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8 desaparecieron en la iglesia OO… 10 años después, un pastor rompió el silencio

Ocho personas se desvanecieron sin dejar un solo rastro en el mismo punto de la sierra veracruzana. Y durante una década entera, las autoridades locales insistieron en que todas ellas se habían marchado por su propia voluntad en busca de una vida mejor. Nadie en el pequeño pueblo de Naolinco pudo explicar como una congregación religiosa que prometía la salvación y el consuelo a los más desamparados terminó convirtiéndose en una especie de agujero negro que se tragaba vivas a las personas sin dejar una sola huella, una gota de sangre o

una llamada de auxilio. Durante más de 10 años, aquellos expedientes de desaparición permanecieron archivados en cajas de cartón devoradas por la humedad y el olvido. en el sótano del Ministerio Público de la Región. Pero en el caluroso otoño de 1991, un hombre mayor, cansado, con el rostro consumido por la culpa y las manos temblorosas, decidió romper el pacto de silencio que había mantenido bajo llave los secretos más oscuros de la Iglesia, Oasis de Oración.

Su confesión no solo desenterraría una de las verdades más aterradoras de la historia criminal de México, sino que obligaría a todo un pueblo a mirar de frente al monstruo que habían ayudado a cobijar. Porque la pregunta que todos evadían no era solo qué les había pasado a los desaparecidos, sino quiénes dentro de la comunidad habían mirado hacia otro lado mientras ocurría lo impensable.

Para entender el tamaño del misterio, es necesario viajar en el tiempo a Naolinco, Veracruz, a principios de la década de los 80, en este rincón de la sierra, donde la neblina desciende puntual cada tarde a las 4 para devorar las calles empedradas y las fachadas de colores. La vida transcurría entre el olor a cuero trabajado de los talleres de calzado y el murmullo de las iglesias locales.

Era una comunidad sumamente tradicional, donde el que dirán definía el destino de las familias y donde la fe no era solo una creencia, sino el pegamento social que lo unía todo. Fue precisamente en ese entorno de profunda devoción donde comenzó a ganar terreno una doctrina diferente. La Iglesia Oasis de Oración se instaló discretamente en una antigua casona de adobe y Teja a las afueras del pueblo, un lugar apartado rodeado de espesa vegetación y cafetales.

Al principio, los lugareños los veían con recelo, pero pronto el carisma de sus líderes y el fervor de sus cultos nocturnos, que se prolongaban hasta la madrugada entre cantos y llantos colectivos, comenzaron a atraer a decenas de personas que buscaban refugio para sus crisis económicas y problemas familiares. Sin embargo, detrás de aquellas paredes de adobe, el ambiente espiritual pronto comenzó a tornarse asfixiante.

Los habitantes que vivían cerca de la casona recordaban que las ventanas del templo siempre permanecían cubiertas con gruesas cortinas oscuras y que el acceso estaba estrictamente controlado por hombres de aspecto serio que vestían trajes oscuros, incluso bajo los peores calores del verano veracruzano. A pesar de estas extrañas medidas de seguridad, la congregación crecía mes con mes, pero con el crecimiento de la iglesia también comenzó a gestarse una sutil y silenciosa epidemia de ausencias.

Entre 1981 y 1991, ocho personas que asistían regularmente a los servicios de basis de oración simplemente dejaron de ser vistas por sus vecinos. No ocurrió todo de golpe. Fue un proceso lento, espaciado por meses, a veces por años, lo que impidió que la comunidad conectara los puntos de inmediato.

Cuando una joven costurera dejaba de presentarse a trabajar o un campesino no regresaba de su jornada, el rumor que corría por el pueblo siempre era el mismo. Se cansaron de la pobreza, se fueron al norte a buscar el sueño americano o simplemente huyeron con algún amor prohibido para escapar del control estricto de sus familias. Esa explicación fácil y conveniente fue la que las autoridades locales utilizaron una y otra vez para negarse a abrir investigaciones formales.

En el México de aquellos años, la desaparición de personas de bajos recursos en zonas rurales rada ameritaba el esfuerzo de una policía ministerial mal pagada y a menudo propensa a recibir propinas para no hacer preguntas incómodas. Los familiares de las víctimas, paralizados por la vergüenza social de que sus hijos o esposas supuestamente los hubieran abandonado, preferían llorar su pena en privado, tragándose sus sospechas.

Pero las sospechas eran reales y apuntaban en una sola dirección. Varios vecinos aseguraban que la última vez que vieron a cada una de esas ocho personas llevaban bajo el brazo la Biblia distintiva de tapas rojas que utilizaba la congregación de Oasis de Oración y caminaban con paso firme hacia la casona de la periferia.

Ninguno de ellos fue visto saliendo de aquel lugar. El templo parecía comportarse como una trampa silenciosa, un laberinto del que una vez que se cruzaba el umbral, el mundo exterior dejaba de existir por completo. El velo de silencio que cubría el caso se mantuvo intacto hasta una tarde lluviosa de octubre de 1991 en la modesta redacción de un periódico independiente en la ciudad de Jalapa, el periodista de nota roja, Joaquín Aldana recibió una visita inesperada.

Un hombre de avanzada edad, vestido con un traje de lino gastado y apoyado en un bastón de madera, preguntó por él. Se identificó como Samuel Santos, un pastor evangélico que se había retirado de los púlpitos años atrás y que ahora vivía recluido en una pequeña choza en los límites de Naolinco. El anciano no traía consigo denuncias escritas ni copias de expedientes judiciales.

Solo colocó sobre el escritorio de Joaquín una gastada biblia de tapas rojas y una cinta de cassette de 60 minutos que llevaba una etiqueta escrita a mano con una sola palabra. Perdón. Samuel miró al periodista con unos ojos nublados por las cataratas y el miedo y con una voz que apenas superaba un susurro.

Le advirtió que lo que estaba grabado en esa cinta cambiaría para siempre la historia del pueblo y de la iglesia a la que él mismo había dedicado su vida. Cuando el periodista, intrigado por la solemnidad del anciano, introdujo el cassette en su grabadora de reportero y presionó el botón de reproducción. El sonido blanco de la estática llenó la habitación durante unos segundos que parecieron eternos.

Luego la voz de Samuel Santos comenzó a hablar áspera, interrumpida por accesos de tos y por un llanto contenido que ponía los pelos de punta. En los primeros minutos de la grabación, el pastor retirado confesó que las ocho personas desaparecidas en Naolinco durante la última década jamás habían tomado un autobús hacia la frontera del norte, ni habían abandonado voluntariamente a sus seres queridos.

Samuel, con una frialdad que contrastaba con su debilidad física, declaró que él mismo había ayudado a acabar el destino final de la primera de las víctimas, Carmen Rojas, una joven de 19 años cuyo paradero era un misterio desde 1981. Pero lo más aterrador no fue la confesión del entierro clandestino, sino la revelación de que el suelo de la iglesia ocultaba algo mucho más complejo que simples fosas comunes improvisadas.

El anciano aseguró en la cinta que cada una de esas muertes formaba parte de un registro meticulosamente planeado, un libro de actas oculto donde se detallaba el día, la hora y el motivo por el cual la congregación decidía que una vida debía ser apagada. Y justo cuando la grabación parecía llegar a su fin, la voz de Samuel Santos pronunció una última frase que dejó al periodista helado.

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