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La ASQUEROSA Mentira que Edith González Sostuvo Hasta su Último Respiro

Edit subía al escenario con fiebre, con lesiones, con duelos personales que el público jamás solió. Una noche tras otra, el teatro lleno, la sonrisa intacta. Carmen Salinas, productora del montaje, repitió durante años que jamás había visto una disciplina semejante en una actriz de televisión. Lo decía como elogio.

Escuchado hoy, sabiendo cómo termina esta historia, suena distinto. Describe a una mujer incapaz de detenerse, incapaz de decir en voz alta, “Me duele.” Una profesional del aguante entrenada para que el espectáculo no se cayera nunca. ni siquiera cuando la que se estaba cayendo era ella. Hay una anécdota de esos años que su entorno contó muchas veces.

Después de las funciones con el teatro vacío, Edit se quedaba sola en el camerino quitándose el maquillaje frente al espejo, en silencio, a veces durante una hora, sin celebraciones, sin fiestas, sin sequito. La mujer más deseada de México cenaba sola y se iba a dormir temprano porque al día siguiente había función. Esa imagen, la diva y el espejo y el silencio, es quizás la fotografía más honesta que existe de ella.

Todo lo demás era para el público. Al teatro Blanquita y después a las nuevas temporadas llegaba de todo. Familias, turistas, celebridades y también otro tipo de público. Políticos, hombres de traje oscuro que llegaban con escoltas, se sentaban en las mejores mesas y mandaban flores al camerino. Edit, según contaron después personas de su entorno, recibía esas atenciones con cortesía y distancia.

Llevaba toda la vida esquivando hombres poderosos. Sabía que en su mundo el cariño de los poderosos siempre traía factura. Lo que no sabía es que uno de esos hombres de traje oscuro no iba a aceptar la distancia y que el precio de esa historia no lo iba a pagar él, lo iba a pagar una niña que todavía no nacía.

Para entender lo que viene, tienes que ver a la edit de finales de los 90 con claridad, treintos años. Soltera por decisión propia en un medio que se lo reprochaba en cada entrevista, sin hijos en un país que a las mujeres como ella les preguntaba por la maternidad antes que por el trabajo. Había tenido romances conocidos y de varios salió herida y con discreción, sin escándalos, sin declaraciones, sin venganzas públicas.

Cada ruptura la procesaba igual que aquella niña del foro procesaba el cansancio. En silencio sonriendo para la foto. Y había algo más, algo que ella misma repitió en entrevistas durante años. Su sueño pendiente era ser madre. Lo decía con una sonrisa ensayada, pero quienes la conocían bien sabían que el tema le dolía de verdad.

El reloj corría, la carrera devoraba todo y México entero opinaba sobre su vientre como si fuera asunto público. Apunta esta cifra. 39. Esa es la edad a la que Edit iba a tomar la decisión más feliz y más peligrosa de su vida. una decisión que iba a poner a temblar a uno de los despachos más poderosos del país.

Pero antes tienes que conocer el lugar exacto donde se cruzaron las dos historias, porque ese cruce tiene fecha, tiene testigos y tiene un detalle que casi nadie recuerda. En 2001, Televisa le entregó a Edit el proyecto más caro de su carrera, Salomé. Una producción gigantesca pensada como vehículo de lujo para su estrella. Edith llegó al foro convertida en la reina absoluta del canal y ahí, según varias de sus compañeras, se vio la otra cara del entrenamiento que arrastraba desde niña.

Niurka Marcos, que compartía elenco, contó años después una versión que incendió los medios, que Edith la trataba con desprecio delante de todo el equipo, que la humillaba en pleno foro y que usaba su origen cubano para rebajarla frente a los demás. Gabi Espino, en otra producción relató episodios parecidos. Según esas versiones, la mujer dulce de las telenovelas era puertas adentro, una jefa gélida, implacable, capaz de congelar a una compañera con una sola frase dicha en voz baja.

Hubo quien la defendió. Claro, compañeros que juraban que solo era perfeccionismo, el rigor de alguien que llevaba desde los 5 años sin permitirse un error. Pero la etiqueta quedó pegada para siempre. En los pasillos del medio, a Edit González la llamaban una de las mujeres más odiadas de las telenovelas.

Y aquí viene la primera contradicción que debes guardar en tu mente. La mujer que no perdonaba un error ajeno estaba a punto de cometer el suyo. Uno enorme, uno que no se podía editar ni repetir en otra toma. México vivía entonces un momento único. Vicente Fox acababa de ganar la presidencia y todo el país.

Miraba a su gabinete como a un elenco de estrellas nuevas. Y en ese gabinete había un hombre que brillaba más que los demás, el secretario de Gobernación, abogado, elegante, de familia acomodada, con fama de serio y con un futuro que todos daban por escrito. Los periódicos lo señalaban como el heredero natural, el siguiente presidente de México.

Conviene que sepas quién era ese hombre, porque su mundo explica todo lo que hizo. Después venía de una de esas familias de abogados y apellidos largos, donde la reputación se cuida como se cuida una bóveda. Educación de élite, despachos, consejos de administración, política de alto nivel. Un hombre que llevaba la vida entera calculando cada palabra pública, cada foto, cada saludo.

En su universo no existían los escándalos, existían los problemas que se administran y tenía hijos de matrimonios anteriores, una vida personal compleja que siempre logró mantener fuera de las portadas. Cuando un hombre así pone los ojos en la mujer más famosa de la televisión mexicana, no está jugando con fuego, está jugando con dinamita y lo sabe.

Guarda este contraste porque es la clave de todo lo que viene. Ella llevaba la vida entera siendo pública hasta en el dolor. Él llevaba la vida entera siendo privado hasta en la alegría. De ese choque iba a nacer una niña y solo uno de los dos mundos iba a sobrevivir intacto. Según versiones publicadas durante años por la Prensa del Corazón, el cruce ocurrió alrededor de 2003 en una cena privada en Las Lomas, uno de esos eventos donde el espectáculo y el poder se mezclan detrás de puertas cerradas.

Él quedó deslumbrado. Ella desconfiada hizo lo que hacía siempre. Sonrió y puso distancia. Pero el hombre insistió con la paciencia de quien está acostumbrado a conseguir lo que quiere. Llamadas, flores, cenas discretas en casas particulares, jamás en restaurantes, entradas por estacionamientos subterráneos, chóeres que firmaban silencio.

Edith tenía 38 años y llevaba toda la vida cuidándose de hombres así. Esta vez bajó la guardia. ¿Por qué una mujer tan blindada se entregó justo al hombre más vigilado de México? Las personas cercanas a ella dieron después una respuesta que estremece por lo simple, porque él le prometió en privado lo que ella llevaba años esperando escuchar.

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