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JOHN Coltrane: HEROÍNA, ALCOHOL y JAZZ… El perturbador INFIERNO que lo CONSUMIÓ por dentro

Hay una fotografía de John Crin que muy poca gente conoce. No es la icónica imagen del saxofón elevado hacia las luces del escenario, ni el retrato pensativo que acabó en millones de carátulas de discos. Es una foto de finales de los años  50 tomada en el backstage de un club de Nueva York.

Coltin está sentado en una silla con el saxofón colgándole del cuello como si no tuviera fuerzas para quitárselo. Tiene los ojos entrecerrados, la ropa arrugada como si llevara días sin quitársela. Y en la expresión de su cara, si sabes lo que estás mirando, puedes ver exactamente lo que era. Un hombre que se estaba destruyendo en tiempo real mientras el mundo lo aplaudía desde el otro lado de la cortina. Hoy lo llaman santo.

Literalmente hay una iglesia en San Francisco que lo venera como figura sagrada, que incorpora su música en los oficios religiosos, que lo tiene en su calendario de santos junto a los mártires y los apóstoles. Y cuando escuchas el Love Supreme, esa obra maestra absoluta que grabó en una sola sesión en diciembre de 1964, ¿entiendes por qué hay algo en esa música que no parece hecho por manos humanas? Algo que te golpea en el pecho y te deja sin aire de una forma que ninguna otra grabación de jazz consigue.

Pero antes de tocar el cielo con su saxofón, John Coltrain tuvo que arrastrarse por el fango más oscuro que el jazz de su época podía ofrecer. Y ese jazz, el del BBOP de los años 50 en Nueva York, podía ofrecer mucho fango. Hoy en Jaz Confidential Ed destapamos el expediente completo del genio atormentado, como la heroína y el alcohol casi borraron para siempre una de las  carreras más importantes del siglo XX.

La historia real de lo que pasó cuando Miles Davis perdió la paciencia con él. El brutal encierro en el que se enfrentó solo a sus propios demonios para renacer de las cenizas  y el precio físico que ese pasado de excesos acabó cobrándole, llevándose al mayor saxofonista de la historia  a los 40 años justos. Cuatro revelaciones, todo documentado.

Nada de lo que vas a escuchar hoy es lo que el relato oficial cuenta. Antes de continuar, si te interesan las historias ocultas de los genios que el Ya se enterró en vida, suscríbete ahora y activa la campanita. Este canal es el único lugar donde vas a encontrar la historia completa de figuras como Coltrain, contadas sin filtros, gey con el contexto real, con la América real que los necesitaba sobre un escenario, pero los destruía fuera de él.

Lo que viene no tiene vuelta atrás, pero antes de entrar en el abismo, necesita saber de dónde vino este hombre, porque ahí empieza todo. John William Coltrain nació el 23 de septiembre de 1926 en Hamlet, Carolina del Norte. Un nombre que la mayoría de la gente no sabe pronunciar y que nadie fuera del estado conoce.

Una ciudad pequeña, caliente, polvorosa, del tipo de lugar que aparece en los mapas solo porque alguien decidió clavar una bandera ahí en algún momento del siglo XIX, una ciudad del sur profundo donde las reglas de la segregación no eran sugerencias, sino el esqueleto invisible que sostenía cada interacción entre personas negras y personas blancas, donde había bebeder para blancos y bebederos para negros, hetero escuelas para blancos y escuelas para negros y una línea invisible, pero absolutamente mente real que decidía qué tipo de vida ibas a tener desde el

momento en que nacías. La familia Coltrin no era pobre de pobreza extrema, pero vivía en ese delgado filo en el que la dignidad se sostiene con mucho esfuerzo. Su padre, John Robert Coltrain, era sastre y aficionado a la música. Tocaba el oculel, el violín. Tenía un oído fino y una pasión genuina por  los sonidos, aunque nunca llegó a ser músico de verdad.

Su madre, Alice Blair, costurera y pianista mater, cantaba en la iglesia con una voz que, según los que la recuerdan, llenaba el templo. Y el abuelo materno, el reverendo William Wilson Blair, era el hombre más importante de la familia, pastor de la iglesia Ame Stepens, figura de autoridad espiritual y política  en la comunidad negra de High Point, a donde se mudaron cuando John era todavía un bebé.

Crecer en esa casa, en esa calle, en esa ciudad significaba que la música era el aire que se respiraba. Los himnos del domingo por la mañana, las oraciones cantadas, el piano de la madre resonando por las habitaciones en las noches de verano. John Coltrain absorbió todo eso antes de saber que era la música, antes de entender que ese mundo sonoro que le rodeaba desde que tenía memoria iba a ser la única cosa que lo salvaría una y otra vez a lo largo de su vida.

Era un niño callado. Los compañeros de clase lo recuerdan así, reservado, curioso, con una sonrisa que aparecía despacio, pero que cuando llegaba era genuina. Inteligente en la escuela, sin necesidad de presumirlo. No era el niño que hacía ruido para que le miraran, era el niño que observaba y guardaba.

Y a los 12 años se unió a la banda comunitaria de su tropa de scouts y cogió un saxofón alto por primera vez. El líder de la tropa, Warren B. Steel le puso el instrumento en las manos  y algo cambió para siempre en ese momento, aunque nadie en esa sala podía saberlo todavía. El invierno de 1938 a 1939 fue el primer gran desastre de su vida.

En cuestión de semanas, su abuelo y su padre murieron. Primero, el reverendo Blir, el pilar de la familia, la voz de autoridad, el hombre que daba estructura a todo. Y luego su padre John Robert, el que tocaba el violín por las noches y le había enseñado a escuchar la música con algo más que los oídos.

Dos muertes en semanas. Y un año después, en 1940, murió también su tío  Coltrain. Tenía 13 años y había perdido a todos los hombres adultos de su familia en un periodo de tiempo tan corto que la mente de un adolescente no tiene mecanismos para procesarlo. Lo que hizo fue lo que hacen los que no saben llorar de otra manera. Practicó.

Practicó hasta las 3 de la mañana, según quienes lo conocían en esa época. Mientras  otros chicos de su edad dormían, él tenía el saxofón entre los dientes, tocando escalas, buscando algo en los sonidos que no sabía nombrar, pero que necesitaba encontrar. La música era el único lugar donde el dolor no mandaba.

Era el único espacio en el que John Coltrain podía ser el mismo sin que el mundo exterior se lo impidiese. Ese periodo de práctica solitaria en la adolescencia tardía no fue solo el inicio de una carrera, fue la configuración de un patrón que definiría Coltrain durante el resto de su vida. La música como refugio, como lugar donde el dolor del mundo exterior no tenía acceso directo, como el único espacio en el que podía existir, sin las restricciones de lo que la América segregada de los años 40 tenía reservado para un chico negro del sur. En High

Point, en Carolina del Norte, en esos años, lo que le esperaba fuera del saxofón era un mundo con paredes invisibles, pero absolutamente reales en cada dirección. La música era la única cosa que no tenía esas paredes, o al menos la única en la que las paredes podían moverse si tocabas con suficiente fuerza.

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