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Fernando Colunga: 30 Años Fingiendo… El ASQUEROSO Contrato Que Nadie Debía Ver

 

Ciudad de México, verano de 2020. Hay un pasillo de hospital con esa luz blanca que no consuela a nadie. Un hombre de 70 y tantos años entra solo. Se llama Fernando Colunga. No el actor, su padre. Va a recibir una sesión de quimioterapia y entra sin nadie al lado, porque es el año en que el mundo entero tiene miedo de tocarse, el año de los tapabocas y las puertas cerradas.

 y él prefirió viajar solo desde Miami antes que arriesgar a su esposa y a su hijo a un contagio. Ese día don Fernando no vuelve a salir y a más de 2000 km en un foro de grabación en Miami, su hijo, el galán más adorado de la televisión en español, el hombre que durante 30 años fue el sueño romántico de un continente entero, está de pie frente a una cámara y no puede hacer nada.

Tenía dinero, tenía fama, tenía guardaespaldas, contratos millonarios, puertas privadas, chóeres, accesos exclusivos, una vida entera construida para esquivar al mundo y controlar cada paso. Y todo eso, hasta el último peso, hasta la última de esas puertas, se quedó inútil frente a la única cosa que él habría dado todo por tener.

Llegar a tiempo para despedirse de su padre. Tú lo viste durante años en tu propia televisión. Lo viste besar, llorar, salvar a la mujer amada en el último capítulo y nunca te imaginaste que el hombre que lo tenía todo terminaría sin poder estar donde de verdad importaba. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó sobre Fernando Colunga.

Primero, cómo un joven ingeniero que empezó arriesgando el cuerpo como doble de acción terminó convertido en un producto fabricado, el hombre más perfecto y al mismo tiempo más vigilado de la televisión mexicana. Segundo, el contrato de exclusividad que, según la prensa de espectáculos, le pagaba alrededor de 2 millones de pesos al mes y que lo encerró en una jaula de oro donde su imagen valía más que su libertad.

Tercero, el día exacto en que se atrevió a decir que no y la misma empresa que lo había protegido durante décadas lo empujó fuera del trono con una frase que le tocó el corazón mismo del mito. Y cuarto, lo más doloroso de todo, el precio real que pagó esa vida hecha para no ser vista.

 El día en que el dinero, la fama y la seguridad se quedaron mudos frente a lo único que él habría cambiado por todo lo demás. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero guarda esta idea en tu mente porque la vas a necesitar para entender el final. El hombre perfecto no tenía permiso de ser un hombre. Y para entender cómo fue posible que alguien que lo tuvo todo terminara así, hay que volver al principio.

 Mucho antes de los trajes impecables, mucho antes de los besos frente a la cámara, mucho antes de que millones de mujeres en toda América Latina creyeran que ese hombre existía de verdad. Esta historia no empieza en un hospital, empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia sala. Ciudad de México, 3 de marzo de 1966.

En una casa ordenada, sin escándalos, sin tragedias visibles, nace Fernando Colunga Olivares, hijo único de un ingeniero civil que se llamaba igual que él, Fernando Colunga, y de una ama de casa llamada Margarita Olivares, una familia de clase media trabajadora, de las que en aquel México todavía creían que el orden y la educación lo resolvían casi todo, con estabilidad, con disciplina y con buenas costumbres, lejos de la pobreza y de los hogares rotos.

Y quizá ahí, sin que nadie lo notara, empezó todo. Porque hay jaulas que no parecen jaulas. Hay prisiones que se construyen con orden, con educación y con una sola palabra que lo iba a perseguir toda la vida. Perfecto. El niño creció protegido, educado, rodeado de una normalidad que parecía un regalo. Era hijo único y eso significa algo.

Significa toda la atención de los padres puesta en uno solo. Significa expectativas. Significa la sensación desde muy temprano de que no puedes fallarles. Y cuando llegó el momento de elegir un camino, eligió el de su padre. Ingeniería civil. Imagínate eso por un segundo. El hombre que años después haría suspirar a tu mamá, a tu vecina y a ti misma frente al televisor, al principio estudiaba cómo se calcula una estructura, cómo se mide un terreno, cómo se sostiene un edificio para que no se caiga.

planos, cemento, números, cálculos de resistencia de materiales, una vida de líneas rectas, sin cámaras y sin club de fans. ¿Quién le iba a decir a ese muchacho serio, de buena familia, que un día su rostro iba a colgarse en las paredes de medio continente? Y antes de que la fama lo tocara, Fernando hizo lo que hace cualquier joven que todavía no sabe quién va a ser.

 Trabajó en una agencia de autos, tuvo una ferretería, vendió aparatos electrónicos y dato curioso que dice mucho de él fue cadenero y barman en antros de la ciudad de México, aunque en su vida ha probado una gota de alcohol. El hombre que servía tragos a los demás nunca quiso uno para él. De hecho, él mismo ha contado que fue justo ese ambiente nocturno, ese mundo de excesos que veía cada noche desde atrás de la barra, lo que le quitó para siempre las ganas de beber y de la vida de fiesta.

Esa distancia, esa manera de estar dentro del ruido sin pertenecer del todo a él lo iba a acompañar el resto de su vida. Recuerda ese detalle, el hombre que aprendió desde joven a estar en el centro de la fiesta y a no formar parte de ella. porque eso explica más de lo que parece. Y entonces el destino lo llamó, no con un aplauso, lo llamó con una motocicleta.

1988, una telenovela juvenil de Televisa llamada Dulce Desafío. Fernando no entra como estrella, entra desde atrás, desde el peligro, desde el cuerpo que se usa para que otro brille. Lo contratan como doble de acción de Eduardo Yáñez porque sabe manejar moto, porque tiene físico, porque puede caer, acelerar, jugarse el cuello sin que el público sepa siquiera su nombre.

Tenía 22 años. Detente en esa imagen. El futuro galán más famoso de las telenovelas empezó siendo una sombra, el cuerpo que protegía al protagonista, el hombre que se exponía al riesgo mientras otro recibía el primer plano y el beso final. El propio Eduardo Yáñez lo contó años después en una entrevista para el canal Las Estrellas.

Dijo que él medio le sabía a la moto, pero que tenía aversión porque había tenido un accidente y que en la escena final, esa en la que el personaje va por la novia hasta la iglesia y se la roba en plena boda para escapar juntos en la moto, tuvo que ser Fernando quien manejara, porque Fernando era el experto.

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