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Bette Davis: Ganó 2 Óscar… Pero Su Mayor Dolor Fue Su Propia Hija

¿Qué hace una mujer cuando descubre a los 77 años todavía recuperándose de un cáncer y de un derrame cerebral que casi la mata? Que la persona a la que más amó en este mundo acaba de publicar un libro entero para destruirla. No un enemigo, no un rival de Hollywood, no uno de los estudios que la odiaron durante 40 años.

su propia hija. La mujer de la que vamos a hablar hoy, ganó dos premios. Óscar le declaró la guerra al sistema más poderoso del cine cuando ninguna mujer se atrevía a hacerlo y contra todo pronóstico no se rindió jamás. ¿Veis? Pero la batalla más dura de toda su vida no la peleó frente a una cámara, la peleó en silencio en una cama de hospital con un libro abierto sobre las piernas y las manos temblando.

Esta es la historia de Bet Davis y créeme, no es la que crees conocer. Es la primavera de 1985. En una habitación todavía débil después de la operación que le quitó parte de su cuerpo y del derrame que le paralizó medio rostro, una anciana sostiene un libro recién impreso. La portada lleva su apellido.

Pero no lo escribió ella, lo escribió su hija. Ella pasa las páginas despacio porque su mano izquierda ya casi no responde. La luz de la tarde entra por la ventana y le cae sobre el papel y lee. Lee que es un alcohólica, lee que es una tirana. Lee que fengía intentos de suicidio para llamar la atención. Lee que la mujer que el mundo entero admiró era en realidad un monstruo dentro de su propia casa.

Y lo más cruel de todo, la fecha de publicación. El libro salió a la venta El día de la madre. Bet Davis no llora. Esa mujer casi nunca lloraba delante de nadie, pero según contaría más tarde alguien que estuvo muy cerca de ella en esos años, esa tarde se quedó mirando la ventana durante horas sin decir una sola palabra.

El cigarrillo se le consumió entero entre los dedos y cuando por fin habló, lo único que preguntó fue, ¿por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué? Justo cuando estaba más débil que nunca. La respuesta, según ella misma sospecharía después, era escalofriante. Tal vez su hija creyó que ya no iba a sobrevivir, que estaba a punto de morir y que era el momento perfecto para clavar el último cuchillo mientras todavía podía verlo.

Pero Bet Davis no murió ese año. Vivió 4 años más y los usó hasta el último aliento para hacer lo que mejor sabía hacer en este mundo, pelear. Para entender cómo una mujer llega a ese momento sola, enferma, traicionada por su propia sangre y todavía encuentra la fuerza para levantarse, tenemos que rebobinar la cinta hasta el principio, hasta una casa pequeña de Nueva Inglaterra, donde nació una niña a la que el mundo le dijo desde muy temprano que no era suficiente.

5 de abril de 1908, Low, Massachusetts, una ciudad de fábricas de tejidos, de chimeneas que escupen humo todo el día, de inviernos largos y grises que parecen no terminar nunca. Ahí nace Ruth Elizabeth Davis. Todos la llamarán muy pronto, simplemente Bet. La familia parece al principio una familia normal. El padre Harl abogado serio, frío, distante, un hombre que casi nunca sonríe.

La madre Ruthy es justo lo contrario, cálida, soñadora, llena de vida, con una imaginación que parece demasiado grande para una ciudad tan pequeña. Y hay una hermana menor, Barbara, a la que todos llaman Bobby, una niña frágil y dulce que crecerá siempre a la sombra de su hermana mayor. Pero la imagen de la familia perfecta dura poco.

Cuando Bet tiene apenas 7 años, su padre hace las maletas y se va sin grandes explicaciones, sin despedidas dramáticas. Un día está y al siguiente ya no. Las deja a las tres solas en un mundo que en esa época no era nada amable con las mujeres solas. Y aquí está el primer detalle, que pocas biografías cuentan con suficiente fuerza.

El abandono del padre no destruyó a Bet, la endureció. Desde muy niña aprendió una lección que la marcaría para toda la vida. No puedes contar con que los hombres se queden. Solo puedes contar contigo misma. Imagínate a esa niña. Mira como su madre de la noche a la mañana tiene que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.

Ve la angustia en los ojos de Ruthy cada vez que llega una factura. Aprende antes de tiempo que el dinero es libertad y que la falta de dinero es miedo. Ruthy, la madre toma una decisión que lo cambiará todo. En lugar de hundirse, decide que sus hijas van a tener una vida mejor que la suya. Cueste lo que cueste. Trabaja de lo que sea. Aprende fotografía y se gana la vida retocando retratos.

Acepta trabajos como ama de llaves en internados. solo para que sus hijas puedan estudiar en buenos colegios. Se priva de comer para que ellas coman. Se sacrifica de mil maneras pequeñas y silenciosas que nadie aplaudirá nunca. Bet ve todo eso y nunca lo olvida. La imagen de su madre rompiéndose la espalda por ellas se le queda grabada para siempre.

Por eso, más tarde, cuando llegue el dinero y la fama, una de las primeras cosas que hará será cuidar de Ruthy como una reina. Le pagará casas, viajes, vestidos, como diciéndole sin palabras, “Mira, mamá, valió la pena, lo logramos.” Pero ese sacrificio de la madre también dejó una marca más oscura, una que casi nadie cuenta.

Ruthie depositó todos sus sueños rotos en sus hijas y muy especialmente en Bet. La empujó, la presionó, la convirtió en el proyecto de toda su vida. El amor de Ruthy era enorme, pero también pesaba como una losa. Bet tenía que triunfar, no por ella misma, sino por las dos, por las tres, por toda esa familia de mujeres abandonadas que no tenían a nadie más en el mundo.

Y esa es una de las ironías más tristes de esta historia. Bet aprendió el amor de su madre, un amor inmenso, generoso, pero también asfixiante, lleno de expectativas, un amor que da todo y que a cambio lo pide todo. Décadas después, ella amaría a su propia hija exactamente de la misma manera y no entendería hasta que fuera demasiado tarde por qué ese amor tan grande podía sentirse del otro lado como una jaula.

Pero todo eso está lejos todavía. Por ahora hay una niña en Nueva Inglaterra que busca, sin saberlo, una salida y la salida llega una noche en un teatro. Siendo todavía una adolescente, Bet ve a una actriz en el escenario de un pequeño teatro y algo se enciende dentro de ella. No es admiración, es reconocimiento. Es como mirar un espejo del futuro.

Ve a esa mujer transformándose, llorando, riendo, sufriendo delante de cientos de personas que apenas respiran. Y en ese instante, según ella misma contaría muchos años después, supo exactamente lo que iba a hacer con su vida. Iba a ser actriz, no una actriz cualquiera, la mejor. El problema es que Hollywood en esos años no buscaba talento, buscaba caras, buscaba mujeres dulces, suaves, hermosas, según molde muy estrecho y muy concreto.

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