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DUÉRMETE CON LAS FUGAS DE PRISIÓN MÁS INCREÍBLES DE LA HISTORIA | CASOS REALES

Muros de hormigón, alambre de cuchillas, torres con francotiradores, cámaras en cada pasillo, prisiones diseñadas para que nadie salga jamás. Y aún así, hay personas que encontraron la forma de hacerlo. Hoy vas a conocer ocho de las fugas más increíbles de la historia, como la del preso que se metió dentro de una saca de correo y lo sacaron de prisión como si fuera un paquete más.

La de la mujer que aprendió a pilotar un helicóptero para aterrizar en una prisión de París y sacar a su marido, la de tres hombres que fabricaron cabezas falsas y desaparecieron en las aguas de Alcatraz, sin que nadie los haya encontrado jamás. y la del narcotraficante que desapareció por un agujero en su ducha y recorrió un túnel de 1 kmro para escapar.

Relájate, ponte cómodo y bienvenidos a Detrás de la historia. Richard Lee Mcreir, el hombre que se envió a sí mismo por correo. Richard Lee McNeir se escapó de prisión tres veces. La primera vez usó un tubo de bálsamo labial. La segunda vez se arrastró por un conducto de ventilación. La tercera vez se metió dentro de una saca de correo.

Fue sacado de la prisión en un palé envuelto en plástico sin que nadie se diera cuenta. Y cuando un policía lo paró horas después y le dijo que coincidía con la descripción del fugado, McNeir le respondió con una sonrisa. Vaya, eso es una faena, ¿no? Y el policía lo dejó ir. No es una película. No es ficción, es la historia real de un hombre al que su propio hermano describió como la persona más inteligente que he conocido y que convirtió la fuga en una forma de arte que dejó en ridículo a todo el sistema penitenciario federal de Estados Unidos.

McNire nació el 19 de diciembre de 1958 en Oklahoma, en el seno de una familia que no hacía presagiar lo que vendría después. Su padre era policía reservista, lo cual añade una capa de ironía casi literaria a toda su historia. En noviembre de 1987, en Minot, Dakota del Norte, Magner fue sorprendido durante un robo en un silo de grano y disparó a dos hombres.

Uno de ellos, Jerry Tes, un camionero que trabajaba en el silo, murió. Magneir fue condenado a dos cadenas perpetuas por asesinato e intento de asesinato más 30 años adicionales por robo. Era una condena que significaba que no saldría de prisión jamás. Al menos esa era la idea. La primera fuga llegó apenas unos meses después de su detención, en 1988 y demostró que Mcir era capaz de convertir el objeto más insignificante en una herramienta de escape.

Estaba esposado en la comisaría de Minot, esperando a ser trasladado a una prisión federal cuando sacó un tubo de bálsamo lavial del bolsillo de su pantalón, un objeto tan pequeño e inofensivo que nadie se había molestado en quitárselo durante el cacheo. Se lubricó meticulosamente toda la mano derecha con él y deslizó la muñeca fuera de la esposa metálica, con una facilidad que dejó a los agentes absolutamente estupefactos cuando revisaron las grabaciones de seguridad.

se levantó tranquilamente de la silla donde estaba sentado, caminó hacia la puerta de la comisaría sin que nadie reaccionara a tiempo y desapareció en la calle. No corrió, no forzó ninguna cerradura, no golpeó a ningún guardia, simplemente se untó la mano con bálsamo labial, se quitó las esposas como quien se quita un reloj y se fue caminando.

Fue recapturado poco después en las calles de Minot, pero el mensaje había quedado grabado en el expediente de todos los funcionarios que lo custodiaban. Richard Mcir no pensaba como un preso normal y no iba a quedarse quieto. La segunda fuga fue en 1992. y demostró que la primera no había sido un golpe de suerte.

McNeir estudió la estructura de la prisión federal, donde estaba encerrado hasta que encontró un punto débil que nadie más había detectado. Un conducto de ventilación que conectaba el interior del edificio con el exterior. Se arrastró por el conducto en mitad de la noche, salió al aire libre y una vez fuera se tiñó el pelo de rubio para cambiar su apariencia de forma inmediata.

Desapareció durante 10 meses enteros, moviéndose por el país bajo identidades falsas, trabajando en empleos temporales y cambiando de ciudad cada pocas semanas para que nadie pudiera seguirle el rastro. fue capturado en Nueva York casi un año después gracias a un control rutinario de identidad en el que su documentación falsa no resistió una verificación a fondo.

Las autoridades federales decidieron que McNeir necesitaba estar en un sitio del que fuera absolutamente imposible escapar, un sitio diseñado específicamente para los presos que habían demostrado que las prisiones normales no podían retenerlos. Lo trasladaron a la Penitenciaría Federal de Polock en Luisiana, una instalación de alta seguridad construida en 2004 con las últimas tecnologías de vigilancia y contención, diseñada para albergar a los presos más peligrosos y más propensos a la fuga de todo el sistema federal de Estados Unidos. Polock tenía cámaras en

cada pasillo, recuentos múltiples al día, detectores de movimiento en los perímetros y una reputación entre los funcionarios de prisiones de ser prácticamente a prueba de fugas. Las autoridades estaban absolutamente convencidas de que Polock detendría a Mcir de una vez por todas. Estaban tan equivocados que lo que ocurrió después se convertiría en una de las fugas más ingeniosas y más famosas de toda la historia del sistema penitenciario de Estados Unidos.

El trabajo que le asignaron a Magneir dentro de la penitenciaría federal de Polock fue reparar sacas de correo viejas y rotas en un taller situado dentro del recinto penitenciario. Las sacas eran esos sacos grandes de lona gruesa que el servicio postal de Estados Unidos usa para transportar paquetes y correspondencia a granel entre oficinas de correos.

Era un trabajo monótono, repetitivo y físicamente poco exigente que la mayoría de los presos habrían considerado aburrido. Mneir lo consideró una oportunidad de oro. Se sentaba cada día en su puesto de trabajo cosiendo sacas rotas con aguja e hilo industrial y mientras cosía hacía lo que mejor sabía hacer en el mundo. Observar. Observaba los horarios exactos de cada guardia que pasaba por el taller y por el almacén.

observaba las rutinas precisas de los empleados civiles que trabajaban en el almacén exterior al otro lado de los muros. Observaba a qué hora exacta se hacían los recuentos de presos por la mañana, al mediodía y por la tarde. Observaba cuándo entraba el montacargas, cuánto tiempo tardaba en cargar los palés, por qué puerta salía, qué guardias estaban de servicio en cada turno y cuándo se producían los cambios de guardia.

y observaba con especial atención a qué hora los empleados civiles del almacén exterior se iban a comer y dejaban el almacén completamente vacío y sin supervisión durante al menos una hora. Durante meses, McNeir construyó en su cabeza un mapa mental absolutamente perfecto de cada minuto, de cada hora, de cada día dentro de aquella prisión.

Un reloj invisible que solo él podía leer y que le diría exactamente cuándo tenía que actuar. Lo que construyó con esa información fue lo que él mismo llamó una cápsula de escape. Era una especie de saco reforzado con espacio suficiente para que un hombre adulto ocupiera dentro en posición fetal con un tubo incorporado para respirar que quedaba oculto entre las costuras del saco.

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