Posted in

Aquiles Álvarez: El Caso de Combustible que Desató una GUERRA Política en Ecuador

10 de febrero de 2026, San Borondón. 5 de la mañana. El barrio más exclusivo de la provincia del Guayas no se despierta con ruido. Sus calles cerradas, sus cámaras privadas y sus urbanizaciones blindadas garantizan un silencio que cuesta dinero mantener. Esa mañana ese silencio duró hasta que el ariete golpeó la puerta.

No era un operativo improvisado. Las unidades tácticas de la Policía Nacional y la Fiscalía llevaban meses construyendo lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando los agentes entraron al dormitorio principal, lo primero que buscaron no fue al hombre, fue el dispositivo. El grillete electrónico que la justicia había impuesto al alcalde de Guayaquil descansaba sobre la mesilla de noche, desconectado, mudo, una infracción técnica que en cualquier proceso judicial ordinario habría generado una alerta automática.

Aquí no había generado nada durante semanas. Aquiles Álvarez llevaba meses bajo investigación. Su nombre aparecía en los expedientes vinculado al presunto desvío de más de 22 millones de galones de diésel subvencionado, combustible que, según los informes de inteligencia, no terminaba en las estaciones de servicio de la provincia, terminaba en los depósitos de las lanchas rápidas y los sumergibles del narcotráfico internacional, el hombre que controlaba institucionalmente el puerto principal de Ecuador, el mismo que en los chats

encriptados de la organización aparecía identificado bajo un solo término, el jefe. Esa mañana en San Borondón lo estaban esperando. Detrás de esa fachada de éxito electoral y arrastre popular se ocultaba una maquinaria transaccional diseñada para operar a la sombra de los controles del Estado. El carisma arrollador que lo catapultó al poder político y su figura intocable como salvador del equipo de fútbol más emblemático de la nación funcionaban como la coraza perfecta.

Mientras los ciudadanos lo aclamaban en los palcos de honor, la fiscalía perfilaba los contornos de un imperio forjado en los márgenes de la ley. La estructuración de este fraude no se improvisó en un despacho municipal ni dependió de intermediarios novatos. Lejos de las cámaras de televisión, su núcleo familiar llevaba décadas monopolizando el lucrativo y opaco sector de los hidrocarburos en el litoral ecuatoriano.

Esas empresas de comercialización de combustible se transformaron, según la tesis de los peritos, en auténticas lavadoras logísticas, donde el oro negro del estado se esfumaba de los registros oficiales. Aquel arresto ejecutado antes del amanecer buscaba amputar de tajo el músculo logístico de las mafias que controlan el Pacífico.

La inteligencia estatal rastreaba un agujero fiscal que superaba los 61 millones de dólares, una hemorragia de recursos públicos que sostenía la operatividad de los cárteles en altamar. El hombre fuerte de Guayaquil estaba a punto de descubrir que la impunidad que creyó haber comprado con su influencia política tenía fecha de caducidad.

Comprender la magnitud de esta operación requiere abandonar la idea del contrabandista común cruzando la frontera en la oscuridad. Lo que los analistas de la fiscalía desarticularon fue una obra maestra de la ingeniería corporativa, un holding diseñado milimétricamente para desangrar los recursos energéticos de la nación.

El clan familiar no necesitaba asaltar camiones blindados ni falsificar billetes. Su mina de oro consistía en explotar una de las políticas de estado más sensibles del país, el subsidio a los combustibles. El esquema delictivo desafiaba abiertamente las leyes de la física y la lógica contable más elemental ante los ojos ciegos de las autoridades.

Una de las empresas administradas por la familia llegó a despachar más de 7 millones de galones de diésel desde una instalación cuya capacidad de almacenamiento real apenas arañaba los 10,000 galones. Este milagro logístico solo era posible mediante la adulteración masiva de guías de remisión, documentos oficiales que afirmaban que el producto se vendía al transporte público, cuando en la práctica ese combustible jamás tocaba las mangueras de los surtidores urbanos.

Para materializar el fraude diario, los camiones cisterna cargados con el producto subvencionado alteraban sus rutas apenas salían de las terminales de distribución. En lugar de dirigirse hacia las gasolineras, las pesadas unidades se desviaban directamente hacia las riberas y las zonas portuarias bajo el estricto control municipal.

Allí, el diésel comprado a precio de remate se comercializaba en el mercado naviero internacional, generando un margen de ganancia ilícita superior a dó por cada galón que desaparecía de los registros estatales. Ocultar montañas de capital derivadas de este mercado negro exigía una lavadora  financiera que estuviera a la altura del volumen monstruoso de sus ventas.

Los peritos informáticos descubrieron que la estructura constituyó en territorio  panameño una corporación de papel que funcionaba como un pozo ciego para despistar a los reguladores tributarios. La operadora local reportaba deudas millonarias ficticias con esta entidad extranjera, una maniobra de manual de lavado que le permitía declarar una falsa falta de liquidez y así evadir el pago de impuestos ante el SRI.

La insolencia de la arquitectura criminal llegaba al punto de  retornar ese mismo capital limpio a los bolsillos de sus propios creadores sin levantar sospechas en la banca formal. Las supuestas obligaciones financieras internacionales eran cedidas posteriormente a los hermanos de la familia, permitiéndoles inyectar ese dinero en sus cuentas bajo la fachada de aumentos de capital lícitos.

Era un circuito financiero hermético y perfecto, donde la nación ponía el producto a pérdida y la organización se embolsaba la diferencia  mientras cimentaba su imagen pública de empresarios exitosos. Ninguna operación logística de esta envergadura puede sostenerse durante años sin la complicidad y el silencio comprado de las instituciones encargadas de fiscalizarla.

El Ministerio Público sostiene que esta telaraña de influencias logró infiltrar y neutralizar a los inspectores de la ARH, el máximo organismo de control de hidrocarburos. Las inspecciones de rutina en las estaciones de servicio se convirtieron en un mero trámite burocrático pactado de antemano, garantizando que el monopolio del contrabando operara a sus anchas bajo la sombra protectora del poder político.

Ese océano de diésel evaporado no solo representó un golpe letal a las arcas de un país que paradójicamente vive asfixiado por los cortes de luz y el déficit presupuestario. La tesis más perturbadora de la inteligencia militar apunta a que esa gasolina era el combustible que mantenía latiendo el corazón del crimen organizado en el litoral ecuatoriano.

Sin esa logística energética inagotable e invisible para el radar gubernamental, las flotas de lanchas rápidas cargadas de narcóticos simplemente no podrían operar, lo que convierte a este fraude de cuello blanco en el engranaje principal de la violencia que devora las calles.

Read More