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Cayetana de Alba: La Mujer Más Noble del Mundo Que Murió Sin Amor

Nació con más títulos nobiliarios que cualquier otra mujer viva sobre la faz de la tierra. ocho veces duquesa, 19 veces marquesa, 22 veces condesa, 14 veces grande de España. Así, el libro Guinness de los Records la registró oficialmente como la aristócrata con más títulos reconocidos del mundo.

Tenía palacios en Madrid, en Sevilla, en Salamanca, en Ibiza. tenía obras de Goya colgadas en las paredes de su casa, como otros tienen fotos de familia. Tenía una colección de arte valorada en más de 3,500 millones de dólares. Y sin embargo, cuando murió en noviembre de 2014 en su palacio de Sevilla, no lloró por ninguna de esas cosas.

Lloró porque a los 88 años finalmente se iba a reunir con la única persona cuya presencia había extrañado durante toda su vida. su madre, a la que perdió cuando tenía 7 años, a la que nunca pudo despedirse, a la que en sus memorias le dedicó menos líneas que a la muerte de su pony de infancia. Esta es la historia de Cayetana Fitz James Stuart y Silva, la 18ava duquesa de Alba, la mujer más noble del mundo, la mujer que lo tenía absolutamente todo y que pasó 88 años buscando, sin encontrar jamás, lo único que el dinero y los títulos no pueden comprar. Esta historia

tiene tres matrimonios. Tiene seis hijos. Tiene palacios con obras de goya. Tiene escándalos que hicieron temblar a la aristocracia europea. Tiene un baile descalzo sobre un muro de piedra a los 85 años que dejó a toda España sin palabras. tiene una fortuna repartida en vida de una manera que ningún noble había hecho antes en la historia moderna de España y tiene al fondo de todo una niña de 7 años mirando a su madre enferma desde el otro lado de una puerta prohibida, sin entender por qué no puede entrar. Pero esta historia no empieza en

un palacio, empieza en una cuna vacía, en una habitación silenciosa, una noche de luna llena en Madrid. Es el 28 de marzo de 1926. El palacio de Liria en el corazón de Madrid es uno de los edificios más impresionantes de España. 150 habitaciones, jardines privados, una biblioteca con manuscritos medievales, obras de Rembrand, de Velázquez, de Goya.

El palacio pertenece a la casa de Alba desde hace casi 300 años. Esa noche, en una habitación del segundo piso, una mujer de 29 años está dando a luz. Se llama María del Rosario de Silva. Es laquinta duquesa de Aliaga por derecho propio. Lleva 23 horas de parto. Está agotada, está asustada, pero también está esperanzada porque su esposo Jacobo Fitz James Stewart 1o duque de Alba, le ha dicho durante todo el embarazo que esta hija, que sabe que va a ser una niña, será la heredera más importante de la dinastía.

A las 2:30 de la madrugada, bajo una luna llena que se puede ver desde las ventanas del palacio, nace una niña. El padre, que tiene 48 años y ha esperado este momento durante la mitad de su vida, la recibe en sus brazos, la mira y dice en voz alta una frase que los criados del palacio recordarán durante décadas. Por fin, por fin hay una heredera para el ducado.

La niña no lo sabe todavía, pero acaba de nacer con un peso que va a cargar toda su vida. El peso de 500 años de historia, el peso de un apellido que viene desde los Reyes de Inglaterra, el peso de ser la última esperanza de una casa nobiliaria que ha sobrevivido a guerras, a revoluciones, a exilios y que ahora depende enteramente de ella.

La llaman María del Rosario Cayetana, pero en el papel su nombre completo ocupa casi media página. Tiene más de 40 nombres. Paloma, Alfonsa, Victoria, Eugenia, Fernanda, Teresa, Victoria, Eugenia, Victoria, Eugenia, Francisca de Paula, Lourdes, Antonia, Josefa, Fausta, Rita, Castor, Dorotea, Santa Esperanza, Fitz, James Stewart y Falcó de Silva y Gord Dubai.

En casa la llaman Tana o Tanuka. Durante los primeros años su vida parece un cuento de hadas. Crece entre criados que la tratan como a una princesa. Tiene institutrices que le enseñan francés, inglés, alemán. Tiene profesores privados de música, de historia, de equitación. Tiene una colección de muñecas que llena una habitación entera.

Tiene ponis, tiene perros. tiene todo lo que una niña puede imaginar, pero hay una cosa que no tiene y esa cosa va a marcar cada decisión de los próximos 88 años de su vida. No tiene a su madre. María del Rosario de Silva, la madre de Cayetana, contrajo tuberculosis poco después del parto. La tuberculosis, en los años 20 era una enfermedad mortal y altamente contagiosa. No había antibióticos.

No había cura. Lo único que los médicos podían hacer era aislar al enfermo para proteger a los demás. Y eso es exactamente lo que hicieron. María del Rosario fue confinada a una habitación apartada del palacio. Los criados que entraban a llevarle comida lo hacían con las manos cubiertas. Los médicos la visitaban con mascarillas.

y a la pequeña Cayetana, que tenía 3 años, 4 años, 5 años, 6 años, le estaba absolutamente prohibido entrar en esa habitación por su propia seguridad, por miedo a que se contagiara. Durante 4 años, Cayetana vio a su madre solo desde la puerta, a veces solo por una rendija, la saludaba con la mano. Su madre le sonreía desde la cama, desde lejos, con los ojos hundidos y la piel cada vez más pálida.

Le lanzaba besos al aire, le decía cosas que Cayetana apenas podía escuchar desde el pasillo. No la abrazaba, no la besaba, no la tenía en brazos. 4 años enteros sin un solo abrazo de su madre. Hay un detalle que recogieron años después sus biógrafos y que es quizás la imagen más dolorosa de toda su infancia. Todas las noches, antes de dormir, Cayetana iba a la puerta de la habitación de su madre y le deseaba buenas noches a través de la madera.

Golpeaba suavemente la puerta tres veces. Esa era la señal. Su madre desde la cama golpeaba suavemente tres veces el cabecero con un libro. Esa era la respuesta. Toc toc toc. Buenas noches, mamá. Toc toc toc. Buenas noches, hija. Esa era toda la conversación, esa era toda la interacción diaria que Cayetana tenía con su madre.

Tres golpes desde cada lado de una puerta durante 4 años. El día en que los golpes desde dentro dejaron de responderle, la niña entendió que su madre había muerto. Nadie tuvo que decírselo con palabras. lo supo por el silencio. En enero de 1934, cuando Cayetana acaba de cumplir 7 años, María del Rosario muere. La niña no está a su lado, nadie se lo permite.

Incluso en sus últimas horas, el protocolo médico de la época exige que Cayetana permanezca lejos. Cuando por fin le permiten entrar a la habitación, su madre ya está muerta. Le entregan un retrato pequeño que su madre había estado sosteniendo entre las manos en sus últimos días. Un retrato de ella misma, de Cayetana, pintado cuando tenía 5 años.

Eso es lo único que Cayetana tiene de su madre, un retrato y 4 años de distancia. Muchas décadas después, cuando Cayetana escriba sus memorias, va a decir una frase que desconcierta a todos sus biógrafos. Va a decir que no recuerda casi nada de su madre, ni su voz, ni su olor, ni el tacto de sus manos. Solo recuerda una silueta lejana en una cama, saludándola con la mano desde el otro lado de una habitación prohibida. Y va a decir algo más.

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