara a través de él.
Desde el agujero lanzaron una escalera de cuerda hacia el patio. Tres presos subieron por la escalera, pasaron por el agujero de la red y treparon hasta el helicóptero. Se llamaban Frank Perleto, Michel Valero y Eric Alboreo. Los tres habían sido cómplices de Payet en el atraco de 1997. Los tres llevaban años esperando juicio y los tres acababan de ser liberados por un hombre que ya estaba libre y que había vuelto a arriesgar su libertad.
para sacarlos a ellos. El helicóptero despegó con los tres presos a bordo y desapareció sobre el cielo del sur de Francia, mientras los guardias de Luines, los mismos guardias que habían sufrido la humillación de la primera fuga menos de 2 años antes y que habían supervisado la instalación de la red de acero, creyendo que nunca volverían a vivir algo así, intentaban comprender cómo era posible que la misma prisión hubiera sido vulnerada por segunda vez exactamente de la misma forma, desde el aire, y que la red de acero que habían
instalado específicamente para prevenir una fuga en helicóptero, hubiera sido cortada como si fuera papel de aluminio por dos hombres con herramientas industriales que descendieron de un helicóptero en pleno, día sin que nadie pudiera impedirlo. La prensa francesa no se contuvo. Los periódicos publicaron titulares que iban desde la incredulidad hasta el sarcasmo más ácido, preguntándose abiertamente si el sistema penitenciario francés estaba preparado para lidiar con un hombre que claramente estaba jugando en una liga diferente a
la de cualquier preso que hubieran tenido antes. Los cuatro fugados fueron capturados tres semanas después en una operación policial coordinada en el sur de Francia. Payet fue devuelto a prisión una vez más. En enero de 2005, Payet fue finalmente juzgado por el asesinato del guardia de seguridad en el atraco de 1997.
Fue condenado a 30 años de prisión. A esa condena se le sumaron 6 años por su propia fuga de 2001 y 7 años por organizar la fuga de sus tres compañeros en 2003. Las autoridades decidieron que Payet necesitaba estar en un lugar del que fuera absolutamente imposible organizar una tercera fuga aérea. Lo trasladaron a la prisión de Gras, en el sureste de Francia, una instalación que se suponía mucho más segura que Luines y donde las medidas antihelicóptero incluían redes reforzadas, vigilancia aérea y protocolos de respuesta rápida,
diseñados específicamente con Pascal Payet en mente. Las autoridades estaban convencidas de que esta vez no habría una tercera fuga. Se equivocaron de la misma forma que se habían equivocado las dos veces anteriores. El 14 de julio de 2007, Francia celebraba su fiesta nacional, el día de la Bastilla.
La fiesta conmemora el asalto a la prisión de la Bastilla el 14 de julio de 1789. El acto simbólico que destruyó el símbolo más odiado del absolutismo monárquico francés, liberó a los presos que estaban encerrados dentro y dio inicio a la Revolución Francesa, que cambiaría la historia de Europa para siempre.
Es el día en que Francia celebra la libertad conquistada, destruyendo una prisión. La ironía de lo que estaba a punto de pasar en otra prisión francesa ese mismo día no podía ser mayor, más deliciosa ni más humillante para las autoridades penitenciarias. de un país que llevaba años intentando sin éxito mantener encerrado a un solo hombre.
Ese día, cuatro hombres enmascarados y fuertemente armados con pistolas y escopetas recortadas asaltaron a un piloto de helicóptero en el aeródromo de Can Mandelio en la costa azul francesa, uno de los tramos de costa más lujosos y más vigilados de todo el Mediterráneo. Obligaron al piloto a punta de pistola a volar hasta la prisión de Grase, que estaba a unos 20 minutos de vuelo hacia el interior.
El helicóptero apareció sobre la prisión y aterrizó directamente en el tejado del edificio principal. Los cuatro hombres enmascarados bajaron del aparato y entraron en la prisión por la fuerza, abriendo puertas y avanzando por los pasillos hasta llegar a la zona donde estaba recluido Payet. Lo sacaron de su celda, lo llevaron al tejado y lo subieron al helicóptero.
El aparato despegó sobre la costa azul y aterrizó minutos después en el elipuerto de un hospital cercano donde abandonaron el helicóptero con el motor todavía encendido y desaparecieron en varios coches que los esperaban. El piloto no sufrió daños físicos y fue encontrado junto al helicóptero abandonado. Pascal Payet acababa de escapar de prisión por tercera vez en helicóptero en el día de la Bastilla.
Desde una prisión que había sido específicamente preparada para impedir que él hiciera exactamente lo que acababa de hacer, se emitió una orden de búsqueda y captura europea que activó simultáneamente a las policías de todos los países de la Unión Europea en una cacería internacional que involucró a la Interpol, a los servicios de inteligencia franceses y a las fuerzas de seguridad de media docena de países mediterráneos.
Tres meses después, Payet fue localizado y capturado en España durante una operación policial conjunta entre la policía judicial francesa y la Guardia Civil española, que lo encontró viviendo bajo una identidad falsa en la costa mediterránea. fue extraditado a Francia bajo escolta armada y esta vez las condenas se acumularon hasta alcanzar cifras que parecían diseñadas específicamente para que Pascal Payet no volviera a ver el cielo desde fuera de una celda durante el resto de su vida natural.
30 años por el asesinato del guardia, seis por la primera fuga, siete por la segunda, cinco por la tercera y 15 años más, por robos a mano armada y agresiones a policías cometidos mientras estaba prófugo. Y sin embargo, en abril de 2019, Pascal Payet fue liberado en libertad condicional. El hombre que había escapado tres veces de tres prisiones diferentes usando helicópteros, que tenía el récord mundial absoluto de fugas aéreas de centros penitenciarios y que había obligado al sistema penitenciario francés a rediseñar sus protocolos de seguridad aérea desde cero, salió de
prisión por la puerta principal con una orden legal firmada por un juez. Las fugas de Payet pusieron en evidencia un problema sistémico que Francia no ha conseguido resolver a pesar de décadas de intentos. El Sindicato de Guardias de Prisiones declaró públicamente que Payet nunca debería haber sido alojado en prisiones ordinarias y exigió la creación de establecimientos especiales de ultraalta seguridad para presos como él.
Desde 1986, cuando Nadin Baujur inauguró la tradición aterrizando en el tejado de la santé para rescatar a su marido, Francia ha registrado al menos 11 fugas en helicóptero de sus prisiones, más que cualquier otro país del mundo y más que el resto de Europa combinada. 11 veces en 40 años un helicóptero ha aparecido sobre una prisión francesa y alguien ha subido a bordo y ha desaparecido en el cielo.
Y de esas 11 fugas, tres llevan el nombre de un solo hombre. Pascal Payet, Kalashnikov Pat, el hombre que convirtió el helicóptero en su medio de transporte favorito para entrar y salir de las prisiones francesas como si fueran estaciones de tren. Dieter Dengler. escapó de un campo de prisioneros y sobrevivió 23 días solo en la selva. Dieter Dengler tenía 6 años cuando los bombarderos aliados sobrevolaron su pueblo en la selva negra de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
Uno de los aviones voló tan bajo sobre su casa que Dengler pudo ver la cara del piloto a través de la cabina. En ese momento, mientras las bombas caían y su pueblo ardía a su alrededor, el niño no sintió miedo, sintió fascinación. decidió que algún día él sería ese piloto. Esa decisión, tomada por un niño de 6 años en medio de un bombardeo, lo llevaría 20 años después a una selva de Laos, donde sería capturado, torturado, encerrado en un campo de prisioneros y obligado a protagonizar una de las fugas más desesperadas y más brutales de toda
la guerra de Vietnam. Dengler nació en 1938 en Wildberg, Alemania. Creció en la pobreza de la posguerra alemana y emigró a Estados Unidos en cuanto tuvo la edad suficiente para hacerlo, con el único objetivo de cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo de niño. Volar. Se alistó en la Armada de Estados Unidos, completó el entrenamiento de piloto de combate y fue destinado al portaaviones USS Ranger como piloto de un avión de ataque a uno Sky Rider.
Era exactamente lo que había soñado desde aquella mañana en la selva negra. Pero el sueño estaba a punto de convertirse en la peor pesadilla de su vida. El primero de febrero de 1966, Dengler despegó del USS Ranger en el Golfo de Tonkin para una misión de bombardeo sobre Laos, un país oficialmente neutral con el que Estados Unidos oficialmente no estaba en guerra.
Las misiones sobre territorio laosiano eran completamente secretas, clasificadas al más alto nivel de confidencialidad, y los pilotos que las volaban recibían instrucciones muy claras antes de cada vuelo. Si eres derribado, tu gobierno negará tu existencia. No se enviarán equipos de rescate porque hacerlo significaría admitir públicamente que Estados Unidos está bombardeando un país con el que no está en guerra.
Si te capturan, estás solo. Dengler lo sabía perfectamente cuando subió a la cabina de su A1 Sky Rider aquella mañana y encendió el motor. Voló de todos modos porque era un piloto de combate y eso era lo que los pilotos de combate hacían en 1966. Su avión fue alcanzado por fuego antiaéreo sobre la jungla la osiana. perdió potencia en cuestión de segundos y se estrelló entre los árboles en una bola de fuego, metal retorcido y vegetación arrancada, que dejó un rastro de destrucción visible desde el aire.
Dengler sobrevivió al impacto, salió de los restos del avión y se adentró en la selva intentando alejarse del lugar del accidente antes de que las patrullas enemigas llegaran. Al día siguiente, mientras intentaba señalar a aviones de rescate que volaban sobre la espesa vegetación sin poder verlo, fue capturado por soldados del Patet Lao, la guerrilla comunista de Laos.
Lo que siguió fueron semanas de tortura y traslados forzados de aldea en aldea a través de senderos de jungla que parecían no llevar a ninguna parte. Lo ataron con cuerdas de fibra vegetal que le cortaban la circulación de las muñecas y los tobillos hasta que las manos y los pies se le hinchaban y se volvían morados.
Lo colgaron boca abajo de árboles durante horas, mientras los soldados lo interrogaban a gritos en un idioma que no entendía. Lo arrastraron por senderos de jungla descalzo, sin comida y sin agua durante días enteros, mientras las sanguijuelas se le pegaban a las piernas y le chupaban la poca sangre que le quedaba.
le ofrecieron la libertad inmediata a cambio de firmar un documento condenando la política exterior de Estados Unidos y renunciando a su lealtad como ciudadano americano. Dengler se negó cada vez que se lo pidieron con una obstinación que enfurecía a sus captores y que significaba que cada negativa traería más dolor, más hambre y más días de marcha forzada por la jungla.
En un momento dado, logró escapar brevemente, aprovechando un descuido de sus captores, pero fue recapturado horas después, cuando los aldeanos de una zona cercana lo encontraron escondido entre la vegetación y lo devolvieron a los soldados del Patet Lao a cambio de una recompensa. Después de esa primera fuga fallida, lo ataron con más fuerza y lo golpearon con más saña.
Finalmente, después de semanas de marchas forzadas y torturas, fue trasladado a un campo de prisioneros improvisado, escondido en lo más profundo de la jungla la osiana, un lugar tan remoto y tan inaccesible que ni los propios guardias sabían exactamente en qué parte del país estaban. Dentro del campo ya había otros seis prisioneros esperándolo, seis hombres que habían sido capturados en distintos momentos y que llevaban meses pudriéndose en aquella jungla.
El campo de prisioneros era un claro en la selva rodeado de vegetación tan densa que desde el aire era completamente invisible. Las instalaciones eran cabañas de bambú con suelos de tierra y techos de hojas que apenas protegían de la lluvia del monzón que caía sin parar durante semanas enteras.
Los prisioneros dormían encadenados juntos por los tobillos con cadenas oxidadas que les provocaban infecciones constantes en la piel, heridas abiertas que supuraban y que nunca sanaban, porque la humedad de la jungla y la falta de cualquier tipo de higiene o medicamento hacían que cada corte, cada rozadura y cada picadura de insecto se convirtiera en una infección que podía matar.
La comida era un puñado de arroz hervido, mezclado con gusanos. insectos y restos de vegetación que los guardias les tiraban en cuencos de bambú una o dos veces al día, cuando se acordaban de darles algo y cuando tenían comida suficiente como para compartirla. Todos estaban enfermos de disentería y malaria, todos tenían parásitos intestinales.
Todos estaban perdiendo peso a un ritmo que los acercaba cada día un poco más a la muerte por inanición. Dengler pesaba menos de 45 kg cuando llegó al campo y siguió perdiendo peso cada semana que pasaba. En el campo había seis prisioneros, además de Dengler, dos pilotos americanos llamados Duane Martín y Jene de Bruin, un piloto tailandés y varios prisioneros locales capturados por el Patet Lao.
Las condiciones eran tan brutales que los guardias, que también pasaban hambre y sufrían las mismas enfermedades que los prisioneros, estaban cada vez más desmoralizados y más violentos. Torturaban a los prisioneros con regularidad, a veces por información, a veces por diversión y a veces simplemente porque el aburrimiento y la desesperación de estar encerrados en mitad de la jungla los volvía crueles.
Dengler no estaba dispuesto a morir encadenado a otros hombres en una cabaña de bambú en mitad de una jungla que nadie en Washington iba a reconocer que existía. Desde el primer día que pisó aquel campo, empezó a planificar la fuga con una meticulosidad obsesiva que impresionó a sus compañeros de cautiverio y que les devolvió algo que habían perdido hacía meses, la esperanza de que quizá existía una forma de salir de allí con vida.
Los prisioneros construyeron un modelo a escala del campo usando palos, piedras y hojas, marcando la posición exacta de cada guardia, cada arma y cada punto de acceso a cada hora del día y de la noche. Se turnaban para espiar por las grietas de las paredes de bambú de sus cabañas y memorizar cada detalle de las rutinas de los guardias, cuando comían, cuando dormían, cuando hacían el cambio de turno, dónde dejaban las armas cuando se sentaban a descansar.
calcularon cuánto tiempo tardarían refuerzos en llegar desde la aldea más cercana si los guardias daban la alarma. Identificaron el momento exacto del día en que el número de guardias era mínimo y las armas estaban más lejos de sus manos. Durante la comida de los guardias, cuando dejaban los fusiles apoyados contra los árboles mientras se sentaban en el suelo a comer, la situación se precipitó de forma dramática cuando los prisioneros escucharon a los guardias discutir abiertamente entre ellos planes para matarlos a todos y abandonar el
campo. Una sequía severa que llevaba semanas castigando la región había agotado las provisiones hasta el punto de que no había comida suficiente ni para los guardias ni para los prisioneros. Los guardias habían llegado a la conclusión fría y práctica de que mantener vivos a siete prisioneros enfermos y hambrientos cuando ellos mismos estaban pasando hambre era un problema logístico que se solucionaba de la forma más sencilla posible, eliminando a los prisioneros y marchándose del campo antes de que la situación empeorara todavía más. Dengler
entendió inmediatamente lo que significaba aquella conversación. Si los prisioneros no actuaban en las próximas horas o como mucho en los próximos días, morirían todos ejecutados por unos guardias desesperados que ya no tenían ningún motivo para mantenerlos con vida. La mañana elegida para la fuga, los prisioneros esperaron a que los guardias se sentaran a comer y dejaran las armas apoyadas en los árboles como hacían siempre. Dengler dio la señal.
Los siete prisioneros atacaron simultáneamente, tomaron las armas de los guardias en medio del caos. Hubo disparos, hubo gritos y después los prisioneros corrieron en diferentes direcciones hacia la jungla, cada uno por su lado, sabiendo que separarse era la única forma de que al menos algunos de ellos tuvieran alguna posibilidad de sobrevivir.
Dengler y Dwine Martin huyeron juntos hacia el este en dirección a la frontera con Vietnam del Sur, intentando llegar a territorio controlado por fuerzas estadounidenses. Era temporada de monzones. La lluvia caía sin parar día y noche. Los ríos estaban crecidos y las corrientes eran tan fuertes que cruzarlo sanado era arriesgarse a morir ahogado.
La jungla estaba llena de sanguijuelas que se pegaban a la piel y chupaban sangre durante horas, serpientes venenosas que se escondían entre la vegetación y nubes de mosquitos que transmitían malaria con cada picadura. No tenían comida, no tenían herramientas, no tenían mapa, no tenían brújula, comían lo que encontraban, hojas, insectos, vallas que no sabían si eran venenosas y raíces que arrancaban del suelo con las manos desnudas.
Ambos estaban gravemente desnutridos, enfermos de malaria y disentería, y tan débiles que cada paso era un esfuerzo que les costaba más energía de la que les quedaba. Después de varios días arrastrándose por la jungla, llegaron a una aldea donde pensó que podrían encontrar ayuda o al menos robar comida. Fue el peor error posible.
Un aldeano se acercó a Duane Martín caminando despacio con una sonrisa que parecía amistosa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó un machete y lo decapitó con un solo golpe. Dengler vio como la cabeza de su compañero se separaba de su cuerpo y rodaba por el suelo. El aldeano se giró hacia él levantando el machete manchado de sangre.
Dengler esquivó el golpe por centímetros, se dio la vuelta y corrió de vuelta a la jungla con una energía que no sabía que le quedaba, alimentada únicamente por el terror de morir de la misma forma que el hombre con el que había compartido semanas de supervivencia. A partir de ese momento, Dengler estuvo solo, solo en una jungla hostil en la que todo lo que se movía podía matarlo, sin comida, sin agua potable, delirando por la fiebre de la malaria, y tan débil que a veces se desplomaba en el suelo y tardaba horas en reunir la fuerza necesaria para

ponerse de pie y dar un paso más. En un momento encontró los restos de una comida abandonada por una patrulla enemiga que lo estaba buscando. Comió las obras con las manos temblando, sabiendo que los hombres que habían dejado aquella comida estaban cerca y que encontrarlo significaba la muerte. 23 días después de la fuga del campo de prisioneros, Dengler llegó arrastrándose a la orilla de un río.
No podía caminar, no podía ponerse de pie. Pesaba 38 kg. Estaba cubierto de llagas, picaduras de insectos y heridas infectadas. Tenía los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. Con las últimas fuerzas que le quedaban en el cuerpo, encendió una hoguera con hojas secas y agitó un trozo de tela sobre su cabeza, intentando llamar la atención de cualquier avión que pasara por encima.
El teniente coronel Yugin deatrick, pilotando un avión de reconocimiento sobre la zona, vio algo moverse junto al río. Descendió para mirar más de cerca y vio a un hombre esquelético agitando un trapo junto a una hoguera que apenas humeaba. Beatrick envió las coordenadas por radio y un helicóptero de rescate fue enviado a recogerlo.
Los médicos que examinaron a Dengler cuando llegó a la base dijeron que le quedaban menos de 24 horas de vida. Si Deatric hubiera mirado hacia abajo en ese momento exacto, si hubiera volado unos metros más a la derecha o unos segundos antes, Dieter Dengler habría muerto solo junto a un río en una selva de Laos, sin que nadie supiera dónde estaba ni qué le había pasado.
Dos meses después de su rescate, Dengler estaba lo suficientemente recuperado como para dar una conferencia de prensa televisada, donde contó su historia con un detalle y una serenidad que dejaron a los periodistas sin palabras. fue condecorado por la Armada de Estados Unidos con la cruz de la Marina, la cruz de vuelo distinguida y la estrella de bronce por su valor extraordinario.
Dejó el servicio militar y se convirtió en piloto de pruebas civil. Murió en 2001 a los 62 años. Su historia fue contada por el director alemán Werner Hersoch, primero en el documental Little Deter Needs to Fly en 1997 y después en la película Rescue Down en 2006 con Christian Bale interpretando a Dengler, el niño de 6 años que vio un bombardero sobrevolar su pueblo en la selva negra y decidió que quería ser piloto, sobrevivió a todo lo que la guerra le puso delante.
Y eso, en una historia llena de oscuridad es lo más parecido a la luz que vas a encontrar. El Chapo desapareció por un agujero en la ducha y recorrió un túnel de 1 km y medio en moto. El narcotraficante más poderoso del mundo desapareció a través de un agujero de 50 cm en el suelo de su ducha. Un agujero que había sido excavado desde abajo con una precisión milimétrica que solo se consigue con coordenadas exactas proporcionadas por alguien que sabía en qué celda estaba y en qué punto exacto de esa celda estaba el plato de la
ducha. Debajo del agujero había un pozo vertical con una escalera de metal soldada a la pared que descendía 10 m bajo tierra hasta el nivel de un túnel que nadie en la prisión sabía que existía. Al final de la escalera comenzaba un túnel de 1,m y5 de largo, más largo que 15 campos de fútbol puestos en línea, equipado con iluminación eléctrica, sistema de ventilación, escaleras y una motocicleta adaptada sobre raíes que servía para transportar la tierra excavada y las herramientas de construcción.
El túnel terminaba en una casa en construcción, aparentemente abandonada en medio de campos agrícolas a las afueras de la prisión. Cuando los guardias descubrieron que la celda de su preso más famoso y más vigilado estaba completamente vacía, ya habían pasado 50 minutos. Joaquín Archivaldo Guzmán lo era, conocido como el Chapo, el líder del cártel de Sinaloa y uno de los hombres más buscados y más peligrosos del planeta, acababa de protagonizar la fuga de prisión más espectacular, más costosa y más humillante para un
gobierno nacional de toda la historia moderna del crimen organizado mundial. El Chapo no era un criminal cualquiera ni un narcotraficante más en un país que ha producido decenas de capos del narcotráfico a lo largo de las últimas décadas. era el jefe indiscutible e incuestionado de la organización de narcotráfico más poderosa de México y una de las más poderosas que han existido jamás en cualquier lugar del mundo en toda la historia del crimen organizado.
En su apogeo se estimaba que el cártel de Sinaloa controlaba aproximadamente una cuarta parte de toda la droga ilegal que cruzaba la frontera hacia Estados Unidos, moviendo decenas de miles de millones de dólares cada año en cocaína, heroína, metanfetamina y marihuana. a través de una red de distribución sofisticada que abarcaba desde las selvas de Colombia hasta las calles de Nueva York, Chicago y Los Ángeles.
Forbes lo incluyó en su lista de las personas más ricas del mundo con una fortuna estimada en más de 1000 millones de dólares. Una cifra que los analistas de inteligencia estadounidenses consideraban conservadora porque la mayor parte de la riqueza de Guzmán estaba escondida en propiedades, cuentas bancarias, fantasma y efectivo, enterrado en ubicaciones que solo él y un puñado de lugar tenientes de máxima confianza conocían.
Después de la muerte de Osama Bin Laden en 2011, algunos medios de comunicación internacionales lo llamaron el hombre más buscado del planeta, un título que reflejaba no solo su peligrosidad, sino la frustración de las agencias de seguridad de dos países que llevaban años intentando capturarlo sin éxito. Medía 1,68 m, de ahí su apodo el Chapo, que en el argot mexicano significa el chaparro.
Pero su baja estatura era lo único pequeño que tenía. Su ambición, su crueldad, su astucia y su capacidad para corromper instituciones enteras eran de una escala que ningún otro narcotraficante en la historia de México había alcanzado antes. Su primera fuga de prisión fue en 2001 y ya entonces demostró que las cárceles mexicanas no estaban preparadas para retener a un hombre con los recursos ilimitados del cártel de Sinaloa a su disposición.
El 19 de enero de 2001, el Chapo escapó de la prisión de máxima seguridad de Puente Grande en Jalisco, supuestamente escondido en un carrito de lavandería, empujado por un empleado de mantenimiento que lo sacó oculto entre la ropa sucia. Esa fue la versión oficial que el gobierno mexicano presentó al público.
La versión extraoficial, respaldada por múltiples investigaciones periodísticas exhaustivas y por testimonios de exfuncionarios que declararon años después bajo protección, dice que docenas de guardias, administrativos y directivos de la prisión habían sido sobornados durante meses con cantidades de dinero tan obscenas que ningún funcionario público mexicano, con un salario normal podía ni soñar con rechazarlas, y que el Chapo prácticamente salió caminando por la puerta principal del centro penitenciario con la complicidad activa
y deliberada de todo el personal que se suponía debía mantenerlo encerrado. Después de su primera fuga, el Chapo permaneció prófugo durante 13 años consecutivos, desde 2001 hasta 2014, el periodo de libertad más largo de cualquier narcotraficante de su nivel en la historia moderna del crimen organizado.
Durante esos 13 años no se escondió en una cueva de las montañas de Sinaloa, ni vivió como un fugitivo miserable cambiando de escondite cada semana. Todo lo contrario. Vivió como un rey. Consolidó y expandió su imperio criminal hasta convertir al cártel de Sinaloa en la organización de narcotráfico más poderosa, más rica, más violenta y más sofisticada del hemisferio occidental.
Mientras la policía mexicana, la DEA, el FBI, la CIA y prácticamente todas las agencias de seguridad del continente americano lo buscaban con recompensas millonarias sobre su cabeza, el Chapo dirigía con total impunidad operaciones de contrabando a través de túneles transfronterizos excavados bajo la frontera con Estados Unidos.
Submarinos artesanales que navegaban por el Pacífico cargados con toneladas de cocaína colombiana. avionetas que cruzaban el espacio aéreo centroamericano de noche sin ser detectadas y redes de distribución que llegaban a prácticamente todas las ciudades importantes de Estados Unidos y Canadá.
Se casó varias veces, tuvo hijos, construyó mansiones en las montañas de Sinaloa y vivió como un señor feudal protegido por un ejército privado de sicarios armados con rifles de asalto, lanzagranadas y vehículos blindados. fue recapturado en febrero de 2014 en un hotel de lujo de Mazatlán por Fuerzas especiales de la Marina Mexicana en una operación conjunta con la DEA que llevaba meses de planificación y vigilancia.
Lo encerraron en la prisión que el gobierno mexicano presentó ante la prensa nacional e internacional como absolutamente inexpugnable. El Centro Federal de Readaptación Social número uno, conocido como el altiplano, situado en una planicia elevada cerca de la ciudad de Toluca, a 90 km al oeste de Ciudad de México, el altiplano era la prisión más moderna, más vigilada y más tecnológicamente avanzada de todo el sistema penitenciario mexicano.
Tenía cámaras de seguridad en cada celda, sensores de movimiento en los pasillos, detectores de metales en cada punto de acceso, muros de hormigón armado reforzado con acero, perímetros electrificados y guardias entrenados específicamente para custodiar a los presos más peligrosos del país. albergaba a líderes de cárteles rivales como los CAS y el cártel de Juárez, a sicarios condenados por decenas de asesinatos, a secuestradores de alto perfil y a los criminales que el gobierno mexicano consideraba demasiado peligrosos para cualquier otra prisión
del país. Las autoridades mexicanas organizaron conferencias de prensa para asegurar al público y al gobierno de Estados Unidos que esta vez el Chapo no saldría de allí bajo ninguna circunstancia. se equivocaron de una forma tan espectacular y tan humillante que la fuga de el altiplano se convertiría en el mayor escándalo de seguridad del gobierno mexicano en la era moderna.
Lo más escalofriante de la segunda fuga no es el túnel en sí, que ya es impresionante por su escala y su sofisticación ingenieril. Lo más escalofriante es cuando empezaron a construirlo. expertos de seguridad nacional de Estados Unidos que analizaron el túnel después de la fuga calcularon que su construcción requirió entre 18 meses y 2 años de trabajo continuo con equipos de excavación profesionales, ingenieros civiles, electricistas y una logística que incluía la retirada silenciosa de cientos de toneladas de tierra, sin que nadie en la superficie se diera cuenta
de que debajo de sus pies se estaba construyendo un túnel de 1,m y5. Eso significa que la construcción comenzó probablemente a mediados o finales de 2012, es decir, más de un año antes de que el Chapo fuera capturado en febrero de 2014. Su organización ya tenía el plan de fuga en marcha mucho antes de que él entrara en prisión.
Estaban construyendo la salida antes de que existiera la necesidad de usarla. Según el testimonio de Damaso López Núñez, lugar teniente de confianza del Chapo, que declaró como testigo durante el juicio en Nueva York en 2018, Guzmán empezó a coordinar los detalles finales del túnel desde dentro de la prisión, casi inmediatamente después de ser encarcelado.
López le dijo que el proyecto llevaría mucho tiempo y que no era algo que se pudiera hacer de la noche a la mañana. El Chapo respondió que no tenía ninguna prisa, podía esperar. La noche del 11 de julio de 2015, un guardia le dio su medicación diaria a Guzmán y lo vio por última vez caminando con normalidad por su celda.
Las cámaras de seguridad, que vigilaban cada rincón de la celda las 24 horas del día, lo grabaron acercándose a la zona de la ducha. La ducha era el único punto de toda la celda que no tenía cobertura directa de cámara porque las regulaciones de privacidad del sistema penitenciario mexicano exigían que el preso pudiera ducharse sin ser grabado.
Fue un error de diseño que los constructores del túnel conocían perfectamente y que explotaron con una precisión milimétrica. Debajo del plato de la ducha habían abierto una abertura de unos 50 por 50 cm que daba a un pozo vertical de 10 m de profundidad con una escalera de metal soldada a la pared. El Chapo se agachó, se metió en el agujero y bajó por la escalera mientras las cámaras de su celda grababan una ducha vacía.
Al llegar al fondo del pozo, encontró el túnel. medía 1 kómetro y medio de largo y aproximadamente 1,70 de alto, exactamente la estatura de Guzmán, lo que indica que fue construido literalmente a su medida. Tenía iluminación eléctrica a lo largo de todo su recorrido con bombillas cada pocos metros. Un sistema de ventilación que bombeaba aire fresco desde la superficie para que no se acumularan gases tóxicos ni faltara oxígeno, escaleras en los cambios de nivel y en el centro del túnel.
una motocicleta modificada montada sobre unos raíes de metal que había sido usada durante la construcción para transportar la tierra excavada y las herramientas pesadas, y que ahora servía como medio de transporte rápido para recorrer el kilómetro y medio en cuestión de minutos en lugar de caminar durante media hora.
El Chapo montó en la moto, recorrió el túnel y salió por el otro extremo en una casa en construcción aparentemente abandonada en medio de campos agrícolas donde un vehículo y un equipo de hombres armados lo estaban esperando. Pasaron aproximadamente 50 minutos entre la última vez que un guardia vio a El Chapo y el momento en que descubrieron que había desaparecido.
18 empleados de la prisión fueron detenidos para interrogatorio. La pregunta que todo el mundo se hacía era cómo era posible que un túnel de 1 kmetro y medio terminara exactamente debajo de la ducha de la celda del preso más importante del país sin que nadie se diera cuenta? La respuesta más probable era que alguien dentro de la prisión había proporcionado las coordenadas exactas de la celda a los constructores del túnel a cambio de una cantidad de dinero que el cártel de Sinaloa estaba dispuesto a pagar y que ningún
funcionario de prisiones podía rechazar. El Chapo permaneció prófugo casi se meses, moviéndose entre casas de seguridad en su territorio de Sinaloa, protegido por una red de informadores, sicarios y funcionarios corruptos que lo mantenían un paso por delante de los operativos de captura. El 8 de enero de 2016, después de meses de inteligencia combinada entre la Marina Mexicana y agencias estadounidenses que rastrearon sus comunicaciones telefónicas y vigilaron sus movimientos por satélite, un operativo militar masivo localizó a
Guzmán en una casa de seguridad en Los Mochis, Sinaloa. Hubo un tiroteo prolongado entre los marines y los sicarios que protegían la vivienda. El Chapo intentó escapar una vez más, esta vez arrastrándose por el sistema de alcantarillado de la ciudad, pero fue interceptado cuando salía por una boca de alcantarilla a varias manzanas de la casa.
En enero de 2017 fue extraditado a Estados Unidos para ser juzgado por tribunales americanos y encerrado en una prisión de la que ningún cártel mexicano pudiera sacarlo por mucho dinero que ofreciera. En febrero de 2019, después de un juicio de casi 3 meses en la Corte Federal de Brooklyn, que incluyó testimonios de exlugartenientes, socios y víctimas del cártel, fue declarado culpable de 10 cargos federales, incluyendo tráfico internacional de drogas, lavado de dinero y conspiración para asesinar, y condenado a cadena perpetua más 30 años de prisión. Actualmente cumple su
condena en la ADX Florence de Colorado, conocida como la alcatraz de las montañas rocosas y considerada la prisión más segura del mundo. Los reclusos pasan 23 horas al día en celdas de 2 por 4 m con una ventana de 10 cm que solo deja ver un trozo de cielo. De ADX Florence no se ha fugado nadie jamás.
Y con el Chapo dentro, las autoridades estadounidenses están decididas a que eso no cambie. Dann Nemora, la fuga con ayuda de una empleada enamorada. La prisión se llamaba Little Siberia y el nombre no era una exageración ni una broma. La Clinton Correctional Facility estaba enclavada en Danemora, un pueblo diminuto y aislado en el extremo norte del estado de Nueva York, tan cerca de la frontera con Canadá, que en los días claros de invierno podías ver las montañas canadienses desde las torres de vigilancia, mientras la temperatura descendía a 20 gr bajo cer y la nieve
cubría los muros de piedra de la prisión hasta la mitad de su altura. El pueblo de Danemora existía por y para la prisión desde hacía más de un siglo y medio. Casi todos sus habitantes trabajaban allí como guardias, personal administrativo o empleados de mantenimiento o tenían algún familiar que lo hacía.
La prisión funcionaba desde 1845. era una de las más antiguas, más grandes y más imponentes del estado de Nueva York, con muros de piedra gris de 9 m de altura que parecían sacados de una fortaleza medieval y estaba rodeada de bosques tan densos e impenetrables, de terreno tan montañoso y escarpado y de un clima tan brutalmente frío durante la mayor parte del año, que incluso si un preso lograba de alguna forma milagrosa salir de los muros, la naturaleza se encargaría de detenerlo antes de que llegara a ninguna parte. Nadie había
conseguido escapar de Dannemora y sobrevivir en más de un siglo de funcionamiento. Y entonces aparecieron Richard Matt, David Set y una mujer llamada Joyce Mitchell, que lo cambió absolutamente todo. Richard Matt tenía 48 años y estaba cumpliendo una condena de 25 años a cadena perpetua por haber secuestrado, torturado y desmembrado a un hombre de negocios llamado William Rickerson en 1997.
Matt le había roto los huesos del cuello con las manos desnudas antes de descuartizar el cuerpo y tirarlo al río. Era un hombre grande, carismático, extremadamente manipulador y con un talento artístico sorprendente. Pintaba cuadros al óleo de una calidad que impresionaba a los guardias y al personal de la prisión, que aceptaban sus pinturas como regalos, sin sospechar que cada cuadro era una pieza en un juego de manipulación diseñado para ganarse la confianza de las personas que lo custodiaban. David Suet tenía 34 años
y cumplía cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por el asesinato del agente de policía Kevin Tarsia del condado de Brom en 2002. Suet había atropellado a Tarsia con un coche y después le había disparado dos veces mientras el agente yacía en el suelo. Era más callado que Mat, más calculador y técnicamente más hábil con las herramientas, lo que lo convertía en la persona perfecta para el trabajo físico que requería la fuga.
Y después estaba Joyce Mitchell, conocida como Tilly, por todos en la prisión y por todo el pueblo de Dane Mora. Era una empleada civil del taller de costura de la prisión, una mujer casada de 51 años con un marido que también trabajaba en Danemora como empleado de mantenimiento y sin antecedentes criminales de ningún tipo.
Su trabajo consistía en supervisar a los presos que cosían uniformes y reparaban equipamiento textil en el taller. Era un trabajo tranquilo, rutinario y mal pagado que Mitlevaba haciendo durante años sin que nunca pasara nada fuera de lo normal. Matt y Suet la identificaron como su objetivo desde el primer día que entraron en el taller y vieron cómo reaccionaba a la atención masculina.
Ambos la sedujeron deliberadamente, turnándose para hablar con ella durante las horas de trabajo, haciéndole cumplidos sobre su aspecto, preguntándole por su vida personal, escuchándola con una atención que su marido probablemente no le dedicaba, y cultivando una relación que combinaba a lagos calculados, falsas confesiones emocionales y una manipulación psicológica tan precisa y tan paciente que Mitab convencida de que estaba enamorada de los dos hombres al mismo tiempo y de que ayudarlos a escapar era un acto de amor y no un delito federal.
Mitchell les proporcionó las herramientas que hicieron posible la fuga, hojas de sierra para cortar metal, brocas, destornilladores eléctricos y otras herramientas que los presos jamás habrían podido conseguir por su cuenta dentro de una prisión de máxima seguridad. Otro empleado de la prisión, un guardia veterano llamado Jean Palmer, también contribuyó sin saberlo.
Le pasaba pinturas y materiales artísticos a Matt a cambio de sus cuadros, sin darse cuenta de que entre las pinturas y los lienzos viajaban herramientas que Matt y Suet usaban cada noche para cortar los muros de sus celdas. Durante semanas de trabajo nocturno agotador, que les dejaba las manos en carne viva y cubiertas de cortes y ampollas que tenían que ocultar durante el día para no levantar sospechas entre los guardias, Mat y Suet usaron las herramientas que Mitchell les había proporcionado para cortar los muros de
hormigón armado de la parte trasera de sus celdas y las tuberías de acero del sistema de calefacción por vapor que recorría el subsuelo de toda la prisión. trabajaban exclusivamente después de la medianoche, cuando los guardias del turno de noche hacían sus rondas de forma rutinaria, predecible y cada vez menos atenta a medida que pasaban las horas y el aburrimiento de la madrugada los volvía descuidados.
accedieron a una red de túneles subterráneos que transportaba las tuberías de vapor bajo los muros del recinto penitenciario, un sistema de calefacción construido en el siglo XIX, cuando la prisión fue diseñada para sobrevivir a los inviernos brutales del norte de Nueva York y que nadie en la administración penitenciaria había considerado jamás como una posible ruta de escape, porque se suponía que las tuberías estaban soldadas, selladas, eran demasiado estrechas para que un ser humano adulto pasara a través de ellas y además transportaban vapor a
temperaturas que podían causar quemaduras graves. Matt y Suet demostraron que cada una de esas suposiciones era incorrecta. Cortaron una tubería de gran diámetro con las sierras de precisión que Mitchell les había proporcionado. Esperaron a que el vapor se disipara. Se arrastraron por el interior del sistema de tuberías, arrastrándose sobre los codos y las rodillas en un espacio tan estrecho que apenas podían respirar.
Pasaron bajo los muros de la prisión sin que los guardias que patrullaban sobre sus cabezas tuvieran la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo debajo de sus pies y encontraron la salida. Una boca de alcantarilla oxidada que daba a una calle residencial del pueblo de Danemora, al otro lado de los muros de la prisión, a escasos metros de las casas donde vivían los propios guardias y sus familias.
El plan original era que Joyce Mitchell los esperara fuera de la prisión con su coche aparcado junto a la boca de alcantarilla. A medianoche del 6 de junio de 2015 para llevarlos lejos de Danemora y del perímetro de búsqueda. Antes de que nadie descubriera que habían desaparecido, Michel iba a conducir durante la noche hacia el sur, alejándolos de la frontera canadiense y del área donde la policía los buscaría primero.
Según el plan que habían acordado los tres, durante semanas de conversaciones en el taller de costura, Michel iba a abandonar a su marido, abandonar su vida en Danemora y huir con Matt y Suet para empezar una nueva vida lejos de todo. Iba a ser la conductora, la cómplice, la compañera de viaje y la mujer que hacía posible que dos asesinos convictos desaparecieran en la noche americana sin dejar rastro.
Pero cuando llegó el momento, Mitel se echó atrás. Según su propia declaración posterior, sufrió un ataque de pánico. Se quedó paralizada en su casa y no pudo obligarse a sí misma a salir por la puerta, subirse al coche y conducir hasta el punto de encuentro. La mujer que había arriesgado su carrera, su matrimonio y su libertad para proporcionarles las herramientas, no tuvo el valor de dar el último paso cuando todo dependía de ella.
Cuando Mat y Suet emergieron de la boca de alcantarilla a la 1 de la madrugada del 6 de junio, empapados de agua sucia y cubiertos de óxido y grasa de las tuberías, miraron a su alrededor buscando el coche de Mitchell. No había nadie, no había ningún coche, no había ningún plan de huida preparado. Estaban solos en una calle desierta de un pueblo helado en mitad de la noche, sin vehículo, sin dinero, sin contactos en la zona y sin ninguna ruta de escape planificada más allá de la boca de alcantarilla por la que acababan de
salir. En las almohadas de sus camas habían dejado unas notas que decían Have a nice day, acompañadas de una carita sonriente dibujada a mano, un último gesto de burla hacia los guardias que descubrirían las celdas vacías horas después. Sin ninguna otra opción, Matt y Suet se miraron, se adentraron a pie en los densos bosques del norte de Nueva York y desaparecieron en la oscuridad.
A las 5:17 de la mañana, durante el primer recuento del día, los guardias descubrieron que las celdas de Matt y Suet estaban vacías, las notas de Hava a Nice Day estaban en las almohadas, los agujeros cortados en las paredes traseras de las celdas estaban abiertos y el sistema de tuberías de vapor, que nadie había considerado como una amenaza, tenía dos secciones cortadas limpiamente con sierras de precisión.
Lo que siguió fue la mayor operación de búsqueda en la historia reciente del estado de Nueva York y una de las más grandes de todo Estados Unidos en lo que iba de siglo. Más de 15 agentes de múltiples agencias fueron desplegados en los bosques que rodeaban Danemora, Policía Estatal de Nueva York, FBI, US Marshalls, Policía de Fronteras, equipos SWAT y agentes de la oficina de alcohol, tabaco, armas de fuego y explosivos.
Helicópteros con cámaras térmicas sobrevolaban los bosques día y noche. Perros rastreadores seguían rastros que se perdían en arroyos y pantanos. Drones con cámaras infrarrojas escaneaban la vegetación buscando firmas de calor humano. Se siguieron más de 2,500 pistas proporcionadas por ciudadanos que creían haber visto a los fugados en lugares tan distantes como Florida y México.
El terreno era una pesadilla para los equipos de búsqueda. Bosques tan densos que la luz del sol apenas penetraba hasta el suelo. Montañas cubiertas de vegetación impenetrable. Pantanos donde los agentes se hundían hasta la cintura. y nubes de mosquitos tan espesas que hacían imposible estar quieto más de unos segundos.
Mat y Suet se movían exclusivamente de noche cuando la oscuridad del bosque era tan absoluta que ni los helicópteros con cámaras térmicas podían distinguirlos entre la vegetación y se escondían durante las horas de luz en la vegetación más densa y más inaccesible que podían encontrar, enterrándose literalmente entre hojas y ramas para confundirse con el terreno.
Sobrevivían con lo que robaban de cabañas de caza abandonadas que estaban repartidas por todo el bosque. comida enlatada, agua embotellada, ropa seca, mantas y ocasionalmente botellas de alcohol que Mat consumía en cantidades cada vez mayores y que empeoraban su estado físico y su capacidad de juicio con cada día que pasaba.
Ambos estaban cada vez más débiles, más enfermos por la exposición constante a la humedad y al frío, y más desesperados. A medida que pasaban los días, la distancia entre ellos y los equipos de búsqueda se reducía. El 26 de junio, 20 días después de la fuga, un conductor de autocaravana que circulaba por la ruta 30 al sur de la frontera canadiense escuchó un disparo y descubrió un agujero de bala en la carrocería de su vehículo.
Llamó a la policía inmediatamente. Los agentes rastrearon la zona y encontraron a Richard Mat escondido entre los árboles a pocos metros de la carretera. Estaba enfermo, probablemente borracho, tosiendo con violencia y apenas podía mantenerse en pie. Un agente de la patrulla de fronteras le dio el alto y le ordenó que se detuviera.
Matt no se detuvo. Siguió avanzando hacia el agente. El agente abrió fuego. Richard Matt, el hombre que había desmembrado a un ser humano con sus propias manos, que había pintado cuadros para ganarse la confianza de sus carceleros y que había seducido a una empleada para que le proporcionara las herramientas con las que escapó.
Murió en un bosque del norte de Nueva York. 20 días después de salir de prisión por primera vez en 18 años. Dos días después, el 28 de junio, el sargento J. Cook de la Policía Estatal de Nueva York vio a un hombre corriendo por una carretera rural enconstable, un pueblo situado a solo 5 km de la frontera canadiense. Era David Suet. Cuando Cook le dio el alto, Suet echó a correr a través de un campo abierto en dirección a Canadá.
Estaba a 5 km de la Libertad. Cook le disparó dos veces en el torso. Suet cayó al suelo. Sobrevivió a los disparos y fue hospitalizado en estado crítico antes de ser devuelto a prisión con una condena adicional que se sumó a su cadena perpetua. Joyce Mitchell se declaró culpable de facilitar la fuga y fue condenada a entre 2 y 7 años de prisión.
J Palmer, el guardia que había pasado herramientas a cambio de cuadros, también fue declarado culpable. La historia generó tal impacto mediático que Showtime produjo la miniserie Escape ate Mora en 2018 con Benicio del Toro como Richard Mat, Paul Dano como David Set y Patricia Arquet como Joyce Mitchell. Arquet ganó un globo de oro y un Ei por su interpretación de la mujer que lo hizo todo posible por amor y que en el momento decisivo no pudo dar el último paso. 5 km.
Eso es lo que separó a David Suet de Canadá y de una vida en libertad. 5 kómros y dos balas disparadas por un sargento de la policía estatal que miró por la ventanilla de su coche patrulla en el momento exacto y en el lugar exacto. No.
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