La verdad salió a la luz un portero que salía hasta el medio campo, que hacía chilenas en su propia área, que regaba delanteros como si fuera Maradona y un hombre sentado en una celda de la catedral, la cárcel más famosa de Colombia. Rodeado de sicarios, narcotraficantes y asesinos. 7 meses encerrado. Su carrera destruida.
Su nombre asociado para siempre con Pablo Escobar. Lo que nadie te contó es por qué el portero más revolucionario de la historia terminó siendo intermediario entre el narco más poderoso del mundo y el gobierno colombiano. Su nombre era José René y Guita Zapata, el loco, el escorpión y lo que hizo esa tarde en Wembley. Una jugada imposible que desafió todas las leyes del fútbol.
No fue lo más peligroso que hizo en su vida. Ni siquiera estuvo cerca. En los próximos 120 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron. Primera, la conexión real entre Iguita y Pablo Escobar. No rumores, no especulaciones, los hechos, los nombres, las fechas, los documentos que prueban que Iguita fue mucho más que un futbolista ingenuo.
Segunda, ¿por qué un portero decidió revolucionar su posición cuando hacerlo podía costarle la carrera? el momento exacto donde eligió ser diferente, sabiendo que Colombia no perdonaba a los diferentes. Tercera, lo que pasó realmente en la catedral, las conversaciones con Escobar, las amenazas de muerte, las decisiones que tuvo que tomar para salir vivo, lo que sus compañeros de Zelda contaron años después.
Y la cuarta, ¿por qué Iguita Iita sigue defendiendo lo que hizo? ¿Qué hay detrás de esa actitud desafiante que nunca se doblegó? El principio que explica toda su vida. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. La respuesta a por qué un hombre arriesgó todo por ser libre cuando la libertad en Colombia de los 80 podía matarte.
1966, Medellín, Colombia. Un barrio que no aparecía en los mapas. Casas de ladrillo sin terminar, calles de tierra, agua que llegaba dos veces por semana. Allí nació René y Guita, el sexto de siete hermanos. Su padre, René y Guita Cuesta, trabajaba como celador nocturno, 12 horas vigilando edificios en el centro de Medellín.
Ganaba lo justo para el arroz y los frijoles, nada más. Los domingos su padre jugaba fútbol en Ligas Amateur. No era portero, era delantero. Le gustaba atacar, gambetear, hacer goles. Y Guita con 4 años, 5 años lo veía jugar y cuando terminaba el partido, su padre le pasaba el balón. “Juega”, le decía.
Y el niño jugaba, pero no como portero, como delantero, como su padre. Y Guita tenía 8 años cuando llegó por primera vez a una prueba en un equipo de barrio. Los entrenadores le preguntaron, “¿Qué posición juegas?” Delantero. “Ya tenemos delanteros. ¿Puedes ir al arco?” Y Guita miró al arco. Una portería desvencijada, dos postes de metal oxidado, ninguna red.

Bueno, entró al arco. Pero hay algo que tienes que entender, algo que marcó toda su carrera. Y Guita nunca quiso ser portero. Lo obligaron a hacerlo y decidió ser portero a su manera. Con 8, 9, 10 años, Jigita ya hacía cosas que ningún portero hacía. Salía del área, regateaba atacantes, les hacía caños, se iba hasta el medio campo si había que ir.
Los entrenadores lo regañaban. Quédate en el arco. ¿Por qué? Porque eres portero. Pero puedo ayudar más afuera. A los 11 años, en un partido de barrio, Higuita salió del área, regateó a tres jugadores, llegó hasta el área rival y metió gol. Su entrenador lo sacó del partido. ¿Estás loco? Los porteros no hacen eso.
¿Por qué no? El entrenador no supo que responder. Esa pregunta por qué no. Jigita la haría toda su vida. ¿Por qué no salir del área? ¿Por qué no regatear? ¿Por qué no hacer una chilena si puedo hacerla? ¿Por qué no en Colombia, en los 70, en los 80? Hacer preguntas era peligroso, ser diferente era peligroso. Desafiar las reglas era peligroso.
Pero Iguita nunca aprendió a tener miedo. Medellín en los 70 y 80 no era solo una ciudad, era un campo de batalla. Pablo Escobar estaba construyendo su imperio. El cartel de Medellín controlaba el 80% de la cocaína que entraba a Estados Unidos. dinero, poder, violencia. Los barrios donde creció y guita estaban en medio de todo eso.
Sicarios que no llegaban a los 20 años, niños que preferían morir jóvenes y ricos que viejos y pobres. Plata o plomo, decían, dinero o muerte. No había tercera opción. Igita vio morir a amigos, a vecinos, a compañeros de escuela, algunos por estar en el lugar equivocado, otros por decir no cuando tenían que decir sí.
En Medellín aprendías rápido dijo Iguita Iita años después en una entrevista. O te adaptabas o te morías. No había de otra. Ares, pero hay algo que nadie te cuenta sobre crecer en medio de la guerra. Aprendes que las reglas no importan porque las reglas no te protegen, porque las reglas las hacen personas que no viven donde tú vives.
Y Guita entendió eso a los 12 años y decidió que si las reglas no importaban en la vida, tampoco importarían en el fútbol. A los 13 años, Higuita llegó a las inferiores de Atlético Nacional. Su primer entrenador lo vio entrenar y llamó al director deportivo. Tenemos un problema. ¿Qué problema? El portero nuevo no se queda en el arco.
Sale, gambetea, casi mete gol en un entrenamiento. Es bueno. Es el mejor portero que he visto en mi vida. Pero está loco. Loco cómo loco loco. Hace cosas que ningún portero debería hacer y le salen bien. El director deportivo bajó a ver y Guita tenía 13 años, medía 1,65, pesaba 50 kg. Parecía un niño jugando entre hombres, pero hacía cosas que ningún hombre hacía.
En un entrenamiento, un delantero de 20 años, profesional arrancó solo contra él. Uno contra uno, gol cantado. Y Guita no se quedó en el arco esperando. Salió corriendo fuera del área, le robó el balón limpito se lo llevó regateando. El delantero se quedó parado sin entender qué había pasado. Los entrenadores se miraron entre ellos. ¿Viste eso? Lo vi.
Pero no me lo creo. Igita se quedó en Nacional, pero con una advertencia. Si sigues haciendo esas locuras, te vas. Entiendo, dijo Iguita. No entendió nada o entendió perfectamente. Dependía de cómo lo miraras. A los 16 años, Higita debutó en el primer equipo de Atlético Nacional, 1982, un partido contra Millonarios en Bogotá.
Su primer partido, primera división. Estadio El Campín, 40,000 personas. Minuto 20. Un delantero de Millonarios arrancó solo mano a mano y Guita salió del área fuera. Varios metros fuera. Le barrió el balón. Falta. Penal. El árbitro pitó. Tarjeta amarilla para Higuita Iita. Los periodistas en la tribuna de prensa no podían creerlo. ¿Qué hizo? Está loco.
Su entrenador en el banquillo se agarraba la cabeza. Te dije que no hicieras locuras. Yita caminando de regreso al arco con una sonrisa como si nada. El delantero de Millonarios cobró el penal. Igita lo atajó. Se lanzó a su derecha. Adivinó. Manotazo perfecto. El estadio estalló. No de alegría, de confusión. ¿Quién es este loco? Colombia estaba a punto de descubrirlo.
Entre 1982 y 1985, Iita se convirtió en leyenda local. No en Colombia, en Medellín. solo en Medellín, porque lo que hacía Iguita no era fútbol normal, era algo distinto, algo que la gente o amaba o odiaba. No había punto medio. Salía del área en cada partido, regateaba delanteros, daba pases largos de 50, 60 m, cobraba tiros libres desde su propio campo.
Los entrenadores rivales se quejaban. Eso no es legal. ¿Qué no es legal? que el portero salga del área así. No hay ninguna regla que lo prohíba. Tenían razón, no había ninguna regla porque nadie había pensado que un portero haría eso. Los periodistas empezaron a llamarlo el loco, no como insulto, como descripción.
Iguita el loco volvió a salir del área. Iguita el loco regateó a tres atacantes. Igita el loco casi mete gol desde su propio campo. Igita aceptó el apodo. Si estar loco es hacer lo que los demás no se atreven, entonces estoy loco. Pero había algo más profundo en esa locura, algo que Iguita nunca explicó públicamente.
En Medellín, en los 80, ser normal era peligroso porque lo normal era callar. obedecer, no preguntar. Y Guita decidió que prefería ser loco porque los locos eran impredecibles y lo impredecible era lo único que te daba ventaja. 1986, Iguita tenía 20 años. Atlético Nacional ganó su primer campeonato nacional con él como portero titular.
Pero algo cambió ese año, algo que nadie quería hablar, pero todos sabían. Atlético Nacional empezó a recibir dinero de fuentes complicadas, no era secreto. En Medellín, en los 80 había dos fuentes de dinero real, el gobierno y los narcos. Y el gobierno no tenía dinero. Atlético Nacional empezó a fichar jugadores caros, a pagar salarios altos, a construir instalaciones nuevas.
¿De dónde salía el dinero? Nadie preguntaba porque preguntar era peligroso. Y Guita jugaba, entrenaba, atajaba, salía del área, regateaba, hacía sus locuras, pero sabía de dónde venía el dinero. Todo el mundo lo sabía. Éramos futbolistas, dijo Higita Iita años después. No éramos políticos, no éramos jueces, jugábamos fútbol, eso era todo, pero no era todo.
Nunca era solo fútbol en Colombia. 1988, el año donde Igita dejó de ser una leyenda local y se convirtió en fenómeno mundial, Copa Libertadores, el torneo más importante de Sudamérica. Atlético Nacional llegó a la final contra Olimpia de Paraguay. Primer partido en Paraguay, empate 2 a 2, segundo partido en Medellín. Estadio Atanasio Girardot, 50,000 personas, la ciudad entera paralizada.
Minuto 85, empate 1 a 1. Igita en su área. Un delantero de Olimpia arrancó solo. Contraataque. Y Guita salió, no del área, del área, del semicírculo, casi hasta el medio campo. Le robó el balón limpio, perfecto. Se lo llevó regateando. Dos jugadores de Olimpia lo persiguieron y Guita los esquivó. con el balón en los pies, como si fuera mediocampista, llegó hasta el medio campo, levantó la cabeza, vio a su delantero, pase largo, 50 m, perfecto, gol de Nacional, 2 a 1.
Colombia campeón de la Libertadores por primera vez en la historia. El estadio explotó. Los jugadores corrieron hacia Iguita, lo levantaron, lo cargaron. El loco, el loco, el loco y guita en el centro sonriendo. Pero no era la sonrisa de alguien que está feliz, era la sonrisa de alguien que acaba de demostrar algo, que acaba de probar que tenía razón.
Los porteros no tienen que quedarse en el arco, las reglas se pueden romper y si lo haces bien, te hacen campeón. Pero hay algo que nadie te cuenta sobre esa Copa Libertadores. Pablo Escobar estaba en el estadio en un palco privado viendo el partido, celebrando el título, porque Atlético Nacional no era solo un equipo de fútbol, era su equipo, su inversión, su forma de lavar dinero, su forma de ser respetado.
Después del partido, Escobar bajó al vestuario, felicitó a los jugadores, les dio dinero, mucho dinero. Y Guita estaba ahí, lo vio. Todos lo vimos, dijo un compañero años después. Escobar era el dueño invisible del club. Todos lo sabíamos. Nadie decía nada. Igita sabía que el dinero venía del narco, ¿podía hacer algo al respecto? No, debería haber hecho algo.
Esa es la pregunta que nadie puede responder porque en Colombia en 1988 decir no a Pablo Escobar no era una opción, era una sentencia de muerte. 1989, Iguita fue llamado a la selección Colombia, Copa América en Brasil. Su primer torneo importante con la selección, su oportunidad de mostrarle al mundo lo que podía hacer.
Primer partido, Colombia contra Paraguay, Estadio Maracaná, Río de Janeiro. Minuto 15. Un delantero paraguayo arrancó solo y Gita salió no solo del área, del área 20 m fuera del área. Le robó el balón limpio, se lo llevó regateando. Los brasileños en las gradas se pusieron de pie. ¿Quién es ese portero loco? Los periodistas brasileños no podían creerlo.
Eso es imposible, pero Iguita lo estaba haciendo una y otra vez, cada partido cada vez más audaz. En el partido contra Argentina, Yita cobró un tiro libre desde su propio campo. El balón llegó al área rival. Casi fue gol. Maradona, que estaba en las gradas, se rió. Ese portero está loco, pero me gusta.
Colombia llegó a semifinales, perdió contra Uruguay en penales. Igita atajó dos, pero no fue suficiente. Pero el mundo ya lo conocía. El loco, el portero que no era portero, el que desafiaba todas las reglas. 1990, Mundial de Italia, el momento más grande de la carrera de Iguita. Colombia llegó al mundial con una generación dorada, Valderrama, Rincón, Asprilla y Jigita. Primer partido.
Colombia contra Emiratos Árabes Unidos. Estadió Renato Dalara. Bolonia. Colombia ganó 2 a0. Higuita atajó todo, pero también hizo algo que nadie había visto. En el minuto 30, un delantero árabe arrancó solo y Guita salió fuera del área, muy fuera. El delantero intentó pasarlo y Guita se lanzó con los pies primero, como si fuera futbolista de campo. Le robó el balón.
Perfecto. Las cámaras de televisión enfocaron a Igita caminando de regreso al arco sonriendo. Como si nada, los comentaristas italianos gritaban, “Mae Patso, Mae Patso, pero está loco, pero está loco. Segundo partido, Colombia contra Yugoslavia, 4 a0. Goleada histórica. Y Guita jugó perfecto, pero también hizo algo que nadie esperaba.
En un tiro de esquina, Higuita subió al área rival para cabecear como si fuera delantero. El entrenador Francisco Maturana gritaba desde el banquillo. René, vuelve al arco. Y Guita no volvió, se quedó ahí esperando el corner. La pelota llegó y Guita saltó, cabeceó, fuera. Por poco caminó de regreso a su arco lento, sonriendo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y entonces llegó el partido que cambió todo. Tercer partido, Colombia contra Camerún, 8 de junio de 1990, Estadio San Nicola. Bari, Colombia, ya estaba clasificada a octavos. El partido no importaba, era solo para decidir quién terminaba primero en el grupo. Minuto 28, empate 0 a0. Camerún tocando el balón en el medio campo sin presión, sin urgencia.
Un defensor cameronés le pasó el balón a su mediocampista. Pase hacia atrás. Rutinario. Igita vio el pase, vio el espacio, vio la oportunidad. Salió corriendo del área, fuera del área, muy fuera, 30 m fuera, llegó al balón antes que el mediocampista. Lo controló perfectamente, pero el mediocampista no se detuvo. Roger Milla, 38 años.
La estrella de Camerún Mia presionó. Yita intentó regatearlo como había hecho mil veces. El balón se le escapó. Solo un toque, un centímetro de más, Milla lo recuperó. Igita quedó en el suelo. Milla avanzó. Arco vacío. Gol. El estadio enloqueció. Los camerunes gritando, los colombianos en silencio, conmocionados.
Hiigita se levantó del suelo lento, recogió el balón de la red, lo puso en el centro, no miró a nadie. En el banquillo, Francisco Maturana tenía la cabeza entre las manos. En Colombia, millones de personas frente al televisor gritaban, “¿Qué hiciste, Jigita? ¿Qué hiciste? Colombia perdió 1 a0. Fue eliminada en octavos por Camerún.
El sueño del mundial terminó y todo el mundo culpó a Iguita. Los periodistas lo destruyeron. El loco, el irresponsable, el que costó el mundial. El loco kumando. El loco kumando mando marestrean. Los hinchas lo odiaron. Por culpa de Iguita no ganamos el mundial. Sus compañeros lo defendieron públicamente. Igita es el mejor portero de Colombia.
Cometió un error. Eso es todo. Pero en privado, algunos pensaban distinto. René tenía que demostrarlo. Tenía que demostrar que podía hacerlo y nos costó el mundial. Iguita no se disculpó, no explicó, no justificó. En la conferencia de prensa después del partido solo dijo una frase: “Yo juego como sé jugar.
Si no les gusta, lo siento.” Esa frase, “Yo juego como sé jugar. Si no les gusta, lo siento. Ahí está todo, igita.” En esas 10 palabras, no era arrogancia, no era irresponsabilidad, era algo mucho más profundo. Y Guita entendía algo que la mayoría no entiende, algo que aprendió creciendo en Medellín, algo que aprendió viendo morir a amigos por no ser ellos mismos.
Si cambias quién eres por lo que otros esperan, dejas de ser tú. Y si dejas de ser tú, ¿para qué estás vivo? Prefiero perder siendo yo que ganar siendo alguien más, dijo años después en una entrevista. Porque al final lo único que tienes es quién eres. Pero había un precio por esa filosofía, un precio que Iguita estaba a punto de pagar.
Después del mundial, Iguita volvió a Colombia, a Medellín, a una ciudad que lo adoraba y lo odiaba al mismo tiempo. Atlético Nacional ganó otro campeonato y Guita seguía siendo el mismo, saliendo del área, regateando, haciendo locuras. Pero Colombia estaba cambiando. Pablo Escobar estaba en guerra con el gobierno. Bombas en edificios, asesinatos de políticos.
Sicarios en las calles. Medellín era una zona de guerra y Jigita estaba en medio. En 1990 un periodista le preguntó, “¿Conoces a Pablo Escobar?” Todo el mundo en Medellín conoce a Pablo Escobar. Prefiere. ¿Hablas con él? No hablo de eso, pero era tarde. La pregunta ya estaba hecha. La asociación ya estaba sembrada.
Yita y Escobar. El futbolista y el narco, la leyenda y el criminal. Esta es la primera revelación que te prometí al principio. La conexión real entre Iita y Pablo Escobar. 1993. Enero, Colombia estaba cazando a Pablo Escobar. El gobierno había ofrecido 2 millones de dólares por información que llevara a su captura.
Escobar estaba escondido, huyendo, cambiando de casa cada dos días, pero tenía un problema. Su familia, su esposa María Victoria, sus hijos Juan Pablo y Manuela. Escobar quería sacarlos de Colombia, llevarlos a Alemania o Estados Unidos donde estuvieran seguros. Pero no podía llamar directamente al gobierno, no podía negociar abiertamente, necesitaba un intermediario, alguien conocido, alguien respetado, alguien que el gobierno escuchara.
Llamó a René Iguita. ¿Por qué Iguita? Porque Iguita había jugado en Atlético Nacional cuando Escobar ponía dinero en el club porque Iguita era de Medellín. Y en Medellín, si Pablo Escobar te llamaba, contestabas, porque Iguita, con toda su locura, con toda su rebeldía, tenía una debilidad. No sabía decir que no cuando alguien le pedía ayuda.
Me llamó y me dijo que necesitaba ayuda con su familia, confesó Guita Iita años después, que solo quería sacar a sus hijos de Colombia, que estaban en peligro. Le dije que yo no podía hacer eso, que era futbolista, no político. Me dijo, “René, tú eres el único que puede ayudarme, el único en quien confío.” Y Sainal. Y Guita aceptó.
No por dinero, no por amistad, por algo mucho más complicado, por lealtad, por orgullo, por esa estúpida idea de que si alguien te pide ayuda, no puedes decir que no. Iguita se reunió con funcionarios del gobierno, les llevó mensajes de Escobar, negoció términos, intentó conseguir asilo para la familia, no funcionó.
El gobierno dijo que no. Estados Unidos dijo que no. Alemania dijo que no. Nadie quería la familia de Pablo Escobar. Pero Hiita siguió intentando semanas, meses, hasta que alguien filtró la información a la prensa. René Igita. Es intermediario de Pablo Escobar. La noticia explotó. Periódicos, televisión, radio. Igita trabaja para el narco.
El gobierno colombiano abrió una investigación. René Iguita será investigado por vínculos con el narcotráfico. Igita intentó explicar. Solo estaba ayudando a sacar a unos niños de una situación peligrosa. Nadie le creyó. O no quisieron creerle. En abril de 1993, la policía llegó a la casa de Iguita Iita con una orden de arresto.
René Igita Iita queda arrestado por colaboración con organización criminal. Y Guita no resistió, no corrió, no se escondió, sonríó. Esa sonrisa, la misma de siempre. Está bien. Vamos. Lo llevaron a la catedral, la cárcel que Pablo Escobar había construido para sí mismo, la que él había controlado antes de escapar.
Ahora era una cárcel común llena de narcos, sicarios, asesinos y René Iguita, el portero loco. La primera noche Iguita no durmió. Celda de 4 met cuadrados, un catre, un baño, nada más. Escuchaba gritos. Peleas, disparos a lo lejos en las montañas alrededor de Medellín. Pensé que me iban a matar, confesó años después.
Pensé que había metido la pata más grande de mi vida, pero algo pasó, algo que nadie esperaba. Los otros presos lo protegieron. Es Jillita. Es el loco. Nadie lo toca. ¿Por qué? Porque en Colombia, en los 90, Iguita no era solo un futbolista, era un símbolo, el tipo que se atrevía a ser diferente, el que desafiaba las reglas, el que no se doblaba.
Y en una cárcel llena de criminales que habían vivido bajo reglas toda su vida, Iguita era un héroe. 7 meses. Igita pasó 7 meses en la catedral. No fue acusado formalmente de nada. No hubo juicio, no hubo sentencia, solo lo tuvieron ahí esperando, investigando, buscando pruebas que nunca encontraron, porque Iguita no era narco, no era criminal, era un idiota bien intencionado que creyó que podía ayudar a unos niños.
En noviembre de 1993 lo liberaron sin cargos, sin explicaciones. Es libre de irse. Y Guita salió de la catedral. Los periodistas esperaban afuera. Cámaras, micrófonos, preguntas. ¿Te arrepientes de haber ayudado a Escobar? Y guita se detuvo. Los miró y dijo, “No me arrepiento de intentar ayudar a dos niños. Si eso es un crimen, entonces soy culpable.
Y se fue. Sin decir más, dos semanas después, Pablo Escobar fue abatido por la policía en un tejado de Medellín. La guerra terminó. Medellín respiró, pero para Iguita todo había cambiado. Su carrera en Colombia estaba muerta. Las marcas cancelaron contratos. Los equipos no querían ficharlo. La selección no lo llamaba y guita es radioactivo, decían los directivos.
Nadie quiere problemas. 30 años, el mejor portero de Colombia y nadie lo quería hasta que llegó una llamada de México, del Club Gallos de Querétaro. ¿Quieres jugar aquí? Y Guita aceptó. No porque el equipo fuera bueno, no porque pagaran bien, porque era la única opción. Se fue a México solo, lejos de Medellín, lejos de los problemas.
Y ahí, en un equipo de segunda división mexicana, Yita hizo algo que nadie esperaba. Siguió siendo el loco, el escorpión. Querétaro, México. 1994. Igita llegó con 30 años. Su carrera destruida, su nombre manchado, su futuro incierto. El primer día de entrenamiento, el técnico lo llamó. René, aquí necesitamos que juegues normal, sin locuras, sin salir del área, ¿entiendes? Y Guita lo miró. Sonríó.
Entiendo. No entendió nada. Primer partido. Igita salió del área tres veces, regateó dos atacantes. Casi mete gol de tiro libre desde su propio campo. El técnico lo regañó. Te dije que nada de locuras, pero ganamos. No importa, aquí se juega diferente. Diferente como normal. Iguita jugó 6 meses en Querétaro. Nunca jugó normal.
No podía, no sabía cómo. En diciembre de 1994, Querétaro lo dejó ir. No encajas en nuestro sistema. Igita volvió a Colombia sin equipo, sin ofertas, sin futuro visible. Tenía 31 años, la edad donde la mayoría de porteros están en su mejor momento. Pero Iguita estaba acabado, o eso pensaban todos. 1995, septiembre.
Inglaterra, la selección Colombia fue invitada a jugar un partido amistoso contra Inglaterra en Wembley, el estadio más famoso del mundo. Colombia necesitaba reconstruir su imagen después del mundial de 1994, después de la eliminación, después del asesinato de Andrés Escobar y necesitaban jugadores que dieran espectáculo.
Llamaron a Higuita, no como titular. Como suplente, como atracción, como recuerdo de lo que Colombia había sido y Guita aceptó, no porque esperara jugar, sino porque era su única oportunidad de volver. 6 de septiembre de 1995, estadio de Wembley, Londres, 90,000 personas, Inglaterra contra Colombia. Partido amistoso.
Higita estaba en el banquillo viendo, esperando, sin muchas esperanzas de entrar. Colombia perdía 3 a0. Segundo tiempo, minuto 60. El entrenador miró al banquillo. René, entra. Y Guita se levantó, se quitó la chaqueta, entró al campo. Los periodistas ingleses en la tribuna de prensa se miraron entre ellos. Ese no es el loco que salió del área en Italia 90.
El mismo. ¿Qué hace aquí? Estaban a punto de descubrirlo. Minuto 72. Centro de Inglaterra. Balón alto directo al área de Colombia. Jamie Regnap, mediocampista inglés, saltó, anticipó, cabeceó directo al arco. El balón iba abajo, rastrero, con fuerza. A un metro del suelo y no se lanzó, no se agachó, no extendió las manos, saltó hacia adelante, arqueó la espalda, levantó las piernas y pateó el balón con los talones por encima de su propia cabeza.
El balón salió despejado perfectamente y Guita cayó de espaldas contra el suelo. Se levantó como si nada. El estadio se quedó en silencio. 2 segundos, 3 segundos y entonces explotó. 90,000 personas de pie gritando, aplaudiendo, sin importar que fueran ingleses o colombianos. Los periodistas en la tribuna no podían creerlo.
¿Qué fue eso? ¿Qué diablos fue eso? ¿Qué [ __ ] Los comentaristas de televisión gritaban increíble, absolutamente increíble. Nunca había visto algo así. Higuita caminó de regreso a su área tranquilo, sonriendo, como si hubiera hecho la atajada más normal del mundo. Esa jugada, esa atajada, la escorpión se convirtió en la jugada más famosa de la historia de los porteros.
No porque fuera necesaria, no lo era. Y Guita pudo haberla atajado con las manos fácilmente, no porque fuera segura. No lo era. Si fallaba era gol y ridículo. La hizo porque podía hacerla, porque quiso hacerla. Porque en ese momento en Wembley, frente a 90,000 personas, Yita decidió que iba a hacer lo que nadie más se atrevía.
¿Por qué lo hiciste? Le preguntaron después del partido por qué el balón venía abajo y pensé que era la mejor forma de atajarlo, pero podías usar las manos. Sí, pero ¿dónde está la diversión en eso? Ahí está todo, Iita. En esa respuesta, ¿dónde está la diversión en eso? Para Iita el fútbol no era trabajo, no era obligación, no era sacrificio, era arte, era expresión, era libertad.
Y si no te divertías haciéndolo, ¿para qué lo hacías? La escorpión cambió todo. Al día siguiente, la atajada estaba en todos los periódicos del mundo, en todas las televisoras, en todas las conversaciones. The Scorpion Kick, The Scorpion. Higuita, el portero acabado, el que había estado en la cárcel, el que nadie quería, era otra vez noticia mundial, pero no como criminal, como artista las ofertas empezaron a llegar.
Equipos de España, de Italia, de Inglaterra, de México. Todos querían aita, no porque fuera el mejor portero. Técnicamente había porteros más completos, más seguros, más confiables. Lo querían porque Higuita vendía, porque la gente iba a los estadios a verlo, a ver qué locura haría. Igita firmó con el Real Valladolí de España, primera división, segunda oportunidad en Europa.
Tenía 31 años y acababa de hacer la atajada más famosa de su vida. Pero había un problema, un problema que nadie quería ver todavía. Esta es la segunda revelación que te prometí al principio. ¿Por qué un portero decidió revolucionar su posición cuando hacerlo podía costarle la carrera? Vaya, Dolid. España. 1995 a 1997.
Yita jugó dos temporadas, 50 partidos. Fue titular. Atajó bien, pero también hizo sus locuras. Salía del área, regateaba, cobraba tiros libres. Los entrenadores lo regañaban. René, en España no se juega así. ¿Por qué no? Porque es peligroso, porque puedes costar puntos, porque los porteros no hacen eso, pero yo no soy como los otros porteros.
Exacto. Y eso es el problema. Iguita no entendía o sí entendía, pero no le importaba porque Iguita había tomado una decisión mucho antes en Medellín de niño, cuando lo obligaron a ser portero. Si iba a ser portero, iba a hacerlo a su manera o no iba a hacerlo. La gente quiere que los porteros sean aburridos dijo en una entrevista en España, que se queden en el arco, que solo atajien, que no hagan nada interesante.
Pero yo no soy así. No puedo ser así si me quedo quieto. Prefiero equivocarme haciendo algo diferente que tener razón haciendo lo mismo que todos. Pero había algo más profundo, algo que nunca dijo públicamente, algo que solo se entiende cuando conoce su historia. Higuita creció en un mundo sin reglas en Medellín, en los 80, donde las reglas las hacían los narcos, donde la ley no importaba, donde sobrevivía siendo impredecible.
Aprendió que las reglas no te protegen, que obedecer no te salva. que lo único que tienes es tu capacidad de adaptarte, de ser diferente, de hacer lo que nadie espera. Y llevó esa filosofía al fútbol. Si todos los porteros se quedan en el arco, yo salgo. Si todos esperan en la línea, yo ataco. Si todos usan las manos, yo uso los pies. No era locura, era supervivencia.
era la única forma queita conocía de existir. En Medellín te enseñan que si eres igual a todos, eres reemplazable, confesó años después. Y si eres reemplazable, eres descartable. Yo decidí ser irreemplazable. Aunque eso significara ser criticado, aunque eso significara ser odiado, no ser. Nor ser, no ser, no ser, no hora ser, no hora ser, no hora ser, porque prefiero que me odien por ser yo, que me olviden por ser como todos. 1997.
Yita dejó el valladolid, no lo corrieron. se fue. Ya no me divierto aquí”, dijo. Volvió a Colombia, a Atlético Nacional, el club donde empezó todo. Tenía 33 años, veterano, leyenda, pero todavía con hambre de jugar. Nacional lo recibió como héroe. El hijo pródigo que regresaba yita volvió a ser el loco.
Salía del área en cada partido. Regateaba delanteros. Cobraba tiros libres desde su propio campo. Los hinchas lo adoraban, los entrenadores lo soportaban, los rivales no sabían qué hacer con él. En 1999, a los 35 años, Igita ganó su último campeonato con Nacional. No fue titular todos los partidos, pero cuando jugaba hacía magia.
En la final contra América de Caliita hizo una atajada en el último minuto que salvó el campeonato. Una estirada imposible a su izquierda con la punta de los dedos. Esa fue mi mejor atajada, dijo después. Mejor que el escorpión, porque esta salvó un título. Nadie le creyó. Porque nadie recuerda las atajadas normales, por buenas que sean.
Recuerdan las locuras, recuerdan el escorpión, recuerdan el error contra Camerún, recuerdan a Jigita haciendo lo que nadie más hacía. Para bien o para mal. 2000, 2001, 2002 y Guita siguió jugando. Tres equipos más en Colombia, cada vez en equipos más pequeños. No porque no pudiera jugar en grandes podía, todavía era bueno, pero los grandes no lo querían porque Illita Iita traía problemas, traía prensa, traía atención, traía controversia.
Y en Colombia, en los 2000, después de todo lo que había pasado, los equipos querían tranquilidad, no querían locuras, no querían escorpiones, no querían a un portero que saliera del área, querían normalidad y Guita nunca fue normal. En 2003, con 37 años, Iguita se retiró sin despedida oficial, sin partido homenaje, solo dejó de jugar.
¿Por qué te retiraste? Porque ya no me divertía. Cuando el fútbol deja de ser divertido, es hora de parar. ¿Te arrepientes de algo? De nada. Hice lo que quise hacer. Jugué como quise jugar y me divertí. Aunque te costó una carrera más larga, ¿a que te costó más títulos? No me costó nada. Me dio todo, me dio libertad.
Pero hay algo que necesitas entender, algo que cambia toda la narrativa sobre Iguita. Igita pudo haber sido más grande, pudo haber ganado más, pudo haber sido respetado como uno de los mejores porteros de la historia. tenía el talento, tenía las habilidades, tenía todo, pero eligió conscientemente no serlo.
No por miedo al éxito, no por falta de ambición, porque ser el mejor requería sacrificar lo que él era, requería quedarse en el arco, requería obedecer, requería ser como todos. Yillita prefirió ser el mismo y ser olvidado que ser como todos y ser recordado. ¿Preferirías haber sido como otros porteros grandes? Le preguntaron en 2010.
No, porque entonces no hubiera sido yo, pero hubieras ganado más. Ganar no es lo único importante. Ser tú mismo es lo único importante. Esa es la respuesta que nadie quiere escuchar. Porque destruye toda nuestra idea sobre el éxito. Creemos que el éxito es ganar, es acumular títulos, es ser el mejor. Pero para Iguita, el éxito era despertar cada día y ser el mismo sin importar el precio. La cárcel de la normalidad.
Esta es la tercera revelación que te prometí al principio. Lo que pasó realmente en la catedral, no solo los hechos, el significado. Yita pasó 7 meses en la catedral, 7 meses que destruyeron su carrera, que mancharon su nombre, que lo convirtieron en el portero que trabajaba para Escobar.
Pero hay algo que nadie te contó sobre esos 7 meses. No fue la cárcel lo que lo destruyó, fue lo que vino después. Cuando salió de la catedral, Higita era libre legalmente, sin cargos, sin condena, pero no era libre realmente, porque Colombia nunca lo perdonó. No por lo que hizo, por cómo lo hizo, por negarse a arrepentirse, por seguir defendiendo su decisión.
¿Te arrepientes de haber ayudado a Escobar? Le preguntaban cada semana. No me arrepiento de intentar ayudar a dos niños, pero eran los hijos de un narco. Eran niños. Los niños tienen que pagar por lo que hacen sus padres. Colombia quería que Igita dijera, “Cometí un error. Perdón, nunca lo volveré a hacer.” Igita nunca lo dijo.
No porque fuera arrogante, no porque no entendiera la gravedad, porque paraita arrepentirse de haber intentado ayudar a alguien era traicionar todo en lo que creía. En 2004, un periodista le preguntó, “¿Volverías a hacerlo?” “¿Hacer qué?” “Ayudar a la familia de Escobar.” Y Guita se quedó en silencio. 10 segundos, 15 segundos. No, no lo volvería a hacer.
¿Por qué? Porque ahora sé que la gente no entiende, que la gente no puede separar las cosas, que si ayudas a alguien conectado con algo malo, automáticamente eres malo. Entonces, ¿dades que estuvo mal? No. Estuvo bien intentar ayudar a dos niños, pero estuvo mal pensar que Colombia entendería. Esa respuesta, esa distinción es la clave para entender a Jigita.
No se arrepentía de la acción. se arrepentía de la ingenuidad de creer que Colombia valoraría la intención sobre el resultado. Pero hay algo más oscuro, algo que Iguita nunca habló públicamente, algo que solo sus amigos cercanos conocen. En la catedral, Higuita vio cosas, escuchó cosas, conoció gente, narcosan de asesinatos como quien habla del clima, sicarios que no llegaban a los 25 años pero habían matado a 20 personas.
presos que sabían que nunca saldrían, pero sonreían igual. Fue ahí donde entendí algo. Confesó a un amigo años después. Entendí que hay dos tipos de cárceles. Maral, marices, maralices, maralices, maralices, maralices, maralices, maralices. Están las cárceles físicas de concreto y rejas. Esas son las fáciles porque sabes que puedes salir y están las cárceles mentales, las que tú mismo construyes, las reglas que te impones, las expectativas que aceptas, esas son las difíciles, porque nunca sales si no decides salir.
La mayoría de la gente vive en cárceles mentales. Se quedan dentro porque tienen miedo de lo que pase si salen. Yo decidí hace mucho tiempo que nunca viviría así. Vamos a hablar de algo que nadie menciona. La verdadera prisión de Iguita no fue la catedral, fue el fútbol mismo. Piénsalo. Desde los 8 años le dijeron cómo ser portero. Quédate en el arco.
Arquifios 3. Doyarmicio. No salgas del área. Usa las manos. Sé seguro, no arriesgues reglas, expectativas, limitaciones. Y Guita rompió todas esas reglas y cada vez que lo hacía lo castigaban. Entrenadores que lo regañaban, periodistas que lo criticaban, hinchas que lo culpaban. Pero también cada vez que rompía las reglas pasaba algo mágico.
La gente se ponía de pie, la gente gritaba, la gente recordaba. ¿Sabes cuál es el problema con las reglas? Dijo Iguita Iita en 2015, que las inventaron personas que tenían miedo de lo que pasaría si no existieran. Las reglas no existen para protegerte, existen para controlar lo que haces. Y cuando las rompes, dos cosas pueden pasar.
O te destruyes o demuestras que las reglas estaban equivocadas. Yo demostré que las reglas estaban equivocadas, pero hubo un precio. Un precio que Iguita pagó cada día de su carrera. Soledad. Igita nunca tuvo un mentor. Nunca tuvo alguien que lo entendiera, nunca tuvo otro portero que jugara como él. Estaba solo, siempre solo.
Los otros porteros me respetaban, dijo, pero no me entendían. Me decían, “¿Por qué arriesgas tanto? ¿Por qué no juegas seguro?” Y yo les preguntaba, “¿Por qué juegas con miedo? ¿Por qué no intentas algo diferente? Nunca nos entendimos. Esa soledad se ve en videos viejos, en entrevistas, en fotos.” Y guita siempre sonreía. Pero era una sonrisa diferente, no era alegría, era desafío.
Era la sonrisa de alguien que sabe que está solo, pero que eligió estar solo. Porque es mejor estar solo siendo tú mismo que acompañado siendo alguien más. Hablemos de algo incómodo, algo que nadie quiere admitir. Y Guita fue castigado no por ser malo, sino por ser diferente. El error contra Camerún. La prensa lo destruyó, los hinchas lo odiaron, pero otros porteros cometieron errores iguales o peores y nadie los recuerda.
¿Por qué? Porque esos porteros jugaban normal, hacían lo que se esperaba de ellos y cuando fallaban era comprensible. Pero Iguita no jugaba normal y cuando falló no fue comprensible, fue imperdonable. Ese es el precio de ser diferente, dijo Igita. Cuando ganas dicen que tuviste suerte. Cuando pierdes, dicen que es tu culpa.
Nunca puedes ganar jugando diferente porque la gente no quiere que seas diferente. Quieren que seas como ellos. 2010. Igita tenía 44 años. Retirado hace 7 años. Una universidad en Bogotá. Lo invitó a dar una charla, no sobre fútbol, sobre liderazgo. Y Guita aceptó. Llegó. 100 estudiantes esperando. Habló durante una hora.
No sobre atajadas, no sobre títulos, sobre decisiones. ¿Cómo decides entre hacer lo correcto y hacer lo que todos esperan? Preguntó un estudiante. Y guita sonrió. Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿por qué crees que son cosas diferentes? Si haces lo que todos esperan solo porque lo esperan, nunca estás haciendo lo correcto.
Estás obedeciendo. Lo correcto es lo que tú crees que es correcto, aunque nadie más lo entienda. Otro estudiante levantó la mano. Pero eso puede salir mal. Como te salió mal a ti. Sí puede salir mal. Pero, ¿sabes qué sale peor, ma? ma vivir toda tu vida haciendo lo que otros quieren y llegar al final y darte cuenta que nunca fuiste tú.
Yo prefiero equivocarme siendo yo que tener razón siendo otro. Vamos a hablar de la familia de Iguita, algo que casi nadie menciona. Igita se casó en 1987, tenía 21 años. Su esposa se llamaba Magnolia. Tuvieron dos hijos, Pamela y René Junior. Cuando Iguita fue a la cárcel, sus hijos tenían cinco y 3 años. Fue lo más duro, confesó Iguita años después.
No por mí, por ellos. Pamela me preguntaba, “Papá, ¿por qué estás en la cárcel?” Y yo no sabía qué decirle. Le dices que papá intentó ayudar a alguien. Le dices que papá hizo algo malo. Le dices la verdad, le dije la verdad. Papá hizo lo que creyó correcto. Y a veces cuando haces lo que crees correcto, hay consecuencias. Ella tenía 5 años.
No entendió, lloró, pero años después, cuando tenía 15, me dijo, “Papá, ahora entiendo. Gracias por enseñarme a hacer lo correcto, aunque sea difícil. Ese fue el día que supe que valió la pena. René Junior quiso ser portero. Como su padre, Iguita lo llevó a entrenamientos, le enseñó, le mostró, pero también le advirtió, “Si vas a ser portero como yo, te van a criticar, te van a odiar, te van a culpar.
¿Estás dispuesto a pagar ese precio?” René Junior lo pensó. No sé, papá. Está bien, entonces no seas como yo. Sé como tú quieras ser. René Junior jugó fútbol hasta los 18 años. Después lo dejó. No porque fuera malo, porque no quería vivir con esa presión. No le guardo rencor, dijo Iguita. Ser diferente no es para todos.
Requiere una fortaleza que no todos tienen. Vives orilla. Saba, saba. Y está bien, no todos tienen que ser revolucionarios. El mundo también necesita personas normales. Pero cuando dijo eso, había tristeza en su voz. Una tristeza profunda, porque Iguita entendía que su hijo había elegido la seguridad sobre la autenticidad y aunque lo respetaba, también lo lamentaba.
Hablemos de algo que Iguita nunca admitió públicamente, pero que todos sabían. estuvo deprimido después de la catedral, profundamente deprimido, no por la cárcel, por el rechazo. “Lo más duro no fue estar encerrado,”, le confesó a un amigo. “Fue salir y darme cuenta que para Colombia yo era el villano.
” No Escobar, no los políticos corruptos, no los que mataban, yo, el portero que intentó ayudar a dos niños. Hubo momentos donde Iguita consideró dejarlo todo. El fútbol, Colombia, todo. Pensé en irme a España, a México, donde nadie me conociera, empezar de cero, ser otra persona, pero no lo hizo. ¿Por qué? Porque ir me hubiera sido admitir que estaban en lo correcto, que yo estaba equivocado y yo no estaba equivocado.
Así que me quedé y seguí siendo quien era, aunque me costara todo. 2015. Y Guita Iita fue invitado a un documental sobre el escorpión 20 años después de la jugada. Le mostraron el video, la atajada, las repeticiones, las reacciones. ¿Qué sentiste en ese momento? Le preguntaron. Libertad. Libertad. Sí, libertad.
Porque en ese momento en Wembley hice exactamente lo que quería hacer, sin pensar en consecuencias, sin pensar en críticas, sin pensar en nada. Solo hice lo que sentí que debía hacer. Izare. Y cuando caí al suelo después de esa atajada, supe que había hecho algo que nadie más haría, no porque fuera el único que podía, sino porque era el único lo suficientemente loco para intentarlo.
Eso es libertad, hacer lo que otros pueden hacer, pero no se atreven. Hablemos de otros porteros, los grandes Lev Yashin, Gordon Banks, Dinosov, Jean Luigi y Buffón. Todos mejores que Illita técnicamente, más seguros, más confiables, más ganadores. Pero pregúntale a cualquiera, nombra una atajada famosa de un portero.
El 90% dirá, “El escorpión de Iguita.” ¿Por qué? Porque las atajadas normales se olvidan. Aunque salven mundiales, pero las locuras se recuerdan para siempre. Prefiero ser recordado por una locura que olvidado por mil atajadas perfectas”, dijo Igita Iita. Y ahí está la paradoja. Igita nunca fue el mejor portero, nunca ganó un mundial, nunca ganó premios individuales, pero es más recordado que porteros que ganaron todo.
¿Por qué? Porque Iita entendió algo que los demás no entendieron. El fútbol no es solo resultados, es emoción, es arte, es momentos que te quitan el aliento y nadie creó más de esos momentos queita. 2020, pandemia, todo el mundo encerrado. Igita, 54 años, daba entrevistas desde su casa en Medellín.
Un periodista le preguntó, “¿Qué opinas de los porteros modernos? Son muy buenos. muy técnicos, muy completos, pero pero todos juegan igual, todos hacen lo mismo, todos son seguros. Es malo ser seguro. No es malo. Es aburrido. El fútbol necesita locura, necesita riesgo, necesita porteros que hagan cosas que no tienen sentido.
Pero ahora todo está tan analizado, tan táctico, tan controlado, que no hay espacio para la locura. Y sin locura el fútbol muere. Hablemos de Manuel Neuer, el portero alemán que revolucionó la posición en los 2010. No era hacía lo que Igita hacía. Salía del área, jugaba como defensor, arriesgaba. Pero Nowhere fue celebrado llamado portero moderno, revolucionario y guita hizo lo mismo 20 años antes y fue llamado loco, irresponsable.
¿Por qué la diferencia? Porque Neyer ganó un mundial, dijo Illita sin rencor. Y yo cometí un error en un mundial. Cuando ganas eres visionario, cuando pierdes eres loco. Pero la diferencia no está en lo que haces, está en el resultado. Y ahí está el problema. Porque si solo arriesgas cuando estás seguro de ganar, entonces no estás arriesgando realmente.
Yo arriesgaba sin importar el resultado, porque para mí jugar con miedo era peor que perder. 2021, un joven portero colombiano de 18 años fue a buscar a Iguita. “Quiero jugar como usted”, le dijo. Y guita lo miró. “No, no quieres.” “Sí quiero. Quiero salir del área. Quiero regatear. Quiero ser diferente. ¿Estás dispuesto a que te odien?” El joven se quedó en silencio.
“Porque eso es lo que pasa cuando eres diferente.” Continuó Iguita. La gente te odia, los entrenadores te regañan, los periodistas te critican y cuando cometes un error nunca te lo perdonan. Estás dispuesto a vivir así. El joven pensó, “No lo sé. Entonces, no juegues como yo, porque jugar como yo no es una técnica, es una forma de vida.
” Y esa forma de vida te cuesta todo. El joven se fue confundido. Iguita sonrió. Confundido y Guta sonrió. Confundido y Guta sonríó. Es mejor que no juegue como yo. Dijo después. El mundo ya tuvo un jiguita, no necesita otro. El mundo necesita que ese chico sea él mismo, no que sea yo. El legado del loco. Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio.
¿Por qué Igita sigue defendiendo lo que hizo? El principio que explica toda su vida. 2024. Iguita tiene 58 años. Vive en Medellín, la misma ciudad donde nació, la misma ciudad que lo vio crecer, la misma ciudad que lo criticó, la misma ciudad que nunca lo perdonó completamente. Trabaja como comentarista de televisión, analiza partidos, da opiniones, critica porteros y guita criticando porteros es como el [ __ ] dando clases de moral.
bromean los periodistas y Gita se ríe. Yo sé exactamente lo que se siente estar en ese arco. Por eso puedo criticar, pero sus críticas no son sobre técnica, son sobre actitud. Ese portero no arriesga, ese portero juega con miedo. Ese portero hace lo que el entrenador le dice, no lo que el partido necesita.
Higuita sigue buscando porteros locos, porteros que se atrevan, porteros que rompan reglas. Todavía no encuentra ninguno. En 2022, Colombia organizó un homenaje. 50 años de fútbol colombiano invitaron a las leyendas Valderrama, Asprilla, Córdoba, Rincón y Hillita, el estadio Atanasio Girardot, Medellín. 30,000 personas cuando anunciaron el nombre de Iguita, la mitad del estadio aplaudió, la otra mitad abucheó 5050.
Después de 30 años, Colombia todavía estaba dividida sobre René y Guita. Y Guita salió al campo, caminó despacio, saludó con la mano, sonríó. Esa sonrisa, la misma de siempre. Le dieron un micrófono, le pidieron que dijera unas palabras y guita miró al estadio a los que aplaudían, a los que abucheaban. “Gracias a los que me aplauden”, dijo, “y gracias a los que me abuchean, porque ambos me recuerdan.
Y ser recordado es lo único que importa. Me pueden amar o me pueden odiar, pero no me pueden ignorar.” Y eso es todo lo que un futbolista puede pedir. El estadio estalló. Aplausos, abucheos, mezclados, caóticos, perfectos. Y Guita levantó la mano una última vez y se fue. Hablemos del verdadero legado de Igita. No los títulos, no las estadísticas, no el escorpión.
El verdadero legado es una pregunta que dejó en cada portero que vino después. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que quedarme en el arco? ¿Por qué no puedo salir? ¿Por qué tengo que hacer lo que todos hacen? ¿Por qué? Antes de Iguita, los porteros no hacían esas preguntas. Obedecían, aceptaban, se quedaban en su lugar. Después de Ita, algunos empezaron a preguntar, no muchos, pero algunos.
Jorge Campos en México. Salía del área, jugaba de delantero cuando podía. José Luis Chilaver, Paraguay. Cobraba tiros libres. Metió más de 60 goles como portero. Manuel Neuer en Alemania. El libero moderno. Ederson en Brasil. Pases de 60 m. Precisión perfecta. Ninguno lo admite abiertamente, pero todos bebieron de la misma fuente.
La locura de Iguita, ¿te molesta que no te den crédito? Le preguntaron en 2023. Crédito. ¿Por qué? Por cambiar la posición de portero, por inspirar a los porteros modernos. Y Guita se rió. Yo no cambié nada. Yo solo fui yo mismo. Si otros se inspiraron bien, si no también está bien.
Yo no hice lo que hice para cambiar el fútbol. Lo hice porque no sabía hacerlo de otra forma. La gente siempre busca intenciones profundas, filosofías complejas. Filosofías complejas. Pero la verdad es simple. Yo era un portero que no quería quedarse en el arco. Eso es todo. Pero no era todo. Nunca fue solo eso. Lo que Iguita hizo fue mucho más profundo, mucho más radical.
Desafió la idea misma de lo que significa tener éxito. Piénsalo así. Si Igita hubiera jugado normal, hubiera sido un portero sólido, respetado, confiable, hubiera ganado más títulos, hubiera jugado más años en Europa, hubiera sido llamado a más mundiales, hubiera sido olvidado completamente. Pero Iguita Iita eligió conscientemente no hacer eso, no por rebeldía infantil, no por falta de disciplina, porque entendió algo fundamental sobre la existencia humana.
No importa cuánto ganes, si pierdes, ¿quién eres en el proceso? Conozco porteros que ganaron todo, dijo Iguita, ligas, copas, mundiales y no los puedo nombrar sin buscar en Google. Pero yo que no gané nada importante, todo el mundo me conoce. ¿Por qué? Porque ellos fueron porteros exitosos y yo fui René y Guita. Y al final, ser tú mismo es más memorable que cualquier trofeo.
Hablemos de la cárcel otra vez, pero diferente. La cárcel física de la catedral duró 7 meses y guita salió en noviembre del 93, pero la cárcel mental duró mucho más. Décadas cada vez que alguien mencionaba su nombre, venía con una etiqueta. El que ayudó a escobar. Cada entrevista, cada aparición, cada comentario siempre terminaba ahí. Cuéntanos sobre Escobar.
¿Realmente lo conociste? ¿Por qué lo ayudaste? Durante años, Iguita contestaba, se defendía, explicaba. Hasta que en 2015 algo cambió. Un periodista le preguntó otra vez, “¿Por qué ayudaste a Escobar? ¿Por qué ayudaste a Escobar? Y Guita lo miró. Ya no voy a contestar esa pregunta. ¿Por qué no? Porque ya la contesté mil veces.
Y la gente que quiere entender entiende. La que no quiere entender nunca entenderá. Y yo ya no voy a perder mi vida tratando de convencer a personas que ya decidieron quién soy. Entonces, ¿dades que fue un error? No admito nada, simplemente dejo de participar en este circo. Y desde entonces, Iguita nunca volvió a hablar del tema en profundidad.
No porque se arrepintiera, no porque tuviera miedo, porque entendió que algunas personas están determinadas a odiarte sin importar que digas y la única forma de ganar es dejar de jugar su juego. 2016. Documental de ESPN sobre porteros legendarios. Igita fue uno de los entrevistados junto con Buffón, Casillas, Neuer, Check.
Todos hablaron de técnica, de concentración, de liderazgo. Cuando le tocó a Ito, un portero tiene un trabajo imposible. Puedes atajar 99 tiros y nadie lo recuerda, pero si fallas uno, nunca lo olvidan. Arre. Entonces tienes dos opciones. Opción uno, juegas con miedo. Tratas de no fallar, haces lo seguro, lo esperado.
Y cuando fallas, porque vas a fallar, al menos puedes decir, “Hice lo que debía hacer.” Opción dos, juegas con libertad, haces lo inesperado, lo arriesgado, loco y cuando fallas te destruyen. Pero cuando aciertas creas magia. Yo elegí la opción dos, porque prefiero ser destruido intentando algo grande que ser olvidado haciéndolo seguro.
Bufón, que estaba escuchando, asintió. Esa es la diferencia entre un portero y una leyenda. Hablemos de algo que nadie menciona, el costo emocional de ser y guita. Hay una entrevista de 2018, un programa nocturno en Colombia. El presentador le preguntó, “¿Alguna vez te sentiste solo?” Hiita se quedó en silencio.
15 segundos, 20 segundos, “Todos los días”, dijo finalmente. ¿Por qué? Porque nadie entiende lo que es vivir así. ser el raro, el diferente, el loco. La gente piensa que es fácil, que es divertido, que es liberador y lo es a veces, pero también es agotador porque tienes que justificarte constantemente, defenderte constantemente, explicarte constantemente y llegas a un punto donde te preguntas, ¿vale? Vale la pena ser yo mismo si eso significa estar solo.
El presentador no supo qué decir y guita continuó. Pero después recuerdas recuerdas por qué lo haces. Recuerdas que la alternativa es peor. La alternativa es rendirte, ser como todos, aceptar las reglas. Y cuando piensas en vivir así, en ser normal, te das cuenta que preferirías morir Terracinas o Drelu, así que sigues solo, pero libre.
2022, Mundial de Qatar. Igita fue como comentarista. En un partido, un portero joven cometió un error. Salió del área mal, le hicieron gol. Los comentaristas lo crucificaron. ¿Qué hace saliendo así? ¿Quién se cree que es? Yita en el estudio los interrumpió. ¿Saben qué? Me alegra que haya salido. Cometió un error. Sí, pero al menos intentó algo.
Al menos no se quedó en el arco esperando. No jugó con miedo. Lo intentó y falló. Y está bien, porque así es como aprendes, intentando, fallando, levantándote, no escondiéndote en el arco. Los otros comentaristas se rieron incómodos. Claro. Igita defendiendo las locuras. Igita sonrió. No son locuras, es valentía y el fútbol necesita más valentía.
Hablemos del arrepentimiento o la falta de él. En cada entrevista importante le hacen la misma pregunta final, ¿de qué te arrepientes? Hiigita siempre contesta lo mismo. De nada, de nada, de nada. Todo lo que hice lo haría otra vez. Incluso lo de Escobar, incluso eso. Porque no ayudé a Escobar, ayudé a dos niños y eso nunca está mal. Incluso el error contra Camerún.
Incluso eso, porque ese error me hizo humano. Me recordó que no soy perfecto. Me enseñó humildad, incluso las críticas, el odio, el rechazo, incluso eso porque me hizo más fuerte. Me enseñó a no depender de la aprobación de otros. Entonces, no cambiarías nada. No cambiaría nada. Porque si cambio algo, dejo de ser yo.
Y ser yo es lo único que tengo. Hay una teoría sobre Guita, una teoría que nadie se atreve a decir en voz alta. La teoría es esta. Hiita no era loco, era el único cuerdo. Piénsalo. El mundo del fútbol está loco, obsesionado con ganar a cualquier costo, con sacrificar juventud, salud, felicidad por trofeos, jugadores que no ven a sus familias, que se inyectan analgésicos para jugar lesionados, que viven con ansiedad constante.
¿Y eso es normal? Y Guita rechazó eso. Dijo, “Yo juego porque me divierte. Cuando deja de ser divertido, paro. Y eso es locura.” Y Guita vio que las reglas del fútbol eran arbitrarias, hechas hace 100 años por personas que nunca vieron el deporte evolucionar y decidió no obedecerlas. Y eso es locura. O tal vez, solo tal vez.
y guita era el único lo suficientemente cuerdo para ver que las reglas eran una prisión y el resto de nosotros somos los locos por aceptarlas sin cuestionar. 2023. Un podcast colombiano. 3 horas de conversación. 2023. El entrevistador le hizo una pregunta diferente. Si pudieras hablar con el René de 20 años, ¿qué le dirías? Y guita pensó, le diría, prepárate.
Va a ser más difícil de lo que imaginas. Van a odiarte, van a criticarte, van a tratar de cambiarte, pero no cedas, no te rindas, no dejes que te conviertan en alguien que no eres, porque al final lo único que vas a tener es tu conciencia limpia, la conciencia de que viviste como quisiste vivir y eso vale más que cualquier trofeo.
Y si pudieras cambiar algo, no cambiaría nada. le diría, “Sigue, vas por buen camino. No cambiaría nada, no cambiaría. Sigue, vas por buen camino, Anum. Hablemos del éxito, del verdadero éxito. Colombia mide el éxito de Iguita Iita en títulos. Ganó pocos. Europa mide el éxito de Iguita en temporadas jugadas. Fueron pocas.
La FIFA mide el éxito de Higuita en premios individuales. No ganó ninguno importante. Por esas métricas, Higuita no fue exitoso. Pero hay otra métrica, una que nadie usa. ¿Cuánta gente recuerda tu nombre? ¿Cuánta gente fue inspirada por lo que hiciste? ¿Cuánta gente cambió su forma de ver el mundo por tu ejemplo? Por esa métrica, Higita es uno de los futbolistas más exitosos de la historia.
30 años después de su retiro, la gente sigue hablando de él. Los niños siguen buscando videos del escorpión. Los porteros jóvenes siguen preguntándose si pueden salir del área. Eso es éxito. Éxito real, duradero. No trofeos que se oxidan, sino ideas que viven. 2024. Enero, Iguita cumple 58 años. Un grupo de amigos organiza una celebración en un restaurante en Medellín.
50 personas, familiares, amigos, excompañeros. Alguien le da el micrófono para que diga unas palabras. Y guita se para. Copa de vino en mano. Gracias a todos por venir. 58 años. Es mucho tiempo. He vivido una vida interesante. La gente se ríe. He sido amado. He sido odiado. He sido celebrado. He sido crucificado.
Pero lo que nunca he sido es aburrido. Aplausos, risas. Y si pudiera volver atrás y elegir otra vida, una vida más fácil, más tranquila, más normal. Pausa. No lo haría porque esta vida con todos sus errores, con todos sus problemas, con toda su locura, es mía. Nadie más la vivió. Nadie más podría vivirla y eso la hace perfecta.
Hay un video viral de 2023. Un niño de 8 años en Medellín está en el arco. Sus amigos jugando contra él. Un atacante viene solo. El niño sale del área muy fuera, le roba el balón. Sus amigos gritan, “¿Por qué saliste? ¿Eres portero?” El niño sonríe. “Vi a Higuita hacerlo. Igita está loco. Lo sé, pero era increíble.
Ese video llegó a Iguita Iita. Alguien se lo mandó. Lo vio, sonríó. Ese niño va a sufrir, dijo. Le van a decir que está loco, que no puede hacer eso, pero espero que no escuche. Espero que siga saliendo, porque el mundo necesita más porteros locos. El mundo necesita más gente que se atreva a ser diferente. Últimas palabras, las más importantes.
La vida de René y Guita no es una historia de éxito convencional. No ganó un mundial. No ganó Balones de Oro, no jugó en los equipos más grandes de Europa. Fue a la cárcel, fue odiado, fue rechazado, pero logró algo que muy pocos logran. Vivió libre, completamente, absolutamente libre. Libre de las expectativas, libre de las reglas, libre del miedo.
Jugó como quiso jugar, vivió como quiso vivir. Fue quien quiso ser. y pagó el precio, un precio alto, pero al final en su cama, en sus últimos años, cuando mire atrás no va a haber arrepentimiento. Va a haber una vida vivida completamente sin disculpas, sin rendiciones, sin traiciones. Así mismo al final todos morimos, dijo Igita Iita en 2022.
Pero no todos vivimos, yo viví. Cada segundo, cada partido, cada decisión. Viví como quise vivir del norseur. Y cuando llegue mi hora, voy a morir, sabiendo que nunca dejé que nadie me dijera quién ser. Esa es mi victoria. Esa es mi copa del mundo, la libertad de ser yo mismo, el escorpión. La jugada más famosa de Igita.
Pero no fue su mejor jugada. Su mejor jugada fue su vida entera, una vida de desafío constante, de preguntar por qué no cuando todos decían porque no se puede. Una vida de elegir ser odiado por ser auténtico que amado por ser falso. Una vida de entender que las reglas están hechas para ser cuestionadas. René Iguita, el loco, el portero que no debía existir, pero existió.
Y al existir cambió todo. No cambió las reglas del fútbol, esas siguen siendo las mismas. Cambió algo más profundo. Cambió la idea de lo que un portero podía hacer. Cambió la idea de lo que un futbolista podía hacer. Cambió la idea de que tienes que elegir entre ser tú mismo y tener éxito.
Porqueita demostró que puedes ser tú mismo y ser inolvidable. Y al final, ser inolvidable es mejor que ser exitoso, porque el éxito se mide en trofeos, pero ser inolvidable se mide en vidas cambiadas, en niños inspirados, en ideas plantadas. Y por esa medida René Iguita fue el más grande, no el mejor portero, pero sí el más libre.
Y la libertad al final es lo único que importa. Si la historia de René y Guita te enseñó algo que no sabías. Si ahora entiendes por qué el portero más loco de la historia es en realidad el más cuerdo. Si ahora ves que la verdadera prisión no son las rejas, sino las reglas que aceptamos sin cuestionar, entonces haz algo por mí.
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El mundo necesita más locos que se atrevan a ser libres.” La última conversación, 2024. Diciembre, un café en Medellín. Tarde lluviosa, el tipo de lluvia que hace que la ciudad se detenga. Yita está sentado en una mesa del fondo, solo tomando tinto, mirando por la ventana, un joven se le acerca. 22 años, nervioso, don René. Iguita levanta la vista, sonríe.
Disculpe que lo moleste, solo quería decirle algo. Dime. El joven se sienta sin que lo inviten. Igita no dice nada. Yo quise ser portero, dice el joven. Desde niño vi videos de usted, de el escorpión, de cómo salía del área. Quise jugar como usted y guita asiente. Y y mis entrenadores no me dejaron. Me decían que estaba loco, que los porteros no hacen eso, que si quería triunfar tenía que jugar normal.
Entonces jugué normal durante 5 años. Hice todo bien, todo como debía ser. ¿Y triunfaste? Pregunta Hegita. El joven niega con la cabeza. No dejé el fútbol a los 18. Perdí el amor por el juego porque ya no era yo. Era lo que otros querían que fuera. Silencio. Y Guita toma otro sorbo de café. ¿Por qué me cuentas esto? Pregunta.
Porque quiero que sepa que tenía razón. Nariz. ¿Qué sé qué? Sobre ser uno mismo, sobre no obedecer, sobre jugar con libertad. Yo no tuve el valor de hacerlo, pero usted sí. Y aunque lo criticaron, aunque lo odiaron, aunque lo metieron preso, usted ganó. Yita lo mira largo rato. No gané, dice finalmente, solo no perdí.
¿Cuál es la diferencia? Ganar es obtener lo que quieres. No perder es no renunciar a lo que eres. Yo no gané mundiales. No gané respeto universal. No gané una carrera perfecta, pero no perdí mi alma. Y esa es la única victoria que importa. El joven se queda un momento más. Quiere decir algo. No sabe qué. Finalmente se levanta. Gracias, don René.
¿Por qué? Por ser el loco. Iguita sonríe. De nada, mi hijo. El joven se va. Igita vuelve a mirar por la ventana. La lluvia sigue cayendo. Medellín sigue siendo Medellín. Y René Iguita sigue siendo el loco esa noche en su casa. Iguita recibe una llamada. Es un productor de televisión. Quieren hacer una serie sobre su vida.
Una serie completa. Ocho capítulos. su historia desde el principio. ¿Y qué quieren de mí? Pregunta Illita. Queremos que nos cuente todo. La verdad sin filtros y guita se ríe. La verdad no le va a gustar a la gente. No importa. Queremos la verdad. La verdad es que ayudé a Escobar porque creí que estaba haciendo lo correcto, aunque estuviera equivocado.
La verdad es que el error contra Camerún me dolió más de lo que admití. Pero no cambió quién soy. La verdad es que a veces me pregunto si valió la pena, si debía haber jugado normal, si debía haber obedecido. Baragase. Baragase. Y la verdad es que siempre llego a la misma conclusión. No podría haber vivido de otra forma. Esa es la historia que quieren contar. Pausa.
Sí, dice el productor. Esa es exactamente la historia. Entonces, háganla. Dice Ia, pero con una condición, ¿cuál? Que la última escena sea yo en el arco. 58 años saliendo del área, porque aunque ya no juegue profesionalmente, sigo siendo el mismo loco y quiero que el mundo lo recuerde. La serie nunca se hizo.
El productor desapareció, el presupuesto se cayó. O tal vez la verdad era demasiado incómoda. O tal vez Colombia todavía no está lista para aceptar a Iguita completamente, pero no importa porque la historia ya está contada en jugadas, en errores, en decisiones, en un portero que salió del área cuando nadie salía, en un hombre que fue a la cárcel por ayudar a quien no debía, en una chilena imposible en Wembley, que desafió la gravedad y la lógica.
En una sonrisa que nunca se borró, ni en la gloria ni en la desgracia. Esa es la historia de René Higita, no una historia perfecta, pero sí una historia verdadera. Y al final, la verdad es lo único que queda. René y Guita Zapata, el loco, el escorpión, el portero que no debió existir, 58 años, todavía en Medellín, todavía sonriendo, todavía defendiendo cada decisión que tomó, todavía sin arrepentimientos.

fue el mejor portero de la historia. No fue el más exitoso. Tampoco fue el más libre. Absolutamente. Y esa libertad, esa capacidad de mirar atrás sin vergüenza, sin remordimiento, sin deseos de haber sido diferente, eso es más valioso que cualquier trofeo. Porque los trofeos se oxidan, los récords se rompen, las glorias se olvidan, pero la forma en que vives, las decisiones que tomas, el coraje de ser tú mismo cuando el mundo entero te pide que seas otro, eso no se olvida.
Eso se queda para siempre, como el Escorpión, como la salida contra Camerún, como la sonrisa en la catedral, como cada momento donde René y Guita eligió ser René Higita. Y al mundo no le quedó más remedio que recordarlo para siempre. Si llegaste hasta aquí, si aguantaste dos horas escuchando la historia de un portero loco, entonces entendiste algo que la mayoría nunca entiende.
No se trata de fútbol, nunca se trató de fútbol. Se trata de libertad. Se trata de tener el coraje de ser diferente cuando ser diferente te puede costar todo. Se trata de entender que hay dos formas de vivir. forma segura, donde obedeces, donde haces lo que se espera, donde nunca fallas porque nunca arriesgas y la forma libre, donde cuestionas, donde haces lo inesperado, donde fallas espectacularmente, pero también triunfas espectacularmente.
Yita eligió la segunda y pagó el precio, pero también recibió el premio, el premio de llegar al final de su vida y decir sin dudar, “Esto fue mío. Esta vida fue mía. Cada error, cada acierto, cada locura fue mía y nadie se la puede quitar.” Esa es la verdad que nadie te contó sobre René y Gita. No es una historia de éxito, es una historia de libertad.
Y la libertad siempre, siempre vale más que el éxito.