La reciente visita del Papa León XIV a territorio español ha dejado una estampa imborrable para la crónica social y de la realeza, consolidando una vez más el peso institucional y el carisma de la reina emérita doña Sofía. El segundo encuentro entre la madre del monarca y el sumo pontífice, desarrollado en el marco solemne de la catedral de la Almudena en Madrid, no solo supuso un hito religioso, sino que se convirtió en un escenario de sutiles mensajes políticos, innovaciones en el estricto protocolo vaticano y un inevitable contraste con la actual reina consorte, Letizia Ortiz. Ante una catedral abarrotada y la mirada atenta de miles de fieles que seguían la retransmisión en directo, la emérita demostró por qué conserva un lugar privilegiado en el afecto de los ciudadanos y en los registros de la historia de las monarquías católicas.
El acto estuvo cargado de un profundo simbolismo desde el primer instante. Doña Sofía accedió al templo madrileño junto al pontífice a través de la puerta lateral que da a la plaza de la Armería, un acceso reservado exclusivamente para acontecimientos de máxima relevancia. Durante la liturgia, el Papa León XIV concedió la distinción de la
rosa de oro a la patrona de Madrid, una condecoración histórica que data del siglo décimo y que representa honor, renacimiento y cercanía espiritual. Para hacer posible este ofrecimiento, las autoridades eclesiásticas modificaron el camarín de la Virgen, retirando la peana habitual para colocar una nueva columna con un centro de plata donde el pontífice depositó la preciada insignia floral. La presencia de la emérita en este evento no fue casual, ya que ostenta el título de hermana mayor de la corte de honor de Santa María la Real de la Almudena desde el año mil novecientos setenta y dos, la máxima distinción honorífica de esta congregación de damas fundada a principios del siglo pasado.

Más allá de la solemnidad del rito, el aspecto que acaparó los principales titulares de la prensa internacional fue el innovador estilismo elegido por la reina emérita. Diseñado por su modisto de cabecera, Alejandro de Miguel, el conjunto consistió en una chaqueta de encaje con ribetes y, de forma inédita, un pantalón blanco. Si bien doña Sofía hizo uso del histórico privilegio del blanco, una prerrogativa del protocolo vaticano concedida únicamente a un selecto grupo de reinas y consortes católicas, fue la primera ocasión en que una soberana optó por el pantalón en lugar de la tradicional falda o vestido largo para una audiencia de este nivel. Este paso hacia la modernidad formal ha sido ampliamente comentado por los expertos en cortesía y etiqueta, quienes ven en este gesto una evolución natural del protocolo que la propia Sofía ya ayudó a simplificar en su juventud al reducir las tres reverencias tradicionales a una sola muestra de respeto ante la Santa Sede.
Este acontecimiento sitúa a la madre de Felipe de Borbón en una posición histórica absolutamente inigualable, al convertirse en la única soberana que ha mantenido un trato directo con siete pontífices diferentes a lo largo de su existencia. Su trayectoria de audiencias papales comenzó hace más de seis décadas, concretamente en el año mil novecientos sesenta y dos, cuando acudió junto a Juan Carlos de Borbón ante Juan veintitrés para solicitar la dispensa canónica necesaria para su matrimonio mixto, debido a sus raíces en la fe ortodoxa. A partir de ese momento, la emérita ha estado presente en los pontificados de Pablo sexto, Juan Pablo primero, Juan Pablo segundo, Benedicto dieciséis y el recientemente fallecido Francisco, culminando esta impresionante línea del tiempo con el actual Papa León XIV. Esta longevidad institucional contrasta de forma evidente con la trayectoria de Letizia Ortiz, cuya andadura en estas lides es considerablemente más corta y siempre bajo el foco de las inevitables comparaciones sobre el conocimiento y apego a las tradiciones religiosas.
A pesar del éxito del encuentro, el desarrollo de la jornada no estuvo exento de polémicas y momentos de tirantez que alimentan los debates en las plataformas digitales. Al término de la ceremonia, llamó poderosamente la atención que el pontífice y la emérita abandonaran el recinto de forma separada. Mientras el Papa León XIV ponía rumbo al estadio Santiago Bernabéu para encontrarse con una multitudinaria asamblea de fieles, doña Sofía se detuvo a saludar con afecto a un grupo de religiosas que aguardaban su salida. En ese instante de cercanía, las cámaras captaron cómo personal de organización se aproximó de manera abrupta para instarla a retirarse con presteza, un gesto de rigidez administrativa que ha sido interpretado por diversos analistas como una directriz incómoda proveniente de las estructuras de control que buscan limitar el protagonismo de la reina emérita frente a los reyes actuales.
La controversia se trasladó también al entorno familiar debido a la actitud de la infanta Cristina durante la audiencia privada previa que mantuvo junto a su hermana Elena y sus hijos. Según trascendió, al recibir de manos del pontífice los rosarios bendecidos destinados a los presentes, la infanta solicitó de forma directa tres obsequios adicionales para los nietos de la emérita que no pudieron asistir a la cita, entre ellos Froilán. Esta petición ha generado opiniones divididas entre quienes elogian el instinto maternal de asegurar el recuerdo para toda la familia y aquellos críticos que consideran que el requerimiento rompió la discreción y debió gestionarse a través del séquito papal y no interrumpiendo directamente al líder de la Iglesia.
El broche final a las especulaciones sobre el equilibrio de poderes dentro de la representación oficial del Estado ocurrió durante la mañana siguiente, cuando el sumo pontífice se dispuso a abandonar la capital con destino a Barcelona. En la alfombra roja desplegada en las pistas del aeropuerto, la encargada de ofrecer la despedida oficial fue la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ante la total ausencia de miembros de la familia real en ese punto de partida. Esta desconexión en la agenda de despedidas ha reavivado las críticas en redes sociales sobre la falta de una presencia monárquica constante en los momentos clave de la visita de Estado, un vacío que muchos ciudadanos consideran que la reina emérita habría cubierto con la naturalidad y la impecable dedicación que han caracterizado sus más de sesenta años de servicio a la corona.