Había una vez un rey que lo tenía todo, un trono, una familia, el amor de un pueblo entero. Y sin embargo, en algún rincón de su vida había algo que ningún protocolo podía controlar, algo que ningún servicio de seguridad podía mantener en secreto para siempre. Su nombre era Corina y cuando ese nombre salió a la luz, España entera se detuvo a escuchar.
Bienvenidos. Hoy les contamos la historia de la mujer más enigmática que haya cruzado jamás los pasillos del poder en España. Una historia de amor, de dinero, de secretos de estado y de un escándalo que sacudió los cimientos de la monarquía. Si ya sabían algo sobre esta historia, escriban en los comentarios una sola palabra que describa lo que sienten al pensar en ella.
Y si es la primera vez que la escuchan, escriban también, porque lo que están a punto de descubrir no los dejará indiferentes. Para entender quién es Corina, hay que empezar desde el principio. No desde el día en que los periódicos pusieron su nombre en portada, sino desde mucho antes, desde los años en que nadie en España sabía aún que existía.
Nacida el 28 de enero de 1964 en Frankfort del Meno, Alemania occidental. Corina Larsen llegó al mundo en el seno de una familia que, sin ser aristocrática, vivía con una movilidad y una ambición que pocas personas de su generación conocieron. Su padre, Finn Bonning Larsen, era danés de nacimiento, oriundo de Ballerup, un hombre que pasó décadas representando en Europa a Barig, la gran aerolínea nacional de Brasil.
Ese trabajo itinerante significó que la pequeña Corina creciera no en un solo lugar, sino en varios a la vez, Frankfurt, Río de Janeiro, Suiza. Diferentes idiomas, diferentes culturas, diferentes formas de ver el mundo. Ese cosmopolitismo temprano no fue un lujo accidental, fue el molde que daría forma a toda su personalidad adulta.
Wikipedia. Su madre, Ingrid Sauer, era alemana y juntos tuvieron dos hijos, Corina y su hermano Sven Eric. Pero el padre también tenía otros tres hijos de un matrimonio anterior en Dinamarca, lo que convertía la infancia de Corina en un mosaico de vínculos y distancias de familias repartidas por el norte de Europa.
Esa experiencia de crecer entre mundos distintos, de adaptarse constantemente, de leer los ambientes con rapidez, fue quizás la primera gran lección de su vida. Wikipedia. A los 17 años, Corina ya hablaba varios idiomas con su altura. El alemán eran de su madre. El inglés lo había absorbido en los años vividos en entornos internacionales.
El francés lo perfeccionó en Suiza y el italiano y el español los incorporarían más adelante con la misma facilidad con que otros cambian de ropa. En 1987 se graduó en la Universidad de Ginebra, una institución que durante décadas ha formado diplomáticos, empresarios y personalidades del ámbito internacional. No era una joven ordinaria, era alguien que desde muy temprano entendió que el mundo se mueve en círculos y que para estar en los círculos correctos hay que saber exactamente cómo entrar en ellos.
Wikipedia. Sus primeros pasos profesionales la llevaron a L’Oreal, la gigante francesa de la cosmética, y después a la compañí general de SO, donde trabajó en relaciones públicas. Eran empleos que no llamaban la atención, pero que le enseñaron algo fundamental, que la imagen lo es casi todo, que la narrativa que uno construye sobre sí mismo puede abrir puertas que ningún título académico abre por sí solo.
Wikipedia y Corina entendió esa lección mejor que nadie. En los años 90, cuando su nombre era todavía desconocido para el gran público, ella ya se movía con una soltura envidiable entre las élites europeas, no porque hubiera nacido entre ellas, sino porque había aprendido pertenecer a ellas. Ese era su don, su talento más profundo y también, con el tiempo la raíz de sus mayores controversias.
La historia que están a punto de escuchar no es solo la historia de una mujer y un rey, es la historia de cómo el poder atrae al poder, de cómo los secretos se acumulan hasta que ya no pueden contenerse y de como una sola cacería en África fue capaz de cambiar el destino de una nación entera. Permanezcan atentos porque esto apenas comienza.

Antes de que Corina Larsen se convirtiera en la persona de la que hablaría toda España, tuvo que reinventarse varias veces y cada reinvención la llevó un escalón más arriba en la pirámide social europea. La primera gran transformación llegó con su primer matrimonio a finales de los años 80, cuando conoció en París a un empresario británico llamado Philip Atkins.
Tenía 25 años y París era el escenario perfecto para una joven cosmopolita que buscaba su lugar en el mundo. Se casaron en 1990 y en 1992 nació su hija Anastasia. Era un matrimonio que sobre el papel parecía sólido, pero que en la práctica duró apenas 5 años. El divorcio llegó en 1995 y Corina, que entonces se apellidaba Atkins, se quedó con su hija y con una lección que definiría los años siguientes, que la estabilidad emocional no puede separarse de la independencia económica.
Los años que siguieron al primer divorcio son los que la prensa ha estudiado menos, pero quizás los más reveladores. Fue en ese periodo cuando Corina comenzó a construir la red de contactos que la llevaría eventualmente a los salones más exclusivos de Europa. Su trabajo en el mundo de los negocios internacionales le permitió cruzarse con personas cuya riqueza y cuya influencia superaban con creces cualquier escala ordinaria.
Entre ellos, según diversas fuentes, estuvo Gert Rudolf Flick, conocido como Migre sus allegados, nieto del fundador de uno de los grandes consorcios industriales de la República Federal Alemana. Un consorcio que incluía participación en la industria automovilística a través de Mercedes-Benz. Wikipedia. Corina no solo frecuentaba esos círculos, los habitaba con una naturalidad que desconcertaba a quienes venían de familias con tradición aristocrática.
Ella no tenía esa tradición, pero tenía algo que muchas veces vale más, la capacidad de hacer sentir a las personas que eran importantes cuando estaban cerca de ella. Era escuchadora, observadora, inteligente y sobre todo discreta. En el mundo de la gente extraordinariamente rica, la discreción es la moneda más valiosa.
En el año 2000 llegó la segunda gran transformación. En octubre de ese año, en una ceremonia civil celebrada en Londres, Colina Larsen se casó con Johan Casimir Susin Witgenstein un aristócrata alemán 12 años menor que ella, perteneciente a una de las casas principescas históricas de Alemania. El matrimonio tuvo también una ceremonia religiosa en Salzburgo en 2001, lo que le dio un carácter solemne, casi de cuento.
Con aquel matrimonio, Corina adquirió no solo un apellido nuevo, sino un título. Comenzó a presentarse en sociedad como princesa Corina Susin Witkenstein. En Alemania, los títulos nobiliarios no son oficiales desde que el país se convirtió en república, pero conservan un peso social enorme. Y en los círculos internacionales en los que se movía Corina, un apellido como el suyo nuevo abrió puertas que de otro modo habrían permanecido cerradas.
Nadie preguntaba demasiado sobre los detalles. El nombre sonaba antiguo, poderoso, europeo, de una manera que pocas cosas pueden evocar. En 2002 nació su segundo hijo, Alexander Quiril, fruto de este matrimonio. Pero la felicidad conyugal tampoco duró. En 2005, apenas cinco años después de la boda, el matrimonio se disolvió y aquí ocurrió algo que resultaría decisivo para el resto de la historia.
Corina decidió conservar el apellido de su exmarido. A pesar del divorcio, a pesar de las objeciones que la familia Sain Witgenstein expresaría con el tiempo, ella siguió siendo ante el mundo Corina su Saint Witgenstein y siguió usando el título de princesa. Fue una decisión que muchos interpretaron como vanidad, otros como una estrategia fría y calculada.
La verdad probablemente combina ambas cosas. Ese nombre era ya parte de su identidad pública, una marca personal que le costó construir y que no estaba dispuesta a abandonar. Y en el mundo en el que ella se movía, un nombre es mucho más que una etiqueta, es una llave, es un pasaporte, es la primera impresión que se forma alguien cuando te presentan en una cena de gala.
Y fue precisamente en una cena de gala donde comenzaría el capítulo más sorprendente de su vida. El año era 2004 o 2006, según algunas fuentes. El lugar Alemania. El encuentro aparentemente casual. El hombre que se sentó cerca de ella esa noche era el jefe de estado de una nación entera y nada, absolutamente nada, volvería a ser igual.
Para entender lo que ocurrió entre Corina y el rey Juan Carlos I, hay que entender primero quién era Juan Carlos en aquel momento. No el anciano emérito que hoy vive en Abu Dhabi, sino el monarca en su apogeo, el hombre que durante décadas encarnó para millones de españoles la esperanza de una España moderna, democrática, reconciliada con su propia historia.
Juan Carlos primero subió al trono en noviembre de 1975 tras la muerte del dictador Francisco Franco. Fue Franco quien lo designó como sucesor y muchos creyeron que el joven rey sería simplemente la continuación del régimen. Se equivocaron. En los años siguientes, Juan Carlos pilotó la transición española hacia la democracia con una habilidad que nadie había previsto.
Y en 1981, cuando un grupo de militares intentó dar un golpe de estado en el Congreso de los Diputados, fue él quien salió en televisión en plena noche para defender la Constitución. Esa noche se ganó el corazón de España de una forma que muy pocos políticos logran en toda una carrera. Era un rey querido, enormemente popular, respetado en Europa y en el mundo árabe, donde sus conexiones con casas reales del Golfo Pérsico eran bien conocidas.
Un hombre que caminaba entre el protocolo y la informalidad con una soltura que lo hacía parecer cercano sin dejar de ser soberano. Le gustaba el deporte, la navegación a vela, la casa mayor. Era un monarca del siglo XX que disfrutaba de los placeres del siglo XX. Y también era un hombre que llevaba décadas casado con la reina Sofía, nacida princesa de Grecia y Dinamarca, una mujer de impecable presencia pública, pero con quien, según todas las crónicas que se escribirían después, la distancia emocional llevaba años siendo
evidente. La pareja mantenía las apariencias con precisión profesional, pero los rumores sobre la vida privada del rey habían circulado durante mucho tiempo entre periodistas y personas cercanas a la corte. Fue en ese contexto cuando Corina entró en su vida. Según la versión más extendida, el encuentro ocurrió a través de Gerald Crosbenor, el sexto duque de Westminster, uno de los hombres más ricos del Reino Unido y un gran aficionado a la casa mayor.
Corino trabajaba entonces para Boss Sporting, una división de la histórica armería londinense Boss and Co, donde organizaba cacerías exclusivas para clientes de altísimo perfil en lugares remotos del planeta. era en esencia la persona que sabía cómo llevar a los más poderosos del mundo a los lugares donde podían disparar animales exóticos en paz, lejos de las miradas del público. Wikipedia.
El rey de España era uno de sus clientes y en ese contexto profesional que combinaba la exclusividad, la adrenalina y la distancia de cualquier protocolo oficial, los dos se conocieron. El rey, fascinado por aquella mujer que hablaba sus mismos idiomas, que conocía el mundo que él habitaba, que no necesitaba que le explicaran nada porque ya lo sabía todo, comenzó a prestarle una atención que iba más allá de lo puramente profesional.
Las primeras señales fueron discretas, pero inequívocas. El rey la contrató para organizar la luna de miel de su hijo, el príncipe Felipe, que se casó con Leticia Ortiz en mayo de 2004. era un encargo de confianza personal que indicaba que Juan Carlos la consideraba ya algo más que una simple proveedora de servicios.
también la contrató para organizar dos safaris en los años siguientes. La relación profesional se iba tiñiendo de algo más cálido, más íntimo, más peligroso. En los círculos de la aristocracia y los negocios europeos, donde los secretos circulan con la misma fluidez que el champán en las cenas de gala, comenzó a correr la voz de que el rey de España tenía una amiga especial, no un amante en el sentido vulgar del término, sino una compañera, alguien con quien podía ser el mismo lejos del peso de la corona. Alguien que lo escuchaba, que lo
entendía, que no le pedía nada que él no quisiera dar. Al menos eso era lo que parecía al principio. La realidad, como siempre resultaría ser bastante más compleja. Hay una pequeña casa en las afueras de Madrid que Corina llamaba con una ternura que los periodistas subrayarían años después. Su casita. No era un palacio, no era una mansión de lujo, sino un pabellón de casa discreto, retirado, envuelto en el silencio de los campos castellanos.
Era allí donde Juan Carlos I y Corina se encontraban, lejos de los fotógrafos, de los cortesanos, de la maquinaria de la casa real. Según el propio relato que Corina haría años más tarde en declaraciones a investigadores y medios internacionales, el rey fue muy directo desde el principio. Podía estar casado, le dijo, pero quería algo más que una amistad.
y lo respaldó con gestos que pocas personas en el mundo podían permitirse. Cartas escritas a mano que llegaban sin previo aviso, ramos de flores que aparecían en su puerta, llamadas a cualquier hora del día o de la noche. Era la corte de un hombre acostumbrado a obtener lo que deseaba, pero ejecutada con una calidez que hacía difícil resistirse a ella.
Corina no era una joven inexperta. Tenía 40 años. Había pasado por dos matrimonios. Había navegado los mundos del dinero y del poder europeo con los ojos bien abiertos. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo y lo que implicaba. Pero hay algo en la atención de un rey, incluso para alguien tan sofisticada como ella, que resulta difícil de ignorar.
No era solo el poder simbólico, era la intensidad, la exclusividad, la sensación de que aquel hombre, con todo lo que tenía a su disposición había elegido estar cerca de ella. La relación se desarrolló durante años con una discreción que, vista en retrospectiva, resulta casi asombrosa. En una época en que los teléfonos móviles ya eran omnipresentes y las redes sociales comenzaban a cambiar para siempre el concepto de privacidad, Juan Carlos y Corina consiguieron mantener su vínculo en las sombras.
Ella seguía apareciendo en eventos de sociedad, en regatas, en presentaciones empresariales. Él seguía cumpliendo su agenda oficial, representando España en foros internacionales, recibiendo a jefes de estado. Pero la relación tenía también una dimensión que iba más allá del terreno sentimental. Corina no era solo una compañera, era cada vez más una intermediaria, una persona con acceso directo al monarca español que podía abrir puertas en su nombre en lugares donde la diplomacia oficial tenía las manos atadas. Se publicó con años de
posterioridad que en 2007 Corina fue recibida en Riad por el príncipe saudí Alwalid Pintalal, presidente de la Kingdom Holding Company, una de las fortunas privadas más grandes del mundo, nada menos que como representante de su majestad el rey Juan Carlos I de España, Wikipedia. Cuando los periodistas preguntaron a la casa real por ese encuentro, la respuesta oficial fue la cónica y reveladora a la vez.
El palacio de la zarzuela declaró que no tenía constancia de que Corina Susin Witgenstein hubiera representado al rey en ninguna ocasión. Era una negación que no aclaraba nada y que al mismo tiempo lo sugería todo. En el lenguaje de los palacios, ese tipo de respuestas no son negaciones absolutas, son para vientos.
Mientras tanto, Corina seguía construyendo su propia arquitectura de negocios en paralelo a su vínculo con el monarca. En 2006 había fundado Apollonia Associates, una consultora que asesoraba empresas y gobiernos en asuntos relacionados con Oriente Medio y otras regiones del mundo. Era una empresa pequeña en términos de estructura, pero enorme en términos de lo que ofrecía: acceso, contactos, la capacidad de conectar intereses con personas que podían materializarlos y el activo más valioso de Apolonia Associates no figuraba en ningún balance
contable. era la relación de su fundadora con el jefe de Estado español. Corino se instaló por un tiempo en una residencia en el complejo de El Pardo en Madrid, una propiedad de titularidad pública que formaba parte del patrimonio del Estado español. Era una señal inequívoca de hasta qué punto la relación había dejado de ser un asunto puramente privado.
No cualquier persona obtiene el privilegio de vivir en una finca del Estado. Ese detalle, que pasaría relativamente desapercibido en su momento, se convertiría años después en uno de los elementos más citados por quienes intentaban entender hasta dónde llegaba realmente la influencia de aquella mujer. Wikipedia.
En el año 2012, el mundo conoció la existencia de Corina Zusin Witgenstein, de una manera que ni ella ni el rey habrían elegido. No fue una exclusiva periodística cuidadosamente preparada, no fue una confesión deliberada, fue un accidente. Un accidente con un elefante en Botsuana que lo cambió todo. BBC. Abril de 2012.
El rey de España con 74 años se encontraba en África participando en una cacería de elefantes. Una cacería privada organizada por Corina, pagada en su mayor parte por un consejero de la familia real saudí llamado Mohamed Eyad Kayali, cuya participación en las famosas filtraciones de los papeles de Panamá se conocería años después.
El coste del viaje ascendía a 40.000 1000 € según las investigaciones posteriores, Wikipedia. Durante la cacería, el rey sufrió una caída y se fracturó la cadera. tuvo que ser evacuado de urgencia de Botswana y repatriado a España para ser operado. La noticia del accidente no pudo ocultarse y con ella salió a la luz todo lo que el accidente revelaba, que el rey de España había viajado en secreto a África para cazar elefantes mientras el país atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia. BBC.
España en 2012 era un país al borde del precipicio. El paro superaba el 25%. Millones de familias habían perdido sus casas. El gobierno aplicaba recortes dolorosos en sanidad y en educación. Y mientras todo eso ocurría, el rey disfrutaba de un safari de lujo. La indignación fue inmediata y masiva. Juan Carlos primero tuvo que aparecer ante las cámaras con muletas para pedir perdón.
en una cena que nadie que la vio pudo olvidar. “Lo siento mucho”, dijo, “y no volverá a ocurrir.” Pero lo que había salido a la luz no era solo el safari, era también la presencia de Corina. Su nombre comenzó a circular en los medios con una insistencia que ninguna estrategia de comunicación de palacio podía ya detener. La prensa alemana y la prensa británica, que operan con menos cortapizas ante la monarquía española que los propios medios españoles, publicaron los primeros detalles de la relación.
Y España, que durante años había ignorado o minimizado los rumores, tuvo que empezar a mirar de frente lo que siempre había preferido no ver. La imagen del rey que emergió en aquel momento fue perturbadora para muchos ciudadanos, no por la infidelidad en sí misma, que era un asunto privado que algunos podían ignorar, sino por lo que la situación revelaba sobre la distancia entre la vida pública y la vida privada de la corona.
El mismo hombre, que había pedido sacrificio y austeridad a los españoles, llevaba una existencia de safaris africanos, fincas del Estado y regalos millonarios. a mujeres que pocos conocían y los regalos eran efectivamente millonarios. Según las investigaciones que se desarrollarían en los años siguientes, en algún momento de 2012, Juan Carlos transfirió a Corina una cantidad de alrededor de 65 millones de euros desde una cuenta bancaria en Suiza.
Una cifra que requería explicación y cuya explicación resultó ser tan intrincada como la propia vida de sus protagonistas. El rey afirmó más tarde, a través de intermediarios y en declaraciones a investigadores suizos, que aquel dinero era un regalo personal. Corina, por su parte, lo describió como un reconocimiento por todo lo que había significado para él, una compensación por los años en que su vida había estado ligada a la suya con todos los costes personales que eso implicaba.
Pero los fiscales suizos, que se ocuparían del asunto durante años tenían una pregunta más difícil que responder. ¿De dónde venía aquel dinero antes de llegar a la cuenta de Corina? Es-us.yahoo. La pregunta sobre el origen de los 65 millones de euros lleva directamente al corazón del escándalo financiero más grande en la historia reciente de la monarquía española.
Y para entenderlo hay que viajar a Arabia Saudí y a un proyecto de ingeniería que cambió el Oriente Medio Moderno, Wikipedia. En 2011, un consorcio de 12 empresas españolas ganó el contrato para construir el tren de alta velocidad entre la Meca y Medina, las dos ciudades más sagradas del Islam. Era un proyecto colosal valorado en 6,500 millones de euros y su adjudicación a las empresas españolas fue percibida en España como una victoria económica de primer orden, un triunfo de la industria nacional en uno de los mercados más competidos del
mundo. Lo que no se sabía entonces y que las investigaciones posteriores sacarían a la luz de manera progresiva era que detrás de aquella adjudicación había una historia de comisiones y de relaciones personales que comenzaban y terminaban en el rey. En una cuenta del banco suizo Mirabot, a nombre de la Fundación Lucum, una sociedad panameña de la que Juan Carlos primero era el único beneficiario, habían ingresado 100 millones de dólares procedentes del rey de Arabia Saudí, Abdalá bin Abdelasis.
El dinero llegó entre 2008 y 2012. La Fundación Lucum era opaca. Sus movimientos no figuraban en ningún registro público y el origen de los fondos, una donación del monarca saudí a su colega español era algo que los fiscales describirían como inusual, incluso para los estándares de las relaciones entre casas reales del Golfo.
¿Cuánto de ese dinero estaba ligado a las gestiones que Juan Carlos realizó personalmente para favorecer a las empresas españolas en Arabia Saudí? Es algo que las investigaciones nunca pudieron determinar con certeza absoluta, pero las circunstancias eran lo suficientemente reveladoras como para justificar años de investigación.
Y Corina estaba en el centro de todo ello, no como autora intelectual ni como beneficiaria directa del contrato del tren, sino como el eslabón humano que conectaba diferentes mundos. Era ella quien había ido a Riad como representante del rey. Era ella quien conocía personalmente a intermediarios de la familia real saudí y era ella la destinataria de una parte de aquel dinero que había dado tantas vueltas antes de llegar a sus manos.
Los 65 millones de euros que Juan Carlos transfirió en 2012 provenían, según la reconstrucción de los fiscales suizos, de aquella cuenta de la fundación Lucum. Era dinero que había salido de Arabia Saudí, que había pasado por Suiza y que ahora aterrizaba en la cuenta de una empresaria alemana que vivía entre Mónaco y Londres.
una cadena de transferencias que vista en conjunto describía un sistema de gestión de fondos que no tenía nada que ver con la transparencia que se esperaba de un jefe de estado. Pero en 2012, cuando el escándalo del safari todavía acaparaba a los titulares, todo esto estaba todavía por descubrirse.
Lo que el público sabía era lo que podía ver. un rey que pedía perdón con muletas, una mujer rubia de la que se susurraba el nombre y una relación que nadie de palacio confirmaba pero que ya nadie podía negar. La ruptura entre Juan Carlos y Corina ocurrió, según las fuentes disponibles, en torno a ese mismo año, 2012. Las razones exactas permanecen en el terreno de lo privado, pero el contexto sugiere que el escándalo del safari aceleró el final de un vínculo que ya cargaba con demasiado peso.
Y cuando dos personas que han compartido secretos del tamaño de los que ellos compartían se separan, la pregunta inevitable es siempre la misma. ¿Qué pasa con todo lo que saben el uno del otro? La ruptura no fue limpia, no podía hacerlo. Cuando una relación ha tenido la magnitud que tuvo la de Corina y Juan Carlos, cuando ha involucrado propiedades, transferencias millonarias, intermediaciones diplomáticas y secretos de Estado, no hay manera de desanudarla sin que algo se rompa más allá de lo sentimental.
Corina se fue de España, primero a Mónaco, donde el príncipe Alberto II la nombró enviada comercial global del principado y donde trabajó como asesora personal de la princesa Charlen, esposa de Alberto. Era un aterrizaje suave en otro entorno aristocrático, otra forma de seguir moviéndose en los círculos del poder europeo sin la sombra española, pero la sombra española la siguió.
Lo que ocurrió en los años siguientes a la ruptura fue una escalada de tensiones que, según Corina, incluyó algo que ella describió como una campaña sistemática de hostigamiento orquestada desde los servicios de inteligencia españoles. El Centro Nacional de Inteligencia de España, conocido como CNI, es el organismo encargado de la seguridad del Estado y Corina afirmó que agentes de ese organismo habían comenzado a vigilarla, a presionarla, a hacer su vida difícil de maneras que iban desde lo sutil hasta lo amenazante.
Sus alegaciones llegaron al conocimiento del público de forma dramática en 2020, cuando presentó una demanda judicial en Londres y la que acusaba a Juan Carlos de haberla acosado por medio de los servicios de inteligencia españoles. Pero el hilo que conduciría a esa demanda había comenzado a tejerse mucho antes en una reunión privada celebrada en el apartamento londinense de Corina en abril de 2015.
Esa noche Corina recibió a dos hombres. Uno era Juan Villalonga, el expresidente de Telefónica, uno de los ejecutivos más influyentes de la historia empresarial española. El otro era el comisario José Manuel Villarejo, un policía español que con el tiempo se revelaría como uno de los personajes más oscuros y controvertidos del estado profundo español.
un hombre que trabajaba para el CNE mientras también operaba como agente privado al servicio de quien pagara. Wikipedia. La conversación de aquella noche fue grabada. No se sabe con certeza quién puso el dispositivo de grabación, ni con qué propósito exacto se hicieron las grabaciones. Lo que sí se sabe es que esas cintas existían y que 3 años después de aquella reunión, en julio de 2018, fragmentos de las grabaciones llegaron a la prensa española de manera filtrada, provocando un terremoto mediático que obligó a reabrir preguntas que muchos preferían
dar por olvidadas. Wikipedia. En las grabaciones, la voz que los peritos identificaron como la de Corina decía cosas que en boca de cualquier otra persona habrían sonado a fantasía. Hablaba de cuentas bancarias en Suiza a nombre de personas de confianza del rey, de propiedades que habían sido puestas a su nombre sin que ella lo supiera, de presiones para que aceptara actuar como administradora de dineros que no eran suyos, de un promo del rey de Arabia Saudí que le había regalado un terreno en Marraquech a Juan Carlos y que
alguien había intentado poner a nombre de ella. Pero lo que más impactó fue el tono. No era el de alguien que divulgaba secretos con ánimo de destruir. Era el de alguien asustada, alguien que sentía que las paredes se cerraban y buscaba protegerse como podía. Las grabaciones de 2015, publicadas en 2018, abrieron en España un debate que el país llevaba años evitando.
No era solo el debate sobre Juan Carlos y Corina, era el debate sobre el sistema entero, sobre cómo funciona el poder cuando no hay cámaras delante, sobre quién vigila a quién y por qué razones. YouTube. El comisario Villarejo que aparecía en las grabaciones como una figura de mediación se convertiría en el centro de uno de los macroprocesos judiciales más complejos de la historia judicial española.
El denominado caso tandem reuniría decenas de ramificaciones, implicaría a empresarios, políticos, policías y personajes de la alta sociedad y demostraría que en España había operado durante años una estructura paralela de información, presión y favores que no respondía a nadie y que trabajaba para quien pudiera pagar sus servicios.
Wikipedia. Corina aparecía en ese universo como una víctima y también, según algunas investigaciones, como una participante, víctima porque alguien, según ella, había comenzado a utilizarla como peón después de que terminara su relación con el rey, presionándola para que guardara silencio o para que cooperara con movimientos financieros que comprometían su propia posición legal.
participante, porque según otras líneas de investigación, ella misma había contratado los servicios de Villarejo para obtener protección o información. Wikipedia. Lo que emerge de todo ese laberinto es una imagen de alguien atrapada entre fuerzas que ella misma había contribuido a crear al involucrarse con el rey. No había forma inocente de salir de aquella situación.
Cada movimiento implicaba riesgos. Hablar significaba exponerse a las consecuencias legales de todo lo que sabía. Callar significaba quedar a merced de quienes querían que callara. Mientras tanto, en España la opinión pública procesaba la información a cuentagotas. Los medios publicaban los extractos de las grabaciones con la cautela que imponen los abogados, pero lo suficiente como para que la narrativa fuera tomando forma.
Juan Carlos ya no era solo el rey que había pedido perdón con muletas. era el protagonista de una historia mucho más oscura, una historia de cuentas en Suiza, de testaferros, de una fundación panameña con 100 millones de dólares que nunca habían pasado por ningún fisco. En 2019, el rey emérito Juan Carlos I, abdicó formalmente en favor de su hijo, que reinó desde entonces como Felipe VI.
La abdicación había ocurrido en 2014. 5 años antes y sus razones oficiales fueron presentadas como una voluntad de renovación generacional, pero el contexto que ahora emergía daba aquella decisión un significado diferente. El rey se había retirado, entre otras cosas, mientras varias investigaciones judiciales comenzaban a acercarse a su entorno.
Y Corina continuaba siendo la pieza central de todas esas investigaciones. Era ella quien había recibido los 65 millones. Era ella quien había hablado las grabaciones. Era ella quien desde su nudo vida Londres y Mónaco seguía siendo el punto de referencia inevitable para cualquier fiscal, cualquier periodista o cualquier ciudadano que quisiera entender qué había ocurrido realmente en los años más opacos del reinado de Juan Carlos I.
En julio 2020, la Fiscalía del Cantón de Ginebra abrió formalmente una investigación penal contra Corina Larsen por blanqueo agravado de capitales. El objeto de la investigación era directo y devastador. Explicar por qué había recibido una donación de casi 65 millones de euros procedentes de una cuenta suiza vinculada al rey emérito de España. Wikipedia.
Suiza tiene una reputación de discreción bancaria que le ha llevado décadas construir, pero también tiene fiscales que toman en serio su trabajo y el fiscal Ivs Bertosa era uno de ellos. Bertosa llevaba años tirando del hilo de las cuentas que Juan Carlos mantenía en la banca suiza y el longre de Corina aparecía de manera recurrente como beneficiaria de transferencias cuyo origen no estaba suficientemente justificado.
La investigación suiza puso sobre la mesa varios elementos que habían permanecido en la sombra. El primero era la existencia de la Fundación Lucum. La sociedad panameña con sede en el sistema bancario suizo, de la que Juan Carlos era beneficiario único y a través de la cual habían circulado los 100 millones de dólares recibidos del rey saudí Abdalá.
El segundo era la trayectoria de ese dinero, de Arabia Saudí a Suiza, de Suiza a las cuentas de Corina, de las cuentas de Corina a propiedades y renovaciones en varias ciudades europeas. Wikipedia. Corina explicó a los fiscales suizos que los 65 millones eran una donación voluntaria e irrevocable del rey, que había utilizado para, entre otras cosas, financiar las reformas de un apartamento en el elegante barrio londinense de Eton Square, cuyas obras costaron alrededor de 4 millones de libras.
Los fiscales escucharon esa explicación con la misma cara de piedra con que los fiscales suizos escuchan todas las explicaciones que involucran millones de euros y casas en el barrio más caro de Londres. Wikipedia. La investigación suiza se cerró finalmente en 2021 sin cargos contra Corina, pero el proceso dejó una tela de documentos, declaraciones y revelaciones que alimentarían durante años los relatos periodísticos, los libros, los podcast y los documentales sobre el caso, porque una investigación que se cierra sin
condena no significa necesariamente que los hechos investigados no existieran. significa que no pudieron probarse más allá de lo que la ley exige para condenar. Wikipedia. Y mientras la justicia suiza seguía su curso, en España la situación de Juan Carlos se complicaba aún más. En agosto de 2020, el rey emérito anunció que abandonaba España y fijaba su residencia en el extranjero.
Se instaló en Abu Dhabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, en un retiro dorado que muchos españoles interpretaron como una fuga y que la casa real describió como una decisión personal para preservar la institución monárquica. BBC era un momento histórico. España nunca había visto algo así. Un rey que había reinado durante cuatro décadas, que había pilotado la transición democrática, que había salvado la Constitución en la noche del golpe fallido de 1981, se marchaba del país con nuvarrones judiciales sobre su cabeza y el nombre
que aparecía en el centro de todas esas nubes era siempre el mismo, Corina. Hay una pregunta que recorre toda esta historia como un hilo invisible. ¿Quién tenía más que perder? Juan Carlos o Corina. La respuesta cambia según el momento del que se hable y esa ambigüedad es lo que convierte esta historia en algo más que un simple escándalo de palacio.
En los primeros años después de la ruptura, parecía que era Corina quien estaba más expuesta. Era ella quien había recibido el dinero. Era ella quien aparecía en las grabaciones de Villarejo. Era ella quien vivía fuera de España en una situación que algunos interpretaban como exilio voluntario y otros como una maniobra para alejarse de la jurisdicción española.
Pero con el tiempo la presión se fue desplazando. Juan Carlos salió de España en agosto de 2020 y los fiscales de la Audiencia Nacional Española abrieron investigaciones sobre sus finanzas. La Fiscalía del Tribunal Supremo, que es la encargada de investigar a dos jefes de Estado y exjefes de Estado en España, examinó durante meses las cuentas en Suiza, los movimientos de la fundación Lucum, las transferencias a Corina y otras posibles irregularidades fiscales.
En junio de 2021, la Fiscalía del Tribunal Supremo de España cerró sus investigaciones penales sobre Juan Carlos sin presentar cargos. Las razones eran técnicas, pero determinantes. La mayor parte de los hechos investigados habían ocurrido cuando el rey aún gozaba de inviolabilidad constitucional como jefe de Estado, y los delitos más recientes habían prescrito o habían sido regularizados voluntariamente por el propio Juan Carlos, que llegó a realizar pagos de varios millones de euros a la hacienda española para regularizar su situación
fiscal. Era un desenlace que dejó a mucha gente con la sensación de que el sistema se había protegido a sí mismo, que la inviolabilidad del rey, ese escudo constitucional diseñado para proteger la función regia, había acabado sirviendo también para proteger al individuo que la ejercía. Un debate jurídico y filosófico que en España todavía no está cerrado.
Pero Corina no había terminado de dar sus últimas jugadas. En 2020, al tiempo que se desarrollaban todas las investigaciones en Suiza y en España, Corina presentó ante los tribunales de Londres una demanda civil contra Juan Carlos, io por presunto acoso. afirmaba que el rey emérito, a través del CN y español, había orquestado una campaña de hostigamiento que incluía vigilancia, presiones sobre su entorno, intentos de perjudicar sus negocios y, en algunos momentos, situaciones que ella describía como amenazantes.
Pedía 146 millones de euros en concepto de daños. Era una apuesta enorme, tanto en términos económicos como en términos de exposición pública. La demanda londinense obligó a los dos protagonistas a confrontarse en un escenario judicial que ninguno controlaba por completo, donde los documentos tendrían que presentarse, donde los abogados de ambas partes tendrían que argumentar sus posiciones ante un juez que no tenía ningún vínculo ni ninguna deferencia hacia la monarquía española.
La defensa de Juan Carlos se apoyó en el argumento de la inmunidad. Sus abogados sostuvieron que los supuestos actos de hostigamiento, si es que habían ocurrido, habrían sido actos de estado ejecutados por el CN y bajo la dirección del gobierno español, y que, por lo tanto, el rey emérito no podía ser responsabilizado personalmente por ellos.
Un tribunal de apelación les dio la razón en 2022 en lo que respecta a los eventos de 2012 a 2014. Wikipedia, pero el proceso siguió su curso. Para los eventos posteriores y en octubre de 2023, la jueza Rowina Collins Rise desestimó la totalidad de la demanda de Corina, no por considerar que sus alegaciones fueran falsas, sino porque determinó que los tribunales británicos no tenían jurisdicción para juzgar al exfeero.
era una sentencia técnica, no una absolución de fondo. Y esa distinción importa. Wikipedia. La justicia con sus plazos, sus tecnicismos y sus jurisdicciones, es un instrumento lento. Pero hay otro tribunal más inmediato y más implacable, el de la opinión pública. Y en ese terreno, la historia de Corina y Juan Carlos siguió produciendo réplicas mucho tiempo después de que los expedientes judiciales comenzaran a cerrarse.

BBC, el año 2022 trajo una nueva sacudida. El podcast Corina y el Rey, producido por la compañía Project Braen y distribuida internacionalmente, llevó la historia a millones de oyentes en todo el mundo con una narrativa que combinaba el rigor documental con la tensión de un thriller político. Era la primera vez que Corina hablaba de manera tan extensa y tan detallada sobre su relación con el rey, sobre los años que vivió en la órbita de la corona española y sobre lo que afirmaba haber sufrido después de la ruptura.
En el podcast, Corina describía su primer encuentro con el rey con una precisión que hacía que los oyentes pudieran visualizar cada detalle: la cacería, el almuerzo en la casita, las cartas manuscritas, las flores. Hablaba de los años en que su vida estuvo profundamente enredada con la de un hombre que era al mismo tiempo el jefe de estado de uno de los países más importantes de Europa y un individuo con sus propios miedos, sus propios deseos.
y sus propias contradicciones. YouTube. y hablaba de algo que resultaba especialmente perturbador, la sensación de haber entrado en un mundo del que no era posible salir sin consecuencias, que el vínculo con el rey había implicado desde el principio una sesión de control que ella no había entendido completamente hasta que fue demasiado tarde, que cuando la relación terminó no fue simplemente el fin de una historia sentimental, sino el inicio de una lucha por preservar su propia seguridad, su reputación y su patrimonio.
El podcast generó un impacto enorme en España, en un país donde la monarquía ha sido históricamente tratada con una diferencia que a veces roza la intocabilidad por parte de los grandes medios. Escuchar a alguien hablar con tanta franqueza sobre Juan Carlos fue una experiencia que muchos españoles vivieron como un aldabonazo, no porque los hechos fueran completamente nuevos, sino porque la narrativa los organizaba de una manera que resultaba difícil ignorar.
La casa real española no comentó el podcast. El rey Felipe VI, que había trabajado durante años para distanciar la nuda monarquía de los escándalos de su padre, mantuvo el silencio institucional que había sido su política desde que Juan Carlos abandonó España. Era la única estrategia posible. Cualquier respuesta habría amplificado la atención.
Pero el silencio oficial no impedía que España entera siguiera discutiendo. En los bares, en las redes sociales, en los programas de análisis político, el caso Corina y el rey había dejado de ser un chisme de sociedad para convertirse en una pregunta constitucional de primer orden.
hasta qué punto el sistema diseñado para proteger la función regia había permitido también comportamientos que ningún ciudadano ordinario habría podido realizar impunemente. Entre todos los personajes secundarios que pueblan esta historia, hay uno que merece un capítulo propio por la luz extraña que proyecta sobre todo el relato.
El comisario José Manuel Villarejo es en la historia de España de las últimas décadas una figura que parece sacada de una novela de espías. pero que resulta ser completamente real y completamente perturbadora. Wikipedia. Villarejo pasó décadas trabajando como comisario de la policía española, mientras simultáneamente dirigía una red de empresas privadas de inteligencia que prestaban servicios a todo tipo de clientes, empresas multinacionales, políticos, aristócratas, personajes del mundo financiero.
Era un hombre que sabía dónde estaban los secretos porque su trabajo consistía en encontrarlos y que había convertido ese conocimiento en una fuente de poder y de dinero que funcionaba al margen de cualquier supervisión institucional. Wikipedia. Cuando Corina se encontró con él en su apartamento de Londres en 2015, lo hizo porque lo presentaron como alguien que podía ayudarla, alguien con contactos en los servicios de inteligencia españoles que podía ayudarle a entender qué estaba ocurriendo, quién la vigilaba y por qué.
Lo que Corina probablemente no sabía o no quería admitir era que Villarejo no era un aliado desinteresado. Era un hombre que grababa todas sus conversaciones y que usaba esas grabaciones como moneda de cambio en un juego que él solo controlaba completamente. Las grabaciones de aquella noche en Londres permanecieron en los archivos de Villarejo durante 3 años.
Cuando salieron a la luz en 2018, fue en circunstancias que nadie explicó del todo. Algunos sospecharon que Villarejo las filtró él mismo, ya sea para protegerse a sí mismo en el proceso judicial que comenzaba a cerrarse sobre él, ya sea para lanzar una advertencia a alguien, ya sea simplemente porque el caos era su medio natural.
El comisario fue detenido en noviembre de 2017 y pasó varios años en prisión preventiva antes de ser juzgado. Wikipedia. El macroproceso judicial contra Villarejo, que los medios bautizaron como caso tandem, dejó al descubierto una arquitectura de vigilancia, presión y chantaje que había operado en España durante décadas.
En ese universo, el caso Corina era solo uno de los muchos hilos. Había empresas espiadas, matrimonios vigilados, reputaciones destruidas a voluntad. Era el retrato de un estado dentro del Estado, un sistema de poder informal que se había vuelto lo suficientemente grande como para actuar con casi total impunidad. Para Corina, la figura de Villarejo representaba algo paradójico.
Era al mismo tiempo la persona que había grabado conversaciones que la exponían y la persona cuyas grabaciones la validaban como víctima. Sus palabras en aquellas cintas eran comprometedoras, pero el contexto en que se habían obtenido también lo era. Era una espiral de acusaciones cruzadas en la que era difícil distinguir quién mentía más y quién tenía más que ocultar.
Lo que resulta claro, mirando el conjunto de los hechos, es que Corinat Susin Witkenstein no era una mujer pasiva que había sido arrastrada por las corrientes del poder sin entender lo que ocurría a su alrededor. Era una persona activa, inteligente y estratégica que tomaba decisiones con plena conciencia de sus implicaciones.
Pero también es cierto que hay decisiones que una vez tomadas resultan imposibles de deshacer y que el mundo en que ella había entrado tenía sus propias reglas, sus propias lealtades y sus propias formas de castigar a quienes se salían del guion. Una de las dimensiones menos exploradas de esta historia es la que tiene que ver con el poder financiero y con la manera en que las grandes fortunas se mueven en la sombra a través de estructuras jurídicas diseñadas específicamente para no ser vistas.
Los documentos que dieron forma al escándalo de Juan Carlos y Corina no llegaron solo de las grabaciones de Villarejo, llegaron también de las grandes filtraciones de datos financieros que sacudieron al mundo en la segunda mitad de la década de 2010. Wikipedia. Los papeles de Panamá, publicados en 2016, revelaron la existencia de miles de sociedades offshore creadas por el despacho panameño Mossac Fonseca para clientes de todo el mundo.
Entre esos documentos aparecía el nombre de Mohamed Eyad Kayali, el consejero saudí que había financiado la cacería de elefantes de Botsuana, en la que Juan Carlos se fracturó la cadera. Era una conexión pequeña en el contexto general de los papeles de Panamá, pero reveladora. El hombre que había pagado el safari de Juan Carlos era también el director de 15 empresas offshore que operaban desde paraísos fiscales.
Wikipedia, un año después, los papeles del paraíso, otra gran filtración de datos fiscales mencionaron el nombre de Corina Susign Witkenstein en relación con estructuras financieras similares. Y finalmente, en 2021, los papeles de Pandora, la mayor filtración de datos financieros de la historia hasta ese momento, volvieron a trazar las rutas del dinero que conectaban a los personajes de esta historia con cuentas y sociedades en Suiza, en las Bahamas, en Panamá y en otros territorios de opacidad fiscal.
Wikipedia. Corina aparecía en esas filtraciones como alguien que había utilizado durante años una red de sociedades offshore para mantener en privado la adquisición de propiedades y el movimiento de dinero. Según las investigaciones periodísticas basadas en esos documentos, esas estructuras le habían servido para comprar mansiones en diferentes países europeos, manteniendo oculto el nombre del verdadero comprador.
Era algo que hacían y hacen miles de personas adineradas en todo el mundo. Pero en el contexto de su relación con Juan Carlos y de la procedencia del dinero que había recibido, esa opacidad tenía una dimensión adicional que los fiscales y los periodistas no podían ignorar. La compra más concreta que los investigadores mencionaron fue la de Chignel H, una mansión catalogada como edificio de interés histórico en el condado inglés de Schropshire, que Corin adquirió en 2015 por una cifra cercana a los 7,illones y medio de libras. Cuando
los fiscales suizos le preguntaron sobre esa compla, Corina explicó que era para su hijo de 13 años. Era una explicación que literalmente dejó a los fiscales sin palabras, aunque no necesariamente por las razones que ella podría haber deseado. La acumulación de esos elementos, las filtraciones, las investigaciones suizas, las grabaciones de Villarejo, la demanda en Londres creaba una imagen compleja y contradictoria de Corina.
No era simplemente la víctima que ella misma describía. Tampoco era simplemente la villana que algunos sectores de la prensa española intentaron construir. Era algo más difícil de categorizar, una protagonista de pleno derecho de un sistema que ella había elegido habitar y que eventualmente volvió su lógica contra ella misma.
En el año 2023, mientras la demanda londinense llegaba a su desenlace judicial, Corina tomó una decisión que añadió otra capa a una historia que parecía no tener fin. contrató a una agencia detective suiza llamada Alp Services con un encargo que cuando salió a la luz pareció diseñado para hacer el retrato en negativo de todas sus quejas sobre el hostigamiento que ella misma había sufrido. Wikipedia.
Según los documentos que publicó el diario suizo Letems y que recogió ampliamente la prensa española, el encargo de Corina a Alp Services incluía varias misiones. Investigar a 14 personas del entorno de Juan Carlos I, elaborar un plan para arruinar la reputación del fiscal suizo IBS Bertosa y diseñar una estrategia de publicación de informaciones favorables en Wikipedia y otros medios digitales.
Por esos servicios, Corina pagó en enero de 2021 130.000 francos suizos, equivalentes a algo más de 125,000 €. Wikipedia era una revelación que resultó incómoda para la narrativa de víctima que Corina había construido pacientemente durante años. Si ella alegaba haber sido objeto de vigilancia, de manipulación de su reputación y de presiones ilegítimas por parte de los servicios de inteligencia del Estado español, las instrucciones que había dado a una agencia detectives privada describían exactamente los mismos métodos aplicados en sentido
contrario. Sus abogados respondieron con el argumento de que todo lo que había hecho era perfectamente legal, que una persona acosada tiene derecho a defenderse y que encomendar investigaciones sobre las actividades de sus perseguidores no era lo mismo que lo que ella denunciaba haber sufrido. Era un argumento jurídicamente sólido en términos abstractos, pero en términos de percepción pública resultaba difícil de sostener con convicción. Wikipedia.
El episodio de la agencia Alp Services iluminaba algo que la prensa había tardado en articular con claridad, que en este nivel del poder, donde reyes, empresarios, fiscales y espías se mueven en el mismo espacio, la distinción entre víctima y perpetrador no es siempre tan nítida como los relatos simplificados quisieran.
Cada persona en esa historia tenía razones para protegerse. Cada persona tenía herramientas para hacerlo. Y todas esas herramientas eran, en mayor o menor medida, variaciones sobre el mismo tema. información como arma, reputación como campo de batalla,
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