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Al borde de la muerte, ANTONIO CONFESÓ a PEPE que amó a LOLA BELTRÁN más que a FLOR…

Antonio Aguilar llevaba 3 días muriendo y aún no había dicho la verdad. El 16 de junio de 2007, su cuerpo finalmente lo traicionó. La insuficiencia renal lo tumbó a las 9:47 de la mañana mientras ensayaba con los mariachis en el rancho. Cayó de rodillas frente a 14 músicos que no supieron qué hacer.

Para cuando la ambulancia llegó, ya estaba inconsciente. Lo llevaron al Hospital Ángeles del Pedregal con presión arterial de 210 sobre 140 y los riñones funcionando al 11%. Los médicos le dieron 48 horas de vida, quizá menos. Flor Silvestre llegó al hospital 20 minutos después. entró a la habitación 804, vio a su esposo conectado a las máquinas y lo primero que hizo fue sentarse en la silla junto a la ventana.No se acercó a la cama, no le tomó la mano, se quedó ahí mirando las luces de la ciudad con las manos perfectamente cruzadas sobre el regazo, como si esperara que llegara alguien más. Y ese alguien era Lola Beltrán. Pero Lola llevaba 11 años muerta. Pepe Aguilar recibió la llamada a las 10:23 de la mañana. Estaba en Los Ángeles grabando un disco.

Dejó todo tirado y tomó el primer vuelo a Ciudad de México. Durante las 4 horas de trayecto no pudo dejar de pensar en algo que su madre le había dicho 3 años atrás. Una noche de diciembre en que bebió más tequila de lo normal. Estaban solos en el rancho. Flor lo miró directo a los ojos y le dijo algo que sonó como una confesión a medias.

Tu padre me dio 52 años de su vida, pero nunca me dio su corazón. Pepe le preguntó qué quería decir. Ella sonrió con una tristeza tan vieja que parecía heredada. Algún día lo entenderás. Cuando él ya no esté, lo entenderás todo. Cuando Pepe llegó al hospital, eran las 7:34 de la tarde. Su padre seguía inconsciente. Flor seguía en la misma silla, en la misma posición.

No se había movido en 9 horas. Los doctores entraban y salían con caras cada vez más preocupadas. El Dr. Ernesto Villalobos Campos, nefrólogo de 63 años, le explicó a Pepe que su padre tenía múltiples fallas orgánicas. Corazón débil, pulmones con líquido, riñones colapsados. Si despierta, será un milagro y si despierta probablemente sea para despedirse.

A las 11:34 de la noche, Antonio Aguilar abrió los ojos. Lo primero que hizo fue buscar a Flor. Ella seguía junto a la ventana, ahora con la mirada perdida en algún punto del techo. Antonio giró la cabeza hacia Pepe y le hizo una seña con los dedos. Ven, acércate. Pepe se paró junto a la cama y su padre le agarró la mano con una fuerza que no debería tener un moribundo.

Sus labios se movieron, pero el tubo de oxígeno no lo dejaba hablar claro. Pepe tuvo que acercar el oído hasta casi tocar la boca de su padre. Sácala. Necesito hablar contigo solo tú. Pepe se quedó congelado. En 54 años su padre nunca le había pedido algo así. Miró a su madre. Flor no se movió. Era como si ya supiera lo que venía, como si llevara décadas esperando este momento.

Pepe tragó saliva y caminó hacia ella. Mamá, papá quiere hablar conmigo a solas. ¿Puedes? Flor silvestre se levantó sin decir palabra, tomó su bolsa, caminó hacia la puerta y antes de salir se detuvo. No volteó a ver a Antonio, solo dijo algo en voz baja, casi para sí misma. Ya era hora. La puerta se cerró.

Pepe y Antonio quedaron solos. El pitido de los monitores marcaba un ritmo cada vez más irregular. Antonio respiraba con dificultad, pero sus ojos estaban más claros que nunca, como si la proximidad de la muerte le hubiera dado una lucidez brutal. Agarró la mano de Pepe con las dos suyas y empezó a hablar. Cada palabra le costaba aire, pero no se detuvo.

Voy a morirme en dos días, quizá menos, y no puedo irme sin decirte algo que debí confesar hace 30 años. Pepe sintió que el piso se movía bajo sus pies. Durante 52 años le mentí a tu madre. Todos los días, todas las noches, cada vez que le dije te amo, cada vez que la abracé frente a las cámaras, cada  vez que sonreí en una foto familiar, todo fue mentira.

Antonio cerró los ojos. Una lágrima le corrió por la 100. Pepe no podía moverse. El amor de mi vida no fue flor silvestre. fue Lola Beltrán. El monitor cardíaco dio un pitido más fuerte. Antonio apretó la mano de Pepe como si se estuviera aferrando a la vida solo para terminar de hablar. Y ella murió esperándome. Murió sola porque yo fui un cobarde.

Pepe sintió que las piernas le temblaban. Se sentó en la cama todavía agarrando la mano de su padre. No podía procesar lo que acababa de escuchar. Lola Beltrán, la gran Lola Beltrán, la mujer que cantó en el Palacio de Bellas Artes más de 100 veces. La reina de la canción ranchera, la voz más grande de México después de su propia madre.

Papá, ¿qué estás diciendo? Antonio abrió los ojos. Ya no lloraba. Ahora había algo peor en su mirada. Culpa. una culpa tan pesada que había cargado durante décadas. Te voy a contar todo porque alguien tiene que saberlo y cuando yo me muera vas a subir al ático de la casa de Garibaldi. Ahí hay una caja, una caja de madera con mis iniciales.

Adentro está todo, las cartas, las fotos, la verdad. Pepe quiso decir algo, pero su padre no lo dejó. Déjame hablar, no me queda mucho tiempo. Y así, conectado a siete máquinas con los riñones colapsados y el corazón fallando, Antonio Aguilar empezó a confesar el secreto más grande de su vida. Todo comenzó en 1967. Antonio tenía 48 años, Flor tenía 36.

Llevaban 16 años casados y ya tenían dos hijos, Antonio Junior y Pepe. Desde afuera parecían la pareja perfecta del cine mexicano. Dentro el matrimonio era una actuación. Antonio lo sabía, Flor también, pero ninguno lo decía. Se habían casado en 1950 porque las disqueras los obligaron. Columbia Records tenía planes para ellos.

Los querían como la pareja dorada de la música ranchera, el charro y la reina. La imagen vendía más que la música, así que firmaron contratos matrimoniales junto con contratos discográficos. Amor por compromiso, felicidad por cláusula. Los primeros años fueron tolerables. Antonio se concentraba en su carrera. Flor hacía lo mismo. Dormían en la misma cama, pero vivían vidas separadas.

Tenían sexo cuando era necesario para mantener la imagen de familia feliz. Dos hijos, las fotos correctas, las sonrisas correctas. Pero Antonio nunca sintió nada real y Flor lo sabía. En mayo de 1967, Antonio y Lola coincidieron en una gira por Guadalajara. Se conocían desde hacía años. Claro. El ambiente de la música ranchera era pequeño.

Todos conocían a todos, pero esa noche fue diferente. Terminaron el show en el teatro de Gollado a las 11:45 de la noche. Había una fiesta en el hotel francés. Antonio no quería ir. Estaba cansado de sonreír para las fotos. Pero Lola estaba ahí. La vio parada junto al bar, sola, con un vestido negro que no tenía nada de ranchero.

Sostenía un tequila y miraba por la ventana hacia la catedral iluminada. Antonio se acercó sin pensarlo. Le preguntó por qué estaba sola. Lola lo miró con esos ojos que podían destrozar a cualquiera y le dijo algo que Antonio jamás olvidaría. Porque estoy cansada de fingir que soy feliz cuando canto canciones de amor que nunca he vivido.

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