¿Alguna vez te preguntaste qué queda de un ídolo cuando los estadios se vacían? Juan Román Rielme fue el último romántico del fútbol argentino, el hombre que gambeteaba con el tiempo, que veía el juego 3 segundos antes que cualquiera, que hizo llorar a millones con una pelota en los pies. Los hinchas de boca lo cantaban de pie.
Sus rivales lo temían. El mundo entero reconocía su nombre. Hoy tiene 46 años. Vive en el mismo barrio donde nació. No tiene mansión en Miami, ni yate, ni equipo de guardaespaldas. Tiene una casa en Kilmes, una familia y una forma de entender la vida que ningún trofeo puede explicar del todo. Esta es la historia de Juan Román Riquelme después del fútbol y es más interesante que cualquier partido que hayas visto.
Para entender al riquelme de hoy, hay que volver al principio, a Don Torcuato, provincia de Buenos Aires, a una casa sencilla en un barrio donde el pavimento se interrumpía y los chicos jugaban en la calle hasta que la oscuridad los obligaba a entrar. Nació el 24 de junio de 1978. Su padre, Rodolfo era empleado municipal.
Su madre, Rosa, sostenía el hogar con el orden silencioso de quien sabe que el dinero no alcanza para el lujo, pero sí para lo que importa. Había cinco hijos. El hogar era pequeño, pero lleno. Desde muy chico, Juan Román era diferente, no por velocidad ni por fuerza, sino por algo más difícil de enseñar, paciencia.
Mientras otros niños corrían detrás de la pelota, él esperaba, la miraba venir, calculaba, decidía. Era un chico tranquilo en un deporte frenético y esa contradicción era exactamente su talento. En las canchitas de tierra de Don Torcuato, Riquelme aprendió algo que ninguna academia puede transmitir, que el fútbol no se juega con los pies, sino con la cabeza.
Cada toque era pensado, cada pase tenía un propósito. A los 14 años ya era evidente que ese chico callado veía algo que los demás no podían ver. Boca Juniors lo vio primero, lo incorporó a las inferiores con la certeza de que allí había algo especial. En la pensión del club, lejos de su familia, el joven Rielme no se quejaba, no pedía ni exigía.
entrenaba, observaba y esperaba su momento con la misma paciencia con la que siempre había vivido. Esa infancia sin excesos no lo marcó con carencia, lo marcó con carácter. Y ese carácter es el mismo que hoy, a los 46 años, lo lleva a vivir exactamente igual que entonces, sin ruido, sin ostentación, sin necesidad de demostrarle nada a nadie.
El debut llegó en 1996. Rielme tenía 17 años y Boca Juniors era un gigante que lo miraba desde adentro. Los primeros minutos fueron tímidos, exploratorios, como si el estadio mismo lo estuviera evaluando, pero no tardó mucho. Cuando la pelota llegó a sus pies y él la controló con esa calma que ya era su marca registrada, la bombonera entendió que algo especial estaban haciendo.

En esos primeros años sus ingresos eran modestos. un contrato de juvenil que rondaba los 800 a un $200 mensuales, suficiente para vivir, no para brillar. Pero Rielme nunca pareció estar allí por el dinero. Estaba allí porque Boca era Boca y porque ese escenario era exactamente el que él había imaginado desde las canchitas de Don Torcuato. El salto llegó rápido.
Entre 1998 y 2000. Boca ganó dos campeonatos consecutivos y Riquelme era el cerebro de todo. Sus pases, sus tiempos, su capacidad para decidir el partido desde el medio campo lo convirtieron en el jugador más codiciado de Argentina. Su salario escaló hasta los 2500 mensuales, una cifra importante para el fútbol argentino de esa época.
Pero lo que nadie puede poner en números fue lo que construyó con la gente. La relación entre Riquelme y los hinchas de Boca no era la de un jugador y su club. Era algo más profundo, más viseral. Cuando él tocaba la pelota, la bombonera respiraba diferente. Cuando él fallaba, el silencio era colectivo. Cuando él resolvía, el grito era unánime.
Era, en el sentido más puro de la palabra, el dueño de ese estadio. La Copa Libertadores del 2000 fue la confirmación definitiva. Boca ganó el torneo más importante de América y Rielme fue la figura indiscutida. Ese título abrió las puertas de Europa y Rielme, que nunca había pedido irse, se encontró frente a una decisión que cambiaría su vida.
Barcelona pagó 1 millones de dólares por él en 2002. era uno de los traspasos más importantes del fútbol sudamericano en ese momento. Riquel me llegó a Cataluña con 23 años con su manera de jugar y con su forma de ser, que no iba a cambiar por ningún contrato del mundo. El problema fue Frank Reyard.
El entrenador holandés no terminaba de entender a Rielme. Lo veía lento, estático, demasiado dependiente del balón. No comprendía que esa aparente lentitud era en realidad precisión, que esa quietud era inteligencia, que Rielme no corría porque no necesitaba hacerlo. Los minutos escasearon. El salario era de 3 5 millones de dólares anuales, el más alto de su carrera hasta ese momento.
Pero el dinero no podía compensar la frustración de no jugar. fue cedido al Villarreal y ahí, lejos de la presión del Barça, Rielme volvió a ser el mismo. En Villarreal fue figura indiscutida. Ganó el premio Pichichi de Asistencias. Llegó a la semifinal de la Champions League en 2006, donde solo la fortuna y un penal errado lo separaron de la final.
Ese año, Rielme fue considerado uno de los tres mejores jugadores del mundo. Sus ingresos combinados entre salario, primas y contratos publicitarios con marcas como Nike superaron los 6 millones de dólares anuales. Pero Europa nunca fue su hogar, lo supo desde el principio y nunca lo escondió. Cuando Barcelona no lo renovó, no hubo declaraciones de rencor ni conferencias de prensa cargadas de drama. Rielme simplemente volvió.
Volvió a Boca, volvió a la Bombonera, volvió al lugar donde siempre supo que pertenecía. Esa decisión que muchos interpretaron como un retroceso era en realidad perfectamente coherente con quién era. Rielme nunca persiguió el dinero, perseguía la pertenencia. El regreso a Boca en 2007 fue una fiesta. La bombonera explotó cuando volvió a saltar al campo con la camiseta azul y amarilla.
Era como si los años en Europa hubieran sido un paréntesis y ahora el relato verdadero retomaba su curso. Los siguientes 6 años fueron los más completos de su carrera. Rielme, ya con más de 28 años, jugaba con una madurez diferente. No necesitaba demostrar nada. Cada partido era una clase magistral de cómo entender el fútbol.
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Su salario en este periodo rondó entre los 800,000 y los 120,000 mensuales, convirtiéndolo en el jugador mejor pago del fútbol argentino de su época. Ganó tres títulos de primera división con Boca. fue elegido el mejor jugador del fútbol argentino en múltiples ocasiones y en cada partido de Copa Libertadores se confirmaba que había pocos jugadores en el mundo capaces de hacer lo que él hacía con una pelota.
Con la selección argentina, su historia fue más complicada, pero igualmente épica. Ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, un torneo donde fue la figura indiscutida. Disputó tres Copas América. jugó el Mundial de Alemania 2006, donde Argentina llegó a cuartos de final con él como capitán espiritual del equipo. Pero la relación con los entrenadores nacionales fue siempre tensa.
Alfio Vasile lo amaba. Diego Maradona lo convocó y lo hizo jugar. Sergio Batista lo dejó fuera y esa decisión despertó una controversia que todavía se debate en Argentina. Rielme nunca respondió con declaraciones incendiarias. se fue a su casa, entrenó, esperó, como siempre. Su retiro de la selección en 2008 antes del Mundial de Sudáfrica fue una de las decisiones más polémicas de su carrera.
Muchos no lo entendieron. Él tampoco lo explicó demasiado. Simplemente consideró que ese ciclo había terminado y actuó en consecuencia. En 2014, Juan Román Riquelme anunció su retiro definitivo del fútbol profesional. tenía 36 años. No hubo despedida multitudinaria, no hubo gira de estadios, no hubo actos de homenaje organizados por él mismo.
Hubo una conferencia de prensa tranquila, algunas palabras precisas y el cierre de un capítulo que había durado casi 20 años. Su patrimonio acumulado era sólido, pero no exorbitante, especialmente para un jugador de su talla. A lo largo de su carrera, sus ingresos totales se estiman entre 35 y 45 millones de dólares, combinando salarios, primas por campeonatos, contratos publicitarios y derechos de imagen.
Nike fue su sponsor principal durante más de una década, aportando entre 1, 5 y 2 millones de dólares anuales en los picos de su carrera. Lo que llama la atención no es el monto, sino lo que hizo con él. Rielme no construyó un imperio de negocios, no abrió cadenas de restaurantes, no lanzó líneas de ropa, no invirtió en criptomonedas.
Compró propiedades en Argentina de manera conservadora y sin estridencias. Mantuvo el mismo estilo de vida que había tenido siempre. Volvió a Quilmes, al barrio, a la familia, a la simpleza. Los primeros años postretiro fueron discretos. Riquel me aparecía poco en público, daba alguna entrevista esporádica, participaba en eventos de Boca cuando lo invitaban, pero en general mantenía un perfil bajo que contrastaba fuertemente con la omnipresencia mediática de otros exjugadores de su generación.
Fue en esos años cuando muchos se preguntaron qué estaría haciendo realmente. La respuesta, como casi todo en su vida, era más sencilla de lo que parecía estaba viviendo. En 2019, Juan Román Riquelme tomó la decisión que nadie esperaba y que al mismo tiempo era perfectamente lógica. Se metió en la política del fútbol argentino.
Aceptó ser candidato a vicepresidente de Boca Juniors dentro de la lista opositora a Daniel Angelissy. Ganaron y Rielme, el hombre que siempre había evitado el ruido, se convirtió de golpe en la figura política más importante del club más popular de Argentina. En diciembre de 2023 dio el paso final, se postuló como presidente de Boca Juniors y ganó las elecciones con el 59% de los votos.
La Bombonera que lo había ovasionado como jugador ahora lo respaldaba como conductor institucional. Es un rol que nadie en la historia reciente del fútbol argentino había asumido con ese perfil. Rielme no es un dirigente de traje y corbata que aprendió el negocio del fútbol. en una sala de reuniones. Es alguien que siente el club desde adentro, que conoce lo que significa ponerse esa camiseta, que entiende al hincha porque fue hincha antes de ser ídolo.
Sus decisiones como presidente reflejan esa filosofía. No ha buscado contratar estrellas costosas para deslumbrar. ha apostado por la identidad, por el proceso, por construir desde abajo. Muchas de sus elecciones han sido discutidas, pero ninguna ha sido tomada por ego ni por cálculo mediático. El cargo de presidente no tiene una remuneración fija significativa en Boca Juniors.
Rielme ejerce el rol de manera honoraria en lo que respecta al salario institucional, sosteniendo su vida con los rendimientos de sus inversiones y propiedades acumuladas durante la carrera. y lo hace desde Quilmes, sin mudarse al barrio norte de Buenos Aires, sin adoptar el estilo de vida de los dirigentes deportivos que habitan en los círculos del poder económico, sigue siendo el mismo.
Entrar al barrio donde vive Riquelme hoy es entender algo fundamental de su carácter. No es un barrio privado, no hay seguridad privada en la puerta ni cámaras discretas apostadas en los árboles. Kilmes, el mismo Kilmes de siempre, con sus calles anchas, sus árboles que dan sombra en verano y ese ritmo pausado del conurbano bonaerense que no se apura por nada ni por nadie.
Su casa es amplia, pero no ostentosa. Tiene el espacio que necesita una familia grande, pero no tiene la arquitectura diseñada para impresionar a los visitantes. Los materiales son nobles. Ladrillo visto, madera maciza, hormigón, sin mármoles importados, sin piletas que parecen sacadas de un resort. Todo está pensado para durar, para vivirse, para que los chicos corran sin que nadie se preocupe por rayar algo costoso.
El jardín es el corazón del hogar, amplio, con pasto bien cuidado y algunos árboles que dan sombra generosa en el verano bonaerense. En ese jardín, Riquelme tiene algo que muy pocos presidentes de clubes de fútbol pueden decir que tienen. Una canchita, sí, una canchita de tierra como las de don Torcuato, donde sus hijos patean y donde él de vez en cuando se suma con esa naturalidad de quien nunca dejó de ser el chico del barrio.
Adentro, la casa tiene el orden tranquilo de una familia que valora la rutina. El salón principal es amplio, con ventanas que dan al jardín y muebles que no buscan llamar la atención, sino acompañar. Hay fotos familiares en las paredes, pero pocas dedicadas al fútbol. Las que hay son personales, momentos privados, no los típicos cuadros de glorias deportivas que muchos exjugadores despliegan como decoración.
La cocina es grande y funcional. No tiene electrodomésticos de última generación ni diseño de revista de arquitectura. Tiene el tamaño que necesita una casa donde se come en familia, donde el asado del domingo es una institución. y donde la mesa larga no es decorativa. Riquelme se levanta temprano, desayuna despacio, que es la única forma que conoce de hacer las cosas.
Lee los diarios deportivos, sigue el movimiento del fútbol argentino y del mundo. Toma decisiones vinculadas a Boca. Su jornada como presidente es activa con reuniones, definiciones y la presión constante de dirigir el club más exigente de Argentina. Pero al final del día vuelve al barrio, vuelve a casa. La familia es el centro absoluto de la vida de Juan Román Riquelme.
Siempre lo fue, incluso en los momentos de mayor exposición pública, cuando los periodistas lo buscaban y él prefería desaparecer. Está en pareja con Roxana Ascárate desde hace muchos años, con quien tiene tres hijos, Agustín, Fernando y Lola. Una familia que creció en el anonimato, que nunca fue parte del espectáculo mediático, que vivió el fútbol de Riquelme desde el costado sin querer el protagonismo.
Sus hijos crecieron en Kilmes, fueron a colegios del barrio, tuvieron una infancia normal en la medida en que puede ser normal ser hijo del ídolo más grande de Boca. Riquel me los protegió de la exposición con la misma determinación con la que siempre protegió su vida privada. Agustín, el mayor, tiene su propio camino.
Fernando e incluso la pequeña Lola crecieron viendo a un padre que los domingos a veces tenía que ir a la bombonera, pero que el resto de la semana estaba ahí presente, en el barrio, en casa. La relación de Rielme con su familia extendida también es parte fundamental de su identidad. Sus hermanos, con quienes siempre mantuvo un vínculo estrecho, siguen siendo parte de su mundo cotidiano.

No se alejó de sus orígenes cuando el dinero llegó, no cambió de círculo cuando los trofeos se acumularon. Ese vínculo profundo con su gente más cercana es tal vez la marca más clara de quién es Juan Román Riquelme fuera de la cancha. Un hombre que eligió siempre la lealtad sobre la conveniencia. La generosidad de Riquelme, como casi todo en él, es silenciosa.
No organiza galas benéficas ni anuncia sus donaciones en redes sociales. Ayuda y sigue. Desde el inicio de su carrera sostuvo a su familia extendida con el mismo naturalidad con la que un padre sostiene a sus hijos. Cuando el dinero llegó, parte de él volvió al barrio, a Don Torcuato, a las instituciones que lo vieron crecer. donó equipamiento deportivo a clubes del conurbano bonaerense.
Ayudó a financiar refacciones en escuelas de su zona y participó en eventos solidarios sin buscar cobertura mediática. Se estima que a lo largo de su vida sus aportes a causas sociales en el conurbano y en Kilmes superan el millón de dólares, aunque es imposible precisar la cifra exacta porque nunca lo anunció. Desde su rol como presidente de Boca, también impulsó iniciativas vinculadas a las inferiores del club con foco en los chicos de los barrios que llegan a la institución sin recursos.
Sabe lo que es ser chico. Lo fue. No necesita que nadie lo sepa. Esa es la única diferencia entre la generosidad real y el marketing de la generosidad. Hay algo que Juan Román Riquelme nunca entendió o nunca quiso entender, que es lo mismo, la necesidad de ser grande fuera de la cancha para ser recordado como grande dentro de ella.
Mientras otros exjugadores construyen imperios mediáticos, lanzan productos, se transforman en marcas ambulantes, él sigue en Kilmes. Sigue tomando mate en el jardín, siguiendo el fútbol por televisión, manejando él mismo sin chóer, viviendo en el mismo barrio de siempre. Su patrimonio, estimado hoy entre 35 y 45 millones de dólares, es el resultado de una carrera extraordinaria gestionada con la misma prudencia con que gestionó cada pelota que tocó.
No especuló, no arriesgó lo que no podía perder, no se dejó llevar por el vértigo de quien de repente tiene más de lo que imaginó. La vida de Riquelme después del fútbol no es la historia de un declive ni la de un retiro melancólico. Es la historia de un hombre que siempre supo quién era, que no necesitó la fama para definirse y que eligió en cada momento de su vida ser coherente antes que conveniente.
El barrio no cambió, él tampoco. Y en esa permanencia, en esa fidelidad a sus raíces que ningún trofeo ni ningún contrato millonario pudo erosionar, está el verdadero legado de Juan Román Rielme. No solo el mejor jugador de su generación en Argentina, sino también y sobre todo el más honesto consigo mismo. Si quieres seguir conociendo las historias que los estadios no muestran, las vidas que quedan cuando se apagan los reflectores, suscríbete al canal y activa la campana.
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