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Cómo la Muerte de Norero Destapó la Red de 29 Funcionarios Corruptos

El 3 de octubre de 2022, en el centro de rehabilitación social de Cotopaxi, en la sierra ecuatoriana, un hombre murió en el patio de una cárcel que él mismo había convertido durante meses en su oficina personal. Leandro Norero Tigua, alias el patrón, 44 años, narcotraficante de primer nivel, había transformado su celda en un centro de operaciones equipado con bomba de agua propia, acceso a internet satelital, suministro de comida gourmet y artículos de lujo que entraban al penal con la regularidad y la normalidad

de cualquier pedido doméstico. había pagado $200,000 al director del sistema penitenciario nacional para garantizar esas comodidades. Había comprado la seguridad de sus guardias, había financiado las fiestas de los propios funcionarios que debían vigilarlo. Y desde esa celda, con la misma tranquilidad con que un ejecutivo gestiona su empresa desde su despacho, coordinaba el movimiento de toneladas de cocaína, supervisaba el lavado de decenas de millones de dólares y mantenía conversaciones cifradas con jueces, fiscales, policías y políticos

que habían aceptado poner el aparato del Estado ecuatoriano a su servicio a cambio de dinero cuando murió, en circunstancias que la versión oficial describió como consecuencia de un amotinamiento, pero que los investigadores posteriores identificaron como una operación planificada ordenada por líderes rivales de las bandas criminales que disputaban el control del narcotráfico en el país.

 El Estado hizo lo que hace siempre en esos casos. tomó sus pertenencias, confiscó sus teléfonos, abrió sus dispositivos móviles buscando evidencia sobre sus actividades criminales y encontró algo que nadie, ni siquiera los investigadores más experimentados de la Fiscalía General del Estado, estaban preparados para ver en toda su magnitud.

Encontró miles de mensajes, miles de conversaciones cifradas a través de la plataforma Trima que Norero había mantenido desde su celda entre mayo y octubre de 2022. Los seis meses que van desde su captura hasta su muerte. Mensajes que no documentaban solo la logística del narcotráfico y el lavado de activos.

 Mensajes que exponían con la precisión y la frialdad de quien lleva la contabilidad de un negocio perfectamente normal, la compra sistemática de voluntades en la Corte Nacional de Justicia, en el Consejo de la Judicatura, en la Policía Nacional, en el sistema penitenciario. Nombres reales, cifras exactas, acuerdos detallados. El presidente del Consejo de la Judicatura, el organismo encargado de supervisar y sancionar a todos los jueces del Ecuador, estaba en la nómina de favores del narcotraficante.

Jueces en las provincias más importantes del país atendían solicitudes como quien atiende pedidos de un cliente preferente. Oficiales de la policía antinarcóticos vendían información sobre operativos a las mismas organizaciones que debían desmantelar. Abogados que representaban oficialmente a sus clientes planificaban atentados contra los fiscales que investigaban esos mismos casos.

La muerte de Norero no fue el final de su historia, fue la apertura de una caja de Pandora digital que obligó a Ecuador a mirarse en el espejo más incómodo que una nación puede contemplar. Choco el espejo que muestra no lo que el Estado dice ser, sino lo que realmente es cuando el dinero del narcotráfico lleva suficiente tiempo trabajando en silencio desde dentro.

Lo que encontraron en esos teléfonos tiene un nombre. Lo tiene porque la fiscal general del Estado, Diana Salazar, decidió dárselo antes de que el país pudiera digerir lo que estaba a punto de escuchar. El nombre es metástasis y es la metáfora médica más precisa que existe para describir lo que esos chats revelaban.

 No un tumor localizado en un órgano específico del Estado ecuatoriano, una metástasis, un proceso de diseminación cancerosa que había alcanzado simultáneamente la judicatura, el sistema penitenciario, las fuerzas de seguridad y la clase política, extendiéndose por el organismo institucional del país con la misma eficiencia silenciosa con que las células cancerosas viajan por el torrente sanguíneo hacia tejidos que hasta ese momento parecían sanos.

Para entender por qué la muerte de Norero fue el detonante de todo esto y no su captura 6 meses antes, hay que entender quién era el patrón y qué tipo de poder había construido durante años antes de que la Policía Nacional lo detuviera en mayo de 2022 en su mansión de San Borondón en la provincia del Guayas.

 Leandro Norero Tigua no era un narcotraficante en el sentido convencional del término, un hombre que coordinaba envíos de droga y cobraba su porcentaje. Era un financista, un operador de capital criminal de una sofisticación que los investigadores ecuatorianos no habían encontrado antes con esa intensidad en un solo individuo. Lir se estima que movía entre 4 y 5 toneladas de cocaína mensualmente, coordinando el tráfico desde los puntos de producción en Colombia hasta los puertos de salida hacia Estados Unidos y Europa. había blanqueado aproximadamente

180 millones de dólares a través de una red de empresas fachada y propiedades inmobiliarias distribuidas en varias provincias del país y había invertido una parte significativa de sus ingresos criminales en algo que la mayoría de los narcotraficantes descuidan hasta que es demasiado tarde.

 En comprar protección institucional de manera sistemática y documentada, construyendo una red de vínculos con el poder oficial que lo convertía en algo más que un delincuente con dinero. se convertía en un actor político con capacidad real para influir en las decisiones del Estado. Este cuando la Policía Nacional lo capturó en mayo de 2022, el decomiso fue impresionante, incluso para quienes estaban acostumbrados a los números del narcotráfico.

Millones de dólares en efectivo, lingotes de oro, armas, una propiedad en San Borondón que era al mismo tiempo una residencia de lujo y un centro de operaciones. La prensa presentó la captura como un golpe decisivo y lo era en términos operativos, en términos de la interrupción inmediata de sus actividades directas.

 Pero lo que nadie supo ver en ese momento, lo que los propios investigadores de la fiscalía no podían saber todavía, es que Norero no solo había construido una red criminal, había construido una red de protección institucional tan densa y también articulada que incluso desde la cárcel, incluso privado de libertad y sometido formalmente a la autoridad del estado que lo había capturado, seguía siendo capaz de dirigir su imperio con una efectividad que habría resultado imposible sin la complicidad de las personas que debían estar vigilándolo.

La celda de Norero en el CRS de Kotupaxi no se parecía a ninguna celda de ninguna cárcel que funcione dentro de los parámetros mínimos de lo que un sistema penitenciario debe ser. Se parecía más al despacho de un ejecutivo que trabaja desde casa con recursos ilimitados y sin ninguna restricción de acceso a las herramientas que necesita para operar.

La bomba de agua propia no era un lujo caprichoso, sino una señal de la magnitud del control que ejercía sobre su entorno inmediato. El acceso a internet satelital en un centro penitenciario donde la normativa prohibía explícitamente los dispositivos electrónicos. Era la prueba más directa de que las normas simplemente no aplicaban a Leandro Norero de la misma manera que aplicaban al resto de los internos.

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