Fui el miércoles y ya no me fui en 12 años. La primera vez que la vi en persona me quedé un poco cortada. Tenía una presencia que se notaba antes de que entrara en la habitación. Pasos seguros, voz directa, mirada que te medía en 3 segundos y ya sabía si eras de fiar. Me dio la mano, me miró y me dijo, “Espero que no seas de las que hablan mientras trabajan, que me pongo nerviosa.
” Le dije que yo hablaba cuando me hablaban. y me callaba cuando no. Sonríó y me dijo, “Entonces vamos a llevarnos bien.” Y nos llevamos bien. Muy bien. Con el tiempo aprendí que detrás de esa dureza que ella ponía por delante había una mujer que desconfiaba de la gente porque la gente le había dado motivos. El mundo del espectáculo en los años 60 en España era un sitio complicado para una mujer con carácter.

Más todavía si esa mujer tenía opiniones propias y no las escondía. Más si él las tenía y no las escondía. Pero eso en aquella España tenía un precio. Los primeros años con ella fueron tranquilos. Peinarla dos o tres veces por semana, a veces más si había actuación o entrevista. A veces me llamaba a última hora porque tenía algo inesperado y necesitaba estar arreglada en dos horas.
Yo cogía el maletín y me plantaba. Así era el trato y a mí me venía bien porque pagaba puntual y trataba bien, que no era tan común como parece. Con el tiempo me fui enterando de cómo funcionaba su mundo por dentro. No porque ella me lo contara todo de golpe, sino porque estando cerca de alguien durante años, las cosas se van sabiendo solas.
Las conversaciones que oye sin querer, las caras que pone cuando cuelga el teléfono, lo que dice y lo que calla. Y más si él callaba bastante, pero lo que callaba pesaba. Llegó el año 1968. Yo llevaba ya 4 años con ella y conocía sus manías, sus miedos y sus formas. Sabía que cuando apretaba los labios mientras la peinaba, era que algo le estaba dando vueltas en la cabeza.
Sabía que cuando pedía más café de la habitual era que había dormido mal. Eran cosas pequeñas del tipo que solo ves cuando llevas mucho tiempo mirando a Lane Tour y alguien. A principios de ese año empezó a circular el rumor de que iban a mandar a alguien a representar a España en Eurovisión.
Entonces, Eurovisión era algo muy serio, mucho más de lo que la gente joven puede entender hoy. Era la televisión entera de Europa metida en una noche, millones de personas mirando. Y España, que llevaba años intentándolo con resultados discretos, quería ganar de verdad. El nombre que sonaba para ir era el de Joan Manuel Serrat.
Y ahí empieza todo. Serrat era el favorito, era conocido, tenía prestigio y había dicho que quería cantar en catalán, no en castellano, en catalán. Y eso en la España de Franco era un problema que iba mucho más allá de la música. El régimen quería una victoria en Eurovisión, sí, pero quería una victoria que pudieran exhibir como propia.
Una canción en catalán no encajaba en ese escaparate. La decisión que tomaron entonces cambió muchas cosas y más si él lo sabía antes que nadie. Me enteré una mañana de marzo. Llegué a su casa, saqué el maletín y ella estaba sentada en la silla de siempre con una expresión que no le había visto antes, seria, pero con algo más debajo, como quien acaba de recibir una noticia que tiene dos caras y todavía no sabe bien cómo mirarla.
Le pregunté cómo estaba. Me dijo, “Me han llamado para ir a Eurovisión. Me quedé parada con el peine en la mano. Le dije, “¿Y eso es bueno?” Tardó un momento en contestar. Eso depende de cómo salga. Entonces no entendí todo lo que quería decir. Con el tiempo lo entendí muy bien. La sustitución de Serrat por Masiel fue un terremoto.
La prensa se volvió loca. Serrat se negó a cantar en castellano y el régimen lo apartó. Pusieron a Mael en su lugar con muy poco tiempo para prepararse, días casi sin ensayos, con una canción que no había elegido ella, con una orquesta que no conocía y con todo el peso de representar a un país que esperaba ganar.
Y encima cargando con el ruido de haber llegado ahí de esa manera, porque la gente no lo olvidó. Los que apoyaban a Serrat, que eran muchos y con mucha voz, la miraron a ella con una mezcla de sospecha y rencor que no tenía ningún sentido, como si ella hubiera pedido estar ahí, como si hubiera maniobrado para quitarle el puesto a alguien.
Ella no había pedido nada, le habían llamado, le habían dicho que o ella o nadie y había dicho que sí porque era su trabajo y porque creía que podía hacerlo bien, pero la narrativa ya estaba escrita y las narrativas, una vez escritas son muy difíciles de borrar. Yo la vi prepararse para aquello. Vi los ensayos en casa, la que montaba en el salón con la música puesta.
y ella dando vueltas probando movimientos. La vi nerviosa, que era algo que no se le notaba casi nunca. Una tarde me dijo mientras la peinaba, “Milagros, si esto sale mal, me van a echar la culpa a mí y si sale bien, le van a dar el mérito a la canción.” Le dije que eso no era justo. Me miró por el espejo y me dijo, “El negocio del espectáculo no es justo.
Tú ya deberías saberlo.” Tenía razón, pero ese día no quería dársela. Eurovisión 1968 fue en Londres el 6 de abril. Masel cantó la la la y ganó. Ganó por un punto con mucha polémica después sobre los votos, pero ganó. España entera se volvió loca. La televisión, los bares, los vecinos asomados a las ventanas gritando. Fue una noche que el país entero recordó durante décadas.
Yo lo viví desde Madrid con mi familia delante del televisor. Cuando cantó y cuando dijeron su nombre como ganadora, me puse a llorar sin saber muy bien por qué. Supongo que porque la conocía, porque sabía lo que había costado llegar ahí. lo que había cargado de camino, pero lo que pasó después, eso es lo que nadie cuenta. Volví a su casa unos días después de que regresara de Londres.
Ella llevaba encima ese brillo raro que tienen las personas cuando acaban de vivir algo enorme y todavía no han aterrizado del todo. Estaba contenta, claro, pero había algo más, algo que no cuadraba del todo con lo que yo esperaba ver en alguien que acababa de ganar Eurovisión para su país. La peiné en silencio un rato.

Ella miraba por la ventana y entonces me dijo algo que me paró el corazón. me dijo, “Milagros, he ganado. Y aún así hay gente que preferiría que hubiera perdido.” Lo dijo despacio, sin rabia, con esa calma suya que a veces era más dura de escuchar que el enfado. Le pregunté a qué gente se refería. Me miró por el espejo y me dijo, “A los que nunca me perdonarán haber estado en el lugar de otro.
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” Me quedé callada porque tenía razón y no había nada que añadir. Pero lo que pasó en los meses siguientes fue mucho peor de lo que yo imaginaba en ese momento. La victoria en Eurovisión, que debería haber catapultado su carrera de una manera brutal, se convirtió en algo extraño. Había celebraciones, sí, actos, entrevistas, la foto con el régimen que ella hizo porque no había manera de negarse.
Pero debajo de todo eso había una corriente fría que yo notaba cada vez que iba a su casa. Los productores que deberían haber llamado a su puerta llamaban con menos entusiasmo del esperado. Había reuniones que se cancelaban, proyectos que se enfriaban y el nombre de Serrat seguía apareciendo en todas las conversaciones como una sombra que no se iba.
Ella me lo contó una tarde a finales de ese año. Estábamos solas en su salón con la radio puesta abajito de fondo y de repente me dijo, “¿Sabes cuál es el problema de ganar en estas condiciones?” Le dije que no. me dijo que la gente recuerda cómo llegaste y eso no desaparece aunque ganes. Hizo una pausa y luego añadió algo que no he olvidado en todos estos años.
Me dijo, “España no va a volver a ganar Eurovisión en mucho tiempo. Y no porque no haya buenos cantantes, sino porque el día que ganamos lo hicimos con una herida abierta y las heridas abiertas no se olvidan. Ahí me quedé porque en ese momento, siendo yo una mujer joven de Vallecas que peinaba así famosos y pensaba poco en política y en industria musical, aquello me sonó a exageración, amargura de alguien que ha ganado, pero que siente que le han puesto piedras en el camino.
Tardé años en entender que tenía razón en cada palabra. España no ganó Eurovisión en décadas. El festival pasó. Los años pasaron y España fue quedando cada vez más atrás en aquel concurso que una noche de 1968 había ganado por un punto en Londres con una canción de cinco letras repetidas. Y cada vez que salía el tema, cada vez que alguien preguntaba por qué España no ganaba, la respuesta oficial siempre buscaba culpables en la canción, en el cantante, en los votos de los países vecinos.
Pero nadie hablaba de lo que Masiel me dijo en ese salón, de la herida, de cómo algo que deberíab haber unido terminó partiendo, porque eso fue lo que pasó de verdad. Serrat era el símbolo de una manera de entender España que el régimen no quería ver. Mas si él llegó en su lugar y ganó siendo ella, siendo buena, siendo profesional, pero la victoria quedó envuelta en aquella pelea que no era suya.
Y el festival de Eurovisión, que en otros países era solo música, en España se convirtió en otra batalla cultural más. Y las batallas culturales dejan cicatrices que duran mucho más que las canciones. ¿Tú qué habrías hecho en su lugar? Yo me lo pregunto todavía. Rechazar habría sido muy fácil de juzgar desde fuera.
Aceptar fue lo que hizo y la juzgaron igual. Esa es la trampa que le ponen a ciertas mujeres en ciertos momentos. Hagas lo que hagas. Alguien tiene preparada la crítica. Con más eso se vio muy claro, pero hay algo que la gente no sabe, algo que yo vi desde dentro y que cambia un poco la historia que todos cuentan. Ella no era víctima de aquello, o por lo menos dejó de serlo en un momento concreto que yo presencié.
Fue unos meses después de Eurovisión. Había una reunión en su casa con varias personas del mundo de la industria musical, productores, algún periodista, gente con peso en el negocio. Yo había ido por la mañana Sií, a peinarla y me quedé un rato más porque ella me pidió que esperara, que igual necesitaba retoques antes de que empezara la reunión.
Estaba en la cocina cuando escuché la conversación. una voz de hombre, no sé de quién era, que decía algo sobre Serrat, que había sido una pena que Serrat habría sido mejor para la imagen de España, que Masiel había tenido suerte de estar en el momento justo. Suerte. Esa fue la palabra que usó. Y entonces escuché la voz de ella fría, completamente fría.
le dijo, “Yo subí a ese escenario en Londres con tres días de preparación, sin conocer la orquesta, con media España deseando que perdiera para poder decir que tenían razón. Y gané. Llámele usted suerte si quiere. Yo lo llamo otra cosa.” Silencio. No hubo respuesta. Yo en la cocina con la taza de café en la mano y un escalofrío que me recorrió la espalda de arriba a abajo.
Esa fue la Massiel que yo conocí de verdad, la que cuando llegaba al límite plantaba los pies y no se movía. La que había aprendido a moverse en un mundo que le ponía obstáculos y había decidido que los obstáculos no iban a definirla. Esa reunión me la llevo a la tumba porque hay cosas que una vez es de cerca y que cambian la manera de mirar todo lo que viene después.
Y yo que era una mujer de Vallecas que había entrado en aquella casa con un maletín y un peine. Salí de esos 12 años siendo otra persona, más lista, más dura, con menos ganas de creerme las versiones oficiales de las cosas. Mas él ganó Eurovisión. Eso es un hecho, un punto de ventaja en Londres con media España pidiéndole en silencio que perdiera y ganó.
Pero la historia que se contó después no fue la suya, fue la de Serrat, que se quedó en casa, la del régimen que usó la victoria como escaparate, la de los que necesitaban un culpable para no mirar lo que había pasado de verdad. Ella lo sabía. Me lo dijo aquella tarde en el salón con la radio de fondo y el café ya frío.
Y yo entonces no lo entendí del todo. Fui joven, fui ingenua. Pensé que las cosas con el tiempo se ponían en su sitio. A veces no se ponen. España tardó 55 años en volver a ganar Eurovisión. 55. Y cuando lo hizo en 2022 con Chanel, el país se volvió a volver loco de la misma manera.
Los mismos gritos, los mismos vecinos, la misma alegría desbordada en los bares, como si lleváramos décadas con una deuda pendiente y por fin alguien la hubiera saldado. Yo lo vi por la tele con mis años encima y mis recuerdos dentro y pensé en Masel en lo que me dijo, en la herida abierta, en cómo tenía razón en cada palabra y en cómo nadie se la dio nunca públicamente.
Las mujeres que hacen bien su trabajo en circunstancias imposibles no suelen recibir el reconocimiento en el momento. llega tarde o no llega o llega tan disfrazado que ya no se parece a lo que debería haber sido. Más si él subió a ese escenario sola con el peso de una pelea que no era suya y lo hizo bien. El resto es ruido.
Yo me jubilé de peinar hace ya muchos años, pero cada vez que en abril llega Eurovisión y España manda hasta alguien y la gente empieza con las apuestas y los comentarios, me acuerdo de aquella tarde de 1968, del salón, del cafe frío, de su voz diciéndome que las heridas abiertas no se olvidan. Y me acuerdo del escalofrío que me recorrió la espalda cuando la escuché plantarse en aquella reunión.
Eso es lo que nadie cuenta cuando habla de Mael, que detrás de la la había una mujer que sabía exactamente dónde estaba parada y que no se movió. Gracias por escucharme hasta aquí. Cuéntame abajo desde dónde me oyes, que estas historias merecen llegar lejos. M.
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