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Así Vivió México su Primer Mundial en 1970

El 31 de mayo de 1970, más de 100,000 personas entraron al Estadio Azteca sabiendo que estaban viendo algo que nunca había pasado. México organizaba un mundial por primera vez, la selección jugaba en casa por primera vez y el planeta entero miraba en color también por primera vez. Todo estaba ocurriendo al mismo tiempo y nadie tenía ni idea de lo que vendría después.

Para entender lo que fue ese verano, hay que saber de dónde venía México, porque lo que ocurrió en 1970 no cayó del cielo. Esto es lo que muy poca gente sabe. México no tenía por qué ser sede de ese mundial. La candidatura la construyó un hombre llamado Guillermo Cañedo de la Bácena, presidente de la Federación Mexicana de Fútbol y figura dentro de la FIFA.

Cañedo viajó a 77 de los 92 países miembros que tenía la FIFA en ese momento para presentar el proyecto en persona. 77 países, uno por uno, en avión, en trenes, en lo que hubiera. El argumento central era un estadio, uno que en ese momento todavía no existía, pero que Cañedo prometió que existiría. Un estadio para 100,000 personas con asiento, no parados, sentados,  algo que muy pocos recintos del mundo podían garantizar.

Ese estadio se llamó Estadio Azteca. Se inauguró en 1966, 4 años antes del Mundial. Pero había otro argumento que Cañedo sabía que era su carta más fuerte. Telesistema mexicano garantizaba transmisión en vivo y en color a todo el planeta. En 1962, cuando se definió la sede, eso era casi ciencia ficción. México le prometió al mundo que lo que pasara dentro de esos estadios iba a llegar a cualquier sala en cualquier país en tiempo real y con  colores. Ganó la sede.

Argentina quedó fuera y México empezó a construir lo que prometió. Para entender la dimensión de lo que ocurrió, hay que ver los números fríos. En 1969, un año antes del mundial, se inauguró la línea 1 del metro de Ciudad de México. La primera no fue casualidad del año. Fue parte de la misma lógica de mostrar al mundo un país moderno.

Se construyó y modernizó infraestructura en todo el territorio. El estadio Jalisco en Guadalajara fue ampliado y techado. El estadio Luis Gutiérrez Dosal en Toluca fue renovado. El No Camp de León también. Y en Tulancingo, Hidalgo, el Estado mexicano construyó una estación satelital. Esa estación fue la que permitió que las imágenes del mundial llegaran en tiempo real vía satélite, a pantallas en Europa, Asia, América del Sur, todo.

Por primera vez en la historia, un evento deportivo se transmitía al mundo entero mientras pasaba. Aquí me detengo un segundo porque creo que a veces no dimensionamos bien qué significa eso. Estamos tan acostumbrados a ver cualquier cosa en tiempo real en el teléfono que nos parece lo más normal. Pero en 1970 que alguien en Alemania pudiera ver en ese momento exacto lo que estaba pasando en el Azteca era algo que rozaba lo imposible apenas unos años antes.

México no solo organizó el torneo, México le mostró al mundo cómo iba a ver el fútbol de ahí en adelante y no lo hizo en blanco y negro. lo hizo en color. Pero detrás de esa modernización había algo más oscuro que nadie nombraba en voz alta. 2 años antes había pasado algo que el gobierno quería enterrar rápido.

En octubre de 1968, a unos días de los Juegos Olímpicos, el ejército masacró a estudiantes en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco. El número de muertos nunca quedó claro, nunca. Las cifras oficiales hablaron de unas decenas. Los testimonios y los archivos que se fueron conociendo décadas después apuntaban asientos.

El presidente que ordenó ese operativo se llamaba Gustavo Díaz Orda y ese mismo presidente fue el que abrió el mundial de 1970 en el estadio Azteca. El día de la inauguración, cuando Díaz Oraz apareció frente a más de 100,000 personas, la rechifla fue tan brutal que los micrófonos no pudieron disimularla. El estadio entero lo abuchó.

No fue un murmullo educado, fue un rugido. México en las gradas le dijo en voz alta lo que México en las calles no había podido decir sin pagar un precio enorme. Ahí está una de las contradicciones más incómodas de ese torneo. El gobierno lo necesitaba para lavar una imagen. La gente lo quería por razones completamente distintas y esas dos cosas convivieron en el mismo estadio en la misma tarde, sin que ninguna de las dos borrara a la otra.

Los aficionados que llegaron esa tarde no estaban perdonando nada, estaban ahí por el fútbol y al mismo tiempo, involuntariamente, su presencia masiva le daba al poder exactamente la foto que el poder quería. Eso pasa con los grandes eventos. La alegría popular y la agenda del estado se montan en el mismo autobús sin que nadie los invite a sentarse juntos.

Y luego el partido empezó y la política quedó suspendida en el aire por un rato. La selección mexicana llegó a ese mundial con una historia que no era precisamente gloriosa. Había debutado en la Copa del Mundo en 1930 en Uruguay. Perdió los tres partidos 4 a 1 contra Francia, 3 a0 contra Chile, 6 a 3 contra Argentina.

El primer goleador en la historia del equipo fue Juan Carreño Lara, que marcó en esa goleada de seis. Después vinieron décadas de participaciones sin pena ni gloria. El primer punto llegó en 1958. La primera victoria en 1962.  Dos empates en 1966. Nunca habían pasado de la fase de grupos. Nunca. El técnico que llegó al mundial de 1970 se llamaba Raúl Cárdenas. El plantel tenía 22 jugadores.

El capitán y líder de la defensa era Gustavo Peña, apodado el halcón. El goleador del torneo sería Javier Valdivia. En la portería estaba Ignacio Calderón. En el medio, entre otros, Antonio Munguía y José Luis González. En la delantera, además de Valdivia, Enrique Borja y Javier Fragoso, no eran nombres que circularan en el mundo entero, no eran figuras que aparecieran en cromos coleccionables que se vendieran en Europa.

Eran jugadores mexicanos que habían crecido en ligas locales, entrenando en condiciones que distaban mucho de lo que los europeos llamaban profesionalismo, pero eran los que tenía México. Y ese verano en su propia casa encontraron algo que no habían encontrado antes. México quedó en el grupo uno junto a la Unión Soviética, Bélgica y El Salvador.

El partido inaugural fue México contra la Unión Soviética el 31 de mayo de 1970 en el estadio Azteca ante más de 100,000 personas. El resultado fue 0 a c0. No fue un empate gris, fue un empate en el que el comentarista de radio Ángel Fernández, que tenía una voz que parecía hecha para esas noches, bromeó en vivo con las siglas de la Unión Soviética en la playera de los visitantes.

Las letras eran las mismas que Cucurucuku Paloma. México entero se rió y siguió mirando. El segundo partido fue contra El Salvador el 7 de junio y ahí pasó algo que México no había vivido jamás en un mundial. Javier Valdivia anotó, luego Javier Fragoso. Luego algo histórico que casi nadie recuerda hoy. Un jugador llamado Ignacio Basaguren entró de cambio al campo y anotó un gol.

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