Posted in

Crucé la Frontera a los 24… Nunca Volví a Tocar a un Hombre | El Precio de la Inmigración

Crucé la frontera sola y nunca más tuve un hombre en mi vida. Me llamo Gloria María, tengo 46 años y hace 22 años que no siento el calor de un hombre a mi lado. No por falta de ganas, no por ser fea o amargada, sino porque el día que crucé esa frontera sola, con 24 años y el corazón roto en mil pedazos, algo dentro de mí se cerró para siempre.

Y lo que voy a contarles no es una historia bonita, no tiene ese final feliz que todos esperan. Es simplemente lo que pasó, lo que viví y lo que sigo viviendo cada día que despierto en este país que me dio todo y me quitó todo al mismo tiempo. Yo nací en Apatzingán, Michoacán, un pueblo caliente, polvoriento, donde el sol pega tan fuerte que la gente camina pegada a las paredes buscando sombra.Mi papá tenía una parcela pequeña donde sembraba maíz y calabaza y mi mamá vendía tamales en el mercado los domingos. Éramos seis hermanos y yo era la tercera. No teníamos mucho, pero tampoco nos faltaba el frijol en la mesa. Lo que sí nos faltaba era futuro. Cuando terminé la secundaria, a los 15 años, mi papá me dijo que ya no había dinero para mandarme a estudiar, que las mujeres de todas formas se casan y tienen hijos, que para qué gastar en más escuela.

No lo dijo con maldad, lo dijo porque así pensaba, así le habían enseñado. Entonces empecé a trabajar en una tienda de ropa del centro, doblando pantalones y atendiendo clientas que me trataban como si fuera invisible. Ganaba una miseria, pero me gustaba tener mi propio dinero, comprarme mis propias cosas.

Fue ahí donde conocí a Rubén. Él tenía 28 años, trabajaba en una refaccionaria y cada vez que pasaba frente a la tienda se quedaba mirándome. Al principio me daba pena, pero después empezó a entrar a preguntar por camisas que nunca compraba, solo para hablar conmigo. Era guapo, o al menos a mí me lo parecía. alto, moreno, con esos ojos que te miran como si fueras la única mujer en el mundo.

Empezamos a salir a escondidas porque mi papá era muy estricto. Nos veíamos en la plaza, caminábamos por las calles polvorientas mientras él me contaba sus planes. Quería poner su propio negocio, quería una casa grande, quería darme una vida mejor. Yo le creía cada palabra. A los 18 años me pidió que me fuera a vivir con él.

Mi papá casi me mata cuando se enteró. me dijo que era una descarada, que había manchado el nombre de la familia, pero yo ya no quería vivir en esa casa chiquita donde dormíamos tres hermanas en la misma cama, donde nunca había privacidad ni paz. Así que agarré mis cosas, que no eran muchas, y me fui con Rubén. Los primeros meses fueron bonitos, no voy a mentir.

Rentamos un cuartito cerca del centro con paredes tan delgadas que escuchábamos cuando los vecinos peleaban o hacían el amor, pero era nuestro. Yo seguía trabajando en la tienda y Rubén en la refaccionaria. Por las noches cocinábamos juntos, nos acostábamos temprano porque teníamos que madrugar y los domingos íbamos al mercado a comprar fruta y a tomarnos una nieve.

Yo pensaba que así sería mi vida, sencilla pero tranquila. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Rubén perdió su trabajo. La refaccionaria cerró porque el dueño se metió en problemas con unos tipos peligrosos y de un día para otro Rubén se quedó sin nada. Buscó trabajo por todos lados, pero no encontraba. Apatzingán no es un lugar donde sobren las oportunidades, especialmente cuando empezó a ponerse más peligroso el asunto de los grupos armados que peleaban por la plaza.

Mi sueldo apenas alcanzaba para la renta y la comida y Rubén empezó a ponerse irritable, a beber más de la cuenta, a llegar tarde en las noches, sin explicar dónde había estado. Una noche llegó con un ojo morado y la camisa rota. Me dijo que había tenido un problema con unos tipos en la cantina, que no era nada, pero yo vi miedo en sus ojos, un miedo que nunca antes había visto.

Los días siguientes estuvo nervioso. Miraba hacia la calle cada vez que pasaba un carro. se sobresaltaba con cualquier ruido. No me contaba nada. Me decía que no me preocupara, que todo iba a estar bien, pero yo sabía que algo malo estaba pasando. Dos semanas después, Rubén llegó a las 3 de la mañana. Me despertó sacudiéndome el hombro con la respiración agitada y sudando, aunque la noche estaba fresca.

me dijo que teníamos que irnos, que nos teníamos que ir de Apatzingán esa misma noche. Yo me asusté, le pregunté qué había hecho, qué estaba pasando. Él solo repetía que teníamos que irnos, que no había tiempo. Agarró una mochila y metió lo poco que teníamos de valor, algo de ropa, unos papeles, el dinero que yo tenía guardado en una lata debajo del colchón.

Salimos cuando todavía estaba oscuro. Caminamos hasta la carretera y paramos un camión que iba hacia Morelia. Durante todo el viaje, Rubén no me soltó la mano, pero tampoco me explicó nada. Yo tenía un nudo en el estómago, una sensación de que mi vida acababa de cambiar para siempre y que ya no había vuelta atrás.

Cuando llegamos a Morelia, Rubén me llevó a la central de autobuses y me compró un boleto para Tijuana. Yo no entendía nada. Le preguntaba, ¿por qué Tijuana? ¿Qué íbamos a hacer allá? Él me dijo que tenía un primo que vivía ahí, que nos iba a ayudar a cruzar al otro lado, a Estados Unidos, que allá podríamos empezar de nuevo, que allá había trabajo y nadie nos iba a buscar.

No le pregunté de quién estábamos escapando. En el fondo yo ya lo sabía. En Apatzingán todo el mundo sabía quiénes mandaban y qué les pasaba a los que se metían con ellos. Rubén había hecho algo, había debido dinero o había visto algo que no debía. Y ahora los dos estábamos huyendo. El viaje a Tijuana duró más de dos días.

Cambiamos de camión tres veces. Dormíamos sentados. Comíamos lo que podíamos comprar en las paradas. Tortas frías, refrescos tibios, galletas. Yo miraba por la ventana como el paisaje cambiaba, como Michoacán se quedaba atrás con sus cerros verdes y su calor húmedo, y aparecía el desierto seco y amarillo del norte.

Cada kilómetro que avanzábamos era un kilómetro más lejos de mi familia. de mi casa, de todo lo que conocía. Le mandé un mensaje a mi mamá desde un teléfono público diciéndole que estaba bien, que no se preocupara, pero que no podía decirle dónde estaba. Escuché su voz quebrarse del otro lado de la línea, preguntándome qué había pasado, rogándome que volviera.

Tuve que colgar antes de ponerme a llorar. Cuando llegamos a Tijuana, el primo de Rubén nos recogió en la central. Se llamaba Memo. Era más chico que Rubén, flaco y nervioso, con tatuajes en los brazos. Nos llevó a una casa en una colonia que parecía estar pegada con alfileres a la ladera de un cerro. Casas de lámina y madera, calles sin pavimentar, niños jugando descalzos entre la basura.

Nos dijo que nos podíamos quedar ahí unos días mientras conseguía contactar al coyote que nos iba a pasar. El coyote se llamaba Don Chuy, un señor gordo con bigote que fumaba sin parar y que nos pidió $3,000 por cabeza para cruzarnos. $,000 que no teníamos. Rubén habló con él.

Le dijo que podíamos pagar la mitad ahora y la otra mitad cuando estuviéramos del otro lado y consiguiéramos trabajo. Don Chuy se rió. Dijo que todos decían lo mismo y que después desaparecían, pero al final aceptó. No sé si por lástima o porque Memo le rogó. Nos quedamos en esa casa casi dos semanas, esperando el momento adecuado para cruzar.

Read More