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Se burlaron de un niño por cantar una canción de Lucero en un show — hasta que él mismo apareció

Todo el auditorio se rió cuando Emiliano subió al escenario con su sombrero prestado, el pantalón grande de su primo y la voz temblorosa de nervios. Iba a cantar Cuéntame de lucero en un evento escolar. Lo que nadie sabía era que esa canción no era solo una elección, era su refugio. Se rieron, se burlaron.

Pero esa misma noche algo sucedió. Alguien había escuchado y no cualquier alguien, lucero o gaza león. El sol de la tarde caía sobre Iztapalapa, tiñiendo de naranja los techos de lámina y las paredes de ladrillo rojo. En una pequeña casa al final de una calle empedrada, Emiliano terminaba sus deberes escolares mientras escuchaba a su abuela, doña Lupita, tarare en la cocina.

El aroma de las tortillas recién hechas inundaba cada rincón de aquel hogar modesto, pero lleno de amor. Emiliano tenía 11 años y una mirada que parecía guardar secretos. No era un niño como los demás. Mientras sus compañeros jugaban fútbol o hablaban de videojuegos, él prefería ayudar a su abuela con las tareas del hogar, escuchar sus historias y, sobre todo, cantar junto al viejo radio que descansaba en la repisa de la cocina.

Doña Lupita lo había criado desde los 5 años cuando su padre tuvo que irse a trabajar a Monterrey en las maquiladoras. De su madre solo quedaba una fotografía descolorida y el eco de una promesa de volver que nunca se cumplió. Pero Emiliano no se permitía la tristeza. Tenía a su abuela, tenía sus canciones y aunque nadie lo supiera, tenía una voz que podía hacer callar al viento.

Emiliano, ya está lista la cena, mi hijito llamó doña Lupita desde la cocina. El niño cerró su cuaderno de matemáticas y se dirigió hacia allá, pasando frente al pequeño altar donde reposaba la foto de su madre, junto a una vela siempre encendida. ¿Qué tanto estudiabas?, preguntó la abuela mientras servía los frijoles calientes en un plato de cerámica azul.

Fracciones, abuelita, y estaba pensando en algo más. Doña Lupita lo miró por encima de sus anteojos. Conocía esa expresión. Emiliano tenía algo importante que decir, pero necesitaba tiempo para encontrar las palabras correctas. En la escuela anunciaron un show de talentos”, dijo finalmente el niño jugando con su tenedor. “Será en dos semanas.

Todos van a participar.” “¿Y tú quieres participar también?”, preguntó doña Lupita con una sonrisa que arrugaba aún más su rostro bronceado por el sol y los años. Emiliano asintió, pero había preocupación en sus ojos. “Quiero cantar, abuela.” Pero los otros niños, ellos siempre cantan canciones nuevas de esas que suenan en todos lados.

Yo quiero cantar algo diferente. Doña Lupita dejó su plato y se sentó junto a su nieto. Sus manos, curtidas por el trabajo y el tiempo, tomaron las del pequeño. ¿Y qué quieres cantar tú, mi cielo? Cuéntame. De lucero, respondió Emiliano con una convicción que contrastaba con su habitual timidez. Esa canción me hace sentir como si alguien me escuchara de verdad.

Los ojos de doña Lupita se humedecieron. Sabía por qué su nieto sentía esa conexión con aquella balada. La letra hablaba de alguien que quería ser escuchado, que necesitaba compartir sus sentimientos, justo como Emiliano, quien rara vez hablaba de lo que sentía, pero lo expresaba todo cuando cantaba.

Es una canción preciosa, mi hijito, y tú la cantas con el corazón. Eso es lo que importa. Esa noche, después de lavar los platos y barrer el pequeño patio trasero, Emiliano se sentó en el borde de su cama. Sacó de debajo del colchón un cuaderno gastado donde había anotado, con su letra redonda y cuidadosa, la letra completa de Cuéntame Ji.

La sabía de memoria, pero le gustaba ver las palabras escritas como si así pudiera apropiarse un poco más de ellas. Al día siguiente, en la escuela primaria Benito Juárez, Emiliano se mantuvo más callado que de costumbre. Durante el recreo, mientras sus compañeros corrían y gritaban en el patio polvoriento, él se sentó bajo el único árbol que ofrecía sombra y observó a la distancia a un grupo de niños que ensayaban un baile moderno para el show de talentos.

¿Qué haces aquí solo, Soem? La voz de Sofía, una de las pocas niñas que le hablaba, lo sacó de sus pensamientos. “Nada”, respondió él, cerrando instintivamente su cuaderno donde había estado repasando la letra de la canción. Sofía se sentó a su lado y le ofreció una galleta de las que traía en su lonchera.

“¿Vas a participar en el show?”, preguntó ella con genuino interés. Emiliano dudó un momento antes de responder. “Creo que sí.” “¿Qué padre? ¿Qué vas a hacer? Voy a cantar. dijo casi en un susurro. “En serio, nunca te he escuchado cantar, Emy. Nadie me ha escuchado, excepto mi abuela.” Sofía sonrió y mordió su galleta. “Pues yo quiero escucharte.

Seguro lo haces muy bien. Aquel pequeño voto de confianza significó mucho para Emiliano. Quizás no estaría tan solo en esto después de todo. Esa tarde, al volver de la escuela, se encontró con Mari, la vecina que vivía en el departamento de al lado. Era una mujer joven de unos 25 años, madre soltera de un bebé de meses.

Mari siempre tenía una sonrisa para Emiliano y a veces lo invitaba a merendar pan dulce con chocolate caliente. ¿Cómo te fue hoy, chaparro?, le preguntó mientras regaba las macetas con geranios que decoraban el pasillo común. Bien, respondió él y luego, sin saber por qué, añadió, “Voy a cantar en el show de talentos de la escuela.

” Mari dejó la regadera y lo miró con genuina sorpresa. De verdad, eso es maravilloso, Emy. ¿Y qué vas a cantar? Una canción de lucero. Se llama Cuéntame. Mari sonríó ampliamente. Me encanta Lucero. Es una artista completa con una voz preciosa. Como tú que también tienes una voz muy bonita. Emiliano la miró confundido. ¿Cómo sabes que tengo bonita voz? Porque te escucho cantar todas las tardes cuando barres el patio.

Las paredes son delgadas, ¿sabes? Y siempre me preguntaba cuándo te animarías a mostrarle al mundo ese talento. El niño sintió que sus mejillas ardían. Nunca imaginó que alguien más lo hubiera escuchado cantar. No tengas pena, Emy. Tienes un don y esa canción es perfecta para ti. Aquellas palabras encendieron una pequeña llama de confianza en el corazón de Emiliano.

Quizás no era tan descabellado pensar que podría subir a un escenario y cantar frente a todos. Los días siguientes transcurrieron entre ensayos secretos en su habitación y consejos de Mari, quien resultó haber cantado en un coro durante su adolescencia. le enseñó técnicas para respirar correctamente y para proyectar la voz sin forzarla.

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